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sábado, 14 de febrero de 2026

Cine y Pediatría (840) “Érase una vez mi madre”, mi pie zambo, Dios y Sylvie Vartan

 

El término "Érase una vez..." es una expresión tradicional usada para iniciar cuentos de hadas y narraciones fantásticas, evocando un tiempo indefinido en el pasado. Proviene de traducciones de cuentos clásicos como los de Charles Perrault, los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen. Y también el cine se ha aprovechado de esta expresión. Y basta recordar la trilogía de Sergio Leone: Érase una vez… en el Oeste (1968), Érase una vez… en México (1971) y Érase una vez… en América (1984). Otro título icónico es Érase una vez… en Hollywood (Quentin Tarantino, 2019), pero hay muchos otros títulos así en español y desde diversas nacionalidades: Érase una vez (Carl Theodor Dreyer, 1922), Érase una vez un príncipe (Howard Hawks, 1927), Érase una vez (Alexander Hall, 19449, Érase una vez un mirlo cantor (Otar Iosseliani, 1970), Érase una vez un sinvergüenza (George Schaefer, 1973), Érase una vez el diablo (Bernard Launois, 1985), Érase una vez… (Olivier Dahan, 2001), Érase una vez en los Midlands (Shane Meadows, 2002), Érase una vez en Bolivia (Patrick Cordova, 2012), Érase una vez en Durango (Juan Antonio de la Riva, 2010), Érase una vez en la Patagonia (Maxi Anriquez, 2016), Érase una vez en Buenos Aires (Agustín Ross Beraldi, Diego Labat, 2016), etc. 

Y hoy sumamos la reciente película francesa Érase una vez mi madre (Ken Scott, 2025), una comedia dramática cuyo guion procede la novela autobiográfica de Roland Perez, “Ma mère, Dieu et Sylvie Vartan”, que también es el título original de la película. Un relato muy accesible que asemeja un cuento de hadas sobre discapacidad, fe, maternidad y cultura popular francesa de los años 60–90 y que se ha convertido en un éxito de crítica y, sobre todo, de público en Francia. 

El filme narra la infancia y vida adulta de Roland, nacido en 1963 con un pie equino-varo (popularmente conocido como pie zambo) y que, según los médicos, le condena a muletas o silla de ruedas de por vida: “Nunca, nunca debe cargar peso en ese pie… Su hijo es un discapacitado”. Es el sexto hijo de este matrimonio judío sefardí de origen marroquí, y su madre, Esther (soberbia Leila Bekhti, ya vista en O los tres o ninguno, Kheiron, 2015), de carácter indomable, promete que su hijo caminará “como los demás” y tendrá una vida “fabulosa”, fiando esa promesa a Dios, en la visita a múltiples especialistas médicos y charlatanes, y a la energía vital que le aporta la música de Sylvie Vartan: “Solo rezo por la pierna de Roland”, nos dice.  

La película, con un metraje de 103 minutos, se divide casi simétricamente en dos partes: la infancia (sin duda, la mejor) y la vida adulta. En la primera parte asistimos al encierro doméstico del niño Roland (interpretado por dos actores, uno hacia los 4 años y otro hacia los 12) y cómo este se desplaza arrastrando por casa, los conflictos con servicios sociales porque no está escolarizado (“Mi hijo, el primer día de colegio, irá andando”, se promete Esther a sí mismo y a la asistente social), las peregrinaciones médicas y, finalmente, el largo tratamiento que le permite caminar. La segunda parte sigue a Roland adulto (Jonathan Cohen), convertido en jurista y periodista (tras pasos previos por la canción e interpretación), que acaba encontrándose profesionalmente con su ídolo Sylvie Vartan (con 80 años en el momento de rodarse la película, y todo un milagro de la cirugía estética, tras un grave accidente de coche en su juventud junto a Jhonny Hallyday) mientras intenta emanciparse de una madre tan abnegada como invasiva. Llega a casarse y tener tres hijos, pero su esposa fallece de cáncer. Acude a apoyo psiquiátrico, a quien le manifiesta: “El problema es que toda mi vida han tomado las decisiones por mi y ahora estoy perdido”. 

Érase una vez mi madre se comporta como un feel-good movie entre esa peculiar relación de Roland con su madre, en una historia repleta de emociones y enseñanzas: 1) El amor materno y ambivalencia. Porque la emoción dominante es la de un amor materno feroz, capaz de desafiar diagnósticos médicos, estructuras sociales y sentido común. Un amor con doble cara: por un lado, motor de resiliencia y salvación; por otro, fuente de invasión y dificultad para que el hijo se independice emocionalmente. Y se nos plantea que el apoyo incondicional puede convivir con la necesidad de poner límites y de que el adulto se separe simbólicamente de la figura materna. 2) La discapacidad, diferencia y dignidad, esas “tres D” que es el recorrido del pie zambo de Roland, donde la enseñanza central es que dignidad y deseo de futuro no dependen de la “corrección” del cuerpo, sino del entorno afectivo, educativo y simbólico que rodea al sujeto. 3) La fe, cultura judío‑marroquí e identidad, donde la fe en Dios es un recurso emocional clave para Esther. Y donde la película sugiere que la identidad de Roland se construye en el cruce entre su cuerpo “desviado”, su origen minoritario y la cultura popular francesa (representado por su idolatrada Sylvie Vartan), y que esa mezcla puede transformarse en fuerza y singularidad creativa. 

Destacar como la cantante Sylvie Vartan aparece como mito íntimo y motor narrativo. De niño, para Roland ella es icono pop, musa y figura redentora laica; con ella aprende a leer con las letras de sus canciones, proyecta en ella un horizonte de glamour y escape, y convierte su voz en acompañamiento emocional de su rehabilitación. En la etapa adulta, el encuentro real con Vartan cierra el arco: el ídolo se humaniza sin perder su dimensión mítica, y el protagonista comprueba que el imaginario que lo sostuvo de niño puede integrarse en su vida profesional y afectiva adulta. 

Y ello nos lleva a su banda sonora original (BSO), compuesta por Nicolas Errèra, y cuyo dispositivo dramático descansa en varios números de Sylvie Vartan, insertados como canciones diegéticas o evocadas en escenas clave. Sus canciones cumplen tres funciones para Roland: pedagógica (sirven literalmente como materia prima para que Roland aprenda a leer, convirtiendo la cultura pop en herramienta de alfabetización), terapéutica (su escucha marca momentos de resiliencia, especialmente durante el tratamiento largo en cama, donde la música genera una “burbuja” anímica frente al dolor) e identitaria (vinculan la historia personal de Roland con la memoria colectiva de la Francia y la diáspora de los años 60–70, subrayando la pertenencia a un imaginario común pese a su diferencia). Pero además también escuchamos de forma patente icónicas canciones en momentos clave de la vida de Roland, como “Get It On” del grupo T-Rex, “I Wonder Why” de Billy Preston o “Trouble, Heartaches & Sadness” de Ann Peebles. 

Es difícil no rememorar este uso de una BSO tan potente en películas que ya hemos analizado, como C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), u homenajes a determinados ídolos de la música. Si en Érase una vez mi madre el homenaje es a Sylvie Vartan, en Melody (Waris Hussein, 1971) fue al grupo Bee Gees, La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) lo hizo con Michel Sardou, y la magia de The Beatles estuvo presente en Yo soy Sam (Jessie Nelson, 2001) y Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2012).      

