sábado, 29 de mayo de 2021

Cine y Pediatría (594) “Pinocho”, el muñeco de madera que quería ser niño

 

El italiano Carlo Collodi publicó a finales del siglo XIX la novela “Le avventure di Pinocchio”, que publicó inicialmente desde 1882 hasta 1883 en el periódico Giornale per i bambini y con el título “Storia di un Burattino” (Historia de un títere), acompañada de las ilustraciones de Enrico Mazzanti. Es una de las obras más leídas de la literatura universal, traducida más de 250 idiomas y dialectos, y también uno de los libros más vendidos de todos los tiempos. 

La historia es bien conocida: el carpintero Geppetto es un humilde hombre que siempre había deseado tener un hijo y un buen día se le ocurre la genial idea de tallar una marioneta de madera con la forma de un niño de verdad; esta marioneta cobra vida inesperadamente y se convierte en un niño travieso y desobediente al que llama Pinocho (o Pinocchio en la versión original). Quizás menos conocido es que Collodi no pensó en su trabajo como una obra de literatura infantil, pues en la versión original Pinocho es una historia relativamente cruenta donde es ahorcado por sus innumerables faltas y sólo en versiones posteriores la historia obtendría su famoso final en el que la marioneta se convierte en un niño de verdad. También se ha comentado la influencia de la masonería en la obra, pues Collodi, que era masón, muestra a través del cuento de Pinocho una alegoría sobre la formación de las personas basado en el honor, la verdad y la virtud. 

Desde su primera publicación, la novela ha dado lugar a diversas adaptaciones a lo largo del tiempo, entre las que se incluyen obras de teatro, ballets, óperas y, cómo no, películas. Entre las numerosas adaptaciones cinematográficas podemos destacar las siguientes: la película animada de Disney, Pinocho (Ben Sharpsteen y Hamilton Luske, 1940), considerada una pieza maestra dentro del cine de la animación y, tal es así que se seleccionó para su preservación en el Registro de Películas de Estados Unidos; Las fantasías de Pinocho (Luigi Comencini, 1972), Pinocho, la leyenda (Steve Barron, 1996); Pinocho y Geppetto (Michael Anderson, 1999); Pinocho (Roberto Benigni, 2002); P3K: Pinocho 3000 (Daniel Robichaud, 2004), película de animación donde en vez de ser un muñeco de madera es un robot; Pinocho (Matteo Garrone, 2019). Pero las adaptaciones continúan año a año, y dos están a punto de estrenarse: la película de animación dirigida para Netflix por Guillermo del Toro y Mark Gustafson, y también la versión en imagen real dirigida por Robert Zemeckis. 

Y hoy nos acercamos a la última versión estrenada, Pinocho, la correspondiente al director romano Matteo Garrone, conocido por películas como el Taxidermista (2002) y, sobre todo, Gomorra (2008), adaptación del famoso libro de Roberto Saviano. Y es en el año 2019 cuando cambia de registro para dirigir este clásico de la literatura con una fantasía que se sustenta en la aproximación naturalista del uso de la luz y la captura de ambientes que se sienten cercanos por la autenticidad de los decorados y la verosimilitud de los maquillajes prostéticos. Una película donde lo mágico reside más en el interior de los personajes que fuera, donde se proyectan sus ambiciones y sueños rodeados de miseria, injusticia y falta de escrúpulos. 

