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sábado, 31 de marzo de 2018

Cine y Pediatría (429). "Robinù", los niños soldados de la droga


"Siempre tenemos el teléfono en la mano: Facebook, WhatsApp... Estamos despiertos hasta las 4 o 5 de la mañana, y nos despertamos sobre las 4 o 5 de la tarde. Mi madre trabaja en una empresa de limpieza. Mi padre trabaja en una empresa de bolsos. Sacrifican mucho por mí" 

"Cometí mi primer delito cuando tenía 13 años. Atraqué un supermercado. Yo solo. Disparé a cuatro policías, pero ninguno salió herido. No quería que me arrestaran. Era una broma, no era por el dinero de la caja registradora" 

"Si eres un niño, aunque mates a 20 personas, sigues siendo un niño. Quizás tengas un papel más importante, pero sigues siendo un niño" 

"Entrar a los 17 y salir a los 40 va ser muy duro. ¿Salgo a los 40 y qué hago? No puedo buscar un trabajo..." 

"Cuando un niño crece en ciertos barrios, quiere un arma. Antes no era fácil comprar un arma, pero hoy, si tienes dinero puedes tener un arma en la mano tanto limpia como sucia. Sucia significa que el arma ha estado en crímenes que desconoces..." 

"Tengo cuatro hijos, dos están en prisión. Una madre perdona. ¿Dios y Jesús perdonan? Yo lo hago. Son mis hijos. Si se hace daño, yo siento el dolor" 

"Niños, si podéis, cambiad vuestras vidas, porque esto no es vida" 

Estas son algunas de las declaraciones, desde la prisión de Poggioreale (Nápoles), de Michele, 22 años, de Taieb, 18 años, de Mariano, 18 años, o de Emanuele, 19 años, este último asesinado. Y también son las confesiones de madres, padres, hermanos, esposas y amigos de estos adolescentes encarcelados, allí donde penan de sus delitos alrededor de la delincuencia asociada al mundo de las drogas, camellos y sicarios, alrededor de familias donde el delito o la prostitución no es ajena. Frases de una película documental italiana donde da la sensación de que la cárcel está también fuera de la cárcel. 

Esta frases pertenecen a la película Robinù, debut en el cine en el año 2016 de uno de los grandes nombres del periodismo italiano, Michele Santoro, antiguo director de la RAI. En la película se analiza el alarmante submundo criminal de Nápoles en el que concurren niños de la droga y jóvenes sicarios, los "baby killers", la visión del mundo del ejército de niños soldado napolitanos que aprende a disparar a los 15 años o antes, son asesinos experimentados a los 20 y, muchas veces, jamás llegan a ver los 30. Porque como se nos dice con frialdad "Hay cosas que deben hacerse ahora. De esta forma, si te caen 20 años, cuando salgas de la cárcel, aún tendrás toda la vida por delante"... Una película que ha cautivado al autor de "Gomorra", Roberto Saviano, novelista especializado en la Camorra italiana y quien afirma que Robinù consigue dar voz a una ciudad condenada. 

Michele Santoro es uno de los periodistas más influyentes de la televisión italiana. En los años 90, se ganó su popularidad siendo el presentador de un gran número de programas prime-time que discutían asuntos políticos en un período especialmente tumultuoso en la sociedad italiana, como el caso de corrupción nacional que acabó con la llamada Primera República, lo que le conllevó la censura del primer ministro Silvio Berlusconi. Desde siempre comprometido en destapar los problemas sociales más sangrante de la sociedad italiana, así como sus problemáticas políticas. Robinù es su primera película. Y no deja indiferente, pues la lucha de Nápoles por el control de narcotráfico y el uso de la infancia en dicha labor no es conocido por todos. Y no puede seguir siendo un problema invisible. 

En Italia, el fenómeno es conocido como La paranza dei bambini, título también de una novela de Roberto Saviano. Y resume el ascenso de jóvenes que dejaron de respetar a los jefes de la Camorra y se abrieron su propio paso hacia el olimpo criminal. En el vacío de poder creado tras la caída del clan Giuliano, a partir de los noventa, los bambini se han levantado con puño de hierro y reivindican la Camorra de antaño. A los capos actuales echan en cara que solo piensan en sus intereses, han dejado de proteger a sus barrios y a los débiles.. Ellos, en cambio, se creen Robin Hood a la napolitana. En esa ciudad y en ese entorno donde para estos niños y jóvenes la cárcel y morir es el único camino de salida. 

Y la película termina con los fuegos artificiales que unos padres colocan enfrente de la cárcel donde cumple condena su hijo Michele y para festejar su cumpleaños. Y tras el fundido en negro final, el largo colofón con el estado actual de los jóvenes protagonistas y esta cruda realidad: "Nápoles es el centro del tráfico de droga en Europa. Durante la disputa paranza di bambini murieron más de 60 personas. La mayoría de ellos eran niños..." 

Y Robinù no es una película que guste a la ciudad de Nápoles. Como seguramente tampoco gustará en Colombia la película La Virgen de los Sicarios (Barbet Schoeder, 2000), en Brasil la película Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002) o en El Salvador la película Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004). Pero no es cuestión de gustar, es cuestión de conciencia. Y como decía Rossellini de su Alemania, Año Cero, "ya me doy por satisfecho si le doy esperanza a un solo chico”. Y quizá Robinù permita, con su denuncia, salvar a alguno de estos niños soldados de la droga.