La magia de la música y el cine, la fusión de lo sonoros y lo visual, ese “tercer personaje” invisible y leitmotiv que es la BSO. Y aquí en una película con calidez emocional y enseñanzas varias alrededor de una relación madre-hijo, el pie zambo, Dios y Sylvie Vartan. Y que nos deja este pensamiento final de Roland: “Un escritor inglés dijo una vez acertadamente que como Dios no pudo estar en todas partes, tuvo que inventar a las madres”. El escritor se atribuye a que fue Rudyard Kipling, un novelista acostumbrado a narrar historias que bien podían empezar por “Érase una vez…”

 

sábado, 29 de julio de 2023

Cine y Pediatría (707) La trilogía Madre e hijo de J.A. Bayona

 

El número tres parece ser bastante común entre directoras y directores de cine para contar una historia o desarrollar una temática. El séptimo arte está lleno de míticas trilogías como El Padrino de Francis Ford Coppola o El Señor de los Anillos de Peter Jackson, fundamentadas en conocidas novelas. Y con decenas de trilogías relacionadas con una temática particular, como La trilogía de El secreto de vivir de Frank Capra, la trilogía de La guerra de Roberto Rossellini, la trilogía de Nokiro de Yasujiro Ozu, la trilogía de La condición humana de Masaki Kobayashi, la trilogía de La incomunicación de Michelangelo Antonioni, la trilogía del Silencio de Dios de Ingmar Bergman, la trilogía sobre La búsqueda de la verdad de Luis Buñuel, la trilogía Qatsi de Godfrey Reggio, la trilogía de Koker de Abbas Kiarostami, la trilogía de Las fronteras de Theo Angelopoulos, la trilogía de Los tres colores de Krzysztof Kieslowski, la trilogía de La psicosis de David Lynch, la trilogía Before de Richard Linklater, la trilogía de La depresión de Lars Von Trier, la trilogía sobre El poder de Aleksadr Sokurov, la trilogía de La existencia de Roy Andersson o la trilogía de La venganza de Park Chan-wood, entre otros. 

Y a esta apasionante lista de trilogías de cine desde muy distintas filmografías, llega desde España la trilogía Madre e hijo de Juan Antonio Bayona. Una trilogía con historias - como le ocurre a muchas otras trilogías - que no se relacionan entre sí, pero que comparten el mismo tema, en este caso la relaciones madre e hijo. Todo comenzó, apadrinado por Guillermo del Toro (y tras un encuentro en el Festival de Sitges), con su ópera prima, El orfanato (2007), y le siguieron Lo imposible (2012) y Un monstruo viene a verme (2016). Tres películas de diferentes géneros, pero todas ellas con éxito de crítica y público, multipremiadas y con rasgos muy característicos de este gran director barcelonés que comenzó su carrera dirigiendo comerciales y vídeos musicales. Tal fue el éxito de esta circunstancial trilogía que, a continuación, dio el gran salto a Hollywood, pues Universal Studios le ofreció la dirección de Jurassic World: El reino caído (2018), la segunda película de la saga. 

- El orfanato (2007) 

Película de terror fantástico, incluida en el subgénero de casas encantadas. Los protagonistas principales son Laura (Belén Rueda) y su hijo Simón (Roger Princep). Laura fue una niña adoptada, y ahora, ya adulta, regresa con su familia a ese orfanato abandonado en el que creció en su infancia, y con el propósito de abrir una residencia para niños discapacitados. Entre las paredes del viejo caserón (en realidad una villa colonial en el pueblo de Llanes), comienza a vivir con su marido y su hijo. Y en este ambiente Simón comienza a describir unos amigos imaginarios, seis en concreto, pero con el protagonismo de Tomás (quien lleva siempre un saco en la cabeza para tapar su malformación craneal), y se deja arrastrar por la imaginación, la fantasía y el temor (“Yo no voy a ser mayor, yo no voy a crecer, como mis nuevos amigos” o “¿Con cuántos años te vas a morir?”, le pregunta a su madre), y que alimenta también con la lectura de Peter Pan, todo un guiño al final de la película. El niño acabará descubriendo que también es adoptado y descubriremos que es portador del virus de la inmunodeficiencia humana. 

Tras la desaparición de Simón, se recurre a todos los medios de búsqueda, también al espiritismo, y así le dice la médium: “Usted oye, pero no escucha. No se trata de ver para creer, sino de creer para ver. Crea. Entonces verá”. Y con el juego “Un, dos, tres, toca la pared”, llegamos a un final en que nos nuestra como esta madre e hijo se asemejan a Wendy y Peter Pan, y terminan junto a los niños perdidos. 

El orfanato fue un deslumbrante debut, gran triunfador en su año de los Goya con 14 nominaciones y 7 premios (incluyendo mejor director novel y mejor guion). 

- Lo imposible (2012) 

Drama basado en hechos reales (que rememora el tsunami que tuvo lugar a finales del año 2004 y que sacudió gran parte de la costa del sudeste asiático) y que es la historia de supervivencia que tuvo que vivir la familia española formada por María, Quique, Lucas, Tomás y Simón. 

Aquella mañana del fatídico 26 de diciembre, mientras toda la familia se encuentra en la piscina del complejo a orillas del mar, un tremendo tsunami cambia la vida de esta familia y la vida de millones de personas. Aquí los protagonistas principales son María (Naomi Watts) y su hijo Lucas (Tom Holland), quienes son arrastrados por el agua y luchan por sobrevivir y reencontrarse con el resto de la familia. 

La producción es excelente y los efectos especiales impresionantes (las escenas principales del tsunami fueron grabados en los extintos estudios Ciudad de la Luz de Alicante), y fue la gran triunfadora de los Goya con 14 nominaciones y 5 premios (incluyendo mejor director), y también le valió a Naomi Watts una nominación al Óscar a mejor actriz. 


Película fantástica, basado en la novela de Patrick Ness, y que cierra esta trilogía fusionando sus dos únicas (y exitosas) películas previas, aunado el misterio de El orfanato y los efectos especiales de Lo imposible.Los protagonistas principales son Mum (Felicity Jones) y su hijo Connor (Lewis MacDougall). 

Tras la separación de sus padres, Connor, un chico de 12 años, tendrá que ocuparse de llevar las riendas de la casa, pues su madre está enferma de cáncer. Así las cosas, el niño intentará superar sus miedos y fobias con la ayuda de un monstruo (que es un anciano tejo durante el día). “Lo sé todo sobre ti, Connor. Esa verdad que escondes, la que sueñas”, le dice el monstruo, quien llega siempre a las 12,07 hs de la noche y le cuenta tres historias, no fáciles de entender (historias contadas con dibujos animados), a cambio de que Connor le cuente al final la suya. Un filme con gran profundidad psicológica, donde se traslucen temas con los que todos nos enfrentamos en la vida: las relaciones humanas, la culpa, las emociones, la aceptación y el duelo. Y con ese diario con sus dibujos de la infancia que la madre deja a su hijo, todo cobra sentido. 

Y con esta trilogía Bayona apela a la emoción, a los temores, a la superación y a la fantasía, materias de la que está hecho el propio cine. Y lo que tienen en común, estas sus tres primeras películas, es el ideal de la madre y el instinto maternal, especialmente en la ausencia (momentánea o permanente) del padre, dejando que la responsabilidad por el hijo recaiga en ella (y a veces al contrario). La madre en esta trilogía se sacrifica y sufre por sus hijos, y en tres figuras diferentes: la madre sin hijos (o el hijo adoptado que desaparece) de El orfanato, la madre presente que guía a su hijo bajo el instinto de supervivencia en Lo imposible, y la madre ausente (o el hijo sin madre), esa madre enferma que lo prepara para su ausencia en Un monstruo viene a verme.  Porque la relación madre e hijo en cada una de estas películas gira alrededor de la separación o la posibilidad de esta. Y estas separaciones también se han llegado a definir en tres figuras: la separación del pasado en El orfanato, la separación del presente que se teme en Lo imposible, y la separación del futuro por la enfermedad en Un monstruo viene a verme

Y finalizamos esta revisión a la trilogía Madre e hijo de J.A. Bayona refiriendo algunos otros datos comunes entre ellas. Porque en las tres películas contó con sus colaboradores habituales en la música (Fernando Velázquez), en la fotografía (Óscar Faura) y en la escritura del guion (Sergio G. Sánchez, si bien en la tercera el mismo novelista, Patrick Ness, actuó de guionista). Y curiosamente en las tres películas la actriz Geraldine Chaplin protagoniza tres pequeños papeles: de médium en El orfanato, de anciana en Lo imposible y de directora del colegio en un Monstruo viene a verme (por cierto, también apareció luego en Jurassic World: El reino caído). 

