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miércoles, 15 de julio de 2026

La inquietante visión de la maternidad e infancia dirigida por Juanma Bajo Ulloa

 

Un galicismo popular dentro del mundo del arte es el de “enfant terrible”, aplicado a artistas de diversa índole, y que se usa para hablar de artistas jóvenes rebeldes, ya sean por su enfoque, su rupturismo y, sobre todo, por su capacidad de romper con lo establecido, siendo transgresor hasta el límite y generando controversia sin importar a quien ofende en su provocación. Y directores con este calificativo los hay en todas las filmografías. Uno de ellos en España es el vasco Juanma Bajo Ulloa. 

Su debut en largometraje fue con 23 años, cuando rodó Alas de mariposa (1991), fue un éxito de crítica y premios (entre ellos el honor de ser el director más joven en ganar la Concha de Oro de San Sebastián; después llegó La madre muerta (1993), que muchos consideran su obra más celebrada y de culto. A lo largo de su carrera ha alternado periodos de gran visibilidad con otros de menor presencia industrial, algo bastante coherente con un cineasta que nunca ha sido cómodo para el mercado. Tras Airbag (1997) - una violenta y alocada road movie que se ha convertido que se convirtió en ese momento en la película más taquillera de la historia del cine español, superada luego con la saga Torrente-, volvió con títulos como Frágil (2004), Historia de un grupo de rock (2008), Rey gitano (2015), Baby (2020) y El mal (2025). Entre medias, cortos y videos musicales. 

Sus películas suelen moverse entre lo infantil y lo siniestro, entre la ternura rota y la crueldad, con una puesta en escena muy marcada y una tendencia a romper expectativas genéricas. Esa personalidad estética explica que sea considerado un director “a contracorriente”, más cercano a la autoría radical que a la industria convencional. Y esa parte materno-infantil del cine de Bajo Ulloa es la que hoy nos convoca con tres películas clave en su recorrido: 

 - Alas de mariposa (1991), que abrió su carrera con una combinación de sensibilidad y extrañeza que ya lo definía todo. Esa particular relación entre Ami (Laura Vaquero), una niña de seis años introvertida y especialmente sensible, y su madre Carmen (Silvia Munt), quien vive obsesionada con la idea de tener un hijo varón, sentimiento que no comparte su marido. La película explora la ambivalencia de la madre —dadora de vida y transmisor de muerte— en un. entorno opresivo del norte español, con prejuicios y complejos que convierten el hogar en pesadilla 

- La madre muerta (1993), que consolidó su fama de autor intenso, visualmente poderoso y poco complaciente. Narra la historia de Leire (Ana Álvarez), una adolescente deficiente mental con rasgos autistas, sin expresividad tras ser testigo en su niñez del asesinato de su madre y el reencuentro con el asesino años después (Karra Elejalde). 

- Baby (2020), donde recuperó la atención crítica y volvió a situarlo como un director capaz de incomodar y fascinar a la vez. Porque Baby se convierte en un cuento de hadas del siglo XXI sin palabras, solo con el poder de la imagen y la música. Una joven drogadicta embarazada (Rosie Day), quien, tras dar a luz, desatiende los cuidados de su bebé debido a su enfermiza adicción de heroína y alcohol, una abuela (Charo López) que intenta cuidarlos, una matrona (Harriet Sansom Harris) que se dedica al tráfico de bebés, y otros extraños personajes que se cruzan en la historia. Y donde todas sus protagonistas son femeninas… como la Madre Tierra. 

Tres películas que reflejan el gusto de Juanma Bajo Ulloa por las atmósferas opresivas e inquietantes, visionadas a través de diversas etapas de la infancia con epicentro en la maternidad: lactancia (Baby), infancia (Alas de mariposa) y adolescencia (La madre muerta). 

Y el análisis en profundidad de estos directores y sus películas se puede revisar en reciente artículo publicado en el último número de la revista Arte y Medicina, que se puede revisar en las páginas 56 a 61. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (855) “La chica zurda” que acaba descubriendo las heridas generacionales

 

Conocemos al director estadounidense Sean Baker principalmente por su película Anora, gran triunfadora de los Óscar 2024, así como ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Y que también en Cine y Pediatría ya nos ha regalado una joya del cine independiente como fue la rompedora The Florida Project (2017). Pero menos conocida es la taiwanesa Shih-Ching-Tsou, a la que le une un cuarto de siglo de amistad, y que ha sido la productora habitual de gran parte de la filmografía de Baker, además de directora de arte, diseñadora de vestuario e incluso ha realizado cameos en películas como Tangerine (2015), Red Rocket (2021) y la misma The Florida Project. Pues bien, ahora ambos se unen en guion muy particular para su ópera prima en la dirección: La chica zurda (Shih-Ching-Tsou, 2025), en lo que es la primera película de nacionalidad taiwanesa en Cine y Pediatría, y que llegó a representar a su país en los premios Óscar a mejor película internacional.  

Antes de entrar en materia, y para contextualizar la película, una breve reseña a esa historia de desamor y disputa entre Taiwán (oficialmente República de China y antes conocida como la isla de Formosa) y China (oficialmente República Popular de China). Porque China considera a Taiwán como una "provincia renegada" que debe ser reunificada, mientras que Taiwán ha desarrollado una identidad nacional propia y busca mantener su sistema democrático y soberanía, y que se sostiene por ser una potencia global clave, indispensable para la fabricación de semiconductores y tecnología moderna (como ordenadores y coches eléctricos), conocido como “escudo de silicio”. Y así es como desde hace décadas Taiwán es una isla independiente con casi 24 millones de habitantes, cuya capital, Taipei, es una vibrante urbe de rascacielos que destaca por sus famosos mercados nocturnos, donde se puede disfrutar de comida callejera excepcional. Y en esta ciudad y en uno de esos mercados nocturnos transcurre gran parte de nuestra historia de hoy… 

La chica zurda es un complejo retrato familiar que nos desvelará sus secretos. La historia se centra en Shu-Fen (Janel Tsai), una joven madre separada que, tras varios años viviendo en el campo, decide regresar a Taipei con sus dos hijas, la bella y rebelde adolescente I-Ann (Nina Ye), y la encantadora y espabilada niña de 5 años I-Jing (Shi-Yuan Ma), suficientemente sensible para captar lo que los adultos callan. E intenta abrirse camino abriendo un puesto de comida en un bullicioso mercado nocturno. Cada una a su manera, tendrán que adaptarse a este nuevo entorno para llegar a fin de mes y conseguir mantener la unidad en el hogar. Tres generaciones de secretos familiares empiezan a desvelarse después de que el abuelo, marcado por el peso de las tradiciones, le diga a su nieta menor, que es zurda, que nunca use su "mano del diablo". 

Esa mano zurda sobre la que el abuelo dice en una comida familiar: “¿Por qué come con la mano izquierda?... Antaño si te veían usar la izquierda, te colgaban o te daban una paliza. En mi casa usa la derecha”. Y más adelante le espeta esta idea a la propia I-Jing algo que le marcará: “La mano izquierda es la mano del diablo. Si usas la izquierda estás haciendo el mal”. Porque desde ese momento justifica sus actos por su mano izquierda, y también sus hurtos en las tiendas: “Mira, la he cogido con la mano del mal”, se justifica así mismo. 

Y mientras I-Jing se debate con el sanbenito de su mano zurda, la adolescente I-Ann aparece envuelta en ese halo de desconcierto y enfado propio del viaje de una adolescente con una estructura familiar complicada. Rechaza y odia al padre que les abandonó y que ahora está enfermo, y sobre el que la pequeña I-Jing pregunta: “¿Quién era ese hombre?”. Trabaja en una tienda de bebidas y comida, esos locales llenos de luces de colores de neón, y donde el rollo que tiene con el dueño acaba con un embarazo no deseado. Y en ese trasiego de vida que le ha hecho abandonar los estudios, cuida a su pequeña hermana y la trae del colegio en moto cada día a través de la bulliciosa ciudad. Porque I-Jing no quiere ir con los abuelos, “porque el abuelo no se ducha y huele a tofu fermentado”. 

Tras la presentación de los personajes, en el último tercio de la película aparecen dos escenas clave. Entrañable cómo la hermana mayor hace devolver a I-Jing todo aquello que robó, aunque ella se excusa: “Yo no robé nada. Fue mi mano del diablo la que robó todo…”. Y especialmente esa fiesta familiar para celebrar el 60 cumpleaños de la abuela, allí donde se desencadena la catarsis y aparece la verdad oculta sobre la verdadera relación entre Shu-Fen, I-Ann e I-Jing, y donde la abuela pregunta: “¿Te ibas a guardar ese secreto para siempre?”. Un cumpleaños feliz catártico y un final caleidoscópico… para esta familia que seguirá intentando sobrevivir económica y emocionalmente entre el bullicio del mercado nocturno de Taipéi, escenario vivo donde el trabajo, la precariedad y los secretos familiares se entrelazan. 

