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lunes, 28 de abril de 2025

De los estilos de crianza… a los estilos de liderazgo

 

Diana Baumrind (1927- 2018) fue una psicóloga clínica, especializada en psicología del desarrollo, conocida por su investigación sobre los estilos de crianza parental. Su trabajo pionero en la década de 1960 identificó tres estilos parentales iniciales, a los que posteriormente Maccoby y Martin añadieron un cuarto. Estos estilos se basan en dos dimensiones clave del comportamiento parental: la exigencia (el grado en que los padres establecen reglas y esperan obediencia) y la respuesta (el grado en que los padres son sensibles a las necesidades de sus hijos, los apoyan y se comunican con ellos). 

Los estilos de crianza son importantes debido a que la forma en que un padre interactúa con su hijo sienta las bases para el desarrollo social y emocional futuro del niño. He aquí los cuatro estilos.

1. Estilo Autoritario 
• Características: Alto en exigencia y bajo en respuesta. Los padres autoritarios son estrictos, establecen muchas reglas y esperan obediencia sin cuestionamientos. Utilizan el castigo y la disciplina firme, a menudo sin explicar las razones detrás de las reglas. La comunicación suele ser unidireccional, de padres a hijos. 
• Impacto en los hijos: Los niños criados bajo este estilo tienden a ser obedientes y competentes, pero pueden ser menos felices, tener baja autoestima, ser más ansiosos y tener dificultades para tomar decisiones por sí mismos. Pueden mostrarse más agresivos fuera de casa. 

2. Estilo Permisivo o Indulgente 
• Características: Bajo en exigencia y alto en respuesta. Los padres permisivos son cálidos y afectuosos, pero establecen pocas reglas y límites. Son indulgentes y evitan la confrontación. Tienden a ser más amigos que figuras de autoridad. 
• Impacto en los hijos: Los hijos de padres permisivos pueden tener dificultades con la autodisciplina y el autocontrol. Pueden ser impulsivos, inmaduros, demandantes y tener problemas con la autoridad. Aunque suelen tener buena autoestima y habilidades sociales, pueden presentar bajo rendimiento académico y mayores problemas de conducta. 

3. Estilo Democrático 
• Características: Alto en exigencia y alto en respuesta. Los padres autoritativos establecen reglas claras y expectativas elevadas, pero también son cálidos, sensibles y comunicativos. Explican las razones detrás de las reglas, escuchan las opiniones de sus hijos y fomentan la independencia dentro de los límites establecidos. Utilizan la disciplina con apoyo y razonamiento, en lugar de castigos severos. 
• Impacto en los hijos: Los niños criados con este estilo tienden a ser más felices, seguros de sí mismos, socialmente competentes, responsables y con mejor rendimiento académico. Desarrollan buenas habilidades de autorregulación y toma de decisiones. Este estilo se considera el más beneficioso para el desarrollo infantil en culturas occidentales. 

4. Estilo Negligente o No involucrado 
• Características: Bajo en exigencia y bajo en respuesta. Los padres negligentes muestran poco interés en la vida de sus hijos. Proporcionan las necesidades básicas, pero son emocionalmente distantes, no establecen reglas ni límites, y no supervisan a sus hijos de manera adecuada. A menudo están centrados en sus propios problemas. 
• Impacto en los hijos: Los niños criados en este ambiente suelen tener baja autoestima, problemas de conducta, bajo rendimiento académico, dificultades en las relaciones sociales y un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental y abuso de sustancias. Este estilo tiene los resultados más negativos en el desarrollo infantil. 

Según esto, el modelo de Baumrind ofrece un marco valioso para comprender cómo los diferentes enfoques parentales pueden influir en el desarrollo de los niños. Si bien cada estilo tiene sus propias características e impactos, la investigación sugiere consistentemente que el estilo democrático se asocia con los resultados más positivos para los niños. Este estilo logra un equilibrio entre establecer límites claros y ofrecer calidez y apoyo, fomentando así el desarrollo de niños competentes y bien ajustados. 

Es importante tener en cuenta que estos estilos representan categorías generales y que la práctica parental real puede ser más compleja y variar en diferentes situaciones y a lo largo del tiempo. Además, el contexto cultural también influye en la efectividad de los diferentes estilos de crianza. Pero no deja de ser una buena orientación. 



Pues bien, estos estilos de crianza son equiparables, de alguna forma, a los estilos de liderazgo (y como pediatras, ambos nos tocan muy de cerca). Porque el liderazgo en las organizaciones es la capacidad de influir, motivar y guiar a un grupo de personas hacia el logro de objetivos comunes. Va más allá de la simple autoridad o gestión, ya que implica inspirar confianza, fomentar la colaboración y crear una visión compartida. Un líder efectivo no solo dirige, sino que también apoya, desarrolla y empodera a su equipo. 

Es importante destacar que no existe un único estilo de liderazgo "mejor" para todas las situaciones. La efectividad de un estilo de liderazgo depende de diversos factores, como la cultura organizacional, la naturaleza de la tarea, las características del equipo y la situación específica. Un líder eficaz a menudo utiliza una combinación de diferentes estilos según las circunstancias, pero está claro que el liderazgo democrático o participativo tiene mucho ganado para el equipo y para el que lo lidera. 

Sobre liderazgo hemos hablado durante mucho tiempo en este blog, y aconsejo el libro “Liderar con corazón” de Joan Carles March, sobre el que realizasmo dos post hace una década (ver enlace 1 y 2).  

sábado, 18 de noviembre de 2023

Cine y Pediatría (723) “Broker”, la adopción y las familias improbables de Koreeda


Es Hirokazu Koreeda un referente absoluto en cuanto al cine japonés contemporáneo se refiere y uno de los directores más prolíficos de la industria del séptimo arte, prácticamente con el estreno de una película cada año en la última década y con obras premiadas en los principales festivales del cine del mundo. Y, sin duda, el director por antonomasia de este proyecto que es Cine y Pediatría, y ello por su especial visión de la familia y la infancia, ese ecosistema peculiar en el que transcurre casi todo su universo cinematográfico. Ya hemos dedicado un artículo especial a este director, revisando las siete películas ya comentadas en este blog. Todo comenzó con Nadie sabe (2004), ese brutal relato de supervivencia contado a vista de niño; continuó con Still Walking/Caminando (2008), sobre la importancia del núcleo familiar, aunque sea una familia desestructurada unida por el cariño, el resentimiento y los secretos; Kiseki/Milagro (2011), ese milagro del reencuentro familiar de dos hermanos que viven separados y que nos acerca a la indisolubilidad espiritual de la familia; De tal padre, tal hijo (2013), nos plantea quién es nuestro verdadero hijo, si alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre; Nuestra hermana pequeña (2015), una profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos; Después de la tormenta (2017), ese infinito y delicado ecosistema producto de relaciones entre abuelos, padres e hijos; y Un asunto de familia (2018), allí donde Koreeda condensa todos los dilemas acerca de las relaciones humanas y familiares, rompiendo esquemas tradicionales. Y ahora llega Broker (2022), la primera de sus películas rodadas en Corea del Sur y con actores reconocidos del emergente cine coreano, para poner el contexto familiar bajo el tema nuclear de las adopciones.       

Y es que desde hace casi tres décadas Koreeda lleva preguntándose qué es la familia, ese universo entre padre, hijos, hermanos, abuelos, nietos, tíos y primos. Y lleva años postulando que no es necesariamente la sangre la que determina tus raíces, sino los vínculos emocionales, los recuerdos y las experiencias vividas. El eterno debate entre “nature” o “nurture”, genética o educación… y todo ello bajo la visión del país del sol naciente. Se ha hablado en más de una ocasión de Koreeda como el heredero espiritual de Yasujiro Ozu, pues ambos son compatriotas y ambos centran buena parte de sus filmografías en examinar el funcionamiento de la familia japonesa en sus respectivas épocas. Ahora bien, no solo importante el qué, sino el cómo, y en el caso de Ozu sus imágenes perduran por la ética y la estética, y en Koreeda la estética no es su objetivo principal. Pero si Koreeda no destaca por su puesta de escena, sí sobresale en la dirección de actores, con elencos creíbles (y con especial mención a las interpretaciones de los niños y niñas). Y en Broker continúa este patrón temático y formal. El toque Koreeda sigue aquí…en esta peculiar road movie en furgoneta con cinco personajes seguidos muy de cerca por el coche de las dos agentes de la Unidad de Menores. 

Todo comienza en una noche de lluvia torrencial, cuando la joven So-young (Lee Ji-eun, cantante y actriz surcoreana conocida como IU) abandona a su bebé a las puertas de una iglesia. Dos mujeres policías de la Unidad de Menores vigilan el lugar, la inspectora Su-jin (Bae Doona, la actriz principal de Un monstruo en mi puerta, July Jung, 2014), y su ayudante, la detective Lee (Lee Joo-young), a quien le dice: “No tengas un bebé si vas a abandonarlo”. Y meten al recién nacido en la ventanilla metálica para bebés que tiene disponible la Iglesia de la Familia de Busán. Allí dos hombres recogen al recién nacido, quien lleva una nota de la madre donde pone que se llama Woo-sung y que promete volver a por él, y ellos dicen al bebé: “Vas a ser muy feliz aquí”. Estos hombres, Sang-hyenon (Song Kang-ho, galardonado por su interpretación en Cannes, y uno de los más famosos actores surcoreanos, visto en Parásitos, Bong Joon-Ho, 2019), y y el joven Doing-soo (Gang Dong-won) se dedican a traficar con estos bebés abandonados para venderlos a padres dispuestos a pagar una tarifa. Cuando So-young regresa a la iglesia, arrepentida, descubre el negocio ilegal de ambos hombres y decide unirse a ellos para encontrar a los padres adoptivos más adecuados.   