 

sábado, 17 de febrero de 2018

Cine y Pediatría (423). “El cuaderno de Sara” nos descubre los niños soldados del coltán


Cada 12 de febrero se conmemora el Día Internacional contra el Uso de Niños Soldado. Actualmente se calcula que hay unos 300.000 niños y niñas soldado en los conflictos armados en todo el mundo, menores de edad que se ven abocados a vivir la guerra de verdad, convirtiéndose en combatientes involuntarios. Muchos de estos niños y adolescentes están directamente en la línea de combate y otros son obligados a ejercer como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales o para realizar ataques suicidas, algo tan execrable que duele solo con leerlo. 

¿Cómo llegan a ser niños y niñas soldado? Algunos son secuestrados; a otros, la pobreza, los malos tratos, la presión de la sociedad o el deseo de vengarse de la violencia contra ellos o sus familias les llevan a unirse a grupos armados y empuñar un arma. Y durante el tiempo en el que están vinculados a las fuerzas y grupos armados, son testigos y víctimas de terribles actos de violencia e incluso son obligados a ejercerla. Los traumas emocionales que esto les puede provocar son difíciles de superar, porque son víctimas inocentes de las atrocidades de la guerra. Para ellos, el regreso a su vida y la recuperación de su infancia es tan difícil que puede parecer casi imposible. 

En los últimos años, las guerras cada vez son más brutales y más largas. Algunas están en los medios de comunicación de forma más o menos estable, como Siria, Irak, Afganistán, Colombia, pero otras son invisibles para la mayoría de nosotros, como Yemen, Sudán del Sur, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Mali Nigeria y muchas otras. 

Pues bien, para conmemorar (y denunciar) lo que este recién celebrado Día nos propone, hoy recordamos una película que se acaba de estrenar en nuestro país: El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018), ambientada en el Congo, centrada en las entrañas de la Guerra del coltán, y protagonizada por una mujer que busca en plena selva a su hermana desaparecida, doctora de una ONG. El director, Norberto López Amado, de amplia experiencia en productos televisivos (Tierra de lobos, El tiempo entre costuras, Mar de plástico) nos acerca a una narración que bien pudiera recordarnos a la hollywoodense Diamantes de sangre (Edward Zwick, 2006), pero quizás le falta ritmo y consistencia. 

Laura (Belén Rueda) busca desde hace años a su hermana Sara (Marián Álvarez) desaparecida hace años en medio de la selva del Congo, donde ni la ONG ni la Embajada tiene noticias de ella. El viaje emocional y físico de Laura de Kinshasa a las entrañas de los "señores de la guerra" nos adentra en un dolorosa realidad, muy diferente al saludo que recibe a su llegada al aeropuerto: "Bienvenida a África, Laura". Cuando Laura encuentra a su hermana cooperante, la hija pródiga de un padre que ya se debate con el Alzheimer en España, esta le explica el por qué decidió quedarse como médico de este grupo armado que controla las minas de coltán: "Necesito sentir que lo que hago sirve de algo... Hay tanto que resolver aquí". Si bien Laura siente algo diferente: "Aquí no cambia nada"

Lo cierto es que existen los malos viajes y luego está el periplo de Laura, repleto de desdichas, tiroteos, masacres. Y parte del camino lo realiza junto a un joven que fue niño soldado. Y con él aprendemos que en swahili gracias se dice "asante sana". Y con esta película nos adentramos en las minas de coltán en Virunga, en el Congo. La zona de las minas es un punto caliente en la antigua colonia belga, con las guerrillas paramilitares disputándose la zona y las explotaciones del preciado metal, ese que está en todos nuestros teléfonos móviles, gestionadas por señores de la guerra que someten a los trabajadores - niños incluidos - a condiciones de esclavitud mientras hacen negocios con empresas occidentales que hacen la vista gorda. 

Al ver El cuaderno de Sara uno no puede decir que sea una gran película (pese al esfuerzo y sufrimiento continuo de Belén Rueda), pero si vale la pena para conocer y recordar el trasfondo de su historia: la Guerra del coltán. Una sangrienta guerra civil que comenzó en 1998 en la República Democrática del Congo cuando el ejército ruandés, con el pretexto de proteger a la población tutsi del Congo, invadió el país. Esta guerra tiene como principal objetivo el control de los grandes yacimientos minerales que posee la zona (oro, uranio, diamantes) y principalmente de coltán, material que ha despertado la codicia de los países vecinos como Ruanda, Uganda y Burundi. 

¿Pero que es el coltán, materia que ha despertado la codicia y la guerra? Es un material muy popular en los últimos años, por su gran utilización en el sector de las nuevas tecnologías y especialmente necesario para la fabricación de teléfonos móviles. Pero además es éste un espacio plagado de contrabandistas, porque la mayor cantidad del coltán sale de África de contrabando, aunque sus ganancias no vuelven como beneficio para el pueblo africano, sino en armas para los grupos rebeldes, que mantienen enmascarada la situación de inestabilidad en la región. 