Por cierto, La chica zurda fue filmada con un iPhone, un rasgo técnico que refuerza su cercanía y su energía visual. Y que no busca el melodrama grandilocuente, sino que emociona desde los gestos pequeños, las miradas, los silencios y la convivencia diaria en una familia que intenta no romperse. Pero que también deja una sensación de inquietud porque muestra una realidad dura: pobreza, fragilidad afectiva, presión laboral y heridas transmitidas entre generaciones. Su fuerza está en mostrar que lo local puede volverse universal: una madre que lucha, una hija que se rebela y una niña que aprende a leer el mundo son figuras reconocibles en cualquier cultura. Una historia que deja poso porque habla de la supervivencia, de la identidad y de cómo una infancia puede revelar las grietas de toda una familia

Y que deja una cosa clara: que “la mano del diablo” no está en ser zurda, sino en no sanar las heridas generacionales. Y que ahora ya, cuando I-Jing diga “mamá” pueda ya entender mejor al dirigir su mirada a Shu-Fen o a I-Ann. Porque no hay que sobrevivir a la mano izquierda, hay que sobrevivir a la vida.

 

sábado, 23 de mayo de 2026

Cine y Pediatría (854) “Recién nacidas” a la maternidad precoz en Europa occidental

 

Los incombustibles hermanos Dardenne (Jean-Pierre y Luc) regresan con su ética y estética habitual en su última película: Recién nacidas (2025). Esas señas de identidad son: a) la estética “dardenniana” se basa en un naturalismo austero que busca eliminar cualquier artificio cinematográfico para enfocar la atención directamente en el personaje y su lucha (cámara al hombro, móvil y cercana, ausencia de música diegética, iluminación natural predominante); b) la ética “dardenniana” es la moralidad en tiempos de precariedad y la posibilidad de la redención a través de la acción, de forma que todas sus películas giran en torno a un conflicto moral o una prueba ética que el protagonista debe superar. 

Son buenos ejemplos las películas ya analizadas en Cine y Pediatría: Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2005), El niño de la bicicleta (2011), El joven Ahmed (2019) y Tori y Lokita (2022). Y también lo es Recién nacidas (2025), ambientado en un centro de acogida para madres adolescentes en Lieja (Bélgica) donde conviven cinco adolescentes que acaban de ser madres o están embarazadas a punto de serlo: Perla, Ariane, Julie, Jessica y Naïma. Drama social que fue ganador del premio al mejor guion en Cannes y que fue elegida para representar a Bélgica en los Premios Óscar. 

La película construye cinco tramas en paralelo y que se entrecruzan en el centro de acogida, mostrando cómo cada adolescente negocia su relación con el bebé, con su propia familia, con sus parejas y con el equipo de trabajo social del centro. Porque cada una de ellas llega con un pasado marcado por la pobreza, la violencia familiar, el abandono o el maltrato afectivo y material, y todas intentan superar sus propias carencias para poder criar a sus bebés en un entorno que pone a prueba rigurosamente su capacidad de crianza. Mientras unas parecen más preparadas, otras sienten rechazo, miedo o incluso indiferencia hacia el recién nacido, por lo que el relato se centra en los pequeños gestos de cambio, del distanciamiento inicial a una progresiva responsabilidad y afecto. Veamos un retazo de cada una de nuestras protagonistas...

- Perla (Lucie Laruelle), con su hijo Noé y su pareja Robin, con la que quiere iniciar una nueva vida en un nuevo piso. “Es la primera vez que estamos juntos. Como una familia de verdad”, le dice, mientras fuman un porro en el parque y ella ya nota el desinterés de este. Y oye los consejos de la trabajadora social del centro: “Ya dijimos que un bebé no lo soluciona todo”, aunque ella sigue obsesionada por ello y tiene que aprender a reconciliarse con ella y su maternidad, por lo que le dice a su hijo: “Me alegra volver a verte. ¿Y tú te alegras también?” 

- Ariane (Janaina Halloy), su hija Lili y su madre, quien deseaba más esa recién nacida que la propia madre. Pero Ariane no se fía de su madre y menos de su violenta pareja, por lo que le expresa su intención de dar en acogida a Lili. La abuela lucha porque no lo haga, porque ve en la nieta la solución para formar una familia, quizás la que no dio a su propia hija. Pero Ariane no quiere volver: “Mamá, no me avergüenzo de ti. Pero quiero salir de ser pobre. Es todo”. Y deja escrita una carta a su hija para que la abra cuando tenga 18 años… 

- Julie (Elsa Houben), su hija Mia y Dylan, su cariñoso novio. Tiene angustia a salir con su hija a la calle, angustiada por el temor de recaer en la droga al cruzarse con los camellos que conoce. Buscan un piso para vivir juntos, tiene ilusión por la nueva vida,…pero no es fácil romper el círculo vicioso. 

- Jessica (Barbette Verbeek) está en sus últimas semanas del embarazo, pero ni su pareja ni los padres de este quieren saber nada de ella ni de que su hijo reconozca al futuro bebé. Finalmente da a luz a Alba y luego vemos como busca a una mujer, a quien reconoceremos que fue su madre biológica, quien la abandonó cuando era un bebé e intenta conocer el motivo que la llevó a esa decisión: “Antes de abandonarme, ¿me cogiste alguna vez en brazos?.... Por favor, dame un abrazo”. Y Jessica le dice a su propia hija: “Tenía tanta ilusión de tenerte en mis brazos… No siento nada. Aunque me gustaría. Pero no siento nada. Ni siquiera tengo leche”, y llora desconsoladamente. 

- Naïma (Samia Hilmi) y su hija Selma solo tienen una escena, pero donde confirmamos que es una chica árabe que, tras ser madre soltera, no pudo volver a su casa, aunque al menos la familia no la ha repudiado. “Cuando llegué aquí ,me ayudasteis a no avergonzarme de ser madre soltera”, les dice a sus compañeras. 

Con las señas de identidad de estos hermanos directores belgas, el filme se sostiene en el día a día del centro (rutinas de baño, alimentación, normas, y charlas terapéuticas) y los conflictos emocionales y las microdecisiones que van definiendo quién será capaz de quedarse con su hijo y quién quizá no. Porque las dudas es siempre el común denominador de ellas: en el embarazo con el aborto, tras el nacimiento con la acogida o adopción. Las situaciones familiares y personales complejas que se van desgranando hace que la respuesta a esas dudas sean difíciles, y se entiende la falta de contexto para evitar lo que les han llevado a un embarazo adolescente y a una maternidad demasiado precoz. 

El final no es redentor ni dramático, sino verosímil y abierto, dejando flotando la fragilidad y la ambigüedad de muchísimas maternidades precoces en Europa. Pero pocas certezas, aunque algo de aliento en cada historia al final… Algo de aliento, porque en el cine de los hermanos Dardenne cuesta respirar. Porque aunque el tono sea más optimista que otras películas de los Dardenne, la película no cae en el melodrama edificante; el optimismo aparece en los pequeños gestos de autonomía, de ternura y de decisión responsable, nunca en finales artificiales. 

Las enseñanzas de Recién nacidas - quizás más certero su título original (Jeunes mères) – están bien marcadas por sus ejes temáticos: 1) la maternidad forzada y precaria, donde se nos vuelve a mostrar cómo la adolescencia y la maternidad pueden cruzarse en contextos de pobreza, violencia y desprotección, donde el embarazo no surge de un proyecto sino de un vacío de afecto, educación sexual y apoyo social; 2) la dualidad del centro de acogida, que no aparece como un paraíso protector, sino como un espacio ambiguo: proporciona refugio, pero también somete a las chicas a un control constante sobre su idoneidad como madres, lo que permite reflexionar sobre cómo la justicia social y la protección infantil se ejercen en la práctica; 3) la importancia del apoyo emocional, con esa presencia afectiva constante de voluntarias, educadoras y trabajadoras sociales, donde se destaca la necesidad de acompañar, más que de juzgar; y 4) la identidad y reparación, donde cada una de las cinco chicas vive en parte un proceso de reparación de su propia infancia violentada, y con el cuidado de sus hijos intentan que sea para él algo diferente de lo que sus propias madres o figuras de referencia fueron para ellas. 

En conjunto, Recién nacidas funciona como un retrato íntimo y crítico de la maternidad adolescente en una Europa occidental donde la pobreza, la violencia y la desigualdad siguen marcando quién puede permitirse ser madre y en qué condiciones. Díficil no relacionar con la película española La maternal (Pilar Palomero, 2022). Pero aquí con el toque Dardenne…

 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Cine y Pediatría (829) “No te quiero”, desde Rusia sin amor

 

Noche. Una adolescente con chándal lleva en brazos a una lactante de pocos mese abrigada por la fría calle ya vacía. Se compra un café con leche en un puesto callejero. A continuación tiene un encuentro con una mujer dentro de un coche donde negocian la compra-venta del bebé. Ella sale del coche. Y aparece el título de la película: No te quiero, película rusa dirigida por la directora Lena Lanksih en el año 2021, quien se estrena detrás de las cámaras con esta ópera prima dura, muy dura, descorazonadora. Por ello, emulando la mítica película de la saga James Bond, Desde Rusia con amor (Terence Young, 1963), hoy a esta historia le podríamos subtitular, por contraste, “desde Rusia sin amor”. Película de cine independiente ruso con espíritu de crítica social. 