Y todos estos protagonistas parten hacia un inusual viaje por carretera en busca de los mejores compradores del bebé, y en donde iremos descubriendo el pasado de cada uno nuestros protagonistas: Sang-hyenon está separado y su ex mujer e hijos viven en Seúl; Doin-soo regresa al orfanato donde se crió y desde allí se les suma al viaje un niño ya mayor amante del fútbol que sigue sin ser adoptado; conoceremos que So-young ha asesinado al padre de su recién nacido, pues ella ejercía de prostituta, y lo hizo por decirle que el niño no debía haber nacido y querer quitárselo (y ahora su verdadera mujer busca al pequeño); y las dos agentes pasan la mayor parte del tiempo dentro del coche, con la misión de atrapar a estos traficantes de bebés con las manos en la masa, y con un pensamiento muy fundado: “Es una irresponsable. Tener un bebé y abandonarlo así”. Y las interacciones entre ellos se cruzan y cambian, en una continua reflexión sobre el sentido de la familia. Y se mezclan las escenas más simpáticas (como cuando acuden a urgencias pediátricas con el recién nacido y Sang-hyenon le dice a la madre: “Es normal que tengan fiebre. Es que están creciendo”) con otras más profundas (“¿Es que matarlo antes de que nazca en vez de abandonarlo, es menos pecado?”, pregunta la joven madre a la inspectora). 

Y durante más de dos horas de metraje son varias las oportunidades para preguntarnos en la actitud de cada personaje, ¿dónde empieza la maldad y dónde acaba la bondad? Pues es más que evidente la ilegalidad e inmoralidad del tráfico de bebés, pero tal como nos lo presenta Koreeda no será fácil definir quién obra bien y quién mal: la joven madre decide no abortar y entregar su bebé en una iglesia que ha instalado una caja de recién nacidos; los traficantes de bebés los salvan de la muerte o de una vida muy precaria; los compradores en el mercado negro de bebés, con gran deseo de ejercer una paternidad que no pueden conseguir por vía natural, tiene la disposición de darles la mejor de las vidas,… Porque quizás el propio título de Broker nos pone en la pista de esta película. Porque si se define como un bróker a la persona que actúa como intermediaria en operaciones de compra y venta de valores financieros y acciones que cotizan en bolsa, aquí estos valores son los recién nacidos de adopción. 

Broker es una emotiva road movie que parte de un tema escabroso y acaba convirtiéndose en un bálsamo para el corazón, donde el cariño y afecto se apodera de cada uno de los protagonista, que acaban constituyen una familia… para acabar agradeciendo cada uno el haber nacido.

 

sábado, 13 de mayo de 2023

Cine y Pediatría (696) “Mamá está en la peluquería” y los hijos sobreviven

 

Es el último viaje del curso del autobús amarillo que distribuye a los alumnos a sus casas. Las palabras del conductor, “Felices vacaciones”, nos adentran a un nuevo verano.de nuestros tres hermanos protagonistas de la familia Gauvin en esta sociedad canadiense siempre tan socialmente avanzada. Nos encontramos en Quebec en el año 1966. Y conocemos a Élise (Marianne Fortier), la adolescente de 13 años, siempre descalza y vivaz, amante de la pesca en el río; a Coco (Élie Dupuis), el preadolescente transformado en hacendoso inventor; y a Benoit (Hugo St-Onge Paquin), el pequeño de 6 años que aún sigue intentando vencer su enuresis, que todo lo pregunta y que tiene claro que “Yo nunca seré mayor”. Saludan a su madre Simone (Céline Bonnier) de forma amorosa y todo parece indicar que son una familia muy feliz. El padre (Laurente Lucas) es un médico microbiólogo con algún secreto no confesable y que se ausenta hacia el hospital con demasiada frecuencia, y es lo único que puede distorsionar el equilibrio y la paz reinante. Una familia educada y en orden, donde los chicos mayores tocan el piano y al pequeño le gusta que, al dormir, su padre le cante alguna canción de un amplio repertorio. 

Esta es la presentación de la película Mamá está en la peluquería (Léa Pool, 2008), el último film de la sexagenaria directora canadiense de origen suizo, quien lleva a la pantalla el primer guion de Isabelle Hébert, un retrato alrededor de la infancia zarandeada por la ruptura matrimonial. Porque mientras comienzan las vacaciones de verano de nuestros tres hermanos, algo ocurre que cambiará sus vidas. Y es que, hasta entonces, el único temor de estos chicos era hacia Monsieur Mouche, el hombre sordomudo con un angioma en su hemicara y que vive en una caravana junto al río. 

Léa Pool nos devuelve esa evocación nostálgica de un verano y sus ritos de paso ya tan conocidos en el cine, allí donde otros directores nos dejaron su particular "coming of age" estival (y sirva algún otro ejemplo norteamericano como los que Robert Mulligan nos regaló en 1971 con Verano del 42 y veinte años después con Verano en Louisiana). Y aquí Pool nos convoca a un plácido rincón canadiense y a esos días eternos de luz y calor con nuestros tres hermanos y sus amigos, a los que les acompañamos a pescar en el río, en sus paseos en bici, en la captura de ranas, y a esos primeros besos preadolescentes de Élise y sus amigas (al ritmo de la canción “Bang bang” de Claire Lepage), y también conocemos a ese niño rubio que cree ser hijo de un príncipe austríaco, posiblemente heredero de Sissí Emperatriz. Simpático comienzo que se rompe cuando la sospecha de Simone sobre su marido se convierte en evidencia y que le hace tomar una decisión muy imprevista: pide el traslado como periodista para ejercer de corresponsal en Londres, porque, como nos expresa, “Si no me voy, me muero”. Porque nuestra directora se ha caracterizado por abordar las relaciones homosexuales en sus películas, y también en ésta aparece el tema, fuera de campo, pero con un papel decisivo en la ruptura del matrimonio de un médico prestigioso y una periodista que renunció a su trabajo para criar a sus hijos, que la adoran. 

Y cuando el padre se encuentra solo con sus hijos, simplemente se ve superado por la situación. Pero los que sufren el impacto en primera persona son los hijos del matrimonio, quienes no entienden la situación. Y cada uno reacciona de una manera ante este dolor. Así, mientras Coco busca refugio en el garaje con la construcción de un coche, y Benoît se sumerge en su propio mundo, y le da por destrozar sus muñecos y golpearse los oídos cuando no quiere escuchar algo que no le gusta (y hasta el padre piensa que necesitará un colegio especial), Élise decide coger el timón de una familia a la deriva en un desesperado intento por salvarla. Y todo ello se nos presenta esquivando la sensiblería, con esa mezcla de ternura con comicidad, de realismo desgarrador con condescendencia. 

Y a las llamadas por teléfono de la madre, el pequeño Benoit le pregunta: ”¿Cuándo vas a volver?... y ¿cuánto tiempo es “todavía no”?. ¿Dónde está Londres?, ¿y Europa?”. Pero Élise está profundamente contrariada y enfadada y no se pone al teléfono, mientras el padre continúa desesperado, superado por la situación. El pequeño desarrolla pesadillas, y la hermana le aconseja: “Cuando eches de menos a mamá, solo cierra los ojos. La verás sentada al piano. Oirás a Beethoven en tu cabeza”; pero él contesta: “No veo nada. Está todo negro en mi cabeza”. Y resulta que Élise encuentra en Monsieur Mouche, el que tanto le asustaba, su mejor soporte emocional para esta situación personal y familiar tan complicada. Pero la situación de Élise no es mucho peor que la de un chico vecino, cuya madre no supera la enfermedad del marido y se ha deprimido hasta la extenuación, y él tiene que ser el hombre de la casa al igual que ella está teniendo que asumir el rol de la mujer de la suya. Y el juramento entre ambos: “Si dices que mi madre es rara, yo digo que la tuya se ha ido”. Y es que es bien conocido que en cada familia los hijos soportan o arrastran los errores o problemas de sus padres. 

Y Benoit recoge del buzón las pocas cartas y postales de su madre, pero que nadie quiere leer, solo él… y aunque no sabe leer, lo intenta. Porque los hermanos tienen sensaciones cruzadas sobre si la madre les abandonó o no, e intentan conocer por qué se fue de casa. Pero han decidido contestar a los que preguntan por su madre, que ella está en la peluquería. Y con el trasfondo de una naturaleza estival en plena ebullición, Élise está a punto de vivir un verano único con sus hermanos: “Antes de este verano creía que eran felices. No sabía que la risa escondía tantas penas y secretos. Las cosas no habían cambiado: el rio prohibido, los maizales, las montañas, las grietas del asfalto". 

