sábado, 4 de febrero de 2017

Cine y Pediatría (369). "Sing Street" cierra la trilogía del viaje musical iniciático


Es John Carney un director irlandés que despierta interés, pues lo suyo es ya un universo propio que denota que estamos ante un autor con mayúsculas, es decir, un hombre que ha creado un género propio que lleva la música, el amor y la crítica social como bandera de su discurso. Un director que hace marca de la fusión de lo sonoro y lo visual en el séptimo arte, algo que tanto estimamos en Cine y Pediatría. 
Dos capas cimienta su obra fílmica: la música como capa superior e hilo conductor de sus historias y la crítica social como capa inferior y fondo real del discurso. Y entre ambos el viaje como nexo de unión, el viaje físico de los personajes (a Londres o a Nueva York, según la película), pero también el viaje que todo hombre o mujer debe hacer para realizarse y así, gracias al contacto con los nuevo y lo desconocido, poder sacar lo mejor de uno mismo. Tres marcas de clase para un trilogía musical que Carney nos ha regalado y que comenzó con Once (2007), continuó con Begin Again (2014) y cierra con Sing Street (2016), la película que hoy nos convoca. 

Carney despunta con la película Once, un musical ambientado en su Dublín natal y que le pone en órbita del panorama más alternativo. Una película sin alardes técnicos pero que desprenden sensibilidad desde el primer fotograma, una historia que sin buscar pretensiones nos arrastra canción tras canción, a la búsqueda de esa cosa que llamamos amor. Las canciones compuestas por Glen Hansard (solista y guitarrista de The Frames) van hilando la historia de dos personas: un chico (el propio Glen Hansard) y una chica (Markéta Irglová). La música, de una fuerza avasalladora, nos regala algunas de las mejores escenas de la película. Y tal fue así que sobre ella recayó el Óscar a la mejor canción original, concretamente al tema "Falling Slowly". 

Tras esta primera obra ya llena de virtudes pero, con muchos defectos de producción, Carney tiene la oportunidad de viajar a Nueva York para de esta forma tomar contacto e impregnarse de la producción y la forma de trabajar americana. Y lo hizo con Begin Again, un canto de amor al mundo de la música en el que desfilan tintes de comedia romántica, inventiva visual a raudales, cine sencillo y puro, y las miradas cruzadas de Keira Knighley y Mark Ruffalo. Y es verdad que nos descubre de paso que el cine es mucho más sencillo de lo que a veces nos pensamos. 

Y tras este viaje iniciático a la meca del cine, decide regresar a su Irlanda natal para realizar lo que es hasta ahora su gran trabajo: Sing Street, film que no posee los fallos iniciales de Once ni las concesiones de producción habituales que pueda atisbar Begin Again. Con Sing Street nuestro director vuelve a su reino para crear su obra definitiva y que forma parte directa de su propio universo personal. Porque John Carney completa su trilogía con esta película adolescente que cabalga entre el indie americano y el humor británico, algo así como una curiosa mezcla entre Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000) y NEDS (Peter Mullan, 2010). Combinando la calidez en la dirección de Carney, un humor vibrante y una banda sonora inolvidable con éxitos de The Cure, Duran Duran, The Police, A-Ha, Joy Division o Génesis, Sing Street es una electrizante película que embaucará a cualquier fanático de la música. 

Sing Street nos traslada al Dublín de 1980, donde conocemos al adolescente Conor (Ferdia Walsh-Peelo), no demasiado a gusto en su familia (la recesión económica y la mala relación de los padres no ayuda) y el nuevo instituto (donde tiene que hacerse hueco entre matones), balanceándose entre los amigos, el amor, el desamor, los sueños, las caídas, el aprendizaje... y la música. Porque encuentra en la música su tabla de salvación (allí donde imagina su mundo ideal, su vida soñada) y con un grupo variopinto de compañeros de clase forma una banda, con más sombras que luces, intentando buscar un estilo entre las vibrantes tendencias de la música de aquella década, en lo que es esa inagotable isla de buena música llamada Reino Unido. La banda se hace llamar Sing Street y nuestro protagonista cambia su nombre por el de Cosmo... y cambia de look según la tendencia musical en la que indagan, y que va del Pop al Rock o del Punk al Grunge. Y con ese guiño del hermano de Cosmo, todo un personaje: "Es imposible querer de verdad a alguien que escuche a Phil Collins". 

En esa aventura conoce a la hermosa y enigmática Raphina (Lucy Boynton), un rayo de esperanza para Conor/Cosmo entre tanto entorno gris, pues él es una víctima más del conservadurismo católico y la intransigencia artística que existían en la isla en aquellos tiempos. Y con el objetivo de conquistarla, la invitan a ser la estrella en los videoclips que la banda graba, todo muy amateur. Pero lo mágico de nuevo de su relato es que, tras una árida y grisácea apariencia formal y una dura crítica social (la peor parte se la lleva el padre Baxter, director del colegio: "Olvídese de Ziggi Stardust" le dice a Conor mientras le obliga a quitarse el maquillaje), se encuentra la historia de unos jóvenes que buscan un sueño a través de la música y de la creatividad

Además nos regala una escena final casi un clásico en películas románticas (Match Point, El diario de Noa, Desayuno con Diamantes,...): la escena de lluvia sobre los rostros. Y resuenan las palabras de Raphina: "Lo que pasa es que no sabes ser feliz en la tristeza. Pero eso es el amor, Cosmo. Felicidad y tristeza".

Porque todo empezó con Once, continuó con Begin Again y con Sing Street John Carney cierra la trilogía del viaje musical iniciático.