Y finalizo con una nota al cortometraje de 38 minutos que este director dirigió en el año 2015, bajo el título 9 días en Haití, muy apropiada también en Cine y Pediatría, pues es un documental sobre la cooperación y el derecho a tener una oportunidad, y todo ello a través de la mirada de la infancia.

 

sábado, 25 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (450). Los diferentes instintos maternales en “Tallulah”


Netflix es una empresa comercial estadounidense de entretenimiento que proporciona mediante tarifa plana mensual un streaming principalmente de películas, series de televisión y documentales, y ello bajo demanda por internet, además de DVD que son facilitados por correo postal. La empresa fue fundada en el año 1997 y en estas dos décadas su crecimiento ha sido tal que ya se considera la mayor compañía de entretenimiento en esta materia. Tal es así, que en el año 2011, Netflix comenzó a producir contenido original para su servicio de suscripción de streaming, tanto en series como en documentales y películas. Y este comentario viene en relación con una película que pude disfrutar hace pocas semanas en esta cadena y que vale la pena destacar pues no es una película cualquiera, lo cual habla del poderío de esta empresa. 

Una película que cuenta como actriz principal a la ya gran Ellen Page, esta actriz canadiense que actualmente tiene 31 años, pero que mantiene su eterna cara y cuerpo de adolescente, por lo que no es de extrañar que ya forme parte de la familia de Cine y Pediatría. Aunque comenzó a actuar muy joven, lo cierto es que su primera sorprendente actuación fue la de una adolescente de 14 años llamada Hayle Stark y que nos aparece como nuestra caperucita del siglo XXI en la película Hard Candy (David Slade, 2005), toda una declaración de intenciones frente a la pederastia y el grooming. Pero alcanzaría su cima como esa adolescente de 16 años llamada Juno MacGuff que queda involuntariamente embarazada en la película Juno (Jason Reitman, 2007), una obra que se atreve a debatir sobre el embarazo no deseado y que fue capaz de incomodar tanto a las comunidades Pro vida como Pro elección. 

Y es en el año 2016 cuando Netflix distribuye la película Tallulah, escrita y dirigida por Sian Heder, quien fuera escritora de las tres primeras temporadas de Orange is The New Black, también emitida por Netflix. Y aquí en es donde Ellen Page interpreta magistralmente a Tallulah o Lu, una joven vagabunda que vive en una camioneta y está muy orgullosa de llevar una vida austera pero independiente, que pretende estar fuera del sistema, y que sobrevive como espíritu libre a partir de buscarse la vida, incluyendo hurtos o pequeñas estafas. Pero en realidad Tallulah es la historia de tres mujeres cuyas vidas se entrecruzan a través de un lactante, y con ello se abre una ventana para mostrarnos los diferentes instintos maternales. Y es así como se explora la historia de cada una de las mujeres, quiénes son y qué cosas las llevaron a ser esas que son. 

Tallulah, en un momento no fácil de su vida, se hace pasar por trabajadora del personal de un hotel. Allí conoce por casualidad a Carolyn (Tammy Blanchard), una insatisfecha e insegura madre de Beverly Hills más preocupada de sí misma y de que su marido no la abandone que de su propia hija de un año, más preocupada en su aspecto físico y en la bebida para olvidar que en cuidar y alimentar a la pequeña. Carolyn pide a Tallulah que le cuide a su bebé una noche que tiene que salir, pero ante la situación tan paradójicamente dramática que observa, nuestra protagonista decide llevarse a la pequeña lejos de aquella irresponsable madre (que cualquier trabajador social le hubiera quitado la patria potestad por negligente). Y ante la falta de posibilidades de sustento, Lu acude a Margo (Allison Janney), la madre de su exnovio, con el fin de que le preste la ayuda y el dinero que necesita, y para ello continua con la mentira: “Es que estoy descubriendo lo que es ser madre yo sola”. Margo llega a creerse la abuela de la niña y acepta acogerles a ambos en su casa, y a encariñarse de ambas, y ello llega a mitigar su soledad de mujer abandonada (por su esposo, que se fue a vivir con otro hombre cuando descubrió que era gay, y por su hijo, que decidió salir del hogar y de la presión familiar porque no la soportaba), lo cual ya intentaba también con la paradoja de su propia profesión: escribe libros sobre la unidad familiar. Y una relación que comenzó con desconfianza, comienza a normalizarse y hasta llega a provocar la sonrisa en Margo cuando Tallulah le realiza confesiones como ésta: “Todos moriremos. Es supertriste”; o cuando todos entendemos algo más de su forma de proceder cuando Tallulah acaba confesándole que fue abandonada por su madre a los seis años… Pero ella acaba adquiriendo un gran sentido de la responsabilidad por el cuidado de la niña, y cuando acude con ella enferma a un hospital oímos algo que en temas sanidad no puede dejarnos indiferente: "Tendrá que verle un médico de familia. El de urgencias tiene que pagarlo..." (bendita sanidad USA, para que nos quejemos de la española). 

Tras la búsqueda policial de la niña por secuestro, confirmamos la inestabilidad emocional de Carolyn, la madre biológica: "Esperé y esperé a que despertara mi sentido de la maternidad, pero no ocurrió... ¿no soy una persona horrible?"“Mi marido ya me considera una madre horrible… “. Y tras resolverse todo, es posible que todos los personajes se hayan dado cuenta de que lo que realmente importa es la familia. Porque en última instancia, independientemente de esta melodramática historia, el interés de la película reside en la incansable búsqueda de tres mujeres atravesadas por diferentes tipos de soledad, vacío y frustración. Las tres protagonistas (Tallulah, Carolyn y Margo) recorren procesos disímiles que terminan por desembocar en inevitables puntos de contacto que funcionan como espejos en donde se ven reflejadas de una forma u otra. 

Porque Tallulah nos lanza una pregunta: ¿de qué trata la maternidad? Y la propia película nos muestra un resquicio de varias maternidades: la de la madre ausente de la vida de su hijo adulto (Margo); la de la madre no responsable que no valoró bien las consecuencias de dar a luz una nueva vida (Carolyn); y la de la madre accidental (Tallulah). Y Margo, Carolyn y Tallulah encontrarán en sí mismas el significado de la maternidad para cada una, un lazo que, al mismo tiempo, las une y separa. Diferentes instintos maternales que nunca debieran dejar de atesorar dos premisas: amor y entrega.  

Y hoy recordamos con agrado que esta película, puro estilo indie, nace de la factoría Netflix. Bienvenida sea… Y aún intentamos buscar respuesta al significado de la escena final, con Margo gravitando y agarrándose a la rama de un árbol. 

 

sábado, 25 de marzo de 2017

Cine y Pediatría (376). "Mater amatísima" y el dilema del cine de culto


El mar. Una máquina de escribir. Un barco de carga varado en el mar. Una chica lo mira. Unos autos de choque. La máquina de escribir y frases: "Tenía miedo. Mucho miedo...". Un avión que aterriza de noche. Se lee esta frase a través del tecleado de la máquina de escribir: "Desde aquel instante supe que había nacido desconectado". Una habitación con ordenadores de los que fueron de primera generación. Una madre en estado avanzado de gestación que afirma que va a tener el hijo sola y está contenta. La camilla con la madre por un pasillo. El parto real de un niño mientras suenan los segundos del reloj. Y todo esto durante los créditos iniciales de la película. 