Cuando Benoit es revisado por un especialista sale con el diagnóstico de superdotado, disléxico y con desórdenes de personalidad (si no quieres una etiqueta, toma tres), y es entonces cuando la hermana pide con fuerza que su madre regrese, pues su hermano la necesita por encima de todos. Porque ya no solo destroza los muñecos, sino que ya se golpea a sí mismo. Y con esta situación, la historia avanza con una buena banda sonora, donde aparecen canciones como “Happy Together” de The Turtles, “La maison oú j´ai grandi” de François Hardy o ese final con “The Great Escape”, interpretada por Élie Dupuis (joven cantante que aquí interpreta a Coco)… y la pregunta de Benoit, “¿Y dónde vamos luego?” y la respuesta de Élise: “Nos vamos a Londres”. Fundido en negro. 

En Mamá está en la peluquería no hay complacencia con la infidelidad matrimonial y presenta a los hijos como víctimas de la inmadurez de los padres. No es un tema novedoso, pero sí está tratado con solvencia, como antes ya otras películas reflejaron bajo otra perspectiva este grave problema al que se enfrenta la descendencia de familias desestructuradas cuando la madre se va, como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), Evelyn (Bruce Beresford, 2002), Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007) o ¿Qué hacemos con Maisie? (Scott McGehee y David Siegel, 2013), por citar algunas.    

 

sábado, 21 de enero de 2023

Cine y Pediatría (680) “Cuidado con los niños”, vienen acompañados de adultos


Vamos conociendo cada vez un poco más del cine que se viene desarrollando en los países nórdicos, y que va mucho más allá de cine noir que tan de moda han impuesto en estos lares. Y hoy hablamos de una película de Noruega, que en algún foro se ha definido como la mejor película humanista de la última década: Cuidado con los niños (Dag Johan Haugerud, 2019), una película de150 minutos de metraje para un drama pausado situado en un centro escolar que va calando poco a poco. Y esta película se suma a las dos únicas películas noruegas ya presentes en Cine y Pediatría: Brothers (Aslaug Holm, 2015) y El viaje de Nisha (Iram Haq, 2017), y ninguna es cine de palomitas.

Pero la primera escena de Cuidados con los niños ya entra directamente en materia: “Se han llevado al niño directamente a la UCI… No es bueno sangrar tanto por la oreja”. Las conversaciones de los profesores que intentan entender lo ocurrido. Al parecer eran amigos los dos implicados, aunque ambos los recuerdan como insolentes en clase. “Las dos familias son de alto nivel. Deberemos pensar una estrategia frente a los medios”, se comenta en el claustro de profesores. Los hechos son estos: durante el recreo de esta escuela. Natalie (a la que llaman Lykke sus padres y Anna su abuela) - la hija de 13 años de un destacado miembro del Partido Laborista, Sigurd Eriksen (Hans Olav Brenner), y una madre periodista de un partido de izquierdas - hiere gravemente en el campo de deporte a su compañero de clase, Jamie, - único hijo de un político de alto nivel de la derecha, Par Erik Lundemo (Thorbjørn Harr), cuya esposa falleció hace tiempo -. Cuando se anuncia horas después desde el hospital que éste ha muerto, las versiones contradictorias entre profesores y padres de lo que realmente sucedió corren el riesgo de empeorar una situación difícil y traumática. Y es así como el segundo largometraje de Dag Johan Haugerud propone una ardua exploración de la culpa, la pena y los problemas de comunicación. 

En el claustro de profesores, Liv (Henriette Steenstrup), la directora, se siente orgullosa de la notas de sus alumnos y de que apenas hay acoso en el centro, “pero si el acoso tiene que ver con esto, tenemos que hacer algo”. Intentan averiguar qué paso y quién tenía que vigilar el patio, y al parecer le correspondía a Anders (Jan Gunnar Røise), el profesor hermano de la propia directora. Natalie (Ella Overbye) dice que bromeaban y le empujó, pero no le pegó; otros chicos presentes dicen algo diferente. Y una reflexión vuela en el aire: “A veces se castiga a los niños por el pecado de sus padres”

Y el largo metraje se divide en diferentes fundidos de diferente color (en rojo, en azul, en negro, en gris o en verde). Y ante semejante tragedia, la película nos devuelve sensatas y calmadas conversaciones, como reflejo de esa sociedad, reflexiva y sin estridencias, donde intentan cuidar las palabras, si bien a medida que avanza la historia también las palabras comienzan a tener un doble filo. La sensación de culpa de Anders, por no estar en el lugar que le correspondía cuando sucedió la tragedia, intenta aliviarla realizando tutorías en casa de Natalie para ser apoyo y conexión con el centro escolar, allí donde tienen conversaciones profundas sobre las amistades del colegio, sobre el uso de las redes sociales, sobre Jamie. Y también somos testigos de las conversaciones de los padres de ella, porque intentan comprender cómo ha podido suceder: “¿No te sientes culpable?”…Tampoco ayuda a Lykke que nos sintamos culpables” o “¿Quién mejor que tus padres para entender la necesidad de mentir?”. 

En los sucesivos consejos de profesores se descubre que Natalie acosaba a otra compañera: “Si Natalie es como una bomba de relojería, no podemos tener a una alumna que sea un riesgo para los demás”. Y unos defienden que fue un accidente, otros que un posible homicidio que cabe no minusvalorar, aunque por la edad no acabe teniendo una repercusión penal sobre ella. Y mientras avanza la historia en busca de la verdad, resurgen los conflictos cruzados entre los diversos protagonistas que aparecen, tanto en la escuela como en sus contextos familiares diversos. Un aspecto llamativo es que Liv tiene como amante al padre de Jamie, pero lo han ocultado, e intentan salir de su confusión y dolor, aunque desemboca en un pensamiento tan duro del padre como éste: “Se saldrá con la suya solo porque es una niña. ¿Sabes lo injusto que es eso?… No puedo evitarlo, quiero que pague por lo que ha hecho. Que sufra. Quiero que se le grave en la mente. Y que nunca vuelva a ser feliz. Incluso si los psicólogos le dicen que no es su culpa, quiero que se sienta culpable el resto de su vida”. Y la crudeza de estas palabras de este padre dolido no van a la zaga del violento encuentro con Natalie en el aparcamiento, donde le dice cosas horribles de las que no puede por menos que arrepentirse luego. 

Es Cuidado con los niños una película en la que solo aparece una niña, Natalie, pues incluso Jamie solo es un nombre, pero no un actor. El resto son adultos, profesores y familiares que se enfrentan a este fatal incidente y donde sutilmente descubrimos hechos en las relaciones entre ellos que desgranan el modelo de bienestar noruego en un thriller con connotaciones políticas y sociales encubiertas. Porque el percance surge de la discusión y amistad de unos niños con orígenes ideológicos maternos y paternos dispares, circunstancias que hacen cuestionar toda la investigación sobre lo ocurrido. Y a pesar del elevado número de temas tratados (sistema educativo, comunidad LGTBI, sindicatos, ocupación nazi de Noruega, conciliación laboral, racismo…), da la sensación de que no se llega a ninguna conclusión sobre el trágico hecho del que parte el largometraje. Parece como si el incidente infantil fuera un recurso narrativo en el guion para cuestionarnos sobre temas actuales y el presunto hecho violento del planteamiento se diluye entonces, mientras se presentan adultos preocupados, débiles, ilusionados, problemáticos, miedosos y cautos, y sus condiciones morales son el tratado en esencia de la película. Y es curioso que en un país donde abunda el noir nórdico, el asunto del posible asesinato pase a un segundo plano y sea la responsabilidad, decir la verdad y ser honesto la preocupación principal de los afectados. 

Cuidado con los niños es un estudio del ser humano complejo, pero también sencillo. Grandes conflictos, pequeños detalles, cruda a veces, amable en otras y absurda en otras tantas… como lo es la vida, como es el análisis de este retazo de sociedad noruega. Y para ello el director se apoya en una música que se repite de forma metálica para incremento de la crispación puntual que puede existir durante el desarrollo de la historia, una banda sonora a cargo de Peder Kjellsby, y también en una cámara en ocasiones agazapada, detrás de las actrices y actores de imponente talento interpretativo que transmiten la empatía necesaria para agarrarte a la historia, llena de interrogantes pendientes de respuesta: ¿ha sido una muerte accidental o provocada?, ¿se desestima el caso por la edad de la agresora o porque realmente se considera no culpable?, ¿ha sido correcta la actuación en el centro educativo tras el accidente?, ¿la comunicación con los padres es la oportuna?, ¿son las redes sociales el mejor homenaje o es un mal uso reiterado?, ¿hasta qué punto influyen las relaciones personales en el trabajo?, ¿es correcto el corporativismo entre el profesorado?, ¿dónde acaba el dolor y cuándo empieza el perdón? 

Es esta película un análisis del ser humano que precisa de un visionado activo y que nos recuerda que sí hay que tener cuidado con los niños es porque vienen acompañados de adultos. Porque como dice su eslogan, cuando la crisis golpea es cuando revelamos nuestra verdadera personalidad.