La película se centra Vika (extraordinaria Olga Malahova), una adolescente de 14 años de origen muy humilde que acaba de tener una hija y tiene que superar ese hecho a través de una familia desestructurada y en una ciudad de provincias rusa (en la región de los Urales), gris y deprimente, y para el que los propios rusos utilizan despectivamente el término "Djopu mira", y que se traduciría como "el culo del mundo" para referirse a estos lugares, alejados de la mano de Dios. 

La historia nos va desgranando su entorno familiar, social y escolar. Vive con su madre, a la que ayuda a vender frutos del bosque en un mercadillo callejero. Parece que el padre vive con otra mujer, y con ellos está su hermano. Hace pasar a su bebé cómo su hermano pequeño, sin darnos pistas ciertas de quién realmente es el progenitor. Hace tiempo que no acude al instituto y todo apunta a que fue expulsada por sus faltas continuas; si parece feliz en las clases de danza, pero algunos familiares del resto de alumnos no quieren que se acerque a estos eventos escolares, pues la consideran una mala influencia para sus hijas. 

Vika nunca sonríe y si lo hace no parece normal. Y si lo hiciera, ahí está la madre para recriminarle: “¿Por qué sonríes? ¿Qué te hace gracia? Pues no es el lugar. No lo hagas en público. Es simplemente inapropiado. Pensarán, por qué está contenta”. Y algún secreto se cierne sobre ellos, pues Vika le llega a decir a su madre: “Si fue culpa mía, deberían castigarme”. Porque este bebé no solo es casi un secreto, sino también una fuente de conflicto, con una familia que no deseaba ni acepta al bebé. Y Vika está enfadada con ella misma, con todo, con todos y con la vida, de ahí que le sea difícil cuidar a su hija: “No voy a darle más el pecho”, “¿Por qué lloras todo el tiempo? Para ya…”. Acuda a su médica, pero se va de la consulta porque no quiero que haya estudiantes mientras la exploran; acude al pediatra, pero no la atienden… y es un consultorio tan patético como el resto que le rodea, como las casas, como las calles, como el clima, como los trenes,…. A medida que avanza la historia, Vika choca con la frialdad de la madre, la irresponsabilidad masculina y la indiferencia institucional, quedando aislada en un mar de dudas. 

La falta de control aumenta. Vika llega a poner pastillas picadas en el biberón…, pero acaba tirándolo, mientras en segundo plano oímos llorar su hija. Al final, se vuelve a reencontrar con la mujer del principio y visita a los futuros compradores de su hija: “Cuando venga mi mujer, dale la niña. Ven a verme y te daré el dinero. No puede concebir, por eso quiere un bebé”. Pero finalmente se vuelve con su hija y le dice: “Nadie podrá separarnos. Te quiero. Nadie podrá separarnos. Era todo un juego. Nos esconderemos. Te quiero”. Pero acto seguido la abandona en el bosque… Y el final es tan sórdido e inesperado como el resto de la película. 

Una tragedia rusa de principio a final… No deja respiro. Y, para ello, Lena Lanskih opta por un realismo crudo: planos prolongados, ritmo pausado, escenarios desolados y ausencia de subrayados musicales, lo que obliga a mirar de frente la precariedad moral y material del entorno. Maternidad adolescente y culpa social hacia ella, mientras el entorno familiar, masculino e institucional se desentiende o mira hacia otro lado. El título No te quiero nos remite tanto al bebé no deseado como a la propia Vika, tratada como alguien prescindible. El paisaje industrial y húmedo de los Urales funciona como metáfora de un país profundo donde los jóvenes tienen pocas salidas, allí done la economía informal (recolectar y vender frutos) muestra la vulnerabilidad económica que agrava la vulnerabilidad de género y edad. 

La película interpela sobre la responsabilidad colectiva hacia adolescentes y madres jóvenes: no basta con condenar embarazos precoces si no se asegura educación sexual, redes de apoyo y servicios públicos accesibles. Muestra que, cuando las instituciones fallan y la familia es hostil, cualquier elección de la protagonista será trágica porque ha sido abandonada previamente por todos. Y la enseñanza más incómoda es que no hay espectadores inocentes: la película obliga a preguntarse qué papel se juega en la vida de las personas vulnerables que nos rodean y si se actúa como apoyo o como parte del entorno que las empuja a sentirse “no queridas”. 

La frialdad de la sociedad rusa al descubierto ante la maternidad de una adolescente y que nos retrotrae a la película británica Pájaros sin alas (Ellinor Hallin y Ellen Fiske, 2018), que, aunque dirigida por dos directoras suecas, sigue la herencia del Free Cinema y la sombra de Ken Loach, otro golpe en el estómago sobre un grupo de adolescentes con poco presente y casi peor futuro en una ciudad escocesa convertida en escombros tras las políticas tatcherianas.  

Y es que la cultura cinematográfica rusa no deja de mostrar una mirada sin compasión ante una sociedad que es crítica consigo misma y que por ello mismo merece ser enseñada, aunque su visionado duela en el alma. Y las películas que ya hemos visionado en Cine y Pediatría desde la Unión Soviética (antes)/ Rusia (hoy) no dejan lugar a dudas: La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 19629), pura elegía antibélica, especialmente por convertir el alma pura de un niño en el alma de un monstruo; Masacre. Ven y mira (Elem Klimov, 1985), ya considerada una de las grandes películas bélicas de la historia y donde todo es bruma, fango, frío, lluvia, niebla, explosiones, guerra, dolor, muerte,…; El regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003), donde dos adolescentes se reencuentran con su padre y viven de forma concentrada todo el proceso de adoración-rechazo-destrucción-aceptación de la figura paterna; Children 404 (Askold Kurov, Pavel Loparev, 2014), sobre el error es que un país no acepte el arco iris de la comunidad LGTBIQ+ (y la diversidad) en su sociedad; Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), emotivo drama de tono familiar ambientado en la retaguardia rusa durante la Segunda Guerra Mundial y narrado desde el punto de vista de un niño. Y hoy traemos, desde esa Rusia sin amor, la película No te quiero.    

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Cine y Pediatría (822) “La evaluación” de una maternidad distópica

 

El cine distópico es un género cinematográfico, usualmente enmarcado en la ciencia ficción, que utiliza una distopía en su argumento central. Una distopía es una sociedad ficticia, futurista o imaginaria caracterizada por ser indeseable, opresiva y con graves fallas sociales o políticas, funcionando como una "anti-utopía" o "mal lugar" (dys-topos). Estas películas a menudo sirven como advertencias sobre las consecuencias de las tendencias sociales, políticas, ambientales o tecnológicas actuales. Sus características principales incluyen sistemas de opresión (gobiernos totalitarios o dictatoriales que controlan la vida de los ciudadanos como el "Gran Hermano"), pérdida de la libertad individual en aras de un supuesto "bien común" o la funcionalidad del sistema, desigualdad social, ambientación postapocalíptica (con el escenario, en muchas ocasioes, de un mundo desolado o en ruinas tras un colapso ambiental, guerra nuclear o pandemia), crítica a la tecnología o ciencia, y un protagonista rebelde (o varios), que se da cuenta de la falsedad o injusticia del sistema y lucha por la libertad o la verdad. 

El cine distópico abarca una amplia gama de temas, en todas las épocas y desde todas las filmografías. Algunos de los ejemplos más icónicos incluyen Metrópolis (Fritz Lang, 1927), Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966), El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), Mad Max. Salvajes de autopista (George Miller, 1979), Blade Runner (Ridely Scott, 1982), Videodrome (David Cronenberg, 1983), 1984 (Michael Radford, 1984), Terminator (James Cameron, 1984), Brazil (Terry Gilliam, 1985), Robocop (Paul Verhoeven, 1987), Están vivos (John Carpenter, 1988), 12 monos (Terry Gilliam, 1995), Mátrix (Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999), Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000), Minority Report (Steven Spielberg, 2002), Yo, robot (Alex Proyas, 2004), V de Vendetta (James McTeigue, 2005), Aeon Flux (Karyn Kusama, 2005), Hijos de los hombres (Alfonso Cuaron, 2006), Rompenieves (Snowpiercer) (Bong Joon-ho, 2013), El hoyo (Galder Gaztelu-Urrutia, 2019),… Y algunos de estos ejemplos ya han formado parte de Cine y Pediatría: La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) nos exprime la polémica de la ultraviolencia y el libre albedrío; Gattaca (Andrew Niccol, 1997) y sus hijos a la carta; La isla (Michael Bay, 2005) y la clonación de seres humanos; Canino (Yorgos Lanthimos, 2009), una dentellada alegórica sobre familias y totalitarismos; Cruzando el límite (Xavi Giménez, 2010), algo así como la versión española de La naranja mecánica; Captain Fantastic (Matt Ross, 2016), un retrato familiar entre utópico y distópico bajo el paraguas de Noam Chomsky; Nación salvaje (Sam Levinson, 2018), la versión millennial de las brujas de Salem.        