Así comienza una peculiar película de un peculiar director, el barcelonés José Antonio Salgot, quien siempre fue un director arriesgado en su corta filmografía (seis película en tres décadas) y que abarca desde Serenata a la luz de la luna (1978) a Myway (2008), pasando por Dama de Porto Pim (2001) o su obra más carismática y que nos convoca hoy: Mater amatísima. Una película del año 1980 y que con el paso de los años nos sigue dejando bastante exhaustos como entonces, pues es una película muy dura, donde el espectador se enfrenta a un guión, a unas imágenes, a una música y a una historia realmente difícil, de ver y de comprender. Esas difíciles preguntas sin contestar ante el amor infinito de una madre con su hijo autista enfrentados al camino de la autodestrucción ante una sociedad que la deja sola... Y aparece la claustrofobia, la de la propia madre y la de los espectadores.

La sinopsis de la película puede ser muy breve, pero el análisis bastante más profundo. Clara (Victoria Abril, ante la negativa de Pepa Flores, Marisol, para el papel) da a luz a un niño autista. Cuando conoce la enfermedad que tiene su hijo, se niega a entregarlo a una institución especializada y decide dedicarse por completo a su cuidado. Las necesidades de Juan (Julito de la Cruz, un niño autista de verdad y verdadera sorpresa, atrevimiento que dio muchos quebraderos de cabeza al director) aumentan al mismo ritmo que crece y la fijación de la madre por el niño deriva en enfermiza, hasta el punto de iniciar un proceso de aislamiento del mundo similar al de su hijo, en un completo proceso de identificación, apoyado en la experimentación con drogas. Para Clara no existe nada más en la vida que Juan, en una lenta desintegración emocional que le lleva a perder su trabajo y que deriva en consecuencias dramáticas. La identificación de Clara con su hijo es tal, que se va aislando del mundo exterior para dedicarse solamente a él... y ya es difícil identificar quien está más aislado del mundo. 

Una película que se fundamenta en una puesta en escena de planos muy fríos frente a planos muy intensos, con un uso vanguardista del sonido y la banda sonora de Vangelis (el afamado compositor griego que al año siguiente ganaría un Oscar por la banda sonora de la película Carros de fuego y poco después pondría también música a la icónica Blade Runner), y un "tour de force" notable entre dos personajes, madre e hijo, Clara y Juan, Victoria Abril y Julito de la Cruz (a quien va dedicada esta película, pero en la que el director explicaba la enfermedad de su propia hermana). Y que se recuerda por las escenas psicológicamente no fáciles: el apagar las velas de su tarta de cumpleaños, la escena frente al espejo roto, la escena del cuchillo, la de la pecera, la de las diapositivas frente a niños con discapacidad, etc. Un film ecléctico donde se mezclan elementos tecnológicos cercanos a la ciencia-ficción en aquel momento (los ordenadores, las impresoras, el robot), tal vez estableciendo un paralelismo entre la inteligencia artificial y la imposibilidad de la protagonista de alejarse de su programación natural como madre. 

Y en los albores de la película, la doctora realiza a la madre una exhaustiva descripción de lo que es el trastorno del espectro autista: "En general los autistas son pacientes con un mundo propio" o "Las relaciones con las cosas y con los demás lo viven a su manera". Mientras a Juan se le realiza un EEG con fotoestimulación, aparecen otros comentarios sorprendentes: "Deberías racionarle las caricias"

Y durante todo el metraje los pensamientos en off del niño, algunos como este: "Quiero estar solo con mamá. Solo ella y yo y los electrones en mi cabeza...". Y en las televisiones imágenes de películas que reconocemos: Mogambo, El cebo, Pinocho,... Y el final, casi esperado, con la música de Vangelis para acompañar un acto de complicada valoración. Un final sin concesiones que queda impreso en la retina del espectador. 

Lo cierto es que esta película tuvo en su momento un recorrido internacional interesante, pero cayó rápidamente en el olvido, aunque sea una película de culto, por ser una de las películas más arriesgadas de la época. Porque José Antonio Salgot y Bigas Luna, este último en labores únicamente de guionista, aúnan esfuerzos para ofrecernos una relación maternofilial obsesiva (con el autismo real del hijo y el infringido en la madre) y una película algo asfixiante, donde quizás pese bastante sobre ella el paso del tiempo. 

Se define en Wikipedia película de culto "a cualquier tipo de producción cinematográfica que ha adquirido alguna clase de culto popular, ya sea por su formato, su producción, su trama o su significado histórico". Las películas de culto frecuentemente se asocian con la polémica y por alguno (o los dos) motivos siguientes: por incluir ideas o temas notablemente controvertidos o por presentarlo de un modo alejado de los convencionalismos estéticos o narrativos. Cabe señalar que con el tiempo muchas películas de culto han trascendido este estatus, pasando a ser reconocidas como clásicos cinematográficos de un modo universal. ¿Y por qué es cine de culto Mater amatísima? Al menos por los siguientes elementos: por su osadía formal y temática, por su lejanía del cine convencional y por su condición de cine maldito español. 

No olvidemos que en el ránking de mejores películas de culto se incluyen obras muy conocidas (y reconocidas), algunas ya en Cine y Pediatría. Entre ellas, enunciamos esta clasificación de las 50 consideradas más populares: La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), El club de la lucha (David Fincher, 1999), Donnie Darko (Richard Kelly, 2001), Kill Bill:Vol1 (Quentin Tarantino, 2003), El precio del poder (Brian de Palma, 1983), Reservoir Dogs (Quentin Tarantino, 1992), Pesadilla antes de Navidad (Henry Selick, 1993), 12 monos (Terry Gilliam, 1995), El muro (Alan Parker, 1982), Blade Runner (Ridley Scott, 1982), El gran Lebowski (Joel Coen, 1998), Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998), The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), El hombre elefante (David Lynch, 1980), El club de los cinco (John Hughes, 1985), La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), Los dioses deben estar locos (Jamie Uys, 1980), Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986), Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999), Los Caballeros de la Mesa Cuadrada (y sus Locos Seguidores) (Terry Jones, Terry Gilliam,1974), El Topo (Alejandro Jodorowsky,1970), El Ejército de las Tinieblas (Sam Raimi,1992), Cabeza Borradora (David Lynch, 1977), Jóvenes Ocultos (Joel Schumacher, 1987), Pink Flamingos (John Waters, 1972), Freaks (La Parada de los Monstruos) (Tod Browning, 1932), Un Mundo de Fantasía (Mel Stuart, 1971), Brazil (Terry Gilliam, 1985), La Princesa Prometida (Rob Reiner, 1987), Napoleon Dynamite (Jared Hess, 2004), La Montaña Sagrada (Alejandro Jodorowsky, 1973), Easy Rider (Buscando mi destino) (Dennis Hopper, 1969), El Ataque de los Tomates Asesinos (John De Bello, 1980), Clerks (Kevin Smith, 1994), Dead Man (Jim Jarmusch, 1995), Quadrophenia (Franc Roddam, 1979), Los Elegidos (Troy Duffy, 1999), Heavy Metal (Gerald Potterton, 1981), Flash Gordon (Mike Hodges, 1980), Zombi (Dawn of the Dead) (George A. Romero, 1979), Los payasos asesinos del espacio exterior (Stephen Chiodo, 1988), Las aventuras del Barón Münchausen (Terry Gilliam, 1988), El cuchitril de Joe (John Payson, 1996), Arizona Baby (Joel Coen, 1987), Salvaje! (Laslo Benedek, 1953), Re-Animator (Stuart Gordon, 1985), El Vengador Tóxico (Michael Herz, Lloyd Kaufman, 1984), Barbarella (Roger Vadim, 1967). 