 

sábado, 18 de septiembre de 2021

Cine y Pediatría (610) “Ser padre”, una dramedia sobre la paternidad a solas

 

En el año 2014 un director tan especial como el estadounidense Richard Linklater nos regaló la película Boyhood, un canto al poder de la infancia y al poder de lo cotidiano, y que fue todo un experimento cinematográfico grabado durante 12 años (la producción más larga en la historia del cine).  Ese mismo año 2014 una directora tan especial como la francesa Céline Sciamma nos regaló Girlhood, la obra que cierra la trilogía de películas que hablan de la identidad sexual, de la importancia del género en la construcción de uno mismo, de los sentimientos de ambigüedad entre adolescentes y del trastorno que conlleva el hecho de sentirse diferente. Y este 2021, siguiendo la estela de estos títulos, con el apoyo y sello de Netflix (con lo bueno y menos bueno que eso entraña), llega Fatherhood, que en nuestro país se ha traducido como Ser padre. En este caso bajo la dirección de Paul Weitz, un director más particular que especial, y que comenzó su trayectoria como director y guionista junto con su hermano Chris Weitz, con películas como American Pie (1999), De vuelta a la Tierra (2001) o Un niño grande (2002). Precisamente en esta última ya trata el tema de la paternidad, como nuestra película de hoy. 

Ser padre se basa en el libro “Two Kisses for Maddy: A Memoir of Loss and Love”, escrito en el año 2011 por Matthew Logelin, y que cuenta su propia historia de criar solo a su hija Maddy tras la muerte su esposa Liz, fallecida al día siguiente de la realización de la cesárea como consecuencia de un tromboembolismo pulmonar, una de las complicaciones más graves asociadas con el embarazo y el parto, y una de las principales causas de muerte materna en los países desarrollados. Esta devastadora tragedia de la vida real es la trama de la nueva película de Paul Weitz, que se implica como director, guionista y productor. 

La película sigue a Matthew (Kevin Hart, un actor negro más vinculado con la comedia que con el drama, pero que se vinculó también como productor), quien lidia con el dolor mientras intenta criar a su hija recién nacida y honrar el legado de la mujer que perdió demasiado pronto. Aunque es un padre viudo, se da cuenta de que tiene una comunidad de amigos y familiares para ayudar a moldear la vida de su hija Maddy, y debe aprender a apoyarse en ellos, especialmente a medida que ella crece. Ser padre describe el viaje de Matt como padre joven en términos conmovedores y desgarradores. Porque su historia real se capturó por primera vez en su blog, donde compartió actualizaciones sobre cómo navegar por la pérdida de su esposa en medio del caos de cuidar a un recién nacido. Un blog que se convirtió en un salvavidas para muchos padres que experimentaban luchas similares, y de ahí surgió la novela. 

La película comienza mezclando escenas de un entierro y los preparativos, días antes, de la cesárea para el nacimiento del primer hijo de la pareja. Y los momentos de felicidad por la buena nueva se truncan a las 24 hs, con una repentina disnea y posterior pérdida de conocimiento al intentar Liz levantarse de la cama. Y las palabras de dolor de Matt al equipo médico: “No me digan que mi mujer ha muerto”. Y la salida del hospital con su hija en brazos y con el dolor de hacerlo sin su esposa, como un viudo que tiene que enfrentarse a la crianza. 

Una crianza en la que ni él ni los que le rodean confían en que sea posible, por los comentarios que surgen en los familiares: “No sé cómo se las va a apañar”, “La crianza es un no parar. Todo el día y toda la noche”. Pero no acepta la alternativa de que Maddy sea cuidada por las abuelas y que eso suponga trasladarse a otra ciudad a vivir. Por lo que Matt da el paso de salir adelante solo, mientras escucha palabras de apoyo llenas de buena intención, pero claramente equivocadas e innecesarias. Y se enfrenta a la pregunta más habitual: “¿Y la madre?”

Un argumento así, otras veces visto, corre el riego de enfrentarse a tópicos, pero son los tópicos de toda crianza. Como el acudir a un grupo de apoyos de madre (aunque él es un padre) donde le orientan sobre el significado del cólico del lactante y el valor de aplicar para ello el “ruido blanco” (que le funciona) y el piel con piel. Como la visita a la pediatra y esas positivas palabras de ánimo que recibe. Como el apoyo de canguros. Como su bautizo, su entrada al colegio, sus primeros accidentes. Porque Maddy va creciendo y Matt mantiene vivo el recuerdo de su madre con esa frase tan habitual en sus vidas: “Dos besos. Uno por mamá y otro por mi”

Matt finalmente tendrá que ir tomando decisiones por el bien de su hija, dejando el lastre de culpa y responsabilidad por la muerte de su esposa. E, incluso, superar que su posible nueva pareja se llame Liz también. Porque es la propia Maddy la que cuestiona a su padre: "¿Por qué cuando pasa algo bueno nos lo quitan?”. Y esta tragedia real (como la vida misma) finaliza de forma simpática y esperanzadora. Por ello la tragedia se transforma en dramedia. Y se agradece. 

Por ello, Ser padre es una dramedia sobre la paternidad a solas, una historia de amor y superación. Y que se suma a otras películas que nos han aproximado al reto de la crianza de los hijos por parte de un padre solo, separado o viudo. Ya lo vimos en la mítica Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) y la especial figura de Atticus Finch, un honesto abogado viudo con dos hijos pequeños (Scout y Jem) que vive en una pequeña ciudad del estado de Alabama en la década de 1930 en una película llena de valores. Y a partir de ahí se han ido sumando películas, todas ellas ya presentes en Cine y Pediatría, y desde distintas nacionalidades: desde Estados Unidos, Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001),  En busca de la felicidad (Gabriele Muccino, 2006), o  El niño de Marte (Menno Meyjes, 2007);  desde Italia, Líbero (Kim Rossi Stuart, 2006);  desde Australia, Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007);  desde España, Ismael (Marcelo Pyñeiro, 2013);  desde Francia, Mañana empieza todo (Hugo Célin, 2016);  o desde Turquía, Milagro en la celda 7 (Mehmet Ada Öztekin, 2019). Todas ellas nos recuerdan que una madre es muy importante para los hijos en su crianza. Pero esa importancia es especialmente patente cuando el padre tiene que conseguir solo esa función.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

Cine y Pediatría (580). “Caminando” por la vida entre mariposas amarillas



Hirozaku Koreeda es uno de los directores japoneses actuales de mayor éxito y ya uno de los grandes directores asiáticos vivos. Aunque está empeñado en reinventarse, en ser un director diferente a cada paso, lo cierto es que su cine concentra un tema clave: su particular visión de ese ecosistema que es la familia y la infancia, de forma que consigue extraer grandes interpretaciones de sus actores, incluso verosímiles de los niños de sus películas. Siete películas de Koreeda permiten sumergirnos en esa visión particular de la familia y la infancia desde oriente, que cronológicamente son: Nadie sabe (2004), Still Walking/Caminando (2008), Kiseki/Milagro (2011), De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2017) y Un asunto de familia (2018). Películas que han ido sembradas de premios. Aunque el mejor premio para el espectador, es la poesía crítica, con sentido y sensibilidad, de cada una de estas obras, donde se concentran las contradicciones y placeres de la familia, sus tormentos y (in)fidelidades, y donde, de hecho, son testigos los más pequeños, en su rol de hijos y nietos. 

Todas ellas han sido tratadas en este blog, hasta convertir a Koreeda en el director por antonomasia de Cine y Pediatría. Todas, menos la que hoy nos convoca: Still Walking/Caminando, una historia familiar que transcurre en un solo día acerca de unos hijos adultos que regresan a casa con sus familias para visitar a sus ancianos padres. Y en un espacio mínimo, como son las minimalistas casas japonesas, conviven abuelos, padres, tíos, hijos y sobrinos y donde casi todo ocurre a ras del suelo, en ese tatami donde se come, se descansa, se habla, se ve la televisión, se duerme,…, se vive. 

Todo comienza con primeros planos de caras y de alimentos cocinados, y luego un anciano caminando por su barrio. Es el abuelo, un doctor ya jubilado, que vive con su esposa y que van a recibir a su hijo y su hija, quienes regresan después de mucho tiempo y se reúnen para conmemorar la trágica muerte del hijo mayor que se ahogó hace 15 años. Se confirma que es una típica familia unida por el cariño, el resentimiento y los secretos. Y si hay una obra claramente inspiradora de Still Walking/Caminando, ésa es la mítica Cuentos de Tokio, dirigida por Yasujiô Ozu en 1953. Porque como en aquélla, hay una familia resquebrajada por la incomunicación, por la urgencia de los nuevos tiempos, por el peso del pasado, por el drama de la muerte. Como en aquélla, hay una aparente placidez en los comportamientos, en las miradas, en las complicidades. Como en aquélla, la puesta en escena es tranquilizadora, calmosa, pero no estática. Los planos fijos de Koreeda, sus breves transiciones musicales (de cuerda) cargadas de paz, sus espacios vacíos repletos de melancolía, remiten al cine de Ozu, aunque para muchos éste sea insuperable.

