sábado, 12 de octubre de 2013

Cine y Pediatría (196). "Las vírgenes suicidas", cuento de hadas sin final feliz


Sofía Coppola, como hija de Francis Ford Coppola, ha vivido una vida que ha transcurrido naturalmente ligada al cine. Probó la interpretación (de la que salió mal parada tras su papel en El padrino III, dirigida por su padre en 1990), pero luego decidió probar con la dirección. Aquí la fortuna le sonrió con una gran opera prima: Las Vírgenes suicidas (1999), basada en la novela homónima de uno de los más grandes escritores norteamericanos actuales, Jeffrey Eugenides: “The virgin suicides”, publicada en 1993. Después vendrían otras películas, algunas con éxito de crítica y taquilla (Lost in Translation, 2003; María Antonieta, 2006) y otras de menor éxito, pero no ajenas a cierto interés (como la recién estrenada The Bling Ring, comentada la semana pasada).

Pero hoy centraremos nuestras atención en Las vírgenes suicidas, este evocativo paseo por la memoria de estos adolescentes de mitad de los años 70 fascinados por la estimulante presencia de cinco rubias y guapas hermanas, recuerdo marcado por la mágica y trágica experiencia final.
A mediados de los años 70, en un barrio residencial de una ciudad americana vive en perfecta armonía la familia Lisbon. Las cinco hermosas hermanas, entre 12 y 17 años, son el secreto objeto de deseo de los chicos, que suspiran por ellas cada vez que ven sus rubias melenas al viento. Son Cecilia, Bonnie, Mary, Therese y Lux (genial Kirsten Dunst que se ganaría aquí las simpatías de Coppola para la posterior María Antonieta), quienes viven condicionadas por un ambiente represivo, que termina conduciendo a la pequeña Cecilia a un intento de suicidio. El psicólogo de Cecilia le recomienda a los padres (el señor Lisbon -James Woods-, profesor de matemáticas algo apocado y la señora Lisbon -Kathleen Turner-, ama de casa beata y fanática religiosa), mayor actividad social con chicos del sexo opuesto. En una de sus primeras escenas el doctor visita a Cecilia, después de su primer intento de suicidio, y le pregunta: “¿Qué haces aquí, guapa? Si todavía no tienes edad para saber lo mala que es la vida...”; entonces la respuesta de la niña no se hace esperar. “Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de 13 años”.
Finalmente Cecilia realizará un exitoso suicido. La familia siente la pérdida de la niña y, cuando por fin están volviendo a la normalidad, es tiempo del baile de graduación: allí todas las hermanas irán con sus parejas, pero Lux se atreve a tener relaciones sexuales con el galán de la escuela. Debido a esto, las cuatro chicas son encerradas permanentemente dentro de la casa como castigo. Las hermanas Lisbon comienzan a hablar con sus vecinos usando clave morse y les dejan notas en determinados lugares.

Es Las vírgenes suicidas una valiosa ópera prima en muchos aspectos: la sensacional banda sonora (compuesta por Air y complementada por temas importantes de la época, interpretados, entre otros, por Todd Rundgren, los Hollies o Gilbert O´Sullivan), la poética e hipnótica atmósfera que acompaña al recuerdo (y que recuerda, a veces, la fotografía de David Hamilton), la recreación de la época y la construcción de un cuento de hadas sobre recuerdos adolescentes protagonizado por un quinteto de ángeles encerrados en una represiva y protectora fortaleza, adorados por multitud de admiradores que sólo conseguirán retornar a su luminoso paraíso por medio del camino más sencillo: la senda de la muerte. Y en la que Sofia Coppola establece una percepción crítica sobre la importancia de la educación ambiental para el buen funcionamiento emocional y evolutivo del joven en el tránsito a la etapa madura de su vida, al dibujar esa cárcel psicológica en tonos pastel y llena de juguetes que simbolizan su sentencia, la imposibilidad de madurar libremente. Y donde el suicidio parece ser la única escapatoria a un estilo de vida impuesto por una sociedad hipócrita y ultraconservadora, protagonistas de ese sueño americano que así lo exige, aunque sea un imposible.
Por último, los chicos que las admiran quisieron ser sus príncipes y, ciegos en su propio deseo, no se percataron de la desesperación de unas chicas a las que, en realidad, nunca conocieron. Pero detrás de la fascinación por unas hermosas niñas convertidas en mitos, se esconden la frustración y desilusión con sus vidas actuales. No es perfecta esta película, pero es una pequeña joya de obligada visión que recuerda a Picnic at Hanging Rock (Peter Weir, 1975).

La historia es trágica pero no así su tratamiento, que la convierte en un postmoderno cuento de hadas con princesas atrapadas en torres, brujas, príncipes encantados, caballeros andantes y ningún final feliz. Y para ello, Sofia Coppola construye planos muy estudiados que conforman verdaderas composiciones artísticas de todos los estilos, desde renacentistas hasta contemporáneos. La película de Sofía Coppola habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta: porque todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior.

Podemos decir que Las vírgenes suicidas (la novela y la película), más allá de la alegoría de la sociedad estadounidense de todos los tiempos o más que la búsqueda (inútil por otra parte) de una explicación de la muerte, lo que la vuelve inquietante es la atmósfera llena de gases venenosos, represión y claustrofobia que nos hace ubicar, de manera bastante aproximada, las tragedias del alma. Por otro lado, hay que tener en cuenta que la película indaga en el lado más oscuro de la familia americana convencional, lo que parece haberse puesto de moda en el nuevo cine norteamericano con películas como American Beauty (Sam Mendes, 1999) o Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999).

Y quedan algunas frases en la mente de aquéllos adolescentes, y que aún las recuerdan: “Empezamos a enterarnos de su vida llegando a recordar cosas que no habíamos vivido. Supimos lo que era ser una chica y cómo el serlo te hacía soñar y saber qué colores combinaban bien. Supimos que las chicas eran mujeres disfrazadas que entendían el amor e incluso la muerte y que nuestro trabajo era hacer el ruido que las fascinaba. Lo sabían todo sobre nosotros y nosotros nada sobre ellas...”