sábado, 30 de noviembre de 2013

Cine y Pediatría (203). “La caza”… a la presunción de inocencia


Dogma 95 fue un movimiento fílmico vanguardista iniciado en 1995 por los directores daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg, y al que luego se sumaron otros nombres, como Kristian Levring, Soren Kragh-Jacobsen o Susanne Bier (sobre esta ultima directora recordamos su película En un mundo mejor). Este movimiento duró una década, pero en el camino nos dejaron la Manifestación del Dogma 95 y las diez normas del Voto de Castidad: 1) los rodajes tienen que llevarse a cabo en localizaciones reales; 2) el sonido no puede ser mezclado separadamente de las imágenes o viceversa; 3) se rodará cámara en mano; 4) la película tiene que ser en color; 5) se prohíben los efectos ópticos y los filtros; 6) la película no puede tener una acción o desarrollo superficial; 7) se prohíbe la alineación temporal o espacial; 8) no se aceptan películas de género; 9) el formato de la película debe ser de 35 mm; y 10) el director no debe aparecer en los títulos de crédito. 

Dogma 95 desapareció, pero no sus directores. Y hoy traemos una gran película, una de esas películas que serán difícil de olvidar por la forma y el fondo en que trata un tema escalofriante: la fragilidad de la presunción de inocencia a la que todos estamos expuestos y cómo podemos ser sometidos a una caza de brujas por una sociedad que se puede convertir en cruel y despiadada. Hablamos de la última película de Thomas Virtemberg: La caza (2012). Muy recomendable, con dogma o sin dogma. 

Lucas (enorme Mads Mikkelsen, que se llevó en Cannes el premio al mejor actor) acaba de cumplir los 42 años, ha tenido un traumático divorcio y vive tristemente alejado de su hijo adolescente. En los inicios de la película intuimos los efectos de esta separación (el perro ladra cada vez que oye Kirsten, el nombre de su ex esposa) y el debate por la custodia de Marcus (Lasse Fogelstrøm), su hijo. Lucas está rehaciendo su vida en un pequeño pueblo danés, en donde trabaja como maestro en una guardería. Todo parece encarrilado en su nueva vida: se le nota que disfruta con su trabajo y los niños, tiene un buen grupo de amigos e, incluso, ha empezado una nueva relación sentimental. 
Todo está en sintonía, hasta que una pequeña e inocente mentira de Klara (Annika Wedderkopp), una de las niñas de la guardería (a la postre, la hija de sus mejores amigos), hace que todo estalle por los aires. Klara le dice un día a su profesor, mientras regresan del colegio: “Papá dice que estás triste porque vives solo en una casa muy grande”. Porque Klara ve en Lucas la figura del padre que idealiza, quizás porque el suyo discute continuamente con su madre y no la cuida como desearía, quizás porque Lucas le ayuda a sobrellevar el miedo de pisar las líneas del suelo. La niña, al no recibir todo lo que quiere de Lucas, establece por despecho una falsa acusación sobre el profesor de efectos devastadores y no controlados a su edad. Lo que algunos conocen como el síndrome del falso recuerdo o los recuerdos inventados. 
Y, a partir de ahí, la confesión de la directora del parvulario a la madre: “Klara ha contado detalles sexuales acerca de un adulto. No me parece que la niña mienta. Parece que Klara ha sido víctima de abusos sexuales aquí en la escuela. Y que ha sido una persona muy cercana a vosotros”. Y es así como, mientras la nieve comienza a caer y las luces de Navidad se iluminan, la mentira se extiende como un virus invisible y contagioso. El estupor y la desconfianza se propagan y la pequeña comunidad se sumerge en la histeria colectiva, obligando a Lucas a luchar por salvar su vida y su dignidad. 

Y la película nos abofetea con una ficción que puede ser absolutamente real… y podría pasarnos a todos. Una realidad que convierte a la sociedad en delincuente, por esa cruel discriminación homicida que nace de la simple necesidad que cualquier sociedad tiene de permanecer unidos frente al mal. Vinterberg va más allá de Haneke, pues si bien el suizo nos devolvía una sociedad delincuente en La cinta blanca que no sentíamos nuestra (esa sociedad puritana de cuño autoritario), el danés nos golpea en La caza con una sociedad que podría ser la nuestra (esa sociedad demócrata y progresista), lo que convierte en más terrible e incómodo el mensaje.

En La caza se desarrolla un detallado análisis de lo que podíamos llamar el fascismo social, esta tendencia de todas las sociedades a cohesionarse buscando un mal exterior que se pueda castigar impunemente, esa sociedad donde nadie escucha a solas el rumor de su conciencia, donde la histeria colectiva se convierte en juez y parte y el individuo puede ser un ser demasiado indefenso. Y en donde el sólo rumor de los abusos infantiles se convierte en uno de los pocos tabúes verdaderamente hirientes en esta pequeña comunidad. Posiblemente una de las lecciones que Vinterberg quiera trasmitirnos es la profunda indefensión frente a la violencia que padece el ciudadano moderno ante la jauría humana de toda una sociedad. Y como, una vez ha regresado la aparente normalidad para Lucas y la reconciliación con la sociedad, un año después, nos sorprende el final, una final que nos sigue haciendo pensar: el disparo amenazador en una jornada de caza, una bala que puede provenir de cualquiera, marca el triunfo definitivo de la sociedad como delincuente perfecto. Porque Lucas nunca podrá volver a estar seguro. Porque Lukcs ha vivido una pesadilla que todos podríamos vivir algún día y la caza de brujas a la que nos somete la sociedad hace que todo se desmorone a nuestro alrededor.

Vinterberg no es Hitchcock, pero como él nos presenta a esta gran Mads Mikkelsen como el falso culpable, un hombre corriente, un hombre que podríamos ser cualquiera de nosotros, acusado de un delito que no ha cometido. Muchos son los referentes que se pueden rastrear en los fotogramas de esta pequeña joya del actual cine danés, desde Furia (Fritz Lang, 1936) hasta La quinta estación (Peter Brosens y Jessica Woodworth, 2012), pasando Falso culpable (Alfred Hitchcock, 1956). En definitiva, el grupo y su fuerza contra el individuo y su debilidad, donde el ímpetu de la sospecha prevalece ante la psicosis de la comunidad. Porque La caza es una película fría, cruda y distante, sobria en hechura y exasperante para el espectador, porque consigue que los espectadores seamos partícipes en la historia (y aquí nos viene a la memoria la escena de la iglesia), porque podríamos ser cualquiera de nosotros y porque resulta difícil quedarse en la butaca contemplando con impotencia lo que pasa.

Poco queda del Thomas Vinterberg de Dogma 95, pues La caza es una película de corte clásico. Pero poco importa, pues con dogma o sin dogma el mensaje es contundente y nos avisa que la armonía entre el mundo de los adultos y el de la infancia es compleja y que todos podemos ser responsables de dar caza a la presunción de inocencia. Más si el tema se relaciona con la pederastia. Y para ello la película se vale de un Mads Mikkelse que quita el aliento…

Esta película está dedicada a las personas que me la recomendaron, dos personas amantes del buen cine y de la buena pediatría: el Prof. Serafín Málaga, presidente de la Asociación Española de Pediatría, y su esposa Angelines. Sin dogmas, pero con buen sentimiento.