Y hoy llega la película británica La evaluación (Fleur Fortune, 2024), la distopía sobre la paternidad y maternidad controlada en un futuro próximo. Conocemos a nuestra pareja protagonista, Mia (Elizabeth Olsen) y Aaryan (Himesh Patel), que viven en un edificio domótico en medio de un árido pasaje cerca de la costa (grabado en la isla de Tenerife), un mundo devastado por el cambio climático. Sometidos a un control alimenticio y sanitario, el crecimiento demográfico está restringido y la reproducción natural, prohibida, siendo un funcionario quien decide la aptitud de las parejas para ser padres, en todo caso, de forma extrauterina. Ahora ellos deben pasar por una evaluación antes de que se les permita tener un hijo, y surgen sus dudas: “¿Y si no valemos?”. Reciben la visita de Virginia (Alicia Vikander), la evaluadora, quien les explica en que va a consistir su presencia: “Durante siete días pasaréis por una observación minuciosa y haréis una pruebas para determinar si sois aptos para tener hijos. En caso de superarlas, vuestro material pasará a la fase de gestación extrauterina. Todos los demás métodos de reproducción siguen estando prohibidos. De no superarlos, se les comunicará a los candidatos inmediatamente. Los candidatos tienen derecho a retirarse de la evaluación en cualquier momento, incluido el cuestionario en persona, tras lo que renunciarán a cualquier derecho a futuras solicitudes. La evaluación es inapelable, ¿está claro?”. 

Y la acción transcurre narrada en cada uno de los siete días, donde la evaluación se convertirá en una pesadilla psicológica. Conocemos que Aaryan diseña mascotas virtuales y que Mia cultiva plantas en un invernadero laboratorio de producción sostenibles. Pasan los días y tienen que pasar distintas pruebas y soportar que Virginia se transforme en distintas personalidades (desde “su” hija consentida a “su” amante), lo que crea confusión en la pareja, conflictos y dudas: “¿Estamos haciendo lo correcto?”. Llegan invitados a una cena, invitados centenarios de apariencia joven y donde la conversación converge en que en ese Nuevo Mundo no hay sitio para todos y cabe tomar una decisión para sobrevivir: “¿Creéis que por qué podemos beber vino, cultivar invernaderos y criar bebés en bolsas, hemos vencido a la naturaleza?”, se preguntan. 

Y todo avanza hacia ese séptimo día y la decisión final de la evaluación, cuya resultado final es que no han sido aceptados, colofón de una sociedad camuflada bajo el control de un Estado totalitario. Las reacciones no se hacen esperar. Virginia confiesa que nadie ha aprobado la evaluación en los últimos seis años… y la vemos comenzando con la entrevista a otra pareja, hasta que toma una drástica decisión. Aaryan crea un bebé virtual (como sus mascotas) y lo abraza, Mia recoge la senoxidina (la medicación para controlar las gestaciones) en el paso fronterizo y regresa al Viejo Mundo, mientras llora al atravesar el umbral… 

La evaluación es un provocador y arriesgado debut en el largometraje de Fleur Fortuné, para dibujarnos un estudio interno sobre el instinto materno/paterno y las elecciones que construyen (o destruyen) el futuro del individuo en un mundo distópico. Una maternidad distópica bajo un gobierno totalitario a la que también se han acercado otras recientes películas, como las serie El cuento de la criada (Bruce Miller, 2017), Madre! (Darren Aronofsky, 2017) o La virgen roja (Paula Ortiz, 2024), esta última basada en los hechos reales de Hildegart Rodríguez, una niña prodigio y activista femenina de la España de los años 30, educada bajo una disciplina eugenéisca, y que fue asesinada por su propia madre. 

Entre la distopía y la utopía. Entre el presente y el futuro. En La evaluación se reflexiona sobre la diferencia entre vivir una vida real, con sus riesgos e imperfecciones (simbolizada al final con el viaje al Viejo Mundo), y la farsa controlada y artificial que ofrece el Nuevo Mundo. La película, a través de sus tres protagonistas, nos somete a replantearnos cuestiones sobre la familia, la fertilidad y la intimidad en un contexto donde los métodos naturales están prohibidos y la procreación es un acto altamente regulado.

 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Cine y Pediatría (819) “Sorda”, la maternidad desde el silencio

 

Desde Cine y Pediatría ya son varias las películas alrededor de la hipoacusia: historias reales como El milagro de Ana Sullivan (Arthur Penn, 1962) y La historia de Marie Heurtin (Jean-Pierre Améries, 2014); historias ficticias en tono de comedia como la película francesa La familia Bélier (Eric Lartigeau, 2014) y su remake estadounidense CODA: Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021), o historias ficticias en todo de drama como la película portuguesa Listen (Ana Rocha, 2020); también alguna película documental como la argentina Escuela de sordos (Ada Frontini, 2013). Y a todas estas se suma hoy la película española Sorda (Eva Libertad, 2025), una nueva ópera prima de esa gran escuela de directoras de cine en nuestro país y que procede de un corto previo de éxito.      

Ese paso del corto al largometraje en nuestro país ya lo hemos visto en la película Madre (Rodrigo Sorogoyen, 2019), Cerdita (Carlota Pereda, 2022) y La mitad de Ana (Marta Nieto, 2024). Y también lo vemos en nuestra película de hoy: primero llegó el cortometraje del año 2021 de 18 minutos de duración, y ahora llega el largometraje de 99 minutos. En ambos se cuenta la relación entre una joven sorda Ángela (Miriam Garlo en ambas películas) y su pareja oyente, por nombre Darío (Pepe Galera) en el corto y Héctor (Álvaro Cervantes) en el largo, enfrentados a llegada de su primer hijo en común. Cabe referir que Miriam Garlo es una actriz sorda y hermana de la directora; y que recordamos a Álvaro Cervantes en su papel en una de las historias de Adú (Salvador Calvo, 2020), pero especialmente por encargar al rey Carlos I de España y emperador Carlos V en la serie Carlos, Rey Emperador. Y ambos se dejan la piel en su interpretación.     

Es Sorda una de las agradables sorpresas del cine español de este año, este retrato tierno y realista de cómo una mujer sorda y su pareja oyente se enfrentan al nacimiento de su primer hijo en una sociedad hecha por y para los que oyen. Una película grabada en Molina de Segura, pueblo de nacimiento de la directora, y en distintos enclaves de la huerta de Murcia. Premio del Público en la sección Panorama del Festival de Berlín de 2025 y gran triunfadora en el de Málaga del mismo año (mejor película, actriz, actor, ópera prima y Premio del Público). 

La película comienza sin sonido, todo un guiño que se repetirá de forma más contundente al final de la historia. Nuestra pareja protagonista se baña en la poza de un río y en su conversación buscan el nombre para su hijo o hija que nacerá en breve. Vamos conociendo a Ángela, de quien sabemos que nació oyente, pero se quedó sorda años después (y también son sordos en su familia la abuela paterna y una tía), trabaja como alfarera en una fábrica, le gusta reunirse con sus amigos sordomudos para festejar (y ahora celebran su embarazo). Cuando acude a la revisión ginecológica les informan que hay probabilidad de que su descendencia sea sorda y esa preocupación se extiende en toda la familia (quizás más en el padre y abuelos maternos, todos oyentes). En la espera, Ángela observa con pesar como los hijos oyentes de sus amigas sordas se avergüenzan de que sus madres sigan signando. Compartimos con ella en la espera algunas de sus dudas… 

Cuando Ángela rompe aguas, la directora nos hace partícipe paso a paso de todo el proceso. Aunque ella quiere dar a luz en casa, le convencen de acudir al hospital: matrona, monitorización, epidural, contracciones, bradicardias en el monitor, aviso al ginecólogo, ventosa, aviso al pediatra, expulsión en tiempo real, llanto del bebé, es una niña. Todo ha llegado a buen puerto, pero en el camino Ángela ha tenido que apoyarse en las órdenes sanitarias que le transmitía Héctor, no exento de algún momento de tensión. Y ella no oye el llanto de su hija. 

Durante la estancia en Maternidad, el pediatra realiza el cribado universal de hipoacusia con las otoemisiones acústicas y llega la frase no esperada (pero tan habitual): “Bueno, la prueba no es concluyente. No nos dice si la niña oye o no… A veces, queda líquido amniótico, líquido del vientre de la madre, en los conductos del oído y el aparato no detecta bien… Tenemos que hacer otra prueba en un par de meses”. Y llega la tremenda espera para saber si Ona, el nombre que han puesto a la niña, es oyente o no. 