Roy (Hiroshi Abe) acude con su esposa, una bella viuda (Yui Natsukawa) que tiene un hijo de 7 años, Atsushi (Shôhei Tanaka), quien no es muy bien recibida: “Una viuda con hijos nos consigue marido fácilmente”, dice el abuelo (Yoshio Harada), quien habla poco y se le intuye una relación complicada con su hijo, pues no llegó a ser médico y no pudo quedarse al frente del sanatorio, y ahora se dedica a la restauración de arte. “¿Cuánto cobras por restaurar un cuadro”, le pregunta su hermana, quien también se encuentra en esa reunión familiar con su marido y dos hijos. Pero el epicentro de esa reunión es la abuela (Kiri Kirin), quien en la tumba de su fallecido hijo mayor, Junpei, expresa: “No hay nada más insoportable que rezar ante la tumba de un hijo. Nunca hice nada para merecer esto”. Y al caminar de vuelta a casa la abuela ve una mariposa amarilla y les expresa que cree que es el espíritu de Junpei. Y Roy no puede suplir la pérdida de su hermano, quien murió por salvar la vida de otro chico, joven ahora de 25 años al que le hacen volver cada año en una visita que tiene el objetivo en los abuelos de hacerle sentir que es culpable y para que no lo olvide: “No sé por qué está vivo ese imbécil… Lo peor es no tener a nadie a quien odiar” dice el abuelo, aunque sus hijos le digan, “Ha pedido perdón por estar vivo… Es cruel”

Y las conversaciones y conflictos (visibles e invisibles) de esta familia se van desgranando generalmente alrededor de la cocina y de la mesa, mientras se degustan tortitas de maíz, sushi, tempura, anguila o arroz. Tiempo pausado, conversaciones continuas con la familia, la pérdida, la reconciliación y la muerte como epicentro, allí donde el pequeño Atsushi expresa un deseo: “Cuando sea mayor, quiero ser afinador de pianos, como papá. Si no es posible, quiero ser médico”. Y es que el abuelo lo tiene claro y así se lo había expresado antes, en un intento último porque alguien siga su estela: “Ser médico es bueno. Es un oficio útil”

Y finalmente cada hijo regresa a su casa. Y los abuelos suben las escaleras caminando a la suya. Y con la foto fija de estas escaleras, la voz en off de Roy: “Papá murió tres años después. Nunca fui a un partido de fútbol con él. Mamá se peleó con papá hasta que él murió. Ella murió poco después. Nunca la llevé a pasear en coche”. Y la escena final de nuevo en el cementerio, en ese acto de visitar las tumbas de los antepasados conocido como Ohaka Mairi, y que consta de tres partes esenciales: la limpieza de la tumba (Osoji) con un balde de agua y una cuchara de madera que vierten sobre la lápida de la familia; las ofrendas con incienso y flores (Osenko y Ohana) y, en algunos casos, también con comida; y, finalmente, la oración (Oinori). Y este acto que vimos antes, se repite ahora con Roy y su esposa, un Atsushi ya adolescente y una nueva hermana. Y al descender del cementerio, Roy le dice a sus hijos lo mismo que la madre le decía a él: “Mira, una mariposa. Dicen que las mariposas amarillas son mariposas blancas que sobreviven en invierno y que se vuelven a amarillas". Y caminan cuesta abajo, hacia su hogar… 

Y espero que Hirozaku Koreeda siga caminando mucho tiempo. Porque con él tenemos otra sensación de la infancia y la familia, de la vida y de la muerte. Porque mientras en nuestra civilización intentamos evitar la muerte, en Japón la afrontan, la esperan sin miedo y la viven con naturalidad. Y por eso resuenan las palabras de esa vecina que al inicio de Still Walking/Caminando le dice a nuestro abuelo doctor: “Tengo la sensación de que mi tiempo se podría acabar cualquier día. Cuando ocurra, quiero que esté conmigo en mi muerte”. Y él le contesta: “En ese caso, te sobreviviré”.

 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Cine y Pediatría (570). “Lo que arde con el fuego”… que no sea la familia

 

Es Richard Ford uno de los escritores estadounidenses que mejor ha retratado las turbulencias emocionales y sociales de sus conciudadanos en las últimas cuatro décadas, donde ha recreado a un ser humano en la evolución de su carrera continua en pos del sueño de su vida, llamado “sueño americano”. Lo recordamos bien cuando en el año 2016 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Y ahí recordamos a Frank Bascombe, el personaje literario contemporáneo inolvidable que ha creado, ese hombre que fracasó como escritor, triunfó como periodista deportivo, luego como agente inmobiliario y ahora vive su jubilación acompañado de tribulaciones. Alguien cuya vida transcurre en primera persona en las novelas "The Sportswriter" (1986), "Independence Day" (1995) y "The Lay of the Land” (2006), una trilogía que es un fresco literario que atestigua la vida social y moral de Estados Unidos desde la posguerra, y que, a diferencia de la de John Dos Passos, prefiere lo individual a lo coral, eligiendo primeros planos en menoscabo de panorámicas cenitales o travellings circulares. Y que culmina en 2015 en el libro de relatos "Let Me Be Frank With You". 

Ford es un escritor para quien su vida es también la literatura, como lector y como creador. Y según el jurado del Príncipe de Asturias, Ford ha creado el “mosaico de historias cruzadas que es la sociedad norteamericana”. Y un ejemplo también lo fue una novela escrita entre la trilogía previa: “Wildlife” (1990). Y la reseña de este libro es clara: “En 1960, cuando Joe tenía 16 años, su madre se enamoró. Hacía muy poco tiempo que se habían mudado a Great Falls, en Montana. Era la época del boom del petróleo y el padre de Joe, un golfista profesional que se ganaba escasamente la vida como instructor en clubs privados, había pensado que el gran dinero estaría allí, y que él recibiría una parte de la lluvia de oro que caería sobre la región. Pero nada resultó de acuerdo con lo esperado, y lo que comenzó a caer sobre las cabezas de los pobladores de Great Falls fue la lluvia de cenizas de los incontrolables incendios de los bosques cercanos, que llevaban ardiendo todo el verano sin que fuera posible extinguirlos. Los fuegos alteraron también la quieta superficie de la vida, liberando latentes complejidades en las relaciones entre los padres de Joe. El padre perdió su trabajo y, sumido en un profundo extrañamiento, se alistó en las brigadas que marchaban a los bosques a combatir el fuego. Sólo estuvo ausente tres días, pero duraron una eternidad y cambiaron para siempre la vida de Joe”

Y esta novela ha sido llevado al cine en el año 2018 con un título homónimo en inglés y que en España se ha traducido como Lo que arde con el fuego, posiblemente un título más apropiado para el argumento. El guión adaptado ha sido coescrito por una joven pareja en la vida real, dos jóvenes actores, Zoe Kazan (nieta de Elia Kazan) y Paul Dano, si bien este último actúa también como director en lo que es su ópera prima. Ya conocemos a Paul Dano en Cine y Pediatría, y lo hicimos con su primer papel protagonista en la película L.I.E. (Michael Cuesta, 2001), como ese adolescente perdido en las autopistas de la vida, o en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006) en el papel de ese hermano adolescente de la protagonista que lee a Nietzsche y guarda un mutismo absoluto.   

Y Paul Dano consigue con esta película una de esas óperas primas que están a una gran altura, consiguiendo una obra contenida y absorbente que gana nuestro respeto desde la aparente simplicidad. Un debut en la dirección inteligente y sutilmente emotivo, y que nos traslada a los clásicos melodramas de los dorados años 50 de Hollywood, como el Douglas Sirk de Solo el cielo lo sabe (1955), Escrito sobre el viento (1956) o Imitación a la vida (1959), o el Richard Quine de Un extraño en mi vida (1960). Y a ello contribuye una bella fotografía de tonos pasteles con imágenes que pudieran recordarnos a algunos de los cuadros y escenas del pintor Edward Hopper. Y donde el escenario natural de Montana contribuye a ello, pues por algo este estado ha recibido apodos tan significativos como “Treasure State”, “Land of Shining Mountains”, "Big Sky Country”, estado al que se le aplica el lema "the last best place”. 

Pero donde creo que el mayor valor de esta película es la dirección de actores de su trío protagonista. De forma especial destaca Carey Mulligan (la que fuera madre adolescente de El mejor) en el papel de Jeanette, esa madre atrapada por la vida y que dejó de ser maestra por ser esposa y madre. Pero también Jake Gyllenhaal en el papel de Jerry, ese padre vencido por la vida y por los fracasos laborales, y Ed Oxenbould (uno de los dos niños de La visita), como Joe, el hijo único de 14 años (no 16 años como en la novela) y que se convierte en desafortunado espectador de la disolución del matrimonio de sus padres. Ellos tres son el ejemplo del fin del sueño americano y de los problemas que acechan a su familia: la crisis económica y la inestabilidad laboral, la adicción al alcohol del padre, la indiferencia en la pareja y los reproches. “No puedes salir corriendo siempre que algo te sale mal”, le dice la madre al padre cuando éste se alista durante meses para combatir el fuego en las montañas; y por ello también se pregunta: “¿Qué clase de hombre deja a su esposa e hijo en este solitario lugar?”

