sábado, 9 de agosto de 2014

Cine y Pediatría (239). “Marsella”, el viaje de una madre biológica y una de acogida


El cine español no pasa buenos momentos en el año 2014. Y salvando la excepción de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), queda el reducto del cine con sabor a realismo o crítica social. Y quizás un ejemplo de ese reducto sea Marsella (Belén Macías, 2014). 

Porque Belén Macías debutó en el largo en el año 2008 con una buena película, El patio de mi cárcel (nominada a cuatro Goyas), pero tiene un mayor recorrido en series de televisión bien reconocidas, como La señora (2009) y su secuela La República (2011), o La princesa de Éboli (2010). Y aunque las series le permiten subsistir, su pasión es el largometraje. Y en Marsella la directora nos presenta el drama individual de dos madres, la biológica y la de acogida, y su amor por una hija, al tiempo que nos hace reflexionar sobre la infancia y las condiciones en que los niños se desarrollan. 

Una madre biológica, Sara (una María León brutal en su papel), y una madre de acogida, Virginia (Goya Toledo, contenida, pero siempre efectiva), comparten la maternidad de una niña de 9 años, Claire (la debutante Noa Fontanals). A consecuencia de sus problemas con el alcohol y las drogas, la justicia le retiró a Sara la custodia de su hija cuando tenía cuatro años. La niña fue dada en acogida a Virginia y Alberto, a los que Claire considera sus padres desde entonces. Todo cambia cuando, cinco años después, un juez decide devolver la niña a Sara, que ha logrado rehacer su vida y tiene un trabajo estable. 
Y la película comienza en un viaje que emprenden Sara y Claire hacia Marsella, en busca del padre biológico, al que Sara no ha vuelto a ver desde que se quedó embarazada y que Claire desea conocer. Pero a esa travesía se suma Virginia y es así como las dos madres inician una emotiva y despiadada “road movie” (con carreteras patrias, moteles de autovía, gasolineras fantasma y restaurantes de camioneros) con la descarnada pugna por el cariño y la custodia final de la hija. Pero el viaje (y los avatares del camino) será una aventura hacia el corazón que incluirá conocerse mejor y recuperar el tiempo perdido. 

Dos leonas peleando por la camada, dos hembras desatadas por su cría: Sara, la madre biológica, arrastra una historia de miseria y abandono emocional, perdida y sin tener muy claro como reencontrarse consigo misma y con su hija pese a sus derechos legales; Virginia, la madre de acogida, instalada en la maternidad responsable, pero quizás egoísta por un lógico cariño del que no quiere desprenderse. Y entre las dos, la hija Claire, a las que las dos madres aman desde mundos diferentes, representante de tantos niños con falta de estabilidad emocional y de unas directrices claras de educación durante la niñez. Y un mensaje firme de la directora: “nadie es más que nadie en este mundo” en este viaje iniciático en pos del descubrimiento del sentido último de la palabra maternidad. 

Porque Marsella es una película dirigida y protagonizada por mujeres (los hombres que aparecen son anécdotas, aunque entre ellos tenemos dos actores de la talla de Manuel Morón y Eduard Fernández) que habla de mujeres, que nos habla de la maternidad y de un problema habitual en nuestra sociedad (y que los pediatras vivimos en primera línea): cuando una madre pierde la custodia de su hijo, cuando aparece la figura de la madre de acogida, cuando la madre biológica intenta recuperar a su hijo y tener una segunda oportunidad. 

Y al final del viaje, la pregunta queda en el aire (o en la carretera): ¿Quién tiene más derecho a quedarse con esa niña? Y esa pregunta es la que le interesa a Belén Macías, que no niega sus influencias de Ladybird, ladybird (Ken Loach, 1994), Solas (Benito Zambrano, 1999), Monster’s Ball (Marc Forster, 2001) o Precious (Lee Daniels, 2009). 

Personajes bien definidos, emociones a flor de piel, paisajes sugerentes y, sobre todo, dos actrices soberbias en estado de gracia en busca de su Itaca, aquí con el nombre de Marsella. Pero como en la épica historia de Homero, lo importante no es el destino, sino el viaje (físico y emocional) que nos lleva al destino final.