Durante esas interminables semanas de espera, comienzan las dudas. El padre le hace a escondidas pruebas a su hija chasqueando los oídos, la madre lo ve y piensa. Ya buscan guardería, pero la madre comenta: “Todavía no sabemos si es sorda u oyente. Pero si es sorda, no podrá ir ahí, tendrá que ir a la asociación… Mejor esperamos a ver qué pasa”. Y llega la nueva visita médica con la realización de los potenciales evocados auditivos y el diagnóstico final: “Pues la prueba sale normal. Oye perfectamente de los dos oídos”. Es uno de los momentos clave de la película, allí donde cada uno contiene su sentir: la alegría del padre, la duda de la madre de su capacidad de criar a una hija oyente. 

Porque somos partícipes de esa maternidad/paternidad y crianza entre lo sonoro y el silencio, entre la palaba y la signación… donde Ángela no se siente a gusto. Basta con recordar esas escenas diferentes de contar un cuento a la hija: el padre con la voz, la madre con los signos. Ángela no acepta ponerse los audífonos, pero si intenta ponerle cascos a su hija para estimularle que aprenda a signar. Es tal la extraña vivencia que están pasando como pareja por el modelo de crianza, que hasta Héctor tiene que contener su alegría cuando Ona dice su primera palabra. La confusión de la madre es tal que llega a decir a su pareja: “Tu sigue siendo el padre perfecto y disfruta de tu hija. Yo qué hago aquí… Antes era la sora que daba un toque mágico a tu hija. Pero ahora, desde que ha llegado Ona, ¿yo qué soy? Un estorbo, una carga”. A lo que Héctor replica: “¿Sabes lo que te pasa? Que tu quieres una pareja soda y una hija sorda. Pero me has elegido a mí y yo soy oyente. Y tu hija es oyente. Y el mundo es oyente”. 

Por ello Ángela tiene que volver a sentir y demostrar que es capaz y exclama: “¡Ser sorda es una mierda, una puta mierda!”. Y a partir de ahí la película da un brutal cambio a escenas sin sonido, para poner al espectador en la piel (y el oído) de Ángela, como ella lo vive en esa crisis de pareja. Unos 15 minutos finales sin sonido o con el ruido distorsionado que le proporcionan los audífonos. Y así llegamos a esa fiesta de celebración del primer cumpleaños de Ona en la guardería, en un final tan sencillo como contundente. 

Y el sonido reaparece con los títulos de crédito finales y la canción “Neskaren Kanta” de Verde Prato, nombre artístico de la artista multidisciplinar Ana Arsuaga. Y con esa canción analizamos las muchas emociones y reflexiones que nos ha dejado esta historia: la “violencia social” que experimentan las personas sordas antes las barreras de comunicación; la exploración de la maternidad desde una perspectiva única y no normativa, donde Ángela debe afirmarse como madre y mujer en sus propios términos; la representación inclusiva y no ejemplarizante, porque Ángela no es una heroína perfecta ni una víctima, sino un personaje complejo con sus virtudes y defectos; y ese juego entre el sonido y el silencio para sumergir al espectador en la experiencia sensorial de la protagonista. 

La maternidad desde el silencio con la honestidad de Sorda, gracias a dos hermanas, Eva Libertad, la directora oyente, y Miriam Garlo, la actriz con hipoacusia grave.

 

sábado, 7 de junio de 2025

Cine y Pediatría (804) “La mitad de Ana”, de Sonia a Son


Es un camino no excepcional el que muchos actores y actrices den el salto a la dirección con el paso del tiempo. Y hay ejemplos dentro y fuera de nuestro país, como podemos ver en este recordatorio de aquellas óperas primas ya comentadas en Cine y Pediatría. Algunos ejemplos son Vittorio De Sica con Ladrón de bicicletas (1948), Charles Laughton con La noche del cazador (1955), Jodi Foster con El pequeño Tate (1991), Sofia Coppola con Las vírgenes suicidas (1999), Benn Afleck con Adiós pequeña, adiós (2007), Diego Luna con Abel (2014), Ewan McGregror con American Pastoral (2016), o Greta Gerwing con Lady Bird (2017).  Y en España cabe reseñar el debut en la dirección de Antonio Banderas con Locos en Alabama (1999), Achero Mañas con El bola (2000), Daniel Guzmán con A cambio de nada (2015), o Paz Vega con Rita (2024). Y hoy llega la ópera prima en la dirección de Marta Nieto con La mitad de Ana (2024), con la peculiaridad que también es guionista y protagonista, y que es la adaptación del cortometraje Son, que ella misma dirigió dos años antes. Una historia que retrata la tolerancia y la aceptación del otro en una historia que habla sobre la identidad de género en la infancia, la maternidad y el autodescubrimiento, y donde los personajes son Son, una niña que se siente niño, y su madre Ana.    

En el cortometraje Son, el papel de Ana lo interpreta la actriz Patricia-López Arnáiz y el papel de Son, de 6 años, Ale Colilla. En la película La mitad de Ana, el papel de Ana es para Marta Nieto y el papel de Son, el niño trans, aquí con 7 años, Noa Álvarez. Y es curioso que pasar la misma historia de un corto a un largometraje bien lo sabe de primera mano nuestra directora, pues participó como actriz en el multipremiado corto Madre (2017) y que se transformaría en la película Madre (2019), ambos dirigidos por Rodrigo Sorogoyen, a la postre pareja sentimental de Marta Nieto. Y para cerrar más el círculo, cabe decir que Patricia López-Arnáiz ha participado también como madre de otra niña trans en la reciente y conmovedora historia de 20.000 especies de abeja (Estibaliz Urresola Solaguren, 2023).  

Pero dejemos los círculos y pasemos a dibujar la mejor línea recta de la historia que nos cuenta La mitad de Ana y que se centra en la transformación de esta madre separada, que vive cómo su hija Sonia elige ser llamado Son. Una historia que transcurre entre Madrid, donde su madre, aunque licenciada en Bellas Artes, se gana la vida como vigilante del Museo Reina Sofía, y Villajoyosa, donde vive el padre con otra pareja. El proceso de Sonia a Son es complicado para ambos padres, pero la madre lo tiene que pasar sola y debe digerir esta situación, como la pregunta de esa madre de otro hijo trans ya adulto: “Me han dicho que tu hijo está transicionando desde hace poco“. Y en el camino Son repite con frecuencia “Me duele mucho la tripa”, pues ella siente esa lucha de sus padres por su custodia, aunque los dos quieren lo mejor para Son. Y sirva de ejemplo las palabras de su madre: “Todos tenemos algo de nuestro cuerpo que no nos gustan. Pero otras que sí. Pon de tu parte y podrás ser quien quieras ser”

En la historia se usan dos simbologías recurrentes: el caballito de mar y el cuadro “Un mundo” de Ángeles Santos. Porque el caballito de mar es conocido por sus características biológicas únicas, que desafían las nociones tradicionales de los roles de género: es el macho quien gesta y da a luz a las crías, invirtiendo los papeles reproductivos convencionales. Esta particularidad lo convierte en un símbolo perfecto para representar la fluidez y la diversidad de la identidad de género, alejándose del binarismo. La elección de este animal subraya la idea de que en la naturaleza, y por extensión en la experiencia humana, existen múltiples formas de ser y sentir. Y eso da sentido a ese arranque de la película con la escena en la que Ana y Son liberan a un caballito de mar que se encontraba atrapado; y este acto de liberación se convierte en el reflejo premonitorio del propio proceso que Son está a punto de iniciar: el de liberarse de una identidad de género que no le corresponde para poder vivir de acuerdo con su verdadero yo. Y también el cuadro “Un mundo” aparece de forma recurrente, una de las obras del Museo Reina Sofía donde trabaja Ana y con el que la protagonista interacciona, porque este cuadro, con sus figuras cubistas y caras ocultas, sirve como una metáfora visual del conflicto interno de Ana, quien también se siente fragmentada. La obra de arte, con sus múltiples capas y facetas, refleja la dificultad de Ana para entender su propia identidad, la transición de su hija y su relación con la maternidad. Cabe decir que esta pintura, realizada con solo 17 años por Ángeles Santos, la convirtió en la pintora española surrealista que conquistó el mundo a tan temprana edad y luego quedó casi en el olvido. 

Y cuando los alumnos de la clase de Son visitan el Reina Sofía, el profesor les cuenta el realismo mágico que atesora “Un mundo”. Y Ana, cuidadora de la sala, les pregunta: “¿Qué pensáis que hay en las otras tres caras que no se ven?” Y cada niño da su respuesta, pero Son y su madre ven las figuras moverse. Luego transcurre un lapso de tiempo, en el que alguien pregunta a Ana que cómo les va este año, a lo que ella responde: “Pues iremos viendo. Sin prisa”. Fin. 