Cuando el padre pierde el trabajo y tiene que recurrir a apagar el fuego en los bosques de Montana, la madre se reintegra a su profesión de maestra – y encuentra un pretendiente adinerado mayor que ella - y el hijo decide ponerse a trabajar como aprendiz de un fotógrafo local. Y a medida que avanza la historia, Joe asiste a la descomposición de su familia, porque los padres no se saben valorar el uno al otro y se autodestruyen… y destruyen la adolescencia de su hijo. Y por eso les pregunta: “¿Y qué nos va a pasar a nosotros?”. Y de ahí el valor del final de la película, con esa simbólica foto retrato que Joe realiza de su familia y que sirve de carátula del film. 

Es Lo que arde con el fuego una brillante ópera prima de Paul Dano, en la línea de lo que otros actores o actrices devenidos en directores consiguieron en su puesta de largo en esta labor, y prototipos de ello fueron La noche del cazador (Charles Laughton, 1959) en el cine en blanco y negro o Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) en el cine en color. 

Y Lo que arde con el fuego se suma a las películas sobre las rupturas matrimoniales y su influencia sobre los hijos, cuyas películas paradigmáticas van de Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) a Historias de un matrimonio (Noah Baumbach, 2019). Porque la presencia de hijos de por medio convierte a la ruptura matrimonial en un acto que cabe afrontar con la mayor responsabilidad, respeto y cariño posible para proteger a esos menores, velar por su interés y asegurarse de que la situación en la pareja no afectará negativamente a su crecimiento. Porque lo que arde con el fuego es evitar las cenizas de la familia, ese eterno derrumbe del sueño americano (y de cualquier origen).  

 

sábado, 22 de febrero de 2020

Cine y Pediatría (528). “Parásitos” en la pobreza y en la riqueza


La película surcoreana Parásitos (Bong Joon-Ho, 2019) ha hecho historia en la 92ª edición de los premios Oscar al imponerse en la categoría de Mejor película, todo un hito para una cinta en lengua no inglesa. Esta comedia negra, que es una mordaz crítica a la división de clases y que fusiona diversos géneros a la perfección, se ha hecho además con la estatuilla a Mejor director, Mejor guión original y Mejor película extranjera. Y, aunque diez películas en lengua no inglesa anteriormente habían logrado la doble nominación - entre ellos La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) y Roma (Alfonso Cuarón, 2018) –, ninguna se había llevado los dos premios hasta ahora. 

Porque Parásitos es una obra ingeniosa y demoledora sobre una familia pobre donde ningún miembro tiene trabajo y que trata de aprovecharse de otra familia rica, un argumento aparentemente sencillo para un film diferente que nos atrapa desde el primer momento y que ya se convirtió en todo un fenómeno desde que logró la Palma de Oro en el festival de Cannes, amén de un buen ramillete de premios en otros festivales. Los que no hayan visionado esta película quizás quedaron sorprendidos de que esta película fuera la gran triunfadora de la noche de los Oscar al imponerse a otras quizá más favoritas como 1917 de Sam Mendes, Érase una vez… en Hollywood de Quentin Tarantion o Joker de Todd Phillips, y en donde también competían Le Mans 66 de James Mangold, Historia de un matrimonio de Noah Baumbach, Mujercitas de Greta Gerwin y Jojo Rabbit de Taika Waititi. Pero cuando la ves, se disipan algunas dudas por lo peculiar de la propuesta. 

Parásitos es una de esas películas que no deja indiferente de principio a fin. Tarda poco en engancharte y no te suelta hasta un final arrollador. Con tal derroche de emociones, cabe reconocer a su director, Bong Joon-ho, cineasta surcoreano que se ha movido por muchos géneros y que se está labrando una de las carreras cinematográficas más sólidas del siglo: la comedia en Perro ladrador, poco mordedor (2000), el thriller policiaco en Memories of Murder (2003) y Mother (2009), el cine de monstruos en The Host (2006), o la ciencia ficción con aires distópicos en Rompenieves (2013) y Okja (2017, a la postre la primera película original de Netflix que concursó en Cannes). Pero todas tienen algo en común: además de cierto humor negro y más de un personaje patético, suelen ser frenéticos viajes repletos de puro entretenimiento, con base en la cruda representación de la realidad y el choque social. Y Parásitos, como la mayoría de trabajos de Bong Joon-ho, es una obra en constante metamorfosis desde la comedia negra, al drama familiar, pasando por el thriller psicológico. Y donde la habilidad del director reside en cómo transita en esos cambios tonales, y cómo nos parece una película divertida hasta que deja de serlo. 

Es Parásitos una furiosa crítica a las clases sociales y en ella somos espectadores de cómo llegan a interrelacionarse dos familias tan diferentes: la familia Kim y la familia Park. La familia Kim está integrada por un matrimonio sin trabajo que vive con sus dos hijos adolescentes (Ki-woo y Ki-jung) en el semisótano de una barrio pobre, y desde allí intentan sacar la cabeza, para lo que han desarrollado el ingenio y la capacidad de mentir. La familia Park la conforma una bella pareja de amables ricos e ingenuos egocéntricos, que viven con sus dos hijos (Da-Hye y Da-Song) en la burbuja de una moderna mansión que llegará a tener un gran protagonismo en la historia, una mansión, metálica y acristalada, fría, casi esquelética. Cada uno de ellos son parásitos a su manera, tanto en el sentido literal como figurado de la palabra: los que viven en el subsuelo conviven con una plaga de insectos y tienen el olor de la gente del metro, el “olor a pobre”, e intentarán salir adelante parasitando a los ricos; y los ricos mantienen su status quo parasitando los servicios de la gente pobre, pues son incapaces de realizar las tareas más elementales sin estos. Aún así todos los personajes son talentosos y dignos, y son tratados con distancia y respeto por el director. 

Así es como Ki-woo (Choi Woo-shik) se hace pasa por universitario ante la familia Park para poder ejercer de profesor de inglés de Da-Hye (Jung Ji-so), la hija adolescente. Y desde allí logra que su hermana Ki-jung (Park So-dam) se haga pasar por una profesora de dibujo y consiga dar clases particulares al hermano menor, Da-song (Jeong Hyun-joon), quien después de un trauma realiza unos dibujos muy particulares de un estilo picassiano. Y por ello Ki-jung le dice a la Sra. Park, una madre tan bella y rica como simple: “Y esto no son clases particulares. Es terapia artística. Por consiguiente, mi tarifa es mucho más alta”. Y una vez allí, las artimañas de Ki-jung consiguen que su padre, el Sr, Kim, entre como conductor de la familia, pues la Sra. Park está convencida de que “lo mejor es una cadena de recomendaciones. ¿cómo lo diría?: una correa de transmisión de confianza”. Y por ello, finalmente consiguen echar a la criada de confianza “por el bien de la salud y de la higiene públicas” y contratar en su puesto a la Sra, Kim. Y con ello, los Kim han parasitado a los Park. 

Pero todo se complica cuando aparecen otros dos personajes en escena, que no debemos desvelar. Y cabe recordar esa escena de uno de ellos con el móvil en la mano, diciendo: “Cariño, este botón de “enviar” es como un lanzamisiles. Si amenazamos con pulsarlo, estos no pueden hacer nada. Es como un misil norcoreano”. Pero este nuevo personaje que vive parasitando el sótano-búnker de la casa, también nos llega a decir: “En la vejez, el amor será mi consuelo. Se lo pido por favor. Déjeme vivir aquí abajo”. Porque dos familias que viven en el subsuelo parasitan a la que vive en superficie. Y la película se desarrolla sin condenar a sus protagonistas, pero tampoco justificarlos. Y donde los hechos llegan a ser con consecuencias tan diferentes: porque las lluvias torrenciales que dejan desolación en la familia pobre, se convierte en un espléndido día tras las lluvias en la familia rica. 

Y el final se precipita y descubrimos el motivo que llegó a provocar en el pasado el ataque epiléptico del pequeño Da-song y su obsesión por los dibujos que pinta. Un pequeño con un sexto sentido, pues él reconoce que el Sr. y la Sra. Kim, Ki-woo y Ki-jung huelen igual, porque como nos recuerda el Sr. Park: “Las personas que van en metro tienen un olor especial”. Al final, hijos y padres se ven inmersos en un final donde resuenan las palabras del Sr. Park: “¿Sabes cuál es el plan que no falla nunca? No tener un plan. ¿Sabes por qué? Si haces planes, nunca funciona como tú esperas… Si no tienes plan, nada puede fallar”. 

Una película especial que hay que ver y que cabe realizar nuestra particular interpretación, intentando dar respuesta a esa piedra panorámica que cambia el rumbo a la familia, el uso simbólico de la verticalidad (donde la familia Kim vive abajo, en el subsuelo, y la familia Park arriba, pues hay que subir una cuesta de camino a la mansión), al código morse de comunicación desde el búnker, a ese final onírico soñado de suplantación de casa y de vida, y donde todo empieza y finaliza en la misma casilla de salida, con un Ki-woo en el semisótano, al principio buscando la señal de la wifi, ahora descifrando el código morse. Y todo para una furibunda crítica a la división de clases, personajes parásitos de la pobreza y de la riqueza. 

