sábado, 1 de septiembre de 2018

Cine y Pediatría (451). “El viaje de Nisha”, conflictos generacionales entre la tradición y la libertad, el honor frente al amor


Son varias las películas que ya hemos comentado en Cine y Pediatría alrededor de la denuncia sobre los derechos de la mujer, principalmente en los países islámicos. En concreto varias ya las revisamos en la película turca Mustang (2015), una película que guarda un cierto parecido a nuestra película de hoy, la noruega El viaje de Nisha (2017). 

Mustang es una película de Francia, dirigida por la directora de origen turco y nacionalizada francés Deniz Gamze Ergüven, y que tiene un carácter autobiográfico. Cuenta la historia de cinco hermanas huérfanas que viven en un pueblo del norte de Turquía, cinco hermosas jóvenes entre 13 y 19 años que vuelven a casa desde la escuela y juegan con los chicos de su colegio en la playa. Juegos tan simples como los que observamos crean la sombra de un libertinaje no admitido en esa sociedad, y lleva a que los tutores de estas hermanas (su abuela y un tío) conviertan poco a poco su hogar en una prisión con rejas en las ventanas, son retiradas del colegio y enclaustradas en su casa, convertidas en novias de futuros matrimonios de conveniencia, y todo por unos inocentes juegos con sus compañeros de escuela. 

Por similitud hoy hablamos de una película tan impactante como la anterior: El viaje de Nisha, una película de Noruega, dirigida por la directora de origen paquistaní y nacionalizada noruega, Iram Haq, y que también tiene un carácter autobiográfico. Cuenta la historia de Nisha, una joven paquistaní que vive en Noruega entre sus amigos noruegos de una sociedad occidental y una familia paquistaní que mantienen la tradición de su país, una joven que, al igual que nuestra directora, sufrió el propio secuestro de su propia familia durante un par de años en Pakistán. 

La primera imagen de la película, antes del título, nos presenta a Misha corriendo en la noche de Oslo, de regreso a casa, para intentar llegar a su cama a tiempo de que su padre apague las luces del hogar, mientras revisa el sueño de sus hijos. Y esa primera imagen nos marca quizás la angustia permanente de esta historia, que la visionamos con el corazón en un puño, quizás como se debió sentir su protagonista (y como quizás se sientan tantas mujeres alrededor de una tradición y un honor que gravita alrededor de la religión y cultura musulmana). 

Porque a sus 16 años, la bella Nisha (sorprendente descubrimiento de Maria Mozhdah para el papel) vive en Oslo entre dos mundos: fuera de casa convive con sus amigos adolescentes en su Noruega natal, pero, de puertas para adentro, debe comportarse según los códigos culturales de su familia pakistaní. Su madre, Najma, es ama de casa, y su padre, Mirza, se gana la vida con una tienda de ultramarinos a las afueras de la capital, una de esas tiendas paquistanís que están abiertas a casi todas las horas del día, tan abiertas como cerradas sus mentes a la libertad de sus mujeres. Tiene dos hermanos, un varón mayor que ella al que se le permite una vida liberal y que desea ser doctor, y una hermana pequeña. 

Ambos universos (el de fuera y dentro de casa) colisionarán en el momento en que su padre la sorprenda por la noche con un chico en su habitación y, además de pegarle una paliza a él, a ella se la lleva a su país de origen, según el consejo de toda su familia que le piden un castigo ejemplar: “Es importante acabar con este tipo de comportamiento de raíz”. La versión oficial y familiar, con la intención de evitar la investigación de Servicios Sociales, es que está en Pakistán para aprender la cultura de sus ancestros, pero, en realidad, la joven está retenida allí, a donde la lleva el padre tras recriminarle (“¿Te has dado cuenta de cuáles son las consecuencias de tus actos para nosotros…?”) y amenazarle (“Si vuelves a hacerlo, te mato yo mismo”). Desde el primer momento el supuesto amor del padre hacia su hija se transforma en toda una paradoja ante el peso de la tradición y el honor, y no es de extrañar la reacción cuando el padre se despide al dejarla junto a su familia: “¿No vas a darle un abrazo a tu padre? Solo quiero lo mejor para ti. Tú eres todo para mí”. El título original del filme, “Hva vil folk si (Qué dirá la gente)”, subraya la dimensión de aquella decisión del padre y la familia. 

