sábado, 1 de noviembre de 2014

Cine y Pediatría (251). “Los secretos del corazón” y la madriguera de un gran dolor


Parece ley natural que los hijos sean quienes deben enterrar a los padres y no al revés. Y por ello quizás, cuando se rompe es supuesta ley de vida, no existe manera alguna de describir la magnitud del dolor que se siente tras la muerte de un hijo. Porque la muerte de un hijo debe ser una de las experiencias más devastadoras que unos padres van a vivir, especialmente la madre, con muy pocas posibilidades de que salir adelante con facilidad. 

El cine también ha abordado este tema, algunas películas ya tratadas en Cine y Pediatría, como Un grito en la noche (Marc Foster, 2000), La habitación del hijo (Nanni Moretti, 2001), El amor y otras cosas imposibles (Don Roos, 2009), El mejor (Shana Feste, 2009), etc. A estas películas se suman la titulada en España como Los secretos del corazón (John Cameron Mitchell, 2010), basada en la obra de teatro del año 2005 “Rabitt Hole” de David Lindsay-Abaire, ganadora del Premio Pulitzer en la categoría de drama. Porque este dolor y duelo por la pérdida de un hijo es como si entre madre e hijo jamás se cortara el cordón umbilical y la conexión fuera permanente: entonces al irse el hijo, la madre siente como si se desmembrara una parte de sí. 

Y es así como esta película es finalmente un proyecto personal de la actriz Nicole Kidman, quien decidió producir el film tras enamorarse del original escénico y en donde la actriz australiana borda uno de sus mejores papeles, a la altura de su papel como Virginia Wolf en Las horas (Stephen Daldry, 2002). Mientras en Las horas consiguió su único Oscar como Mejor Actriz, en Los secretos del corazón su nominación se quedó a las puertas, porque ese año el premio fue para otra interpretación soberbia: para Natalie Portman por su papel en Cisne Negro (Darren Aronofsky, 2010). 

En Los secretos del corazón un matrimonio trata de superar la muerte de su hijo de cuatro años en un accidente automovilístico. Becca (Nicole Kidman) y Howie Corbett (Aaron Eckhart) luchan para volver a la normalidad después de que este terrible giro del destino convierta sus vidas en un caos personal y familiar. Atrapados en un laberinto de culpa, recriminación, sarcasmo y rabia, la pareja se enfrenta a la situación del duelo de formas distintas, haciendo elecciones que amenazan seriamente con distanciarlos. 
Becca intenta borrar todo recuerdo de su hijo y asumir la pérdida enfrentándose al encuentro con Jason (Miles Teller), el adolescente causante del atropello, que a su vez también está sufriendo las consecuencias por el dolor causado. Por contra, Howie sigue aferrado al modo de vida de cuando disfrutaban de su hijo y a los grupos de apoyo y autoayuda, lo que le aleja más todavía de Becca. Y entre ambos una galería de personajes que facilitan el desarrollo psicológico de estos padres malheridos: la madre y hermana de Becca, su amiga Debbie, etc. 

La película nos regala escenas de gran interpretación dramática de su pareja protagonista, pero especialmente de una Kidman creíble de principio a fin: 
- La tensión emocional de un grupo de padres unidos para intentar superar, en las terapias de grupo, ese vacío que deja la pérdida de un hijo.
- Los encuentros de Jason y Becca, sus conversaciones en el banco del parque alrededor del cómic titulado Rabbit Hole (en realidad el título original en inglés de la película), cuyo significado (la madriguera o el “agujero del conejo”) hace alusión a Alicia en el País de las Maravillas y los mundos desconocidos en los que uno al final acaba entrando. Porque en la película se formula una teoría sobre los universos paralelos y la probabilidad que existe de encontrarse con la misma realidad que estamos viviendo, pero en otro lugar; ese sueño adolescente de que las cosas siempre van bien y de que hay versiones más alegres de la vida. 
- La escena del supermercado, con la tensión que Becca provoca ante una madre y su hijo preescolar, consecuencia de un mal duelo y casi la caída al abismo del dolor dirigido. 
- La forma en que el Jason abraza a su perro, mientras llora sin consuelo. 
- La pregunta de Becca, casi al final de la película, mientras lleva al sótano las últimas cajas con los recuerdos del hijo: “¿Desaparece algún día el dolor?”. Y su madre (Dianne Wiest), quien también perdió un hijo, el hermano de Becca, le contesta: “No. Creo que no. Al menos en mi caso, y ya han pasado 11 años. Pero cambia… Creo que pesa menos. Hasta puede ser soportable, puedes aprender a vivir con el dolor y llevarlo contigo como un ladrillo en el bolsillo. Y hasta te olvidas, a veces. Pero siempre vuelve a aparecer por cualquier motivo… Puede ser horrible, pero no siempre. Es lo que te queda en lugar de tu hijo. Por eso va siempre contigo. No desaparece. Y eso está… bien, realidad”
- Y la escena final, con la mirada de ambos padres al vacío y las manos que se buscan para entrelazarse…Porque a medida que se desarrollan los trágicos acontecimientos y sus vidas cobran nuevos significados, deben encontrar un punto en común que les permita seguir juntos. 