Porque esa película no se centra en la "lucha" de Son, cuya identidad es clara y firme; no hay trauma interno en el niño; solo la necesidad de ser nombrado y reconocido. El conflicto es externo: la incomprensión del padre, las dudas del colegio, y sobre todo, el desconcierto inicial de Ana. Por tanto, el verdadero viaje es el de Ana, donde la certeza de su hijo ilumina la profunda incertidumbre de ella. Se da cuenta de que su identidad se ha disuelto en su rol de madre, que es solo "la mitad" de sí misma, una mitad definida por y para los demás. A partir de aquí, la película se convierte en un fascinante espejo de identidades: mientras Son busca afirmar quién es, Ana se ve forzada a descubrir quién ha dejado de ser. Y por ello La mitad de Ana es una de las exploraciones más honestas y valientes sobre la maternidad en el cine reciente, donde se desmitifica la idea del sacrificio materno como una entrega abnegada y feliz, para mostrar su lado más oscuro: la anulación personal. Ana quiere a su hijo por encima de todo, pero el viaje que emprende es el de entender que para ser una buena madre para Son, primero debe volver a ser una persona completa para sí misma. Su amor incondicional no se mide por cuánto renuncia, sino por su capacidad de transformarse junto a su hijo. 

No es La mitad de Ana una película redonda, pero si es un viaje íntimo y transformador que nos enseña que para encontrar la mitad que nos falta, a veces, primero debemos tener el coraje de perdernos por  completo.

sábado, 22 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (793) “El tren de los niños”, las madres del sur y las madres del norte

 

La iniciativa “Treni della felicitá” surgió entre 1945 y 1952, una época en la que Italia se recuperaba de toda la destrucción que había dejado la Segunda Guerra Mundial. El sur del país había sido el más golpeado, pues a la pobreza y la falta de empleo se sumaba la escasez de alimentos. Ante esta situación, el Partido Comunista Italiano y la Unión de Mujeres Italianas idearon estos Trenes de la felicidad, cuyo objetivo era trasladar a los menores del sur de Italia al norte, donde serían acogidos por familias que les brindarían educación, alimentación y alojamiento. Toda una experiencia sociológica en Italia que llegó a afectar a unos 70.000 menores que fueron trasladados en estos trenes. Y esta historia tan particular fue reflejada en el libro de Viola Ardone, “Il treno dei bambini”, publicado en 2019 y convertido en un superventas, por lo que la todopoderosa Netflix no ha desaprovechado la oportunidad en convertirlo en película: El tren de los niños (Cristina Comencini, 2024). 

Y es que las guerra y postguerras son siempre un filón para el séptimo arte, y ello es especialmente marcado alrededor de la Segunda Guerra Mundial y su relación con la infancia, tal como ya hemos visto en Cine y Pediatría con películas de diversas nacionalidades: Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), Juego prohibidos (René Clément, 1952), El diario de Anna Frank (George Stevens, 1959), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), Masacre, ven y mira (Elem Klimov, 1985), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), Napola, escuela de élite nazi (Dennis Gansel, 2004), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Cate Shortland, 2012), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015), La infancia de un líder (Brady Corbet, 2015), Una bolsa de canicas (Christian Duguay, 2017), Sestrenka (mi hermana pequeña) (Aleksandr Galibin, 2019), Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019) o Los niños de Windermere (Michael Samuels, 2020).                      

Y hoy, con El tren de los niños, la película nos muestra el sacrificio que hicieron miles de madres y padres, quienes tuvieron que dejar ir a sus hijos porque apenas podían criarles en un contexto lleno de miseria, así como la solidaridad de las familias que los recibían. Y la historia comienza presentándonos a Amerigo Benvenutti, un solista de violín preparado para un concierto en el año 1994. Una llamada de teléfono le comunica que ha muerto su madre y durante el concierto regresan sus recuerdos al Nápoles de 1946, una ciudad tras los estragos de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Ahora conocemos a Amerigo Speranza, de 8 años (Christian Cervone), quien acude con su madre Antonietta (Serena Rossi) a la sede del Partido Comunista, donde explica que está sola porque su marido marchó a trabajar a América, que el hermano menor de 3 años falleció de asma y que es el único hijo que le queda. Allí le dan información para enviarlo en ese tren con otros centenares de menores… y, a partir de ahí, esa madre recibe presiones a favor y en contra de todo el vecindario, también de las monjas: “Los niños no son ni de sus madres ni de sus padres. Son hijos de Dios”. Pero la vida que le espera a Amerigo, en las aventuras con sus amigos Tomassino y Mariuccia, se rodea de pobreza, hambre, suciedad, estraperlo y buscarse la vida entre la miseria. 

Finalmente decide enviarle en ese tren que viaja al norte. Los niños van numerados e identificados, y en la estación del tren algunos vecinos expresan el temor por su futuro (incluso temen que les vayan a meter en hornos crematorios, recordando el holocausto previo), pero también a favor: “¡Los van a alimentar y a cuidar! ¿A cuántos niños se han llevado ya el tracoma, el reumatismo o el cólera? Pensad en ellos. En su futuro. No les robéis esta oportunidad a vuestros hijos. Esta es otra batalla contra el hambre. Si no pensamos nosotras en nuestros hijos, no lo hará nadie”. Y en el tren lleva escrito este mensaje: “Los niños de Nápoles dan las gracias a las mamás de Módena”. Y al llegar a la estación de destino les reciben con todos los honores y banda de música y mensajes esperanzadores: “Ni norte ni sur. Solo existe una Italia”. Allí llegan los padres adoptivos del norte, y al último que eligen es a Amerigo, quien se va con una ex partisana que vive sola, Derna (Barbara Ronchi), quien no se muestra muy entusiasmada, pues ella sabe de política y sindicatos, pero no de niños. Una bella mujer que viste de negro por haber fallecido su amor revolucionario asesinado por los fascistas. Y Amerigo sigue guardando la manzana que su madre le dio al partir, aunque ella le decía que él era un castigo de Dios. 

Las cosas no son fáciles inicialmente para Amerigo, al que, por ser de Nápoles, le dicen en el colegio que huele a pescado. Pero el tiempo juega a su favor, la relación con Derna se hace con el tiempo más maternal y también acaba integrándose en la familia de Derna, donde el hermano de ésta le introduce en la música del violín, instrumento que le regalan con su nombre el día de su cumpleaños. Y es su valor más preciado que lleva de regreso a Nápoles, pasado unos meses, donde su madre le dice que debe empezar a trabajar de ayudante en una zapatería y una vecina le recuerda: “Niño, a tu madre nunca le han dado cariño. Por eso no sabe darlo. Pero ella te ha cuidado siempre. Pues ahora que eres mayor, debes cuidarla tú”. 

Amerigo añora su vida en Módena y la música, pero su madre ha empeñado su violín para conseguir comida. Porque su madre biológica tiene celos de la madre del norte y le oculta que aquella le ha enviado cartas y comida. Y cuando descubre esto, nuestro protagonista regresar a Módena  en busca de su madre del norte (porque para él la madre del sur ha muerto ya). Y su madre verdadera decidió no ir en su busca, pues pensó que era lo mejor para él… y Amerigo cambió su apellido de Speranza a Benvenutti. 

Y cuando Amérigo regresa de adulto a Nápoles al entierro de su madre, allí debajo de la cama encuentra su violín, que la madre desempeñó de nuevo. Un final algo inconcluso que cabe cerrar, con esa dedicatoria final: “A los niños y a las madres de todas las guerras”. Porque ese regreso de Amerigo adulto a su ciudad y su casa simula el de otra película italiana emblemática, cuando el Totó adulto regresa a su pueblo y su cine en Cinema Paradiso. Dos adultos de éxito que recuerdan con añoranza su infancia y lo que les hizo llegar a lo que son. 

La directora italiana Cristina Comencini nos brinda una hermosa película sobre el amor de madre enmarcada en una historia que marco cientos de infancias en plena Segunda Guerra Mundial. Una historia con tres protagonistas, Amerigo (de niño apellidado Speranza, de adulto apellidado Benvenutti), su madre biológica del sur, Antonietta, y su madre adoptiva del norte, Derna, con ese viaje de ida y vuelta, y ese violín que fue la afición y el oficio de nuestro protagonista. Una Italia de posguerra donde prima la pobreza y desigualdad, pero donde la iniciativa de los Trenes de la Felicidad son un ejemplo de solidaridad y empatía entre regiones italianas. Y esta historia nos adentra en el desarraigo de estos niños y niñas al separarse de su entorno familiar, la lucha por adaptarse a una nueva realidad y construir su propia identidad, bien mezclado con la inocencia infantil y el amor maternal, tanto el de las madres del sur como el de la madres del norte.