Las organizaciones de derechos humanos insisten en que Estados Unidos, Alemania, Bélgica y Kazajstán —principales destinatarios, pero no los únicos, del coltán— y las multinacionales que comercian con éste, están, en definitiva, financiando el conflicto. Y, desde hace 20 años, odios étnicos históricos e importantes intereses económicos han convertido la zona de los Grandes Lagos en la República Democrática del Congo en un campo de batalla sin tregua. En esta nación africana conviven unas 200 etnias diferentes, las regiones de Ituri y Kivi han sido escenario de brutales enfrentamientos y matanzas tribales, con al menos 50.000 muertos y más de medio millón de refugiados, según datos de Amnistía Internacional. 

En torno a los yacimientos existe un complejo entramado empresarial convenientemente diseñado para el reparto del botín. Las organizaciones de derechos humanos insisten en ello, pero no son pocas tampoco las empresas trasnacionales que se nutren de las variadas derivaciones del coltán: Alcatel, Compaq, Dell, Ericsson, HP, IBM, Lucent, Motorola, Nokia, Siemens, AMD, AVX, Epcos, Hitachi, Intel, Kemet, Nec, Sony, Bayer, Motorola o IBM, a través de aliados autóctonos. Sin embargo, la guerra ha empobrecido hasta la miseria a un país que tal vez sea de los más ricos del mundo en recursos naturales - hablamos del Congo (ex-Zaire), antigua colonia belga -. Además, la ausencia total de condiciones de seguridad reina en estas explotaciones irregulares, a menudo situadas en la selva, en regiones de difícil acceso por las que sólo se mueven militares y grupos armados. Miles de mineros se reclutan entre campesinos, presos a los que se les ofrece la reducción de sus penas y la mano de obra más codiciada y barata, la de miles de niños que abandonan las escuelas para trabajar en las minas. Y los que no son maltratados en el trabajo infantil, son convertidos en niños de la guerra. 

Y todo hace pensar, como nos refleja la película, que la paz es una quimera. Y las organizaciones internacionales que trabajan sobre el terreno vienen alertando de los continuos enfrentamientos y violaciones de los derechos humanos que siguen produciéndose en todo el país, incluso después del despliegue en 2003, de 4.500 militares de la MONUC (misión de mantenimiento de la paz) para asegurar la protección de la población civil. El drama de los refugiados y desplazados, la presencia de grupos armados, la explotación de los recursos militares y el tráfico de armas en el este del país y el reclutamiento de niños soldado ponen en entredicho la viabilidad de una paz cercana. 

¿Cómo es posible que un casi holocausto en África pase casi desapercibido en Europa...?, ¿cómo es posible que no supiera lo que era el coltán y el dolor que esto conlleva? Por ello es importante El cuaderno de Sara, para tomar conciencia de la Guerra del coltán y de la lacra de los niños soldados. Y por eso en el colofón, Laura nos dice en su voz en off: "Esta es la historia que seguiré contando hasta que alguien nos quiera escuchar". Porque esta es la historia que guardaba el cuadernos de su hermana Sara...

 

lunes, 29 de agosto de 2016

Los "niños soldado" del Estado Islámico: una atrocidad más del yihadismo


Yihad, palabra de origen árabe que puede traducirse como esfuerzo o lucha, ha dado lugar al Yihadismo, una corriente dentro del islamismo que propugna la lucha para extender el islam y la ley de Dios. Bajo el paraguas de la yihad se han cobijado diversos grupos, destacando Al Qaeda y todas sus ramificaciones de inspiración wahabita en todo el mundo y Estado Islámico, particularmente el último año en Iraq y Siria. También cabe destacar Boko Haram en Nigeria y Al Chabab en Somalia. 

Ideológicamente, el yihadismo como doctrina política es un ideario teocrático totalitario de corte antiliberal y antidemocrático que, según sus críticos, «desprecia sistemáticamente la vida humana». Por esa razón está considerado por muchos como una de las amenazas más graves a las que se enfrentan las democracias liberales, particularmente en Occidente. Y esto es así, sin paliativos y sin concesiones... porque en la vida más vale una vez colorado que ciento amarillo. 

Y lo del desprecio sistemático a la vida humana tiene dos focos sangrantes: la mujer y la infancia. Y no es solo el que desde el 11 de septiembre de 2001 (con los 2973 muertos en las Torres Gemelas de N.Y.) a día de hoy hayan reivindicado 40 atentados terroristas por parte de las distintas facciones del terrorismo en el mundo, sino el ataque sistemático al menor sentido de la libertad y de la ética... y en nombre de "su Dios", manipulando una vez más la religión de forma terriblemente sesgada y equivocada. 

Y esta reflexión acude tras las repetidas noticias de las últimas semanas en relación con "los niños bomba" del Estado Islámico. Los niños que crecen en los territorios bajo control del Estado Islámico no ven dibujos animados en la televisión, no juegan con la pelota en las calles ni trazan dibujos de familias felices en la escuela. Al contrario, muchos de ellos son obligados a presenciar ejecuciones, patear las cabezas de los decapitados o aprender a recargar fusiles automáticos mientras recitan la shahada o profesión de fe musulmana: “No hay otra divinidad que Dios, y Mahoma es su profeta”. 