Misha tendrá que acostumbrarse a vivir en Pakistán, aunque intenta continuamente huir de allí. La angustia inicial se ve aliviada por la bondad y amistad de su prima, quien intenta animarla continuamente: “Has tenido un viaje muy largo… Eres mi mejor amiga”, “¿Qué estilo prefieres, el de Rihanna o el de Beyoncé?”, “Más vale que te tapes o los mosquitos del Dengue chuparán tu sangre extranjera”, “Vamos al tejado, hay muchas cometas en el aire”. Pese a todo, la adaptación inicial es complicada y su tía le recrimina, “¡Qué insolente, hablas demasiado!. ¿tus padres no te han enseñado valores?”, y su tío llega a quemarle el pasaporte y le dice “Ahora eres una de nuestras hijas”

Lo cierto es que cuando lleva ya 8 meses allí sufre una especie de síndrome de Estocolmo (o por variación, de Islamabad), pues realmente no le queda más remedio, que adaptarse a las nuevas costumbres: a ir a la escuela de mujeres con el hijab, a rezar a las horas musulmanas, a comprar verduras en el mercado, a volar comentas en los tejados,… Incluso llega a enamorarse de su encantador primo, pero cuando son descubiertos por la policía besándose en la calle por la noche (una de las más crueles escenas), hace que también sea rechazada por esta familia y el padre debe volver a por ella, y en el regreso se provoca una escena aún más cruel que la anterior, porque somos testigos horripilados de cómo el mal entendido honor mancilla el nunca entendido amor. 

Y una vez de vuelta a Oslo, los padres la vuelven a secuestrar, bajo amenazas a Nisha de que no diga nada a los Servicios Sociales que sospechan lo que ocurre: la cambian de colegio, la impiden ver a sus amigos y hablar por teléfono,… Y tiene que oír de su madre frases así: “Ahora ya nadie nos invita a sus bodas, ¿qué será lo siguiente?... Ojalá no hubieras nacido”. Y hasta que llega el pacto de su matrimonio con un desconocido y la pregunta: ¿Nisha, ¿tú también estás contenta?”… y su cara de angustia y sus lágrimas en silencio lo dicen todo. 

Y todo ello nos lleva a un final antológico, pues mientras la hija huye por la ventana de noche, el padre – que lo estaba esperando – la observa desde la ventana de su habitación. Ella se aleja y desaparece, mientras la nieve sigue cayendo y nuestra sangre, como espectadores, se queda helada. 

Porque El viaje de Nisha es una denuncia clara y contundente, donde su directora Iram Haq no tiene condescendencia ni con los personajes ni con el público, mostrando una dura realidad que al espectador le puede causar incomodidad, pero que forma parte de la realidad de muchos jóvenes europeos de origen musulmán. Porque Haq nos habla de su propia vida, de lo que padeció en su adolescencia, de ahí que la cineasta no tenga contemplación alguna en describir una realidad que conoce de primera mano. Eso le otorga al filme una dosis de realidad extra que, efectivamente, incomoda al ver a la protagonista ser obligada a entrar en un auténtico abismo, en una cárcel llamada honor familiar. Y es clave la magnífica interpretación de Maria Mozhdah, la actriz que rodó el filme con 17 años, y que nos transmite ese miedo constante, ese terror cotidiano, de forma idéntica a como lo hiciera el joven actor Thomas Gioria en Custodia compartida (Xavier Legrand, 2017). 

Una película que conviene prescribir, pues ante tanto postureo político conviene como ciudadanos tomar conciencia de lo que es represión de verdad a la mujer de verdad, el maltrato sistematizado en virtud de la tradición y el supuesto honor. Y está ahí al lado... y a nuestro lado.

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