sábado, 20 de junio de 2015

Cine y Pediatría (284): Abuelo, nietos, “Nuestro último verano en Escocia” y las feel good movies


Mañana comienza oficialmente el verano 2015. Ya hace cinco años, en los inicios de Cine y Pediatría, elaboramos una entrada de películas con sabor a verano. Muchas historias de la gran pantalla en esta estación, pero cuatro de ellas con especial sabor a infancia y adolescencia: Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971), Verano en Louisiana (Robert Mulligan, 1991), Verano de corrupción (Bryan Singer, 1998) y El verano de Kikujiro (Takeshi Kitano, 1999). 
Y a esas hoy sumamos una más, una pequeña obra que está resultando una pequeña revolución en su país (y fuera de él): Nuestro último verano en Escocia (Andy Hamilton y Guy Jenkin, 2014), que es su opera prima en el largometraje para el primero, si bien el segundo ya dirigió en 2003 El lenguaje de los sueños. Y es así como estos veteranos guionistas y realizadores televisivos nos regalan esta comedia familiar, comedia con sabor añejo y que nos traslada, de alguna forma, a las comedias que la productora británica Ealing fabricó desde el final de la II Guerra Mundial hasta mediados de los años 50 y que se caracterizaban por una saludable mezcla de cine popular y reflexión sobre su sociedad que, partiendo de unas situaciones insólitas y de un humor entre la amabilidad y la blancura, podían llegar a poseer aguijonazos de una atroz negrura. 

Con un papel esencial para los niños y un trabajo sensacional en la dirección de sus interpretaciones, Hamilton y Jenkin aplican su experiencia en el manejo del tempo de la comedia, tanto en la réplica y en la contrarréplica como en su montaje y puesta en escena. Las “feel good movie” o películas de buen rollo no suelen tener muy buena prensa (y más si llevan niños incorporados entre los protagonistas), aún cuando por lo general, consiguen llevar a su terreno a numerosos espectadores. Se les critica su tendencia calculado manejo de emociones, algo que ya un grande como Frank Capra dominaba a la perfección. Algo así es Nuestro último verano en Escocia, si bien, la realidad es que en un mundo cada vez más obsesionado por ser feliz, este cine de naturaleza optimista viene a ser como una cura para el alma, un alivio para nuestros a veces maltrechos corazones. Por algo recibió esta película el Premio del Público en la Seminci de Valladolid, y que tiene en su dirección de actores una de sus mayores fortalezas (y, más concretamente, la dirección de los actores infantiles). 

Nuestro último verano en Escocia nos muestra a una familia a punto de desintegrarse, pero aparentemente unida en torno al abuelo paterno, un anciano aquejado de una grave enfermedad que afronta su próxima muerte. El matrimonio en vías de separación, Doug (David Tennant) y Abi (Rosamund Pike), y sus tres excéntricos y casi encantadores hijos acuden a esa reunión familiar en casa de Gordie, el abuelo paterno (Billy Connolly), a quien deciden no decirle nada de dicha separación, de ahí que la hija mayor diga a sus padres “Necesito una lista de las mentiras que contaremos. Una lista nos irá muy bien”
Porque son tres hijos peculiares, cada uno con rol: Lottie, la hija mayor de 10 años, quien no soporta la mentira y lo apunta todo en su diario, especialmente las contradicciones de sus padres; Mickey, el hijo mediano de 6 años, un pequeño friqui de la cultura vikinga y que tiene en Odin su héroe mitológico; y Jess, la hija pequeña, de 4 años, una resalada niña que tiene como amigos a Eric y Norman (dos piedras con las que viaja) y que se provoca episodios de espasmos del sollozo pálidos cuando algo no le gusta. 
Y así, las que parecían ser una vacaciones para unir a la familia en el 75 cumpleaños del abuelo enfermo, sufre un peculiar giro tras una acción de los niños (en ocasiones más lúcidos que los adultos) y que hará que dejen de lado esas diferencias y se centren en luchar por lo que es realmente importante en sus vidas. Porque lo más llamativo del relato, aparte de comprobar la precocidad de los pequeños, que pueden pecar de una cierta excentricidad, es la sintonía perfecta que se establece entre abuelo y nietos, hasta el punto de que solo con ellos el anciano se encuentra a gusto en base a la sinceridad y a la ausencia de hipocresía que revelan. Abundan las frases para recordar del abuelo hacia sus nietos: 
“Me encuentro muy cabreado con esto de que voy a morirme” 
“Necesito vivir más y pensar menos” 
“Con el tiempo todos descubrimos lo que somos. Y el mundo tiene que aceptarlo”
“No deberíamos juzgar a nadie. Porque al final, nada de esas cosas importan” 
O las frases de los nietos: 
“Siento que haya muerto el abuelo. Me gustaba tener a alguien con quien hablar” 
“La próxima vez que alguien se muera en la playa se lo diré a un adulto y no le prenderé fuego”
“Estaré encantado de volver al colegio y escribir sobre lo que hice en mis vacaciones” 
“He tirado la libreta, no la necesito más” 

Porque el verdadero sentido de esta película es conocer (y reconocer) el gran valor de la relación entre abuelos y nietos, una relación siempre salvadora, en especial cuando (como en esta historia) la relación entre los padres se tambalea. Y, aunque en tono de comedia, surgen claramente algunas preguntas en esa figura de los periodistas: “¿Siente que ha fracasado como padre?, ¿describiría su matrimonio como disfuncional?”. Y esa reflexión final de los padres: “Si de algo sirve la muerte es para darnos una patada en el culo y decirnos: ama a los que te rodean”

La fórmula del éxito se fundamenta en las interpretaciones (en especial sus actores más jóvenes), la fotografía de Escocia de Martin Hawkins acompañada de breves atisbos musicales de Waterboys, notas celtas que siempre parecen estar gritando libertad. Todo ello mitiga este trasfondo de “cuento infantil” con mensaje mitológico de trasfondo, incluido el funeral vikingo y las apariciones ocasionales de avestruces (que tiene el significado espiritual de espíritu guardián). 

Porque Nuestro último verano en Escocia, pese a ser una “feel good movie” nos regala un gran valor: el espíritu guardián de un abuelo para un nieto. Un buen mensaje para comenzar este verano del 2015. Porque una sociedad que no respecta a sus abuelos, no respeta ni su dignidad ni su memoria.