Y entre estas películas de culto, hoy hemos hablado de una de ellas en España. Una mirada diferente al autismo y sus consecuencias.

 

sábado, 29 de octubre de 2016

Cine y Pediatría (355). "Pelo malo", sociedad enferma


Hay filmografías que llegan a cuentagotas a España. Y son muchos los países en que esto ocurre. Hoy por ejemplo recordamos Venezuela, un país que vive una situación social, política y económica que no está para muchos trotes, ni para mucho cine. Pero en los inicios de Cine y Pediatría tuvimos la oportunidad de comentar Maroa (Solveig Hoogesteijn, 2004), una película que denominamos como el milagro de la música en la infancia de Venezuela y que tuvo el honor de representar a su país en los Oscar. Y hoy comentamos Pelo malo, una película contundente del año 2013, protagonizada por un niño que quiere alisarse su pelo rizado para la foto de entrada en la escuela y que esconde un duro retrato de la realidad venezolana, un país que disfrutan, aman y padecen las dos mujeres que están detrás: la directora venezolana Mariana Rondón y la productora peruana (pero afincada en Venezuela) Marité Ugás. Y con esta película consiguieron la Concha de Oro de San Sebastián, toda una efeméride para su país. 

Pelo malo surge de la sensación de su directora por expresar el dolor y ahogo que siente por su país y trata de ser una película contra la intolerancia, que apoya las pequeñas rebeldías. Un atisbo de retrato de la Venezuela actual, la del poschavismo presidido por Nicolás Maduro, la de una sociedad donde reina el matriarcado y el machismo. Una película que se centra precisamente en la historia de un niño "diferente" que tiene que aguantar la marginación social por culpa de su sexualidad difusa. 

En las primeras escenas ya descubrimos a una joven madre viuda con dos hijos pequeños (un lactante y Junior, que tiene 9 años y el "pelo malo"), viven en una barriada obrera y se gana la vida como puede, haciendo también labores de limpieza (aunque fue vigilante, antes de ser despedida, pero se sigue vistiendo con el uniforme). La escena de los dos niños jugando a encontrar cosas y personas en la colmena de viviendas que son los superbloques del barrio 23 de Enero frente a su balcón, como si fuera un tablero para jugar, ya nos sitúa en esa colmena humana que es Caracas. Y qué decir del programa que ven los niños sobre Miss Venezuela, curiosamente en el país que ha ganado en más ocasiones el galardón de Miss Mundo (en seis ocasiones). 

Junior (Samuel Lange Zambrano) se quiere alisar el "pelo malo" para la foto de la escuela y así verse como un cantante de moda. Le ayuda en el empeño su abuela y su pequeña amiga, con quienes canta la canción "Mi limón, mi limonero" de Henry Stephen; pero esta situación generará un enfrentamiento con Marta (Samantha Castillo), su madre. Porque Junior ha comenzado a explorar su sexualidad y su madre es incapacidad de entender que lo que se propone es simplemente jugar a lucir como un cantante, en una foto que le han pedido que se tome para el colegio. Y eso es lo que causa el rechazo y falta de amor entre ambos, porque mientras Junior juega a inventarse una identidad y busca verse bello para que su mamá lo quiera, ella lo rechaza cada vez más

La cámara nos introduce en un espacio muy privado y en un entorno muy íntimo y viciado, el de la relación entre una madre y su hijo y las tensiones que se establecen entre ellos. Junior es demasiado sensible y quiere ser cantante y tener el pelo liso (siempre queremos lo que no tenemos, rizar nuestro pelo liso o alisar nuestro pelo rizado). Se acicala frente al espejo y se pasa horas mirándose, queriendo ser guapo e intentando quitarse los rizos (para ello ve vídeos y lo intenta con todo lo que oye: mayonesa, aceite,...). Su madre no puede concebir este comportamiento y siente un rechazo visceral hacia él y hacia lo que ella interpreta como potencial homosexualidad. Y cuando la madre le pregunta al médico si su hijo es maricón, el médico le sugiere que pase más tiempo con su hijo. Porque los lazos de amor-odio que se van perfilando a lo largo de la narración cada vez se harán más tempestuosos hasta generar incluso rechazo en el espectador. Aunque ella reflexiona en alto aquello de "Yo les tengo que dar ejemplo, para que puedan aprender", su ejemplo no es el deseado. 

Además de plasmar de una manera incómoda esta relación materno-filial, Pelo malo también constituye una demoledora visión en torno a la sociedad venezolana. El fantasma de la decadencia social y económica acechan en cada esquina y son muchos los personajes dentro del relato que se comportan de una manera miserable, quizás como reflejo de una situación con pocas expectativas, gris, monótona y desesperanzada. 

En Venezuela la película se destaca por su tratamiento de la cuestión de la identidad, un tema que en el cine nacional tiene su más importante antecedente en Oriana (Fina Torres, 1985) o recientemente en Azul y no tan rosa (Miguel Ferrari, 2012). Pero en Pelo malo nos queda la mirada de desamparo de Junior y las relaciones de gran tensión entre madre e hijo. Tanto que al Junior se verá obligado a tomar una dolorosa decisión, que nos enfrenta a un final tan desarraigado como sus vidas: Junior le dice a su madre, "No te quiero", y ella le contesta, "Yo tampoco". Y entonces vuelve a sonar la canción de Henry Stephen... "Mi limón, mi limonero, entero me gusta más..." 

Porque lo importante no es el tipo de pelo, sino el tipo de sociedad. Porque el problema no es el pelo malo, es la sociedad enferma. Gracias Fernando Comas por recomendarme esta película de un país que conoces, de un pueblo que amaste y amas. 

sábado, 21 de marzo de 2015

Cine y Pediatría (271). L´enfant terrible Xavier Dolan (2): "Mommy"


Xavier Dolan, este fenónemo canadiense que ha dado el cine, sigue fiel a los temas de sus películas (la adolescencia y la incomprensión, la búsqueda de identidad y la soledad, y la relación con las madres) y a su estilo (películas contundentes que colisionan con el espectador como un puñetazo en el estómago). Así lo hizo ya en su ópera prima, Yo maté a mi madre (comentada la semana pasada), y así sigue haciéndolo con su última película, Mommy (2014), motivo de la entrada de hoy. 

Hay un indudable paralelismo entre la primera y la última película de Dolan: en ambas se narra una complicada relación madre-hijo con un tercer personaje como tabla de salvación, como vía de escape y único soplo de aire fresco en la tórpida relación materno-filial. Pero mientras que en Yo maté a mi madre buscaba, de alguna manera, castigar a su propia madre, en Mommy narra una relación madre-hijo complicada, pero de amor incondicional, de ese “te voy a seguir queriendo aunque intentes matarme”. Y en ambas se confirma que Dolan es de actores fijos: Anne Dorval hace de madre en las dos películas, dos madres radicalmente diferentes que interpreta con igual talento; Suzanne Clément también tiene un papel similar en las dos películas, pues en Yo maté a mi madre es la profesora del hijo (Hubert, interpretado por el propio Xavier Dolan), y en Mommy, una vecina que traba una intensa amistad con la madre y el hijo (Steve, Antoine-Olivier Pilon, alter ego de Xavier Dolan, y sorprendente en su papel de hijo problemático). 

