sábado, 4 de febrero de 2012

Cine y Pediatría (108). “Los descendientes”, esas personas tan importantes…



De la misma generación que Noah Baumbach, Wes Anderson o Jason Reitman, Alexander Payne se ha desvelado como el maestro de todos ellos y uno de los autores más reconocibles del cine indie americano, el único capaz de hacer de su estilo una garantía de equilibrio, con un esquema esencial en su filmografía: la casi imposible comunión entre la comedia y el drama, que invita al espectador a entender que una cosa no es posible sin la otra, como si nos estuviera descubriendo en cada película las contradicciones de la condición humana.

Sus películas están marcadas por un guión sólido y una dirección de actores sublime, fundamentado siempre en poner a sus personajes en lugares ambiguos, exasperantes, pero nunca caricaturescos. Así se demuestra el cine de Payne en cada una las 5 películas de su filmografía, en cuyo universo mental nos presenta a típicos antihéroes: la indigente Laura Dern en Citizen Ruth (1996), enfrentada a la difícil situación de un quinto embarazo mientras malvive bajo los efectos de la droga; el entusiasta profesor de instituto Matthew Broderick en Election (1999), con el trasfondo de su demoledora crítica frente al sistema político y valores; el jubilado viudo Jack Nicholson en A propósio de Schmidt (2002), quien inicia un viaje iniciático en busca de sus raíces; el frustrado escritor Paul Giamatti en Entre copas (2004), quien busca salida a su negativa experiencia sentimental mediante un corto viaje con un amigo a un valle vinícola; y, en estos momentos, a un perdido esposo y padre de familia George Clooney en Los descendientes (2011), quien debe retomar las riendas de su vida y cambiar el rumbo de su existencia.

Alexander Payne no es un estilista, pero su cine está lleno de pequeños estallidos visuales y tiene una gran agudeza. Y esto ocurre porque Payne es, básicamente, un escritor magnífico con una soberbia composición de personajes que no se rinde ante lo obvio. En su regreso a la gran pantalla, ha conseguido triunfar con Los descendientes: ya le avalan dos Globos de Oro (Mejor película dramática y Mejor actor dramático para George Clooney) y se perfila como una gran candidata en los próximos Oscar con 5 nominaciones. Payne y Cloone ya conocen el sabor de los Oscar: Payne ganó el Oscar a Mejor guión adaptado por Entre copas (y fue finalista en la misma categoría por Election); Clooney ganó el Oscar a Mejor actor secundario por Syriana (Stephen Gaghan, 2005) y fue candidato como actor en Michael Claypton (Tony Gilroy, 2007) y Up in the Air (Jason Reitman, 2009) y como director en Buenas noches, y buen suerte.
Pero el cine de Payen es como es (y esa es su virtud) y también ocurre en Los descendientes: para algunos una obra de una rotundidad y sofisticación admirable, aunque para otros demasiado ambigua o sencilla. Dentro del cine de narrativa convencional, podemos distinguir entre el cine de historias y el cine de personajes. Desde esa perspectiva, es evidente que Los descendientes se trata de una película de personajes; o, para ser más precisos, de un personaje: nuestro hombre es Matt King (George Clooney), quien vive en la paradisíaca isla de Hawái, junto a su esposa y sus dos hijas adolescentes, Alex (Shailene Woodley) y Scottie (Amara Miller). Sin embargo, sufre un golpe muy duro cuando su mujer queda en coma irreversible en un trágico accidente en el mar y, entonces, se ve forzado a ejercer de padre de sus dos hijas. Paternidad que descubre que no había realizado como debía al encontrarse que Alex es una rebotada adolescente enfadada con la vida y Scottie una niña malcriada. Pero también descubrirá los secretos tras su matrimonio, ya convenientemente destruido, y emprenderá un singular viaje para encontrar al amante de su esposa. Matt, triunfador en el trabajo y en los negocios, es consciente de que ha descuidado a su familia y tiene que dar un giro completo a su existencia, por lo que se embarca en una odisea emocional para poder así reconstruir su vida junto a sus hijas.

Basado en la novela de Kaui Hart Hemmings, "Los descendientes" narra la emotiva historia de superación de un hombre que busca rehacer su vida, sin saber bien hacia dónde va. Una historia contada por Payne con personajes antológicos, con especial consideración a Matt (un George Clooney cuya brillantez reside en la contención) y los tres niños: Scottie, Alex y Sid (Nick Krause), el novio de Alex, cuya presencia en la película merece un punto y aparte. En Los descendientes se exploran tres elementos esenciales: la reconciliación, el perdón y la muerte. Y con un trasfondo de aparente comedia apuesta por un giro de tuerca peligroso: Matt ha de buscar la redención personal, al mismo tiempo que ha de encontrar la forma de perdonar a su esposa.

Los descendientes habla de un amargo viaje interior: el de un padre que pelea por reconquistar el afecto de sus hijas; el de un marido enfrentado a la tragedia y al ingrato sabor de la mentira; y el de un terrateniente de cuyo criterio depende el futuro de uno de los últimos paraísos vírgenes de Hawai. Y, como en la vida misma, el proceso es un camino de espinas, entre trágico, patético y paródico. En esta vida hay muchas cosas que nos importan, pero la gran mayoría están muy lejos de ser imprescindibles. Pero lo que no parece valorarse lo suficiente en la sociedad actual es la importancia de nuestros seres más queridos, de nuestros “descendientes”, de nuestros hijos... Los (buenos/malos) principios, los (buenos/malos) valores, el tiempo palpable que les proporcionemos tiene un resultado a medio-largo plazo inevitable en ellos. Esta película complementa otras que abordan este tema desde otras perspectivas, pero con un mismo sentido: la paternidad responsable frente a la irresponsable, los lazos familiares inquebrantables o los valores que nuestros hijos reciban para reconstruir un mundo mejor. Mensajes rotundos que no debiéramos desoir.

Payne nos deja estos mensajes sutiles en secuencias brillantes, simples y de belleza insólita: cuando Matt acude al instituto de su hija Alex y la encuentra borracha; cuando Alex llora con rabia la muerte de su madre, buceando bajo el agua; cuando Matt reconoce su fracaso y le pide ayuda a Alex para educar a su hermana Scottie; la carrera de Matt a casa de sus amigos en busca de la verdad; todos los diálogos de Sid, ese adolescente que parece alelado y que logra caernos bien; la despedida/reproche de Matt a su esposa; y, por encima de todos, el plano final (cuando aparecen los créditos)… con el padre y las dos hijas sentados en el sillón viendo la televisión y arropados por una manta… Un plano que nos transmite que los “descendientes”, esas personas tan importantes, están de nuevo en corazón del padre y el padre en el corazón de sus hijas. O como, nuestro "Ulises" llegó, tras un largo viaje, a su Ítaca...

1 comentario:

Montse Carrasco Astals dijo...

Me ha gustado mucho cómo has contado las impresiones que te ha causado la película. Yo la vi a ayer y me causó muy buenas sensaciones. Aparentemente sencilla, con la sobriedad y la contención como bandera, se dirige a lo profundo e importante. Muy recomendable.