sábado, 1 de octubre de 2016

Cine y Pediatría (351): Las "Maravillas" de las historias de iniciación


"Lo más importante de esta vida es no tener miedo". Este mensaje va unido a la imagen de un niña vestida de primera comunión andando por el alfeizar del terrado de un piso de Madrid, un Madrid de los años 80 al fondo. Y luego esa imagen se repite con la misma niña ya adolescente. Esa niña se llama Maravillas y, aunque al principio de la película nos dice "El día que hice mi primera comunión pase llorando mucho tiempo...", lo cierto es que luego ya nos dice "Yo no sé llorar..." y solo lo consigue al final de la película. 

Esta es una de las películas más conocidas y reconocidas del cántabro Manuel Gutiérrez Aragón, novelista, guionista y director de cine. La película, del año 1980, tiene el título de su protagonista: Maravillas. Y en su momento sedujo por la magia de sus imágenes y por la riqueza de sus sugerencias. 

Son muchos y sugerentes los personajes de Maravillas: judíos trasnochados y románticos, jóvenes delincuentes tiernos y cínicos, un fotógrafo frustrado que habla de viejos y seguramente inexistentes tiempos, un cura misterioso que transporta joyas, un mago insólito que reconstruye en un escenario la muerte de grandes criminales de todos los tiempos, un oscuro actor, algunas prostitutas de poco pelo y una pequeña niña preciosa que juega con Mortadelo y Filemón. Personajes que se entrecruzan en la vida de Maravillas, que vienen y van para construir una galería de soledades, de insolidaridades, de turbias existencias que sueñan. Su docto director nos dice que el origen primero de la película fue el de narrar el paso de la infancia a la adolescencia de esa niña Maravillas (espléndida Cristina Marcos en su debut en el cine), una quinceañera rebelde en la España de inicios de los ochenta, quien convive de un forma muy especial con su viudo padre (genial Fernando Fernán Gómez, en uno de sus papeles más aclamados), un pobre hombre al que desprecia, un viudo fotógrafo fracasado con problemas económicos y predilección por las revistas porno y la vagancia. De vez en cuando, el padre se ve obligado a quitarle dinero a la hija para poder satisfacer sus más bajos instintos. Maravillas tiene tres padrinos judíos de origen sefardita, amigos de su progenitor, unos charlatanes y prestidigitadores que la han acompañado desde su infancia. Salomón, el más cercano a ella, regenta una compañía teatral donde trabaja esporádicamente un joven "membrillo" con ojos de rana (Enrique San Francisco), que pronto se hace amigo y amante de la protagonista y que no es del gusto de su pequeño amigo delincuente (el mítico Pirri del llamado cine quinqui en España, delincuente y heroinómano en la ficción y en la vida real, y que realiza una confesión para recordar: "Yo soy muy malo. Y si no soy malo, no soy nada..."). Y todo estos personajes alrededor de una esmeralda, verdadero "macguffin" de una historia para algunas (o muchas) reflexiones. Porque como nos dice nuestra protagonista en un momento íntimo de la película: "No sé puede contar lo que se siente, solo sentirlo..."

Una película que para algunos es un sueño, para otros menos, una pesadilla. Un película un poco inclasificable: para nada es cine quinqui (nada que ver con el cine de nuestro Pasolini patrio, Eloy de la Iglesia) y tampoco llega al espíritu onírico almodovariano. Y al final de este sueño o pesadilla, permanece la frase del padre a la hija sobre el enésimo terrado de Madrid: "Se vive como se sueña: solos"

Y quizás así son muchas historias de iniciación de la infancia a la vida adulta, historias de iniciación que son más pesadillas que sueños, y que se atraviesan demasiados solos con el riesgo de no acertar. Historias de iniciación donde queda constancia la importancia de los padres, del ambiente familiar, del grupo de amigos y de las circunstancias sociales que nos rodean. Porque todo este tránsito a veces es una "maravilla", la mayoría de las veces, no... Y como nos dijo ya un clásico conocedor de la infancia y adolescencia en el séptimo arte, François Truffaut: "La adolescencia es como un segundo parto. En el primer nace un niño y en el segundo, un hombre o una mujer. Y siempre es doloroso".