“En un Canadá ficticio llega un nuevo gobierno durante las elecciones federales de 2015. Dos meses después, se aprueba la ley S-18, con vistas a solventar la política sanitaria canadiense. Concretamente, la polémica ley S-14 estipula que los padres de hijos con problemas de conducta en una situación de apuro económico, peligro físico o psíquico, tienen el derecho legal y moral de confiar a sus hijos a un hospital público, sin un proceso judicial. Esta es la historia de Diane “Die” Després, una mujer cuyo destino parece estrechamente ligado a este asunto”. 
Con este prólogo comienza Mommy, donde se nos narra la compleja relación de Diane, una madre viuda, quien intenta volver a encargarse de la educación de su hijo adolescente Steve, tras su expulsión de un centro correccional, en donde ha permanecido ingresado debido a su especial patología psiquiátrica (entre la psicosis y la hiperactividad, con un marcado trastorno oposicionista-desafiante y explosiones de violencia incontrolable), pero donde ya no pueden con él. “La peor cosa que puede hacerle a su hijo es dejar que se crea invencible. Amar a una persona no la salva. El amor aquí no cuenta. Por desgracia”, le dice la cuidadora del correccional a la madre. 
Su salida a la vida real e intentar una vida normal no es fácil para Diane y Steve. Lo intentan, pero los brotes de ira de Steve complican su integración social. No es de extrañar que suene la canción de Dido, “Whyte Flag”, pues realmente es para sacar la bandera blanca y pedir la rendición a veces, con hijos así. Pero cuando parecía que todo estaba perdido, un soplo de esperanza llega al conocer a su misteriosa nueva vecina Kyla: una mujer que se integra ella misma en la vida de la madre y su hijo, propocionando a la madre y al hijo el apoyo que anhelaban. 

Queremos destacar dos recursos en Mommy dignos de comentar: el plano de la imagen y el uso de la música. 
- El plano de la imagen: en esta película el plano es cuadrado, más cercano a una fotografía de Instagram que a la pantalla de cine. Una imagen que ocupa menos de la mitad de la pantalla (y que uno piensa al principio que es un error del proyeccionista), un plano que pasa a ser centrípeto, opresivo, para expresar el caos y el dolor de la realidad. Y que Dolan ensancha el cuadro a pantalla completa en los pocos momentos de alegría, esa vida feliz y soñada. Es así como la cámara tiene psicología propia y nos acompaña en los controvertidos sentimientos que emana la relación de esos dos personajes que hablan y gritan en un francés estridente y poco inteligible, y lo hacen como una explosión tanto estética como emocional. 
- El uso de la música: porque mientras en la mayoría de las películas la música suele convertirse en protagonista invisible, cuando no en leit-motiv, en Mommy es protagonista principal, donde la música no se insinúa, sino que las canciones suenan en toda su amplitud y dimensión. Y además es una B.S.O. espectacular, con 15 canciones de artistas actuales y que van desde Dido a Ludovico Einaudi, pasando por Beck, Céline Dion, Counting Crows, Craig Armstrong, Eiffel 6S, Elle Goulding, Oasis, One Republic, Sarah McLachlan, Simple Plan o la gran Lana del Rey. Canciones míticas para escenas clave. 

Una relación triangular complicada sin figura paterna. Y la afirmación de la madre a su hijo: “¿Sabes cuál es mi único problema? Tu, Steve. Sin trabajo, por tu culpa. Sin dinero. Sin vida. Pastillas, fianzas, internados. ¡Y ahora, una querella! ¿Alguna vez voy a poder descansar?...” Afirmaciones duras, como duras son muchas escenas, como dura es la relación de Diane y Steve: la del taxi, la del karaoke, la del supermercado y, especialmente, la reentrada en el centro psiquiátrico. Y el subyacente complejo de Edipo de Steve planeando, y la declaración de su madre: “Lo que va a pasar es que cada vez te querré más. Y serás tú quien me quieras cada vez menos… Es ley de vida”. 

Xavier Dolan no es el primero, ni será el último, en escribir sobre las relaciones maternofiliales: lo hizo Hitchcock, especialmente en Psicosis (1960), porque, no en vano, se dice que el propio Hitchcock tenía una obsesión con su madre, hasta el Edipo reprimido de Woody Allen en Historias de Nueva York (1989), un tema con el que cualquiera ha podido verse identificado de alguna manera u otra en algún momento de su vida. 

La simplicidad nunca ha sido el fuerte de Xavier Dolan, más dado a llevar el gusto por la estética al extremo y a relatar historias en torno a sentimientos desbocados. Mommy es una película intensa y extensa (139 minutos de metraje), que hay que digerir bien. Pero si se digiere, produce grandes emociones y grandes reflexiones. Así lo entendieron en Cannes (Premio del Jurado 2014) y en su propio país (donde fue seleccionada el pasado año para los Oscar como Mejor película extranjera). 

Y nos quedamos con la escapada final de Steve, mientras la canción “Born to die” de Lana del Rey suena en los créditos finales. Porque así es Mommy, una relación en la que se vive y se muere, un amor entre una madre y un hijo que puede llegar a ser imposible

Esta es la peculiar visión del controvertido Xavier Dolan (o lo amas o lo odias, pero nunca dejará indiferente) sobre las especiales relaciones entre madres e hijos adolescentes.

 

sábado, 14 de marzo de 2015

Cine y Pediatría (270). L´enfant terrible, Xavier Dolan (1): "Yo maté a mi madre"


El cine que proviene de Canadá siempre es bienvenido en “Cine y Pediatría”, pues suele reflejar valores de una cultura muy madura. Hoy viene a nuestras páginas Xavier Dolan, un joven que plantea películas incómodas que nos enfrenta a realidades que nos duelen (y preferimos no mirar) y que le han valido el conocido apelativo de “enfant terrible”, como mucho otros artistas que ha dado el cine y otras artes a lo largo de la historia. 

Y hoy presentamos su ópera prima: Yo maté a mi madre. Xavier Dolan la escribió con 16 años, la dirigió, produjo e interpretó con 19 y la presentó en Cannes con 20. Ahora que tiene 26 y ya con cinco películas en su filmografía: tras Yo maté a mi madre vinieron Los amores imaginarios (2010), Laurence Anyways (2012), Tom à la Ferme (2013) y la recientemente estrenada Mommy (2014), de la que hablaremos la semana que viene. En todas sus obras Dolan crea con el espectador una colisión, películas que son como un puñetazo en el estómago. Dolan se ha dicho que es una extraña mezcla entre Sigmund Freud y Charles Bukowski llevada a la gran pantalla como el mejor John Cassavettes que recordamos. 

El largometraje arranca con una cita del escritor francés Guy de Maupassant que dice: “Amamos a nuestras madres casi sin saberlo, y sólo nos damos cuenta de lo arraigado que es ese amor en la separación última”. Y luego un monólogo del protagonista: “Yo no sé lo que pasó. Cuando era pequeño nos queríamos. Todavía la quiero. Puedo mirarla, decirle hola, estar a su lado. Pero… No puedo ser su hijo. Podría ser el hijo de cualquiera. Pero no el suyo”
De esta manera nos plantea, de una manera tan simple como eficaz, el punto de partida de un demoledor retrato de una turbulenta relación entre el adolescente de 16 años, Hubert Minel (Xavier Dolan) y su madre Chantale (Anne Dorval), un tour de forcé a dos de una familia de dos (los padres están separados y no tiene hermanos), con la aparición esporádica de personajes de su entorno. Hubert odia a su madre, pero no como todos los adolescentes odian un poco a sus madres, sino de un modo visceral e insoportable: no soporta su manera de comer, de vestir, de decorar la casa, de tratarle. Él es un adolescente un poco complicado e irascible, con una compleja vida interior que exterioriza en su vena artística y en su incipiente homosexualidad que no exterioriza a su madre. El motor de la tensión interna de la pareja protagonista no es otro que el de la incomunicación social