Porque basten cinco datos escandalosos que nos proporciona Oxfam International para confirmar la desigualdad extrema global en nuestro planeta (también en Corea del Sur, también en España): 1) El repleto bolsillo de los multimillonarios: el 1% más rico de la población posee más del doble de riqueza que 6.900 millones de personas, de forma que casi la mitad de la humanidad vive con menos de 5,5 dólares al día; 2) Exiguos impuestos sobre la riqueza: tan solo 4 centavos de cada dólar recaudado se obtiene a través de los impuestos sobre la riqueza, y los súper ricos eluden al menos el 30% de sus obligaciones fiscales; 3) Servicios públicos infradotados: en la actualidad hay casi 260 millones de niños sin escolarizar (1 de cada 5), y es un hecho mayor en niñas que en niños; 4) Una esperanza de vida cercenada: cada día, 10.000 personas pierden la vida por no poder costearse la atención médica y cada año, 100 millones de personas se ven arrastradas a la pobreza extrema por los gastos médicos que deben afrontar; 5) La desigualdad es sexista: los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África, y el trabajo de cuidados ejercido por mujeres equivale a 10,8 billones de dólares anuales en la economía mundial. Porque esta desigualdad es un parásito enorme para el mundo. Y un mundo más justo es posible. Y vale la pena reflexionar sobre ello, también con el cine… 

Con Bong Joon-Ho a la cabeza, el cine coreano atraviesa tiempos de gloria a nivel de los festivales internacionales, gloria que todos recordamos que tuvo en los principios del siglo XXI con Kim Ki-duk (director que llegó a tener en cartel a la vez tres películas en España, allá por el año 2005, con El arco, Hierro 3 y Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera). Y con él se confirma el peso de los directores orientales que atraviesan fronteras, siendo el ejemplo más paradigmático el japonés Hirozaku Koreeda, a la postre el director más prolífico de Cine y Pediatría, con seis películas argumentales: Nadie sabe (2004), Kiseki/Milagro (2011), Tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2017) y Un asunto de familia (2018). 

Lo dicho, con Bong Joon-Ho combatamos el parásito de la desigualdad de clases y combatamos y fumiguemos a los parásitos que nos rodean.

 

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Educando Proteges: #ÚneteALaResistencia-12No


Silvestre del Río y Joan Sans son dos policías con experiencia en menores que han creado la plataforma Educando Proteges, cuyo objetivo es trabajar, desde la experiencia acumulada durante años con las familias, con una finalidad fundamentalmente educativa y comunitaria que facilite la prevención de conflictos tanto en el ámbito familiar como social, creando familias más capaces, mejor formadas e informadas, en beneficio de nuestros niños, niñas y adolescentes, y en definitiva, del conjunto de la sociedad. 

Conocí a Sivestre y Joan en Mallorca, en una reunión científica, y desde Baleares, su lugar de trabajo, llevan varios años de experiencia, con actuaciones y recursos varios. Su última campaña, que apoyo con este post, es #ÚneteALaResistencia-12No y en ella se intenta concienciar a padres y madres de que no le compren un móvil a sus hijos antes de los 12 años (en la actualidad se les compra a una media de 9 años en España). 

Vale la pena compartir algunos datos al respecto para darnos cuenta de la importancia del tema y de la campaña. 
- La proporción de uso de tecnologías de la información y comunicación (TIC) en la población de 10 a 15 años es, en general, muy elevada. El uso de ordenador está muy extendido (lo tienen el 91% de los menores) y aún más el uso de internet (el 93%). Por su parte, el 70% de la población de 10 a 15 años dispone de teléfono móvil. Por sexo, las niñas usan en mayor medida las nuevas tecnologías. Y a mayor edad, mayor uso de TIC, sobre todo a partir de los 13 años. 
- Según el I Estudio sobre el acceso de los jóvenes a los teléfonos móviles en el mercado español, realizado a 400 familias de niños entre los cinco y los 12 años por la compañía noruega Xplora, el 60% de estos piden su primer teléfono móvil antes de los 9 años. La tranquilidad, desvela el informe, que supone estar en contacto con los hijos (comunicación, ubicación,...) es el factor que más impulsa a los padres a comprar este dispositivo, mientras que el acceso a contenidos inadecuados o que entren en contacto con ciertas personas sin supervisión parental son algunas de las mayores preocupaciones de los progenitores. 
- En España el 76% de los niños de 11 a 14 años utiliza habitualmente Whatsapp, desde sus propios terminales o desde los de sus padres. 
- La edad media de inicio en el consumo de pornografía son los 14 años entre los adolescentes hombres, los 16 en el caso de las mujeres y los 15 para otras identidades. El primer acceso a contenidos pornográficos de los jóvenes españoles en internet se anticipa: al menos uno de cada cuatro varones se ha iniciado antes de los 13 y la edad más temprana se anticipa ya a los 8 años. 
- El uso de móviles y otras TIC ha aumentado de forma exponencial los casos de cyberbullying, sexting y grooming, la denominada "triada del lobo feroz" de internet

Creo que los datos son preocupantes (cuando no escalofriantes) y la conciencia social, familiar y profesional sobre este tema me lleva a apoyar esta campaña que intenta emponderar a los padres para que haya una resistencia fundamentada con el fin de evitar que sus hijos dispongan de un móvil antes de los 12 años de edad. Y una vez se disponga de él, no olvidar hacer un contrato familiar de uso (abuso y mal uso). 

Porque nadie duda de las ventajas que nos da un móvil en nuestro mundo actual, pero menos aún se duda de sus riesgos por abuso y mal uso, especialmente en la infancia y adolescencia

Por todo ello #ÚneteALaResistencia-12No.

sábado, 11 de mayo de 2019

Cine y Pediatría (487). "Rush Hour", el largo camino al trabajo


"En Estambul cada día 2 millones de personas cruzan el Estrecho del Bósforo entre Asia y Europa para ir al trabajo. 
En los Estados Unidos 123 millones de personas conducen cada día para ir al trabajo y 3,8 millones dedican más de tres horas en estos traslados. 
A diario, 1,4 millones de personas viajan del Estado de México a la ciudad para trabajar. El 50% de los actos denunciados suceden en el transporte público”. 

Tres notas aparecen al inicio de esta película, entre el ruido estremecedor de automóviles y sus luces en la noche, antes del título de esta película documental del año 2017 de la directora mexicana Luciana Kaplan, por título Rush Hour. Película que retrata de manera íntima las historias paralelas de tres personajes en tres mega ciudades complejas y emblemáticas alrededor del mundo: Estambul, 15 millones de habitantes; Los Ángeles, 19 millones de habitantes; Ciudad de México, 21 millones de habitantes, la cuarta ciudad más poblada del mundo, por detrás de Tokio, Delhi y Shanghai. Un documental que es fruto de dos años de grabación y que ha sido galardonado en distintos certámenes, y que nos realiza un brutal retrato en 80 minutos sobre la gravedad de malgastar el tiempo de nuestro día en llegar al trabajo, historias muy comunes a nuestro lado que nos señalan la diferencia entre vivir y sobrevivir. Porque en estas tres historias, dos mujeres y un hombre, se levantan mucho antes de las 6 de la madrugada y pasan entre 3 y 5 horas cada día en medios de transporte para llegar al trabajo. Nada extraordinario, pues sabemos que le ocurre a millones de personas, pero que visto en primera persona es motivo de reflexión.

- En Estambul una mujer casada y con dos hijos, Harum, de 12 años, y Ela, de 8, trabaja en una tienda de moda. Cada día tiene que atravesar el Bósforo en barco y usar el autobús para llegar a su trabajo en una tienda de moda. Antes de partir deja el desayuno de sus hijos preparado y las bolsas para el colegio y ella nos dice: “Cuando mi marido y yo salimos de casa mi mayor miedo es que Harum y Ela se queden solos. Son muy pequeños para quedarse solos… Me preocupa que si les pasar algo, no llegaría a tiempo para ayudarlos”
Porque Ela, la más pequeña, se va sola al colegio y cuando regresa tiene que abrir con la llave debajo del felpudo, y la madre sigue pensando: “No hay nadie en casa cuando ella llega. A veces siento que le falta amor, aunque procuro que no se sienta así… Me gustaría que Ela fuera ingeniera o arquitecta”. Pero lo cierto es que la madre casi nunca está con la niña, y cuando llega agotada ya los deberes los ha realizado con el padre, al que dice: “Papá, recé para que se me quitaran las pesadillas”. No es para menos con una vida así… Y por ello esta madre trabajadora acaba diciéndonos: “Mi vida no es fácil y con el tiempo se pone más difícil. Ya no aguanto estos traslados. Me agotan, física y mentalmente… Llevo 7 años trabajando en el lado europeo”

- En Los Ángeles un hombre trabaja como ingeniero de obra, una obra situada a más de tres horas conduciendo entre interminables autopistas colapsadas de tráfico. Y por ello su joven y bella esposa nos dice: “Estoy preocupada por él. Solo tenemos una vida y quiero que sea feliz con lo que hace… Hay que valorar las opciones. Ahora Mike valora un buen sueldo y la estabilidad, pero le está quitando años de vida”. 
Porque este joven matrimonio viven en la cómoda soledad de una urbanización y llevan dos años queriendo tener hijos. Pero la vida del esposo se pasa en interminables caravanas, sale de noche de casa, llega de noche al hogar, y cuando atraviesa el umbral de su vivienda y abraza a su mujer lo hace como si llegara de la guerra, exhausto, y por ello le dice a su perro: “Ojalá yo tuviera tu vida”. Y cuando Mike se da cuenta de que se pasa un día a la semana en el coche, ahogando con ello su afición por la música, se pregunta: “¿Qué clase de vida es esa si solo sobrevives?”.