 

sábado, 1 de febrero de 2025

Cine y Pediatría (786) “Mil uno”, esa búsqueda de un espacio seguro para la crianza y la identidad

 

En el año 1978 se inauguró en el poblado de Park City (cerca de Salk Lake City, capital del estado de Utah) el U.S. Film Festival de Utah, utilizando la imagen del icónico actor y director Robert Redford para atraer estudios y distribuidores. Fue en el año 1981 cuando se funda Sundance Institute con el objetivo de reunir a un grupo de amigos y colegas que fomentarían y apoyarían el cine independiente, más allá de las exigencias del mercado. Y Sundance Institute asumió en 1985 el control creativo y administrativo del U.S. Film Festival, que en la edición de 1991 comenzaría a llevar el nombre Sundance Film Festival. Y, desde entonces, Sundance se ha convertido en una plataforma crucial para cineastas emergentes y una vitrina para las películas más innovadoras y originales del año. 

Porque Sundance es sinónimo de cine independiente, aquí donde se estrenan películas que a menudo no encuentran cabida en los grandes estudios de Hollywood, ofreciendo una visión más diversa y personal del mundo. El festival ha sido el trampolín de lanzamiento de numerosas carreras exitosas, tanto en la dirección (Joel y Ethan Coen, Steven Soderbergh, Quentin Tarantino, Richard Linklater, Robert Rodríguez,…) como en la actuación (Ryan Gosling, Frances McDormand, Amy Adams, Jennifer Lawrence, Brie Larson,…). El mayor galardón de este festival es el Gran Premio del Jurado, y algunas de estas películas ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría, como Bienvenidos a la casa de muñecas (Todd Solondz, 1995), Quinceañera (Richard Glatzer, Wash Westmoreland, 2006), Precious (Lee Daniels, 2009), Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Yo, él y Raquel (Alfonso Gomez-Rejon, 2015), La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), Minari. Historia de mi familia (Lee Isaac Chung , 2020) y CODA. Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021). Y a todos eso hoy se suma Mil uno (A.V. Rockwell, 2023), drama social sobre la maternidad, la familia, la identidad y la búsqueda de un futuro mejor ante las condiciones sociales adversas.         

La historia comienza en el Correccional de Rikes Island, Nueva York, en el año 1994, allí donde conocemos a la bella Inez (interpretada por la actriz y cantante Teyana Taylor), una joven de 22 años, peluquera de profesión, pero cuya vida derivó entre la toxicomanía y la prostitución. Regresa a los suburbios de Brooklyn, donde se ha criado con la comunidad de color y donde se reencuentra con su hijo Terry, de 6 años, que está en un centro de acogida y quien le pregunta: “Me abandonaste en una esquina?...¿dónde está mi padre?”. Y ella le contesta: “Pueden intentar lo que quieran, pero esta vez no nos van a separar”, pues decide quedarse de él y separarle de los Servicios Sociales. A partir de ahí, Inez se convierte en esa antiheroína con cariz de madre coraje que lucha a lo largo de los años por sacar adelante a su hijo enfrentándose a la dureza de las calles de Brooklyn y Harlem, y con el objetivo de darle la vida que ella no pudo tener. En este proceso Inez acaba casándose con otro ex convicto, Lucky (William Catlett), quien pese a las dudas (“¿Qué saben los delincuentes de formar una familia?”), acaba asumiendo un rol de padre con Terry, al que le asegura: “Te daremos la vida que nosotros no tuvimos”. 

El filme aborda el contexto sociopolítico de la ciudad de Nueva York y coincide con el paso de Rudy Giuliani y Michael Bloomberg como alcaldes, años marcados por una política persecutoria a los afroamericanos y una gentrificación salvaje de los suburbios. Y curiosamente estos alcaldes aparecen intercalados en esta historia, incluido ese eslogan de Giuliani, que tan alejado parece de la vida de Inez: “Soñar, crecer, planificar y actuar. Estas son las bases de todo procesos de cambio”. Y esta historia da dos saltos temporales: en 2001, con un Terry adolescente de 13 años, un buen chico y estudiante, y en 2005, ya con 17 años y con las dudas de poder acudir a la universidad (incluso piensan en el MIT, Harvard). En ese periodo Lucky enferma de cáncer y en el ocaso de su enfermedad no deja de dejarle reflexiones: “No te sientas atrapado por lo que te rodea… Me llevó un tiempo aprender eso. No quiero que caigas en las mismas trampas que tu madre y yo. Quiero que tomes mejores decisiones que yo con respecto a ella y con respecto a todo”. 

Cuando su orientadora escolar le busca una salida laboral, Terry tiene que presentar su documentación y es cuando denscubre que tiene papeles falsos. Y se le desvela que, en realidad, Inez no es su madre biológica, sino la persona que lo encontró a los dos años en la calle y esperó horas a que alguien lo recogiera…aunque finalmente era ella quien más lo necesitaba. Y ahora, en esta dura despedida, ella está orgullosa porque su Terry será alguien en la vida, aunque este le pregunte: “¿Dónde está mi casa ahora?”. Y esa despedida final: “Te quiero, mamá”. Un final que invita a la reflexión, como toda la película. 

Mil uno es una crítica social incisiva, allí donde, a pesar de la inestabilidad y las dificultades, el hogar es un concepto central en la película, donde nuestra protagonista lucha por construir un espacio seguro para su hijo, un lugar donde pueda crecer y sentirse amado. Y ese hogar, donde viven de alquiler como pueden, tiene marcado en la puerta el número del piso: 10-01. Mil uno.

 

sábado, 1 de julio de 2023

Cine y Pediatría (703) “Las semanas mágicas” de la crianza

 

Pañales, biberones, juguetes de bebés, un libro por título “Oei, ik groei” y los gritos de una mujer dando a luz en la bañera de su casa, acompañada de su marido y una matrona. Con estas rápidas imágenes en el recorrido de cámara comienza Las semanas mágicas (Appie Boudellah, Aram van de Rest, 2023), película neerlandesa distribuida por la todopoderosa Netflix, cuyo guion parte del libro que vemos en esa escena. 

Porque “Oei, ik groei” es ya todo un clásico escrito en los Países Bajos por la antropóloga Hetty van de Rijt y el etólogo y psicólogo del desarrollo Frans Plooij. Y cuyo título se ha traducido como “The Wonder Weeks / Las semanas mágicas”, título de la propia película. Publicado el libro originalmente en 1992, y debido a su continuado éxito, tuvo una actualización en 2019. En realidad es un libro de autoayuda a padres y madres, y que se fundamenta en los muchos años de observación y análisis del neurodesarrollo infantil de sus autores, por lo que brinda una guía práctica para ayudar al desarrollo cognitivo del bebé a través de sus etapas predecibles o "saltos", como ellos lo definen. Su base teórica es la Teoría del control perceptivo, que predice y explica los fenómenos observados y, aunque también ha sido cuestionado, lo cierto es que el libro continúa siendo popular y el editor ha producido una aplicación móvil basada en el libro y su propia webY es así que “las semanas mágicas” son definidas por estos autores como aquellas semanas en las que el comportamiento del bebé, debido a su desarrollo cerebral, suelen ir precedidas por periodos más intensos de llantos, apego, irritabilidad e insomnio. 

Y el guiño continúa con esta película que nos adentra en esta comedia sobre la maternidad (y paternidad) que gira alrededor de tres parejas modernas que hacen lo que saben (o lo que pueden) para conciliar sus relaciones y sus exigentes carreras profesionales mientras se enfrentan a las vicisitudes de la crianza. De hecho, en la carátula de presentación de Las semanas mágicas se indica que es una película que sigue la estela de ¿Qué esperar cuando estás esperando? (Kirk Jones, 2012), película también basada en un libro superventas, “What to Expect When You're Expecting”, publicado en 1984 por Heidi Murkoff y apodado como “la Biblia americana del embarazo”; y aquí la historia de la película, ya tratada en Cine y Pediatría, nos introduce en la intimidad de cinco parejas de Atlanta que están esperando a un recién nacido. 

En Las semanas mágicas todo comienza con el nacimiento de tres bebés… y la promesa de una de las madres: “Vas a tener los mejores padres del mundo. Lo prometo”. Y la pregunta de rigor: "¿Qué tal la prueba de Apgar?” y la respuesta esperada “Ha sacado siete puntos. No nos tenemos que preocupar”; pero la madre procreadora replica: “¿Siete?...¿puede volverá hacerla?”. Un buen guiño y un buen comienzo… 

Primera familia. Anne (Salle Harnsen), prometedora abogada especializada en divorcios y separaciones familiares, y su esposo Barry (Soy Kroon) avanzan en la crianza de Mia, quienes tienen que sobrellevar que le diga la pediatra que es una lactante con sobrepeso. Y se tienen que apoyar en una niñera a la que le marcan pautas y horarios rígidos para el cuidado de Mia. Aún así, siguen agobiados, sobre todo por el obsesivo control que Anne ejerce sobre su hija (con el monitor continuamente), pero también sobre su matrimonio, la propia niñera y su vida. 

