Cine y Pediatría 8

sábado, 17 de marzo de 2018

Cine y Pediatría (427). "Ava" y el deseo de salir de la oscuridad


Fue uno de los iconos de aquel movimiento llamado Dogma 95, Lars von Trier, el que primero nos acerco a la retinosis pigmentaria en el cine, esa enfermedad hereditaria que aboca lentamente a la ceguera. Fue en la película Bailar en la oscuridad, del año 2000 (y que completaba la trilogía fílmica Corazón dorado, donde se incluyeron también Rompiendo las olas - 1996 - y Los idiotas - 1998 -), en la que la cantante Björk interpreta a Selma, esa inmigrante checa en Estados Unidos que ahorra para intentar curar a su hijo de la misma enfermedad. 

Y es en el año 2017 cuando la joven cineasta Léa Mysius recoge en su ópera prima, Ava, a una adolescente de 13 años con similar enfermedad. Y al comienzo del film es el oftalmólogo quien le refiere: "¿Te acuerda cuando hablamos de la retinosis pigmentaria, de que tu vista iría disminuyendo y que no podrás ver por la noche, y que el círculo se cerrará? A veces ocurre muy temprano... Muy pronto no verás bien cuando haya poca luz. Por la noche o en la penumbra, por ejemplo. Y perderás la vista dentro de poco". 

Porque la retinosis pigmentaria no es una enfermedad única, sino un conjunto de enfermedades oculares crónicas de origen genético y carácter degenerativo que se agrupan bajo este nombre. Se caracteriza por una degeneración progresiva de la retina, que poco a poco va perdiendo las principales células que la forman, los conos y los bastones. Se manifiesta como una disminución lenta pero progresiva de la agudeza visual que en las primeras etapas afecta predominantemente a la visión nocturna y al campo periférico, manteniéndose sin embargo la visión central (lo que se conoce como visión "en cañón de escopeta"). Una forma peculiar y grave es el síndrome de Husher, la principal causa de sordoceguera congénita. 

Y alrededor de esta enfermedad, casi leimotiv, Léa Mysius, como brillante guionista que ya ha demostrado ser, nos lleva por caminos visuales y narrativos cautivadores e inesperados. Para mostrarnos con una emocionante mezcla de géneros la historia de Ava (la joven Noée Abita, en su primera película, una joven de 18 años que interpreta a la adolescente de 13) alrededor de las relaciones con su madre y con el despertar del amor adolescente que siente por un joven gitano al que le roba su perro negro, en la que se mezclan escenas de playa y una boda gitana en lo que es una peculiar mezcla entre dos películas míticas: El Señor de las moscas y Bonnie y Clyde, desarrolladas entre la luz de las Landas francesas (mientras roban a nudistas en las playas), con algún toque de cine fantástico y esencias de road movie. 

Porque Ava sabe que se va a quedar ciega, pero quiere salir de la oscuridad en, al menos, dos campos esenciales para la vida de un adolescente. Uno es de la familia, otro el de las amistades y el despertar al amor. La directora y guionista parece jugar inicialmente la baza de la negación, de enfrentar a la chica con su madre la primera, pero también con el mundo, como respuesta a la enfermedad que llega. 

Su familia es breve, esencialmente su madre (Laure Calamy, una excelente actriz), una madre que con esencias de aquella cultura del mayo del 68 busca en jóvenes amantes volver a recuperar su juventud, y de esa relación madre-hija surgen algunos pensamientos, pensamientos que Ava tiene mientras camina por la playa con los ojos vendados y su perro lazarillo - el perro negro que ha robado -, entrenándose para lo que ha de ocurrir: "Mi madre es a menudo desdichada por tener a una hija como yo. La comprendo. Temo que me digan, cuando ya no sea consciente de mi cara: Te pareces a tu madre. Parece que Ava significa "yo deseo". ¿Pero qué deseo?" o "Mi madre dice que soy insensible. Tiene razón. No siento nada... Por ejemplo, nunca lloro. A veces quiero morirme. Creo que me mataré". 

Pero en algún momento la relación es más tensa: "Mamá, ya no te soporto. Tu voz, tu olor, todo. No aguanto más". Y no es de extrañar que cuando la madre le pregunta a Ava "¿Cómo me ves?" y la hija contesta "Mediocre", sea entonces cuando la hija le pregunta a la madre "Y tú, ¿cómo me ves?" y ella le responde "Cruel. A veces pienso que el veneno te está quemando los ojos". 

Y su amor surge por Juan (Juan Cano, que no es actor), un gitano español huido de su familia y de la justicia, lanzados a una aventura sin horizonte. Mientras, Ava tiene pesadillas y sueños surrealistas. Y en las paredes aparecen dibujados círculos con el punto de mira cada vez más pequeño, clara simbología de la visión en cañón de escopeta hacia la que evoluciona la futura ceguera que deja la retinosis pigmentaria. Y sus pensamientos escritos en su diario: "El círculo se está cerrando. Los animales acechan en la oscuridad. ¿Mis sueños también desaparecerán? Quiero reventarme los ojos para acabar con esto...". Y ahí surge la pregunta de Juan: "¿Te da miedo la oscuridad?"

Porque Ava es una película que arde con la vida y entre metáforas. Y desea vivir la vida antes de que gane la noche. Y desea salir de la oscuridad... esa oscuridad en la que muchos adolescentes se sienten cuando viven su hégira hacia la vida adulta. Y su sonrisa final (con la imagen congelada) nos deja una buena sensación.

 

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