sábado, 16 de julio de 2011

Cine y Pediatría (79). “Adiós, muchachos”, un canto a la amistad entre las paredes de un internado


Louis Malle dividió su carrera cinematográfica en tres etapas: una primera etapa francesa (El soplo al corazón, 1970; Lacombe Lucien, 1973), une etapa intermedia estadounidense (La pequeña, 1978; Atlantic City, 1980) y una etapa final nuevamente francesa (Adiós, muchachos, 1987; Milou en mayo, 1989; Herida, 1992; Vania en la calle 92, 1994).
Su consagración en el cine viene de la mano de una película que procede de un hecho real que vivió en su infancia y que le impresionó de tal manera que cambió su forma de ver el mundo. Y que determinó su vocación cinematográfica. Pero tuvieron que pasar 40 años y 16 películas, tras su nuevo regreso a Francia, para sentirse suficientemente maduro (en su calidad como guionista, director y productor) para hacer Adiós, muchachos. Y, aunque no fue su última película, fue consciente de que este film sería su verdadero legado a la memoria, familiar y colectiva. Compañero de generación de los realizadores de la Nouvelle Vague, con los que mantuvo numerosos rasgos en común y ciertas distancias, gracias a los recuerdos recuperados en Adiós, muchachos obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia y 7 premios César, una obra que permanece vigente y en la que la madurez confluye con la maestría acumulada con el tiempo. También fue candidata a Mejor película de habla no inglesa en los Oscar, pero ese año el premio recayó en la danesa El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987).

En el invierno de 1944, a finales de la ocupación alemana de Francia, Louis Malle tiene 11 años y estudia en un internado en Fontainebleau. En esos momentos, vive un imborrable hecho: la Gestapo detiene a tres alumnos por ser judíos y al sacerdote que les protegía. En Adiós, muchachos narra la historia de amistad y lealtad entre Julien Quentin (Gerard Manesse, alter ego de Malle), un niño de 12 años católico, y Jean Bonnet/Jean Kippeinstein (Raphael Fejtö), hijo de padres judíos, separado de la familia y oculto en el internado. Con precisión casi entomológica, la cámara atrapa la vida cotidiana de un colegio internado: las clases, los momentos de recreo, el comedor, los dormitorios, las bromas infantiles, su curiosidad por el sexo, las ceremonias religiosas, etc. La obra, sutil y compleja, propone diversas líneas de reflexión: el desarrollo de una relación de amistad entre dos adolescentes, el trauma de unos chicos judíos ocultos bajo una falsa identidad. Sin embargo, resulta especialmente sobrecogedor que la amistad que se nos narra en la película nunca existiera, que sea solamente una proyección de su director que se vale de la magia del cine para convertir en realidad una situación personal traumática. Ya en los comienzos de su carrera, el cineasta baraja la posibilidad de fabular y contarnos cómo hubiese sido esa amistad, pero no puede. La tarea le lleva más de 40 años, tal es el peso de los recuerdos y de la culpa. Malle recorre el camino inverso al de su amigo y compañero de generación François Truffaut quien sí fue capaz de trazar un certero retrato de su infancia en su conocida y celebrada opera prima Los cuatrocientos golpes (1959). Pese a todo, Adiós, muchachos se convierte en uno de los más bellos cantos a la amistad jamás rodados, narrado con ternura, honestidad y una sensibilidad a flor de piel.
La narración no contiene juicios de valor, no contiene ni elogios ni condenas. Son escenas destacadas del film la despedida de la madre en la estación de París, la lectura nocturna que los dos chicos hacen de una escena de amor, los juegos de guerra en el patio o las magníficas escenas finales (con la emotiva despedida que dio lugar al título de la película). También destaca ese momento gozoso compartido entre chicos, religiosos y profesores en la proyección de la película Charlot emigrante (Charles Chaplin, 1917). Tampoco parece fortuito que Louis Malle dedique esta película a sus tres hijos, y sea su propia voz la que se escuche al final del relato:: “Han pasado más de 40 años, pero hasta el día de mi muerte, yo recordaré cada segundo de esa mañana de enero”.

Un buen guión (que pone el acento en la descripción de la inocencia de la infancia y el valor de la amistad), un buena dirección (con un ritmo atenuado y equilibrado, que subraya la emotividad del relato en una progresión magistral) e interpretación (destaca la espontaneidad de los dos protagonistas, desconocidos actores debutantes que no prolongaron su fama; sólo Irene Jacob, la profesora de piano, siguió la estela del séptimo arte), se dan la mano con una adecuada fotografía (colores neutros y contrastes de tonos) y música (destacan lo solos de piano tomados del "Movimiento musical nº 2" de Schubert y del "Rondó caprichoso" de Saint-Saëns) para configurar la película que marcó el inicio de la consagración internacional de Louis Malle. Constituye una invitación a favor de la inocencia, tolerancia y amistad y una denuncia contra de la barbarie del racismo (otra más, como ya hemos comentado en entradas previas: La cinta blanca -Michael Haneke, 2009- o La llave de Sarah - Gilles Paquet-Brenner, 2010-). Al mismo tiempo se describe con añoranza la educación de los colegios religiosos internados de antaño (nada que ver con los tópicos anticlericales recurrentes en algunos cineastas, como en Las hermanas de la magdalena –Peter Mullan, 2002-, Los niños de San Judas - Aisling Walsh, 2003- o La mala educación –Pedro Almodovar, 2004-) y película nos muestra cómo se forma a los chicos en valores espirituales, científicos y humanos.

No sé si alguno de los que leen esta entrada han vivido la experiencia de estudiar en un internado en su infancia. Yo si la viví y, aunque no fueron tiempos de guerra, las imágenes de Adiós, muchachos provocan en mi un entrañable recuerdo por su gran parecido. Como le ocurrió a Louis Malle, también para mi fueron vivencias muy intensas y no fáciles, pero creo que supe leer entre líneas y marcaron positivamente mi vida. Mis años en el Colegio La Inmaculada de Armenteros (Salamanca) también se convirtió en un canto de amistad entre las paredes de un internado. Quizás hoy sea una buena excusa para dedicar a mis profesores (especialmente a Samuel, cura y uno de mis mejores amigos) mi sencillo homenaje por aquellos años de educación en valores. Quién me iba a decir que 30 años después recordaría en un blog aquellas tardes de cine que Samuel nos ponía en el salón de actos (y que sigue poniendo, sin faltar a la cita).