La organización dirigida por Abu Bakr al Bagdadi es probablemente el primer grupo yihadistas con un claro proyecto estatal desde el triunfo de los talibanes afganos, y ello implica pensar más allá de las victorias militares, es decir, en la continuidad que pueden aportar las nuevas generaciones. Para ellos los niños son vehículo para asegurarse lealtad a largo término, la adherencia a su ideología y ser combatientes devotos que verán la violencia como un modo de vida. Fuentes fidedignas estiman que hay unos 800 menores en campos de entrenamiento del Estado Islámico y cada mes se incorporan entre 250 y 300 chicos para sustituir a los niños-soldado que mueren en el frente. Pero el Estado Islámico utiliza a entre 200.000 y 300.000 niños, no solo en labores militares (como soldados o suicidas) sino también en todo tipo de "trabajos de apoyo" (por ejemplo mensajeros, vigilantes de edificios, guardaespaldas o incluso torturadores - incluyendo la decapitación de prisioneros -) y con edades inferiores a los 10 años y hasta los 18 años. 

Se confirma la existencia de campos de entrenamiento de menores en diversos puntos del territorio controlado por el Estado Islámico como Raqqa, Alepo y Yarabulus, en Siria, o Mosul, en Irak. Y hay dos formas de captarlo: una es pagando, pues los yihadistas pagan 100 dólares mensuales por cada menor (lo que convence a muchas familias que viven en la pobreza y "ceden" a sus hijos) y otra es cuando los menores son secuestrados o llevados a la fuerza a los campos de entrenamiento bajo la amenaza de encarcelar a las familias que no cooperen. Igualmente, los yihadistas se aprovechan de los “huérfanos” y de los “menores separados de sus familias, que se encuentran en campos de refugiados y buscan venganza”. 

Y los procesos de captación comienzan en las mezquitas y en los centros educativos, que han adoptado un currículo totalmente filtrado por la demente interpretación del islam. Y así, la educación está siendo empleada como una herramienta de adoctrinamiento, diseñada para promover una nueva generación de seguidores, de forma que, en muchas zonas, el currículum escolar ha sido modificado para reflejar estas prioridades ideológicas e incluir el entrenamiento en uso de armas y de la violencia. 

Por ello, ante el Estado islámico vinculado al yihadismo solo cabe una respuesta: un NO rotundo y una denuncia continua. Y esto desde el punto de vista de un pediatra, pero sobre todo desde el punto de vista de cualquier mínimo respeto al ser humano (y a los Derechos Humanos) y a la infancia (y a los Derechos de la Infancia).

sábado, 16 de enero de 2016

Cine y Pediatría (314). "La buena mentira", la eterna mentira


En Cine y Pediatría ya no olvidaremos un nombre, el del canadiense Philipe Falardeau, pues en el año 2011 nos regaló la película Profesor Lazhar, una declaración de amor a la enseñanza. Y este director, gracias al apoyo interpretativo de Reese Whiterspoon y el apoyo económico de Ron Howard, nos trae en el año 2014 una película basada en hechos reales y bajo el título de La buena mentira. Porque en "Las aventuras de Huckleberry Finn" aprendimos con Mark Twain a reconocer lo que es una buena mentira...y de esa anécdota toma el título la última película del director canadiense. 

Sudán es un país sacudido por una sangrienta guerra civil, en donde más de 20.000 niños y niñas quedaron huérfanos y fueron desplazados de sus aldeas durante la guerra civil sudanesa que se desarrolló entre 1983 y 2005. Se les conoce como "los chicos perdidos de Sudán" y una campaña humanitaria llevaría a 3.600 de estos niños perdidos a los Estados Unidos. 

La buena mentira narra la historia de un grupo de niños huérfanos de Sudán que deben aprender a sobrevivir por sí mismos y llegar a lugar seguro luego de que la guerra les quitara todo (familia, amigos, hogar). Theo, Mamere y Abital emprenden camino a través de paisajes inhóspitos con dos hermanos más pequeños, con el fin de llegar a Kenia, donde esperan conseguir refugio. En el camino, sufrirán la pérdida de los niños más jóvenes (uno de ellos, Daniel, muere en las garras de un león) y harán amistad con Jeremiah y Paul, otros chicos también huérfanos.  
Estos huérfanos, que logran sobrevivir a la guerra después de 13 años en un campo de refugiados de Kenia, consiguen ser acogidos en Estados Unidos, todos menos Theo. La única chica, Abital, es acogida en Boston, mientras que los chicos permanecen juntos en Kansas, donde les recibe Carrie Davis (papel encarnado por la oscarizada Reese Witherspoon, quien se implicó desde un principio en esta película), una asesora de una agencia de empleo a la que reclutan para ayudarles a encontrar trabajo e integrarles, algo nada fácil. Como dice la voz en off: "Esta es la historia de mis hermanos y hermanas... Como un puente invisible sus recuerdos conectan su vida pasada con nuestra vida nueva".

