sábado, 7 de septiembre de 2013

Cine y Pediatría (191). “El nido” que guarda secretos del amor prohibido


Hay ojos de jóvenes actrices en el cine español que no se pueden olvidar y que ya son iconos de nuestro séptimo arte, como Sonsoles Araguren o Iciar Bollaín en El Sur (Victor Erice, 1983), Laura Vaquero en Alas de mariposa (Juanma Bajo Ulloa, 1991), María Valverde en La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003), Ivana Vaquero en El laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006), Nerea Camacho en Camino (Javier Fesser, 2008)…, pero sobre todo hay un nombre que nos ha regalado varias miradas para el recuerdo: Ana Torrent. Esta actriz madrileña debutó a los 7 años como Ana en la mítica El espíritu de la colmena (Victor Erice, 1975) y dos años después fue otra Ana en Cría cuervos (Carlos Saura, 1975), para llegar a la adolescente Goyita de El nido (Jaime de Armiñán, 1980).

Jaime de Armiñán, mano a mano con José Luis Borau, fue uno de los renovadores del cine español de la segunda mitad del siglo XX. De hecho, la historia de Jaime de Armiñán está indisolublemente unida a la de la España de los últimos cincuenta años. En sus comienzos profesionales trabajó como periodista, luego llegó a formar parte de la mejor historia de la televisión en España y, tras esa larga experiencia, se lanzó a la producción de largometrajes. Su primer gran éxito cinematográfico fue Mi querida señorita (1970), drama acerca de la transexualidad con un gran José Luis López Vázquez; su película El amor del capitán Brando (1974) le vincularon a la corriente que la crítica denominó “tercera vía” (por situarse entre la cinematografía elitista y la producción meramente comercial); y ese bagaje previo le hicieron llegar a nuestra película de hoy: El nido. 

El nido es una obra cautivadora, profunda y cargada de una escalofriante cotidianidad con una fotografía espectacular encuadrada en los hermosos paisajes y cielos castellanos: rodada en Salamanca (Salamanca, Bosque de la Honfría, San Martín del Castañar y Sequeros) y Segovia (Hoces del Duratón y Sepúlveda). Y en donde se nos presenta la peculiar relación entre un hombre que entra en la senectud y una adolescente que amanece a la vida.

Alejandro (Héctor Alterio), un antisocial director de orquesta, viudo, y que pasa su vida entre paseos a caballo, partidas de ajedrez con un tablero electrónico y discusiones filosóficas con su único amigo, el cura del pueblo (Luis Politti). Un día recibe un misterioso acertijo que rompe su rutinaria existencia y descubre que el emisor de estas adivinanzas es Goyita (Ana Torrent), una solitaria adolescente de 13 años, quien vive con una madre autoritaria (Amparo Baró) y un pusilánime padre, Guardia Civil destinado en el cuartel del pueblo (Ovidi Montllor). Alejandro se nos presenta como amante de la soledad, la música clásica, la ornitología y la buena mesa; Goyita como una niña inteligente, imaginativa y sensible. Entre ellos surge una amistad que llena soledades y se acerca a un amor sincero (y platónico), de tal modo que Goyita se convertirá en una persona imprescindible en la vida de Alejandro, como una especie de segunda oportunidad en la vida. Esta estrecha relación que se va forjando despertará las sospechas y habladurías de las personas del pueblo, especialmente las del sargento de la Guardia Civil (Agustín González) y de la profesora de la escuela (Patricia Adriani), quien siente una especie de celos por la derrota que ha sufrido a manos de su alumna.

Partiendo de una propuesta que, a primera vista, puede parecer turbia, Armiñán elabora una historia poética de gran ternura, llena de simbología y metáforas, y con la que consigue dibujar un hábitat de sentimientos y situaciones en el que fácilmente podemos encontrar puntos de encuentro con situaciones de la vida real. El nido nos cuenta una vieja historia, un argumento universal: el del amor prohibido. Y lo hace en la más clásica de sus variantes, la del hombre maduro y la adolescente casi niña. Y se nos presenta a dos personajes unidos en una relación que, desde el principio, sabemos destructiva. Para abordar un tema tan visitado, el cineasta se hizo fuerte en uno de los pilares de la creación dramática: la sensibilidad en la elaboración de personajes.

Y es por ello que la película trata con extraordinaria sensibilidad un tema tabú: la atracción obsesiva que padece un solitario viudo cincuentón hacia una niña de trece años excesivamente madura para su edad. Sin embargo esta relación lejos de tomar el rumbo de la típica historia de atracción sexual, tal como sucedía en películas como Lolita (Stanley Kubrick, 1962), El amante (Jean-Jacques Annaud, 1992) o American Beauty (Sam Mendes, 1999), recorre los caminos del amor platónico por lo que la trama opta por un tono lírico de la misma manera que la mítica Sibila (Serge Bourguignon, 1962), película con la que encuentro bastantes puntos de conexión.

Porque Goyita, es la "Lolita"  de Jaime de Armiñan, en un personaje digno de la novela de Nabokob, seduce con su mirada, cautiva con su sentido del humor y vivacidad, con su inteligencia natural y su autoritarismo. Y para ello se vale de las soberbias interpretaciones de todo el elenco actoral, especialmente la fascinante actuación del dúo Héctor Alterio y Ana. Y se fundamenta en un buen guión, la magistral fotografía de Teo Escamilla y la música clásica.

Porque hay películas en que la música clásica es un actor/actriz más... Quién no recuerda los siguientes: “Peer Gynt” de Edvard Grieg en El vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931), “Concierto nº 2 para piano” de Rachmaninoff en La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955), “Así habló Zarathustra” de Strauss en 2001, Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), “Sinfonía nº 5 en do menor” de Gustav Mahler en Muerte en Venecia (Luchino Visconti, 1971), “Aria de la suite nº 3” de J.S.Bach en El enigma de Kaspar Hauser (Werner Herzog, 1974), “Trío con piano nº 2” de Schubert en Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975), “Vals nº 3, Op. 15” de Chopin en El cazador (Michael Cimino, 1978), “Cavalleria rusticana” de Pietro Mascagni en Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980), “Carmina Burana” de Carl Orff y otras obras wagnerianas en Excalibur (John Boorman, 1981), “Canon en Re mayor” de Johann Pachelbel en Gente corriente (Robert Redford, 1980), “Adagio del Concierto para clarinete” de Mozart en Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), “Mazurka nº 4 Op. 17” de Frédéric Chopin en El imperio del sol (Steven Spielberg, 1987), “Concierto para violin nº 3” de Mozart en Balzak y la joven costurera china (Dai Sijie, 2002)… y un largo etcétera. Y también en El Nido y que nos regala el dúo de Adán y Eva de la Creación de Haydn.

Y con la belleza de la música clásica rememoramos el "nido" que guarda los secretos del amor prohibido.