Es un ópera prima arriesgada y valiente, pero que descansa sobre un buen guión con diálogos (o monólogos) muy verosímiles, honestos y brutales en algunos momentos, y un duelo actoral de gran tensión. Algunos de estos monólogos proceden de imágenes de primer plano de Hubert en blanco y negro, mientras se graba cámara en mano: 
“Ella no quería tenerme. Soy una carga para ella. No está hecha para ser madre. Se casó y tuvo un hijo porque… eso es lo que todos esperaban de ella. De hecho, eso es lo que se espera de las mujeres. Bueno, casi todo el mundo”
“Deberíamos ser capaces de suicidarnos. En nuestras cabezas. Y luego renacer, Para poder hablar, mirarnos los unos a los otros, estar juntos. Como si nunca nos hubiéramos conocido antes. Si mi madre y yo nos conociéramos, seguro que nos llevaríamos bien”.
“Cuando lo digo, lo digo en serio. Es verdad, la quiero. Pero no es amor de hijo. Es extraño… si alguien le hiciera daño, querría matarle. Le mataría. Sin embargo, se me ocurren 100 personas a las que quiero más que a mi madre. Es bastante irónico…tener una madre a la que no eres capaz de querer, pero eres incapaz de no quererla”. 
“Cuando era pequeño mi madre y yo éramos amigos. Sus compañeros de trabajo le dijeron que estaba muy mimado, y que me merecía un cachete. Como esas señoras que dicen: es peculiar. Como me fastidia. Cuando la gente dice “peculiar” es porque les falta inteligencia para entender “diferente”. 
“Igual no mucho más, igual se han olvidado. No lo sé. Pero me da igual. Lo han hecho”. 

Película escasa de medios, pero brillante en la resolución de su puesta en escena, que en algunos momentos roza la teatralidad, para mostrarnos esta relación disfuncional que roza el maltrato inverso de un hijo a su madre, un hijo en ocasiones grosero, soez, brutal, violento…al que le cuesta más decir te quiero, que te odio, aunque en una ocasión llega a declarar a su madre: “Te amo. Te lo digo para que no se te olvide”. Pero también es capaz de lanzarle estos proyectiles dialécticos: “Cuando intento imaginar cómo es la peor madre del mundo, no se me ocurre nadie peor que tú” o “¿Nunca te has preguntado por qué no tienes marido?”…¿El propósito de tu vida es que seamos enemigos?”. Porque hay maltratos inversos, demasiados e intolerables, como no hay duda de que consideramos intolerante el maltrato de hijos. 

“La madre de un hijo nunca será su amiga (Cocteau)”, refiere esta sentencia la profesora a su alumno Hubert en referencia a las relaciones padres-hijos. Y él responde: “Honrarás a tu padre y a tu madre (Dios)” Con frases así se entiende que Yo maté a mi madre es una obra excesiva, exagerada y contundente, como la filmografía posterior de Xavier Dolan. Y en ella presenta los temas que va a tratar de ahí en adelante: la búsqueda de identidad y la soledad, la adolescencia y la incomprensión, la homosexualidad, las madres. Y en esta película profundiza en la compatibilidad psicológica entre padres e hijos, los límites de esa relación y la capacidad de soportarse. Y por ello, esta película (y él mismo) cuenta con tantos fans como detractores. 

Y quedan las imágenes finales sobre el lago, con la puesta de sol y las manos entrelazadas de madre e hijo. Y este pensamiento: “Eres un pez de grandes profundidades, ciego y luminoso. Nadas en aguas turbulentas con la rabia de la era moderna, pero con la delicada poesía de otro tiempo… Diez años de silencio, diez segundos de sonido. La vida es absurda”.

 

sábado, 12 de mayo de 2012

Cine y Pediatría (122). "Tenemos que hablar de Kevin" y de los anormales vínculos afectivos madre-hijo


Hay películas que desconciertan, otras que sobrecogen, otras que dan que pensar. Y hay películas que tienen todo lo anterior y más. Algo así es lo que uno siente al acabar de ver Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), una película que nos habla de vínculos familiares, concretamente de los peculiares vínculos entre una madre y su hijo con formato de intenso vendaval dramático.

Un comienzo desconcertante con la "fiesta de la tomatina" de la localidad valenciana de Buñol como prolegómeno, la fachada de una casa garabateada de rojo, una niña con un parche en el ojo izquierdo, una madre que mete la cabeza en el agua y se confunde con la de su hijo adolescente… A partir de aquí todo es posible.

La directora de cine independiente Lynne Ramsay (Ratcatcher, 1999; El viaje de Morvem, 2002) adapta la novela homónima de Lionel Shrivier (“We Need to Talk About Kevin”), una obra de referencia de la literatura anglosajona de la última década (ganadora en 2005 del prestigioso premio literario Orange Prize). En ella se abordan temas espinosos: la falta de amor, de cariño o de comunicación entre una madre y su hijo; la pérdida de libertad de una mujer; el germen de la psicopatía y del terrorismo adolescente. La película ha obtenido una buena repercusión en los festivales de cine más relevantes; y eso por distintos méritos, que se pueden resumir en “qué” cuenta y “cómo” lo cuenta.

¿"Qué" nos cuenta Tenemos que hablar de Kevin?. La historia de Eva Khatchadourian (inconmensurable Tilda Swinton, esta andrógina actriz que desborda carisma y talento), casada con Franklin (camaleónico John C. Reilly, un secundario de lujo en busca de un papel estelar) y que decide tener un hijo en los albores de sus 40 años. El producto de esa decisión es su hijo Kevin. Desde los primeros momentos, la maternidad se le hace muy cuesta arriba y nada se parece a los inefables mitos familiares de la clase media urbana y feliz. La trama se cuenta por retazos de ida y vuelta entre tiempos pasados, presentes y futuros, una narrativa no lineal que va armando el cuadro de la familia imperfecta como un rompecabezas y que augura un trágico final (que intuimos, pero no confirmamos).

La película avanza entre el Kevin lactante, insoportable por el llanto y por sus rabietas (Rocky Duer); el Kevin niño, tirano y de malévolo comportamiento, que utiliza la encopresis como arma de provocación (Jasper Newell); y, principalmente, el Kevin adolescente (enigmático Ezra Miller), todo un psicópata en ciernes. La vida familiar transcurre agitada, y por más que Eva hace todo lo posible por acercarse a su hijo Kevin, no hay manera de romper esa barrera y no sabe cómo manejar la situación.

La película cuestiona la inocencia innata que se presupone a cualquier persona y nos plantea que hay personas que pueden ser malas por naturaleza, aunque nadie acepta que un niño puede albergar la maldad o que una madre pueda no querer (es más, pueda temer) a su hijo. Por eso, Tenemos que hablar de Kevin es una rara mezcla de película de género de terror con niño (La profecía de Richard Donner, 1976; Carrie de Brian De Palma, 1976) y de masacre de institutos (Bowling for Columbine de Michael Moore, 2002; Elephant de Gus van Sant, 2003), estas últimas ya comentadas en Cine y Pediatría-68.

¿"Cómo" nos lo cuenta Tenemos que hablar de Kevin?. Aquí, posiblemente, radica la mayor fuerza de la película, pues más importante que el “qué” es el “cómo”. El aspecto estético está muy cuidado: una espléndida fotografía (que convive con el estado de ánimo de la madre y con el color rojo como un constante leitmotiv: la fiesta de Buñol, la sangre en la puerta de la casa, la madre limpiando la sangre de los cristales, la madre limpiándose la sangre de las manos,…imágenes distorsionadas con fondos rojos,…el rojo, siempre el rojo), una composición de planos que no puede pasar desapercibida, una banda sonora de Jonny Greenwood que tiñe de dramatismo y el duelo interpretativo que ejecutan sus dos actores protagonistas (Ezra Miller y Tilda Swinton, quien obtuvo el Premio de mejor actriz en los Premios del Cine Europeo 2011).