La buena mentira es el enfrentamiento de la realidad del primer y tercer mundo, y que nos habla del sufrimiento de emigrar, de los niños soldados, de la solidaridad bien y mal entendida, de que la vida nos es fácil para la mayor parte de este mundo... Para incrementar ese realismo hay que mencionar el hecho de que los actores que interpretan a los hermanos, Arnold Oceng como Mamere, Emmanuel Jal como Paul, Ger Duany como Jeremiah y Kuoth Wiel como Abidal, todos han sido descendientes de familia involucrada en la guerra o, incluso, niños soldado, lo que ayuda a que el papel que realizan sea aún más creíble. Y es en la llegada a otro mundo donde comienza la nueva odisea para ellos: la de insertarse en el corazón del Occidente capitalista e industrializado después de haber pasado toda la vida en la sabana africana. Un choque emocional que va desde la impresión que sufren cuando tienen que tirar la comida caducada de un supermercado a cuando oyen el timbre de un teléfono, o bien al probar la comida de un McDonalds o comprenden lo que es un interruptor de luz. 

Tras su llegada al aeropuerto J.F.K de Nueva York, en la primavera de 2011, se enfrentan al sufrimiento y la esperanza de los retos que plantea la vida en Estados Unidos, siempre con el apoyo de Carrie, a la que acaban llamado afectuosamente Yardit (que significa "gran vaca blanca"). Y a ella le realizan preguntas paradójicas en ese contexto, pero normales para ellos: "¿Dónde está tu aldea?" o "¿Sonreír sin motivo no es ser hipócrita?", o ese especial agradecimiento hacia ella en forma de "Que encuentres un marido con quien llenar tu casa vacía..." o ese agradecimiento a lo banal como "Padre nuestro, te damos gracias por este alimento milagroso, la pizza". Pero las cosas no son fáciles: "¿Qué te trajo a Estados Unidos?", le pregunta el encargado de un restaurante cuando buscan trabajo, a lo que uno de los hermanos contesta con sencillez: "Mis padres fueron asesinados en la Guerra de Sudán. Y mis hermanas vendidas como esclavas". Y entre ellos llega a surgir la discordia: "Ahora estamos en Norteamérica. Y en Norteamérica no somos nada"

La buena mentira, título que recuerda a "Las aventuras de Huckleberry Finn" (donde el personaje prefiere liberar a Jim, antes de embolsarse el dinero de la venta como esclavo), se contrapone al de Mamere (devuelve un acto de sacrificio del pasado a su hermano Theo, al que va a buscar a África). Y es que esta obra hollywoodense de Philippe Falardeau comparte puntos en común con Profesor Lazhar. Porque el período de duelo, el dolor y el sentimiento de culpa están presentes en ambas películas, así como el hecho de que sus protagonistas sean refugiados víctimas de la violencia política (en el caso de Profesor Lazhar, el terrorismo de Argelia; en el de La buena mentira, la guerra de Sudán y la política norteamericana posterior al 11S), junto a la presencia de un trauma psicológico (el suicidio de la profesora en la primera, y el sacrificio de uno de los hermanos, para salvar al resto, en el caso de la segunda película). Dos películas con premisas oscuras que nos llevan a la luz: si el punto de partida de Profesor Lazhar es el suicidio de una profesora  que descubre uno de los niños que quedaría profundamente traumatizado, en La buena mentira es la guerra civil sudanesa, de la que sobrevivirán nuestros protagonistas, no sin taras emocionales. 

Y es así que podemos decir que la película se compone de dos relatos: una primera parte de cómo sobreviven los chicos en su travesía por la sabana y una segunda parte de cómo sobreviven a una nueva vida en Estados Unidos. Una película que nos ayuda a ponernos en el lugar del otro, para entender otra mirada: "Nos llaman los niños perdidos de Sudán. No creo que estemos perdidos, creo que nos hemos encontrado"

Y La buena mentira puede no llegar a ser una gran película, pero si un buen documento, cuyo colofón son las fotos finales en blanco y negro con el recuerdo de historias reales que nos acercan a la eterna mentira de una mundo demasiado desigual en donde la infancia sigue siendo la primera víctima. Muchos mensajes y una frase final, que es un proverbio africano: "Si quieres ir rápido, camina solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado"

sábado, 24 de agosto de 2013

Cine y Pediatría (189). “De mayor quiero ser soldado” o la apología a la violencia audiovisual


En Cine y Pediatría siempre una película nos lleva a otra, de forma consciente o inconsciente. La semana pasada en Voces inocentes reflexionamos sobre los niños soldados y hoy comentaremos la película De mayor quiero ser soldado (Christian Molina, 2010). 

Pocas películas de las que llevamos comentadas en Cine y Pediatría (y son cientos) han recibido tantos varapalos como esta película. Curiosamente, De mayor quiero ser soldado vino amparada por las recomendaciones del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid o por el Juez de Menores de Granada (el mediático Emilio Calatayud), y supongo que sus recomendaciones eran por las reflexiones que partían de la película, no por su calidad cinematográfica. No soy crítico cinematográfico, sólo un amante del cine, pero si quiero expresar de partida mi opinión: no estamos ante una obra maestra del séptimo arte, pero tampoco ante el bodrio que muchos han descrito en sus mordaces críticas. La película tiene la debilidad de que el discurso cinematográfico está demasiado subrayado (quizás se abusa de la voz en off o de las imágenes documentales, o la diatriba entre el bien y el mal con el amigo imaginario es un recurso demasiado fácil), pero tiene la valentía de plantearnos un tema candente en la actualidad: la influencia de la televisión (y de los videojuegos) en la creciente violencia infantil. Sea como sea, para bien o para mal, esta coproducción hispano-italiana no dejará indiferentes a casi nadie. Quizás algo sensacionalista, quizás algo errática o manipuladora, pero para nada olvidable. 