- En Ciudad de México llega a trabajar cada día a una peluquería una mujer que vive en una de las colonias lejanas del área metropolitana, un viaje desde Ecatepec hasta Bosques de las Lomas. Porque esta mujer, que fue abandonada por el marido tras cuatro años de matrimonio, y al que nunca volvió a ver, tiene que trabajar “como un hombre” para mantener a su hija de 10 años y a su madre, con las que vive en un barrio marginal más por necesidad que por gusto. 
Y nos cuenta con gran dolor que en uno de estos interminables trayectos para llegar al trabajo la robaron y la violaron, y desde entonces acude a terapia para sanar su dolor y su miedo: “Me aconsejan la terapia con una psicóloga… Es fácil decir tienes que olvidarlo”. Y hasta vemos que acude a realizarse una cura para liberarse de los muertos. 

Y es que realmente estas tres personas están muriendo en vida por llegar al lugar de trabajo, para sobrevivir. Pero en esa supervivencia se deja de cuidar la familia, a los hijos y a uno mismo. Y Luciana Kaplan nos muestra tres personas que desgastan su vida en el camino al trabajo, bien sea Estambul, en Los Ángeles, en Ciudad de México, en Turquía, en Estados Unidos, en México o en cualquier lugar del mundo. 

Y ahora recordamos una película emblemática en Cine y Pediatría, por título Camino a la escuela (Pascal Plisson, 2013) en la que en formato documental también se nos narraba el largo y complicado trayecto que tienen que realizar para llegar a la escuela cuatro niños de distintos países (Kenia, Marruecos, Argentina e India) y recónditos lugares. Pues bien, este sería un equivalente, no el “camino a la escuela” de cuatro niños, sino el “camino al trabajo” de tres adultos. Y cómo se desgasta la vida y se desgasta la familia (y con ellos los hijos, los que han de llegar y los que están) por el solo hecho de ir y regresar del trabajo. 

Porque nuestros tres personajes comparten el hecho de pasar la mitad del día transportándose al trabajo y, aunque cada uno tiene su viaje personal, todos ellos sienten que están perdiendo algo fundamental en el transcurrir de sus vidas que no va a  volver.  Y por ello Rush Hour nos devuelve emociones y reflexiones para ponderar nuestro trabajo, nuestra familia y nuestra vida. Y, quizás, para dar gracias por lo que tenemos y otros malgastan en el largo camino al trabajo.


sábado, 9 de junio de 2018

Cine y Pediatría (439). “Custodia compartida”, los hijos como trinchera


Se denomina como custodia compartida a la situación legal mediante la cual, en caso de separación matrimonial o divorcio, ambos progenitores ejercen la custodia legal de sus menores de edad, en igualdad de condiciones y deberes sobre los mismos. A diferencia de la custodia monoparental, donde la guardia y custodia de los menores no emancipados se concede a uno solo de los progenitores, por costumbre la madre, la custodia compartida ofrece la oportunidad a los padres de custodiar a los hijos en igualdad de condiciones y con los mismo derechos y deberes, y garantizar a los hijos su educación, alimento, hogar, salud y cualquier otra circunstancia.  La custodia compartida puede ser conjunta o alterna (por periodos alternos de meses, semestres o incluso años) y siempre suele eliminarse el pago de la pensión alimenticia, puesto que se supone que cada progenitor se hace cargo de los gastos de sus hijos durante el periodo en que viven con ellos y el resto se soluciona a medias. 

Cuando en España se introdujo la custodia compartida en el Código Civil en el año 2005, solo un 2% de las familias se acogieron a esta opción, y actualmente ronda en el 30%, aunque muy desigual por Comunidades (40% en Cataluña frente al 8% en Extremadura). Y aunque la ley parece clara, existen aún dudas con la custodia compartida y situaciones en que no es conveniente para nadie, ya sea por motivos laborales, geográficos o por la existencia de conflictos muy graves, como en casos de violencia de género. 

Pero también nos referimos a con este término al título de una película francesa del año 2017, la ópera prima de su director, Xavier Legrand y por título, así: Custodia compartida, la inolvidable historia de una familia rota por la separación y donde un padre violento obtiene la custodia de su hijo. Una película denuncia en francés – y hablando de cine esto comienza a ser una garantía – que nos deja atados a la butaca y perplejos al enseñarnos una realidad tan a nuestro lado que nos olvidamos del horror que puede llegar a significar. 

Myriam (Léa Drucker) ha decidido dejar a Antoine (Denis Ménochel) y solicitar el divorcio para escapar de su comportamiento violento. Cuando pide la custodia de sus hijos para protegerlos de la ira de su marido, el juez del caso decide concederla compartida entre ambos cónyuges, lo que creará un conflicto de difícil solución. Consciente de que es víctima de un padre celoso y posesivo y de que debe proteger a su madre, el pequeño Julien (Thomas Gioria), de 11 años, vivirá una situación límite y hará todo lo que esté en su mano para que no ocurra lo peor. Y es así como Julien se ve forzado a compartir su vida con su padre por una decisión judicial, lo que no le ocurre a su hermana Joséphine (Mathilde Auveneux), a punto de cumplir los 18 años. 

Custodia compartida es una película escrita y dirigida por el debutante Xavier Legrand con la que logró el premio a mejor director y mejor ópera prima en el Festival de Venecia 2017, o también el premio Otra Mirada en el Festiva del San Sebastian, o también el premio a Mejor director y Mejor ópera prima en Cannes. Tras el cortometraje Antes de perderlo todo, por el que consiguió una nominación al Oscar, Legrand trata de nuevo un drama social sobre la violencia de género, en el que vemos a un hombre dispuesto a todo con tal de regresar con la mujer que le ha dejado por su comportamiento agresivo. Inspirándose en títulos como Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), Legrand expresa la complejidad de una separación con hijos de por medio en un contexto donde la violencia doméstica aterroriza a personajes y espectadores (esto es clave, una violencia que tortura nuestra conciencia), testigos directos de las dudas que la actitud del padre siembra en el juez, la presión a la que está sometido el hijo pequeño y el terror de la esposa acosada. A través de las perspectivas de los hijos, la película aborda las consecuencias de vivir en un ambiente tan asfixiante, que provocan que el pequeño quiera proteger a su madre, mientras la hija adolescente espera a ser mayor de edad para huir del conflicto familiar. Porque como nos recuerda su director, en la violencia doméstica los niños son las víctimas olvidadas. 

Una película difícil de olvidar, con dos momentos clave, el principio y final de la película, cada una de ellas de unos 15 minutos de duración. Introducción y desenlace que dejan un nudo de 60 minutos en medio que no tiene desperdicio. 
- En la introducción asistimos a una larga y tensa escena de un juicio lleno de primeros planos de Myriam, Antoine, sus abogados y la jueza, quien llega a preguntarles: “¿Cuál miente más de los dos…?”. Y la justificación del padre: “Yo solo quiero tener noticias de mis hijos”
- Un nudo en el que Julien transita en su custodia compartida entre la nueva vivienda de alquiler con su madre y el tiempo con su padre (al que llaman “ese”), en el que somos testigo del sufrimiento que los hijos pagan por los errores de los padres, esa vulnerabilidad extrema (“No me extraña que tus hijos no quieren verte” le dice el abuelo paterno a su hijo Antoine) y esa inocencia de la infancia amenazada (“Te has vuelto tan mentiroso como tu madre… Soy tu padre y tengo derecho a saber dónde vives”). Una película que se ve con el corazón en un puño y que nos introduce en medio del conflicto familiar y que nos aterroriza con las palabras del chico: “No quiero que pegues a mamá”
- Y el desenlace se convierte en un retrato genial (que no bello) del desamparo y del horror en esa vivienda más cercana de lo que pensamos. Todo comienza con una insistente llamada en el timbre de los megáfonos a media noche… y a partir de ahí casi la tragedia. Y la voz a través de la puerta del baño de una policía: “Se acabó señora, pues salir”. Pero no es cierto, la tragedia permanece y no ha hecho más que comenzar. Y el daño en el corazón y la mente de los hijos se mantiene… 

El director Xavier Legrand había ensayado una similar historia de malos tratos en su corto previo, Antes que perderlo todo (2013), protagonizado por los mismos actores de Custodia compartida, Léa Drucker y Denis Ménochet. El largometraje expande con inteligencia y tacto, sin tremendismos pese a que algunas situaciones resulten muy virulentas, la visión certera de una historia de violencia de género. Porque esta película espléndida marca un antes y un después. Una visión implacable. 

Una película para no olvidar que los hijos no pueden ser la trinchera de nuestras guerras como adultos. Que en una separación familiar todos pierden… más o menos. Que el que sea frecuente y habitual no le quita ni importancia ni gravedad. Y que los adultos/padres podemos hablar por los niños/hijos, pero no sentir lo que ellos sienten.