Esquema poliédrico de presentación que se precipita en los últimos 10 minutos de la trama: entonces se crea el orden en el caos, se explica lo sospechado… Todo rojo, pero, al final, un fundido en blanco para finalizar la historia.

Tenemos que hablar de Kevin es una de esas películas que dejan un poso extraño cuando terminan, por ese anormal vínculo afectivo entre madre e hijo. Ya Rodrigo García nos habló de este tema en el año 2010 en Madres e hijas. Pero esta película de Lynne Ramsay quien da un paso adelante y nos abofetea en la conciencia, con una película repleta de flashbacks que nos sorprende por su crudeza teñida de rojo y su controvertida temática. Porque cuando Kevin tiene 15 años hace algo irracional e imperdonable a los ojos de toda la comunidad; y Eva se enfrenta con sus propios sentimientos de pena y responsabilidad tras las acciones de su hijo y con dos preguntas que atormentan: ¿alguna vez ha amado ella a su hijo? y ¿cuánto de lo que Kevin hizo fue por culpa de su madre?.

Sólo una cosa final: he podido recuperar esta película gracias a un amigo , quien a través de Facebook se interesó sobre mi opinión de esta película. Amigo Mario, gracias y “por ti canto el himno nacional”, como decís en tu querido Ecuador. No es la primera vez que nuestros lectores se convierten en fantásticos corresponsales, con lo que considero que mi nivel de información en Cine y Pediatría está (y estará) a buen resguardo. Gracias a todos y, ya sabéis, "tenemos que hablar de Kevin".

sábado, 3 de septiembre de 2011

Cine y Pediatría (86). “Máscara”: la belleza interior de la leontiasis


Roy Lee "Rocky" Dennis era un niño normal hasta los 4 años, momento en el que se le diagnostica una enfermedad extremadamente rara (con alrededor de 20 casos descritos en la historia): la displasia craneodiafisal o leontiasis ósea. Entidad que provoca acumulación de calcio en cráneo y cara, con marcada desfiguración y con una calidad de vida muy comprometida por el riesgo de calcificación de los forámenes craneales. El compromiso de estos distintos forámenes provoca el cortejo de síntomas: dacriocistitis, cefalea, epilepsia, parálisis, etc. La muerte de Rocky Dennis sobrevino a los 16 años por la hipertensión endocraneal secundaria a la compresión del canal medular.

Este personaje y este defecto congénito sirve de materia prima a Peter Bogdanovich para su película Máscara (1984), en la que recrea los últimos meses de la vida de “Rocky” (buen papel de Eric Stolz, no identificable bajo el maquillaje) en el seno de una familia desestructurada, pero llena de buenos sentimientos: una madre enganchada a las drogas (Cher, en un papel que le valió el premio a mejor actriz en el festival de Cannes y su nominación al Globo de Oro), que es una luchadora en apoyo de su único hijo; Gar (Sam Elliot), uno de los múltiples novios de su madre, quien viene a representar la figura del padre ausente; y una pandilla de rockeros motoristas que son el soporte emocional y constituyen su verdadera familia. Y como telón de fondo los deseos de Rocky para su corta vida: encontrar a una chica que se enamore de él sin que le importe su apariencia física; recorrer Europa con un amigo en motocicleta; y conseguir que su madre deje las drogas.

Un argumento que podía haberse convertido en un culebrón, pero sobre el que Bogdanovich (visionario del cine en los años 70 y 80 con películas como La última película, 1971 o Luna de papel, 1973) aplica la sensibilidad suficiente para contarnos una historia de amor materno-filial emocionante: “Mi madre dice que cuando las cosas van mal hay que tener un buen recuerdo”. Una historia llena de valores y con escenas dignas de reflexión. Algunos ejemplos:

- La revisión médica de Rocky. “Creemos que la expectativa de vida de su hijo es de 3 a 6 meses” les comenta el doctor al paciente y su madre. Y ésta le contesta: “No nos irá a colocar ese cuento de la expectativa de vida. Hace 12 años que les estoy escuchando estas paridas. Primero me dijeron que era un retrasado, luego que se quedaría ciego y sordo, después que nunca sería un chico normal. Si les hubiera creído, cada vez que ustedes los genios de la medicina me han dicho que iba a palmar estaría hecha picadillo como el chot suit chino”. No deja títere con cabeza, aunque no presenta a la clase médica de forma desfavorecida.

- La entrada al nuevo instituto y la reacción del resto de alumnos y profesores. Emocionante como Rocky explica en la clase el inicio de la guerra de Troya, y finaliza con la frase: “Elena de Troya tenía una cara … su cara hacía juego con toda su hermosura. Eso se decía”. Es evidente que el guionista juega aquí con las cartas marcadas al poner estas palabras en boca de nuestro protagonista.

- Las escenas que vinculan a Rocky y a su madre. Una madre que no es lo que se dice un modelo de maternidad (motera, drogadicta, pendenciera,…), quien sale de marcha casi todas las noches y vuelve borracha y con un hombre distinto. No es una crápula al uso, pero es su forma de protestar por la vida que le ha tocado… o por tener sobre si la eterna amenaza de que su hijo morirá en pocos años y en plena juventud. “Tengo miedo por ti” le dice Rocky a su madre, con la intención de que se desintoxique.

- Su conflicto con las chicas, por el rechazo que puede provocar su fealdad. Hasta su encuentro con la hermosa chica ciega (interpretada por una jovencísima Laura Dern, antes de empezar a correr delante de dinosaurios como la Dra Ellie Sattler en la saga de Parque Jurásico), quien a través de sus manos conoce la cara de Rocky, pero que enamora de su belleza interior, la que es invisible a los ojos.

Bognanovich nos regala una obra cinematográfica menor, pero que nos permite reflexionar sobre dónde encontrar la belleza de las personas; y lo hace con sensibilidad, buen gusto y voluntad por desentrañar los sentimientos de los protagonistas. Habría que preguntarle porque, para hablar de una persona como un defecto físico tan importante, eligió como madre a uno de los iconos de la cirugía plástica en Hollywood: la polifacética Cher, cantante, compositora, diseñadora, productora y, también, actriz; además de su afición al bisturí (dicen que se ha sometido al menos a 20 operaciones de cirugía estética) ha logrado algunos otros récords, como ser una de las pocas artistas en ganar Óscar (por Hechizo de luna de Norman Jewison, 1987), Globo de Oro (por Hechizo de luna y por Silkwood de Mike Nichols, 1983), Grammy (por el álbum Believe, 2000), Emmy (por el programa de variedades Cher: The Farewell Tour, 2003) y el premio de Cannes (por Máscara). Una película que nos abre una ventana a una realidad incómoda, molesta y traumática con la música de fondo de Bob Seger (inicialmente la banda sonora de la película iba a ser compuesta por canciones de Bruce Springsteen, pero hubo desacuerdos en la cesión de derechos).

El personaje de Rocky Dennis nos permite plantear el eterno dilema entre la belleza exterior y la belleza interior. Su deformidad facial provoca inicialmente rechazo (la fealdad no es buena tarjeta de presentación), pero su belleza interior (su buen corazón y sus buenos sentimientos) acaparan el respeto y el cariño de quienes le conocen. En nuestra sociedad existe un culto exacerbado a la belleza exterior (con la silicona y el músculo como abanderados), pocas veces paralelo al cultivo de la belleza interior (esos valores que son invisibles a los ojos). Bogdanovich nos invita a quitarnos la "máscara" y a reflexionar sobre ello.

Os presentamos el inicio de la película: en los tres minutos finales de este corte se incluye la revisión médica de Rocky. También os dejamos con la emblemática canción de Cher, "Believe", más que apropiada para esta historia. Porque hay que "creer" en el valor y la belleza de las personas con defectos congénitos, a las que hemos dedicado nuestras tres últimas entradas de nuestra sección Cine y Pediatría.