De mayor quiero ser soldado es una película con un director español (el catalán Christian Molina en su tercer largometraje, tras que en el año 2008 se atreviera con Diario de una ninfómana, basada en el aclamado best-seller de Valérie Tasso) y con actores extranjeros (especial relevancia en los papeles secundarios de tres figuras icónicas, como Danny Glover –el sempiterno compañero de Mel Gibson en la serie de Arma Letal-, Robert Englund –el Freddy Krueger de toda la vida- y Valeria Marinia –la Bámbola de Bigas Luna-). Con ello se repite la fórmula, más o menos acertadas, de otros directores españoles que han trabajado con actores extranjeros, como Isabel Coixet (Cosas que nunca te dije, 1996; A los que aman, 1998; Mi vida sin mí, 2003; La vida secreta de las palabras, 2005; Elegy, 2008; Mapa de los sonidos de Tokyo, 2009), Alejandro Amenábar (Los otros, 2001 o Ágora, 2009), Rodrigo Cortés (Enterrado, 2010; Luces rojas, 2012), Luis Berdejo (La otra hija, 2009), Juan Carlos Fresnadillo (Intruders, 2011) o Gustavo Ron (Vivir para siempre, 2010). 

La película nos narra la historia de Álex (Fergus Riordan) un niño normal de 8 años, con unos padres normales (Andrew Tarbet y Jo Kelly), que va a un colegio normal y en una familia de clase media-alta bien estructurada. Cuando su madre da a luz gemelos, Álex empieza a sentirse solo y desatendido, eclipsado por la llegada de sus nuevos hermanos. Traicionado y herido, consigue que su padre le recompense con algo que siempre había deseado: una televisión en su dormitorio. Álex empieza a desarrollar problemas de comunicación con sus padres y otros compañeros del colegio, por lo que se encierra en sí mismo, inventando dos amigos imaginarios: primero el astronauta capitán Harry (porque al principio quiere ser astronauta) y, posteriormente, también el sargento John Cluster (porque después quiere ser soldado). A través de la televisión, Álex descubrirá un nuevo mundo y se sentirá totalmente fascinado por todo lo que ve. El elemento catalizador de la historia será esta creciente obsesión por las imágenes de guerra y destrucción. En su mundo imaginario, Álex se convierte en soldado, un niño soldado de un ejército imaginario y de un mundo en donde acaba confundiéndose el sueño de la realidad. 

En la trama de la película ocupan un papel secundario el director del colegio (Danny Glover), el psiquiatra (Robert Englund) y la maestra (Valeria Marini), iconos en tiempos mejores del cine de acción, de terror y de sexo. Pero ocupan un papel principal dos personajes a los que saca un gran rendimiento, con buenas interpretaciones: el joven Fergus Riordan (llamado Alex en la ficción, un nombre ligado al personaje principal de La naranja mecánica de Stanley Kubrick) y Ben Temple (ese amigo imaginario dual, entre el “bien” del astronauta y el “mal” del militar). 

Es De mayor quiero ser soldado una propuesta que pretende alertar sobre los peligros de la sobresaturación de violencia visual, es una drama de denuncia social, destinado a concienciar sobre la educación y los valores que reciben los niños de hoy en día en el marco de la globalidad mundial, dominado por las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Y en el que casi todos estaríamos de acuerdo en que con un guión más inteligente, menos manipulador, menos exagerado, podríamos estar hablando de una película importante. Una película que sería la versión española de American History X (Tony Kaye, 1998), nuestro "Spanish History X". 

Estos son algunos de los monólogos que nos regala la película, en la mayoría de los casos aderezados de imágenes de archivo de conflictos bélicos en el mundo, de violencia explícita que se cuelan en nuestras pantallas del televisor y que si nos hacen daño a los adultos, no es difícil imaginar las consecuencias en los niños. 
En uno de los monólogos, Alex nos expone, en clara referencia a lo que comentamos de los niños soldados la semana pasada: "Me gustaría ya ser un soldado. Como los niños soldados. Cuando los veo en las noticias siento tantos celos. Seguro que se lo pasan en grande. Sin colegio. Sin tener que aguantar profesores todo el día. Sin la mierda que tenemos que aprender. ¡Tienen armas de verdad!. ¡Incluso las chicas pueden ser soldados!. Hasta les dejan fumar. ¡Tío, que suerte tienen!. Como mola. Es una pena que no haya bebés soldados. Porque podría enviar a los gemelos a la otra punta del Mundo y no verlos nunca más…". O esta reflexión, casi final de la película y con carácter de denuncia: “Me gustaría acabar esta redacción diciéndoos que también quiero ser un soldado para hacer del mundo un lugar mejor. Los mayores han hecho daño a la Tierra y ahora yo debo arreglarlo. Vosotros os comportáis muy mal. Me pedisteis que no me pelee, pero vosotros no paráis de hacerlo. Me pedisteis mantener el Planeta limpio, ¿y vosotros qué?. Hacéis cosas por las que me castigaríais. Me decís que no deje nada en el plato, pero siempre tiráis la comida. Me decís que matar es malo, pero vosotros no dejáis de mataros entre vosotros. Por vuestra culpa el mundo se ha convertido en un lugar asqueroso. Por eso no sé de qué os quejáis. Todo lo que sé lo aprendí de vosotros. “.