La visita a la pediatra no tiene precio: “Su hija está en la parte más alta de crecimiento. Puede tener consecuencias a largo plazo para las capacidades motoras y el desarrollo físico y emocional… Su bebé está gorda. Código amarillo” Y la conversación posterior con los padres seguro que nos va a sacar más de una sonrisa a los pediatras, por reconocer que tanta medicina preventiva puede no ser buena para la salud: “Hagan algo diferente. Yoga para bebés, natación para bebés, todo ayuda”, les dice la pediatra con la cara de susto correspondiente de los progenitores. Y al regresar tiempo después a la consulta, ya el código se ha convertido en rojo. Y la madre se justifica: “Seguimos todos los horarios. Fuimos a natación para bebés y a reiki”. Y es que son de esos padres que viven todo como si fuera el principio y el fin, desde conseguir guardería hasta que su hija voltee por primera vez. 

Luego vienen los “ckeck list” que la madre deja al padre cuando ella se incorpora al trabajo en relación con el cuidado del bebé, mientras ella se lleva ese sacaleches espacial a la oficina de su bufete de abogados. Y surgen continuos debates: hasta cuándo la lactancia materna y cuándo introducir biberón; quién acude por la noche ante los llantos (que casi acaba recayendo del lado de quien tiene dos cromosomas X). Y cuando buscan guardería, la lista de espera para entrar es peor que hacerlo en la Universidad de Harvard: “Apunté aquí a mi hija hace unos meses y aún no sé nada”. Y para conseguirlo se tiene que apuntar al grupo "Mamás por mamás", un club de élite particular. 

Segunda familia. Kim (Katja Schuurman, famosa cantante y presentadora) y Roos (Sarah Chronis) forman una pareja de lesbianas que tienen a un padre donante, el apuesto Kaj (Louis Talpe), que ahora se ha encariñado con el segundo hijo que les ha dado, Teun; y que, además, crean un acuerdo de custodia compartida finalmente con el bebé y la otra preciosa hija de 8 años, Didi, de la que también es donante de esperma y, por tanto, padre biológico (ah, y el tercer bebé en camino). Kim además es la creadora del grupo de apoyo "Mamás por mamás", allí donde las madres miembro realizan actividades a favor de la dieta infantil saludable, el embarazo en adolescentes y otras similares. Y aunque Kaj quiere mucho a sus hijos biológicos y se esfuerza en ello, ciertos antecedentes penales que saca a la luz Kim, le cuestan la custodia. 

Tercera familia. Ilse (Yolanthe Cabau) tiene de pareja a Sabri (Iliass Ojja), musulmán de origen y quien, tras el nacimiento de Samih, trae a su madre para “ayudar”, así como a su amplia familia de Marrakech, con el consiguiente malestar para la relación de pareja. Y chocan las costumbres culturales entre ellos, con epicentro en la circuncisión. 

Y la película avanza de forma simpática entrecruzándose los personajes y las confusiones, en este formato de comedia que se sonríe con algunas circunstancias que surgen alrededor de la crianza de los hijos y alrededor de una sociedad neerlandesa moderna donde la diversidad familiar es la pauta. Y tras los conflictos que se desencadenan, llega la reconciliación. Con ese mensaje final tan positivo para la sociedad, donde el perdón y el amor todo lo solucionan. Y con el primer cumpleaños conjunto de los tres bebés finaliza esta película sobre cómo ser madres y padres hoy en día a través de las semanas mágicas. 

Una película fácil de ver, refrescante para este verano entre la poco original cartelera que nos rodea, y donde los padres (y por qué no, también los pediatras) podrán rescatar algunos mensajes de aquellos estereotipos alrededor de la crianza en nuestra sociedad actual.

 

sábado, 20 de mayo de 2023

Cine y Pediatría (697) “La Maternal”, drama adolescente que persiste en tiempos del Tik Tok

 

Hace dos años conocimos y reconocimos a la directora zaragozana Pilar Palomero. Porque fue entonces cuando se encumbró en los Goya con el premio a mejor película y mejor dirección novel por Las niñas, una de las mejores películas del año 2020. Una película en clave femenina sobre unas adolescentes alumnas en un colegio de monjas en aquella Zaragoza del año 1992 y que hacen su particular viaje de la niñez a la vida de los adultos. Y este año 2022 acaba de estrenar otra película en clave femenina sobre unas adolescentes más conflictivas y entornos más desestructurados de nuestra época, bajo el título de La maternal. Y en una historia donde la realidad supera la ficción,… como casi siempre. Y Pilar Palomero vuelve a apostar por la adolescencia en esta película valiente y comprometida.  

Conocemos a Carla (magnífico debut de Carla Quilez), una desafiante y rebelde adolescente de 14 años, quien pasa las horas con su amigo Efraín en ese peculiar entorno que bien parecen Los Monegros. Bastan las escenas iniciales para conocer a nuestra protagonista y su entorno nada saludable para la juventud. Malhablada y pendenciera, nos desconcierta cómo es la relación con su madre soltera, Penélope (Ángela Cervantes), cuyo trato no es el propio de una relación materno-filial, sino más bien de colegas, donde faltarse el respeto es más la norma que la excepción. Ambas viven en un viejo restaurante de carretera en las afueras de un pueblo, en un paraje tan inhóspito como el de sus vidas. Carla ha dejado de ir al instituto porque está vomitando últimamente y es cuando la trabajadora social se da cuenta de que está embarazada de cinco meses

Es entonces cuando Carla ingresa en "La Maternal", un centro para madres menores de edad sito en Barcelona, donde compartirá su día a día con otras jóvenes como ella y varios tutores. Y aquí ocurre la escena más impactante, cuando los trabajadores sociales animan a que cada interna se presente a Carla. Y cada una de estas niñas-madre le cuenta la historia de su embarazo adolescente, todas vivencias duras, cuando no crueles, asociado a situaciones de maltrato por las parejas, trastornos de la conducta alimentaria, pederastia en el entorno familiar, drogadicción o intentos de suicidio. Y la idea del aborto flotando en cada una de ellas, si bien alguna tenía claro lo de seguir adelante: “Si tengo este niño va a ser la única persona que va a estar conmigo”. Y este puñado de jóvenes no profesionales nos deslumbra por la verdad que transmiten, gracias a la dirección de Pilar Palomero. 

Y en "La Maternal" conviven madres adolescentes, algunas embarazadas y otras ya con sus bebés, y los trabajadores sociales que intentan brindarles un camino para que puedan forjar en el futuro una vida mejor. Y, en ese ambiente, la rebeldía de Clara se manifiesta frente a todos, contra tutores y compañeras, contra su madre y contra sí misma. Observamos que los patrones de vida se repiten, porque su madre también fue una madre adolescente, pero que no contó con el apoyo que Clara recibe ahora. Y la historia se conjuga con la mezcla de familias desestructuradas, sexualidad incipiente y crítica social, pero también con educación emocional y responsabilidad afectiva

Y en este centro las jóvenes comparten experiencias y viven nuevas situaciones a las que enfrentarse con su maternidad (el aborto, la pareja, la crianza,…), y ello con las canciones de Estopa o con la música street dance que le gusta bailar a nuestra protagonista. Pero con el nacimiento de Bruno aparece el instinto maternal de Clara: “Que soy primeriza, pero no tonta”, proclama cuando le intentan ayudar. Aunque la realidad es que, mientras pasea con su madre, alguien le dice aquello de “¿Estarás contenta con tu hermanito?”. Y la crianza no resulta fácil al inicio y confiesa a su madre: “No me quiere. Le canto, le bailo, le doy de comer y sigue llorando. No sé qué hacer”. Aunque no le queda más remedido a Carla que transformar su rabia natural y transformarla en aprender a ser madre. También en estos tiempos de Tik Tok y redes sociales, allí donde tendrá que lidiar con ese tsunami de sensaciones y sentimientos de una adolescente que le tocaba quizás otra cosa, pero no ser madre. 

Y, en la parte final del film, Clara regresa con su madre a casa, cierran el restaurante, observa jugar al fútbol a sus colegas de antaño, vuelve a montar en bicicleta e intenta reproducir su vida previa, pero la realidad es que ya nada es igual y tendrá que aceptarlo mientras los créditos aparecen al ritmo de los Estopa. 

Y es así como explorar la realidad de Carla y otras madres adolescentes, la mayoría bajo una estructura familiar rota y una educación desordenada, abre la posibilidad a la reflexión y al debate. Porque la realidad siempre supera a la ficción. Y esta realidad es mundial, pero más marcada en algunos países. En el caso de España el número de nacimientos de madres adolescentes (menores de 20 años) crece entre 1996 (11.174) y 2008 (15.133), con un cambio de tendencia en los años siguientes, reduciéndose casi a la mitad en 2017 (7.839) y se mantiene en el 2020 y 2021 (7.228 y 7.202). Es así que la ratio de madres adolescentessobre el total de nacimientos ocurridos en España, pasa de 3,08% a 1,99% entre 1996 y 2017, subiendo al 2,13% en  2021. Cifras que llevan detrás, en muchos casos, una historia como la de Clara y sus compañeras narradas en la película La maternal.