sábado, 13 de marzo de 2010

Cine y Pediatría (9): La mirada de los niños en el cine iraní: el minimalismo de Abbas Kiariostami


El cine iraní supone globalmente un punto de vista alternativo al hollywoodiense en lo estético, en lo temático y en lo narrativo. En lo estético porque apuesta por una depuración de la imagen que prescinde de todo efectismo y de toda superficialidad; en lo temático porque bucea en la sencillez de la vida cotidiana; y también es una alternativa en lo narrativo porque parte de unos modelos de guión y de héroe al margen de los patrones clásicos. Se podría decir que lo más parecido en occidente al cine iraní contemporáneo fue el neorrealismo italiano. Una mirada transparente, sencilla, cotidiana, pero no carente de sentido crítico. Un redescubrimiento de la naturaleza, de los gestos, del color y de las metáforas visuales.
Dos características más del cine iraní: la implicación del espectador por el uso del fuera de campo (hay mucho cine alrededor de la pantalla que el espectador debe incorporar con su imaginación) y, sobre todo, la importancia que tienen las miradas de los niños en el cine iraní, miradas limpias con las que quiere identificarse el ojo de la cámara y mostrar historias.

Pocas cinematografías han utilizado tanto (y tan bien) a los niños en sus películas. El cine iraní posee preciosas películas, no exentas tampoco de imágenes de dureza y desamparo, símil poético de situaciones sociales reales, de las que no escapan los niños. Niños no actores que se encarnan como protagonistas de muchas de las películas que han conformado en los últimos 15 años la parte más conocida de la denominada “Iranian New Wave” del cine y en el que destacan los nombres are Abbas Kiarostami, Jafar Panahi, Majid Majidi, Bahman Ghobadi y la familia Makhmalbaf (Mohsen, Marziyeh, Samira y Maysam).

Abbas Kiarostami representa la figura más representativa de la primera ola de la “Iranian New Wave”. Su cercanía a la infancia es palpable en su obra, con rostros que emanan naturalidad, mentes inquietas y el futuro alentador de un pueblo humilde. El sonido directo, la falta de música y los silencios prolongados componen el espacio sonoro de su cine. Las imágenes fluyen sin necesidad de más apoyo y el director se toma el tiempo necesario para explicar lo que sucede en el interior de sus personajes a través de su inimitable uso de la cámara (no siempre apto para todos los públicos).
El cine de Kiarostami es un elogio a la sencillez. Es un desprendimiento constante que procura recortar las acciones, los personajes y la continuidad el relato. Son diamantes fílmicos, sin retórica ni artificio. Las anécdotas que ofrece el cineasta son fragmentos mínimos de una biografía, bocetos inacabados de una historia.
En su trilogía de Koker, rodada en un pueblito iraní que lleva ese nombre, se ve con facilidad esta vocación minimalista. Las tres películas que la integran: ¿Dónde queda la casa de mi amigo? (1987), Y la vida continua (1991) y A través de los olivos (1994), brillan por la simpleza de sus argumentos. La primera relata la historia de Ahmed, un niño que busca desesperadamente entregar su cuaderno de deberes a su compañero de escritorio; la gran amistad cultivada por Ahmed y su compañero de aula, quien le presta sus apuntes de clase, aparece solamente insinuada.

Sin duda, Kiarostami es el director iraní con mayor proyección internacional con obras como A través de los Olivos (1994) y El sabor de las cerezas (1997), esta última Palma de Oro del Festival de Cannes. Y gracias a él conocemos el trabajo de otros de sus compatriotas, algunos de los cuales fueron colaboradores suyos, y de los que hablaremos en las próximas entregas.
Si eres de los que no se conforma con el cine comercial proyectado en centros comerciales (tan cómodos, pero tan fríos) y buscas otro cine, el de los casi-extintos cines alternativos o de arte y ensayo (tan incómodos, pero tan cálidos), síguenos… y sigue buscando la mirada de los niños en el cine.