Cómo se ha preguntado algún crítico cinematográfico, cabe preguntare: ¿por qué es bueno entrar en la “madriguera” de esta obra? 
- Porque es una lección de interpretación, guión y dirección. No sólo por la interpretación de Nicole Kidman y Aaron Eckhart, sino todo el elenco de actores, una lección de cómo transformar el cine en un teatro (y al revés). Sino también porque el guión corre a cargo del propio autor de la obra teatral, David Linsday-Abaire. Pero también porque su director, John Cameron Mitchell, este director que se ganó un hueco en el cine independiente norteamericano (gracias a Hedwig and The Angry Inch en el año 2001, un musical sobre un transexual cantante de rock, y a la escandalosa Shortbus en el año 2006, una celebración del sexo en casi todas sus tendencias) se convierte en un director clásico en esta obra, aunque dé un paso hacia el lado más comercial del séptimo arte. 
- Porque es bueno ver cómo las personas afrontan el dolor. Unas lo aceptan; otras lo encubren; otras buscan culpables y otras, simplemente, viven en un universo protegido y aséptico. Pero el dolor está ahí y esta película es una lección más de cómo se pueden afrontar las pérdidas, en este caso la pérdida más dolorosa: la de un hijo. Porque nos enseña que negar la realidad no quiere decir que no exista y el duelo siempre es necesario afrontarlo de la mejor forma posible. 
- Porque es necesario mostrar los sentimientos, y nos abre el camino a las emociones y reflexiones como paso previo al difícil camino de la desesperación a la aceptación. Porque nos muestra que en la vida no se tiene que dar respuesta a todo. Porque nos enseña que a veces es mejor guardar silencio y dejar todo en suspenso, fluir en la vida y quizás baste con tomarse de la mano…como nos muestra su “the end”. 

Y así es como Los secretos del corazón, Rabbit Hole en el título original, en la obra de teatro y en el cómic de la cinta, nos devuelve el mito de Orfeo y Euridice. Orfeo, hijo de Apolo y Calíope, poseía el don de la música y de la poesía. Enamorado perdidamente de la ninfa Euridice, la convierte felizmente en su esposa, pero ella muere joven por la picadura de una serpiente venenosa. La pena desconsoló a Orfeo y viajó al Inframundo, en donde con su música y poesía convenció a Hades y Perséfone, dioses regentes de aquel lugar, de que diesen a Euridice la oportunidad de volver al mundo de los vivos. Pero pusieron una condición: Orfeo debía siempre caminar delante de ella y no mirarla hasta que ambos hubieran llegado arriba y los rayos de sol hubieran bañado por entero a Euridice. El camino se hizo terriblemente largo y peligroso, pero Orfeo resistió al ansia de mirar a su amada. Pero justo al llegar a superficie, al borde de la desesperación, giró la cabeza pensando que todo había pasado, pero Euridice aún tenía un pie en la sombra y, en ese momento, se desvaneció en el aire, ya sin posibilidad de volver de nuevo. 

Y quizás es así como ante la madriguera de un gran dolor, la aceptación puede ser un buen camino.