Y el epílogo final, incluso tras los títulos de crédito, en que reaparece el maestro: “La sociedad está cambiando. Hoy en día, nos declaramos abiertamente pacifistas, hacemos campañas a favor de los derechos humanos y por el cese de la pena de muerte, apoyamos a las víctimas de la injusticia y la violencia, de la tortura en países desgarrados por la guerra e, incluso, la violencia y el abuso que hay en la intimidad de nuestros propios hogares. Pero no nos importa lo que nuestros hijos ven en la televisión. Crímenes de guerra, atrocidades, violencia gráfica espantosa…más gráfica de lo que nos podamos imaginar. Sí, nos sentamos a comer o a cenar mientras vemos este banquete en nuestras pantallas y pensamos… Pensamos que es muy normal, nada diferente. Pero algo está pasando…Nuestros hijos copian todo lo que ven…Y olvidamos eso”.

Está claro, y no es exagerado. Para mí, desde luego, no. Cuidado con la televisión, el ordenador o los videojuegos con función de “niñera” que pueden introducir a los niños en mundos mentales paralelos. Aprovechemos las fortalezas y oportunidades que dan las nuevas tecnologías de información y comunicación en la educación de nuestros hijos, pero conozcamos (y evitemos) las debilidades y amenazas que puedan entrañar, incluido la violencia explícita y valores nada negativos. De mayor quiero ser soldado no es una película redonda, pero no el bodrio que muchos quieren reflejar de ella. Al menos, para padres, educadores y pediatras puede ser un lugar de encuentro para emociones y reflexiones sobre la apología de la violencia audiovisual. Y todo ello grabado en aquél lugar donde yo jugué cuando era niño: en Esplugues de Llobregat, pues algunas localizaciones son de allí, incluyendo el centro escolar de Alex (el Colegio Alemán de Barcelona).

 

sábado, 17 de agosto de 2013

Cine y Pediatría (188). “Voces inocentes”… la de los niños soldados


Unas botas militares pisando el suelo embarrado por la lluvia. Unos soldados armados acompañan bajo la lluvia intensa a unos niños con los brazos en la cabeza, todo ello grabado a contraluz y con cámara lenta. Una voz en off inicial de un niño: “Tengo mucha sed. Me duelen los pies. Tengo piedras en el zapato. Seguro que nos van a matar… ¿Por qué nos quieren matar sino hicimos nada?”

Así comienza una película que se considera imprescindible para poder entender de nuevo el dolor que causan las guerras en la infancia (un dolor que en el cine se convierte en reiterativa denuncia) y enfocado en este caso a los niños soldados: Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004). Basada en la infancia del escrito salvadoreño Oscar Orlando Torres (quien coescribió el guión), la trama ubica las acciones en El Salvador de mediados de los 80, en plena época de la guerrilla, donde se nos presenta el conflicto con la visión de un niño de 11 años. En Cine y Pediatría ya se tocó marginalmente este tema con Buenas noches, Ouma (Fernando León de Aranoa, 2007), dentro y de la película colaboratitva Invisibles, y que se centra en contar que los niños del norte de Uganda tienen que dormir vigilados por su entorno para que no les rapten y los conviertan en niños soldados.

El primer guión de Voces inocentes lo escribió Óscar Torres sobre su experiencia, y fue Luis Mandoki, director mexicano de gran versatilidad (reconocido principalmente por películas como Mensaje en una botella -1999- o Atrapada -2003-), quien le dio forma definitiva. Debido a la oposición del Gobierno salvadoreño, el filme tuvo que rodarse finalmente en México y no fue el único obstáculo de la película: algunas distribuidoras estadounidenses le sugirieron que eliminara las frases que cierran el filme y que apuntan que los americanos apoyaron en su día al Gobierno de El Salvador. A pesar de estas trabas, Voces inocentes consiguió abrirse paso en las salas y festivales internacionales, y se alzó, entre otros premios, con el Oso de Cristal a la mejor película en el Festival de Berlín.

Chava (Carlos Padilla) vive en Cuscatanzingo, un pueblo de la periferia de San Salvador, un pueblo que se encuentra atrapado entre el ejército y la guerrilla salvadoreña. Cuando su padre abandona a la familia, en plena guerra civil, Chava pasa a ser "el hombre de la casa" y cuidad de su madre (la bella actriz y modelo chilena, Leonor Varela) y sus dos hermanos pequeños. Vivimos con Chava la supervivencia familiar del día a día, entre la pobreza y los disparos, con el acicate de que está a punto de cumplir los 12 años de edad, lo que implica que pronto será reclutado por el ejército salvadoreño para que agarre un fusil y luche en contra de la guerrilla. Así que a Chava sólo le queda un año de escuela antes de ser movilizado, tiempo para disfrutar de sus amigos y de su primer amor con una compañera de clase, Cristina María. En medio del caos y terror que implica el vivir en un medio tan hostil y desesperanzador, la vida de Chava se convierte en un juego de supervivencia, no sólo de las balas de la guerra, sino también de los efectos desoladores de la violencia diaria.

