sábado, 2 de agosto de 2014

Cine y Pediatría (238). “El hijo del otro”, un alegato a favor de la reconciliación


No hay ningún lugar más cargado de historia y sangre que la Tierra Santa, llamada Israel, Palestina, Canaán, etc.: diferentes pueblos, diferentes dioses y diferentes hombres luchando por dominar una zona que se ha convertido en una encrucijada real y simbólica por milenios. Desde el hombre primitivo y canaanitas hasta los judíos y palestinos, pasando por los egipcios, asirios, israelitas, babilonios, macedonios, griegos, ptolomeos, selúcidas, hebreos, macabeos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, otomanos y británicos. 

El día 29 de Noviembre de 2012 la ONU reconoce a Palestina como “Estado observador no miembro” de la organización, reafirmando de un modo ambiguo el derecho del pueblo palestino a un territorio bajo las fronteras definidas antes de la guerra de 1967. Las relaciones se destensan un poco, aunque Israel se altere, y es un momento propicio para que la directora/guionista francesa de origen judío, Lorraine Levy, saque del armario una historia que le interesa, una parábola bien intencionada y de decidida vocación conciliadora en su película El hijo del otro (2012). Y se fundamenta en un argumento incontestable por su fuerza dramática y que surge cuando dos familias estructuradas de Israel y Palestina viven con perplejidad como su sangre no es compatible con la de uno de sus hijos. Porque el intercambio no intencionado de dos hijos en la maternidad ya ha sido tratado recientemente en la película japonesa, De tal padre, tal hijo (Hirokazu Kore-eda, 2013), pero aquí se añade un condimento más importante: que la historia ocurra en uno de los habituales puntos calientes del globo, y con el eterno problema entre judíos y palestinos de fondo. Dos hijos intercambiados y que, cuando avanzan por su adolescencia casi juvenil se encuentran que su verdadera entidad genética está al otro lado del muro. Ese muro y esa alambrada interminable, como una cicatriz queloide en la mente de los palestinos y los israelíes. 

Joseph (Jules Sitruk) es un joven israelí que está a punto de empezar el servicio militar. Cuando va a entrar en las fuerzas armadas, descubre que fue intercambiado al nacer de forma accidental con otro niño en la maternidad, debido a un bombardeo en Haifa durante la Guerra árabe-israelí y la precipitación al refugiarse en el sótano provoca el error en la asignación de los niños. Y es así como Joseph descubre que no es hijo biológico de sus padres, sino que ese hijo es Yacine (Mehdi Dehbi), el bebé de una familia palestina que vive en los territorios ocupados de Cisjordania. 
El mundo se derrumba alrededor de estas dos familias. El rechazo, la duda, la pérdida de identidad, los prejuicios de raza y religión se erigen como espinosa barrera en sus vidas, una barrera más dura que los muros y las alambradas que les separan desde hace décadas. Y todos (padres e hijos) deberán intentar superar lo que significa ser judío y haber sido criado como palestino, y ser palestino y haber sido educado como judío. Y esa superación solo será posible a través de la comprensión, la amistad y la reconciliación en una atmósfera dominada (históricamente) por el miedo y el odio, cuando las barreras religiosas y civiles pueden suponer un impedimento en el reencuentro. 

En esa reconciliación tienen un papel clave las dos madres, dos mujeres maravillosas que asumen su nueva circunstancia y también ayudan a sus maridos, quienes no pueden entender lo que les está pasando. Porque serán los padres los que tienen más cercana la agresión presente en sus territorios, haciendo responsables a sus dirigentes de una situación difícil de compartir. Sorprende como el rabino le cuenta a Joseph que está circuncidado y que, efectivamente, estudia la Torá, pero a partir de ahí la naturaleza indica que ha nacido de una árabe y, por lo tanto, no puede ser judío en sus derechos y obligaciones que tenía previamente asignados. Y la directora nos presenta al joven palestino (pueblo invadido) como más maduro (estudia Medicina en París), que el joven judío (pueblo invasor) que lo puede presentar como de carácter más débil, un músico y artista en potencia. 
Y la duda de los protagonistas a cada paso. La duda de Joseph: “¿Voy a tener que cambiar mi kipá por un cinturón de explosivos?”. La duda de Yacine: “Soy mi peor enemigo, pero tengo que quererme a pesar de todo”. La reflexión de la madre: “Abre tu corazón hijo mío, sé que es grande…”

Cine positivo e imprescindible con un mensaje claro: atender las diferencias del otro y hacerlo con respeto. Aunque el desarrollo de la historia se acerca más a la fábula que a una realidad, sin duda, más compleja. Porque El hijo del otro apuesta por ponerse al lado del enemigo, por aceptar las diferencias y encontrar, más allá de prejuicios culturales o religiosos, puntos en común en tanto seres humanos. Y es así como no se convierte en una película política, sino ideológica y en donde su directora reivindica la consabida ingenuidad para tratar e intentar resolver un conflicto tan marcado. 
Porque la fábula está configurada como un alegato a favor de la confraternización y la coexistencia pacífica. Y es así como la escena final de los tres “hermanos” en el hospital se convierte en toda una declaración de principios por la paz y el entendimiento: las manos apretadas de los tres es un símbolo de reconciliación por encima de religiones y política. 

Y tras este trasfondo, la inevitable pregunta, ya realizada en la película De tal padre, tal hijo: ¿Quién es nuestro verdadero hijo… alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre? o lo que en el mundo anglosajón plantean de forma tan gráfica como “nature or nurture?”. Pero en este caso con un gran trasfondo político y social, arropado por interpretaciones de nivel que aportan credibilidad y borran cualquier sombra de artificio. 

Porque de nuevo queda claro que no es la sangre ni la biología lo más importante, sino la educación y entorno. Y a partir de ahí es donde se empieza a vislumbrar una luz al final del túnel,… una luz necesaria para el túnel eterno del conflicto palestino-israelí. Un túnel muy largo y oscuro y donde El hijo del otro se convierte en un gran alegato frente a la reconciliación,… justo y necesario.

Y como nada es casualidad, el destino hace que esta entrada se haya programado justo ahora mismo que estamos asistiendo en vivo y en directo, a los efectos devastadores sobre la población civil del ataque de Israel sobre Gaza, con decenas de niños muertos, y medio mundo (o el mundo entero) indignado, incluida la reciente carta de la revista The Lancet: "An open letter to the people in Gaza". Porque la unión hace la fuerza y porque si la indiferencia es la norma estamos definitivamente perdidos..., aunque sea el hijo de otro.