Y para esta película el director contó con un gran aliado: Roberto Benigni en el papel de Gepetto. Hacía mucho que no se veía a Roberto Benigni en las pantallas, tras el éxito internacional que conquistó nuestros corazones con La vida es bella (1997); de hecho, en los últimos 15 años solo había actuado en A Roma con amor (Woody Allen, 2012). El intérprete italiano regresó al cine luego de un largo periodo de ausencia protagonizando – con igual histrionismo - una historia que sin duda debe conocer al dedillo, pues a fin de cuentas en 2002 había dirigido su propia adaptación de Pinocho con un presupuesto de 45 millones de euros que, sin embargo, recibió críticas negativas y estuvo muy lejos de recuperar la inversión. También contó Garrone con la bella actriz francesa Marine Vacth, protagonista de Joven y bonita (François Ozon, 2012) en el papel del Hada Azul y con niño Federico Ielapi en el papel de Pinocho. Y en esta película van apareciendo todos los principales personajes de esos 36 capítulos del cuento original, de forma bastante fidedigna: el maestro carpintero Cereza, el Grillo, el Gran Teatro de las Marionetas, el titiritero Comefuego y el resto de marionetas, el Zorro y el Gato, la taberna de la Gamba Roja, el Gran Roble, los tres médicos (el Halcón, la Lechuza y el Grillo), el Campo de los Milagros, el Caracol, su amigo Lucignolo, el País del Juego, el Tiburón y el Atún. 

Y el visionado de esta película nos pone en la pista de aquello de que, quizás, es una historia poco infantil. Pues es cierto que hay escenas entrañables, como cuando Gepetto grita en medio de la noche “¡He tenido un hijo!” al ver que su marioneta de madera cobra vida, o cuando su padre le compra un abecedario y le manda a la escuela diciéndole “Tienes que ser el primero de la clase, ¿me lo prometes?”, o cuando le crece la nariz al mentir (que probablemente es lo que más ha calado en nuestro recuerdo de este personaje). Pero se mezcla con otras escenas crudas y extrañas para esta edad: cuando el Zorro y el Gato le cuelgan de el Gran Roble, o cuando es detenido y juzgado por un Juez Mono que encarcela a los inocentes y libera a los ladrones, o ese maestro de escuela que somete a severos castigos a sus alumnos y cuya actitud nada tiene que ver con lo que escribe en la pizarra: “El maestro es un segundo padre para sus alumnos”

Quizás el mensaje principal de esta obra es cómo este travieso y díscolo muñeco de madera que habla desea convertirse en un niño para poder crecer. Pero para conseguirlo, el Hada Azul le dice: “Pórtate bien y en el futuro serás feliz”, algo que al principio no consigue hacer, pues se escapa de su hogar y de la escuela, pero las experiencias de la vida, le hacen cambiar. Y en su camino para lograrlo debía aprender a obedecer, ser responsable, actuar con sinceridad, compromiso y amor. Y al final puede gritar: “Papá, ¡me he convertido en un niño!”. 

Porque Pinocho es el viaje de un muñeco de madera hasta convertirse en niño, un viaje que nos muestra una transformación interna que se da a través de las experiencias que va viviendo a lo largo de su vida al descubrir el valor de la amistad, la verdad y el respeto. Porque como cualquier niño, Pinocho siente curiosidad por el mundo y aprende por ensayo y error qué está bien y qué está mal. Así, en  una Italia rural y atemporal, Pinocho inicia un viaje que lo enfrentará cara a cara con la naturaleza, el reino animal y el mundo de la imaginación y que le llevará a valorar la educación en el colegio y a no codearse con haraganes mientras que el Hada Azul vela por su vida.  Y al menos se derivan tres enseñanzas a transmitir a los más pequeños, sobre el gran papel de la figura paterna, los amigos y las influencias:1) cuando Pinocho decide dejar de ir a la escuela para ir a jugar y divertirse se empieza a plantear la desobediencia; entonces el Grillo actúa como una figura que intenta corregir esas acciones, pero al no hacerse caso debe aprender por las malas a hacerse responsable de sus actos; 2) la amenaza de que la nariz de Pinocho crezca cada vez que miente es una enseñanza para reconocer el valor de la verdad en todo momento; 3) globalmente, el saber que en sus aventuras se encierran los valores de obediencia, amor y respeto por la familia y por la verdad. 

Al visionar de nuevo la historia de esta película, quizás entendemos un poco más porque Carlo Collodi, su autor, la concibió como una historia para adultos; sin embargo, la casualidad o el destino hicieron que acabara publicada en una revista infantil. Porque Pinocho duele. Siempre lo hizo. Y el resultado de esta adaptación es una película convulsa y turbia, así como profunda y extravagantemente  bella.

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