Porque Cuscatanzingo es un pueblo de casas de zinc, con precarias paredes de madera y piso de tierra apisonada con puertas y ventanas desvencijadas y en donde predomina el color verde de la naturaleza y el sonido de una lluvia casi constante, y que todo nos alude a la realidad y a la melancolía de los indígenas centroamericanos. Y la guerra es sugerida por continuos signos de combate, por medio de los balazos, las explosiones, los impactos que abren orificios en las paredes o en los colchones que sirven de precaria protección. Porque en Voces inocentes el protagonista es el niño y, con él, su familia, no esa cruenta guerra, aunque sea el trágico telón de fondo.

“Es una película que muestra el lado de la guerra que no se ve en televisión. He querido entender la guerra, lo que pasa con la gente que está allí, dentro de las paredes de las escuelas, de las casas. Pero es difícil de entender algo tan monstruoso”, asegura el director. Porque en 1980 estalló en El Salvador un conflicto agrario que terminó por convertirse en una guerra civil que no cesó hasta 12 años más tarde. Como todas las guerras, ésta estuvo plagada de injusticias. Una de las que se atribuyen al Gobierno salvadoreño es el reclutamiento de miles de niños para que lucharan en la contienda contra la escurridiza guerrilla de la FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional).

En la película las principales escenas (las más crudas) se desarrollan alrededor de este conflicto: el reclutamiento de alumnos de 12 años en la escuela por parte del ejército (niños que cambian en un momento las canicas por un fusil), los niños escondidos sobre los tejados de zinc de las casas para evitar ser reclutados, los tiroteos nocturnos en el pueblo, el fusilamiento de los menores, etc. “Todos teníamos miedo de cumplir los 12. Porque entonces venía el Ejército y te llevaba…” es una frase que resume todo lo anterior y que lo pronuncian los mismos niños que salen a lanzar luciérnagas de papel al cielo (curiosamente un símbolo parecido al que apareció en la película de la semana pasada, La tumba de las luciérnagas).

Según informes de Amnistía Internacional se considera como niño o niña soldado a cualquier persona menor de 18 años que forma parte de cualquier tipo de fuerza o movimiento armado y en cualquier condición. En algunos países y conflictos, años y años de guerra han agotado a los adultos en edad de combatir y aquí los niños sirven para todo en tiempo de guerra: combaten, cocinan, acarrean agua, actúan como señuelos, mensajeros o espías. Estos niños y niñas han sido secuestrados en la calle, sacados de las aulas, de sus casas o de campos de refugiados. Y este problema es desgraciadamente de actualidad y no sólo en El Salvador, sino también en muchos otros países y conflictos en África, Colombia, Irak, Palestina, Israel, etc. existen niños soldados de los que se habla y sabe muy poco. Se estima que en la actualidad son más de 300.000 niños los que en el mundo se ven armados por culpa de una guerra, niños soldados que participan en más de 30 conflictos armados en todo el mundo. Dos millones de niños fueron asesinados en conflictos armados durante la última década, seis millones resultaron heridos y otros 20 millones tuvieron que abandonar sus hogares. En esta situación, las instituciones mundiales se comprometieron a conseguir la escolarización de todos los niños hasta el año 2015 del mundo como parte de los 'Objetivos del Milenio', porque las escuelas no sólo ofrecen un futuro, una educación, sino que representan también un rincón donde sentirse niños, donde olvidar por unos momentos la guerra.
De ahí la importancia de incluir la educación como una parte fundamental de la ayuda de emergencia en cualquier crisis humanitaria. La duración media de los conflictos es de diez años, periodo durante el cual dejan de ir a la escuela, exponiéndoles más a los abusos. Un niño sin educación es más vulnerable al contagio de enfermedades y a ser víctimas de las minas antipersona o el reclutamiento. Además, la formación es el único modo de romper el círculo de la pobreza, pues cada año de escolarización supone un incremento medio de los salarios del diez por ciento. Por último, la educación es un medio fundamental de promoción de la paz, pues fomenta la solución pacífica de conflictos, la tolerancia, el respeto de los Derechos Humanos y el espíritu ciudadano.

Mientras reflexionamos sobre las voces inocentes de tantos niños y niñas alrededor de los conflictos bélicos, nos quedamos con las palabras finales de Chava: “Yo no me quiero ir a vivir a los Estados Unidos. Pero si me quedo, me van a acabar matando. Pero voy a regresar, porque le prometí a mamá a sacar a Ricardito antes de cumplir los 12. Esta historia podía haberla contado Fito, Bocheli o Cristina María. Pero me tocó a mí. Es para ellos”.

Y, cómo no, el epílogo de Voces inocentes: “La Guerra Civil duró 12 años, con un saldo de más de 75.000 muertos y cerca de un millón de exiliados. El Gobierno de los Estados Unidos envió personal militar para asesorar y entrenar al Ejército de El Salvador, y envió más de 100 millones de dólares en ayuda militar. Más de 300.000 niños han sido reclutados en ejércitos alrededor del mundo, en más de 40 países”.

Voces inocentes es la verdadera historia de lo que se pierde en una guerra y lo que se encuentra en el corazón de un niño. Y todo ese mensaje se concentra en la canción “Casas de cartón”, que forma parte de la banda sonora original.