sábado, 8 de agosto de 2015

Cine y Pediatría (291). “Color de piel: miel”, apto para adopción


"Me llamo Jung. Nací aquí, en algún lugar de Corea. Me fui del país a los cinco años. Ahora tengo casi 44 y regreso por primera vez. Esta es mi historia. La de un niño que abandona su país porque escribieron en un formulario: Apto para la adopción. Color de la piel: miel”.
Con esta voz en off, y mezclando imágenes reales con dibujos animados, comienza esta peculiar película belga, Color de piel: miel (Laurent Boileau, Jung Henin, 2012), una auténtica joya, ejemplo de animación singular que entusiasmará a quienes disfrutaron de la película japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988), la francesa Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007), de la israelí Vals con Bashir (Ari Folman, 2008) o de la española Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011).

Cinta híbrida sobre la adopción y el mestizaje, un retrato poético y atractivo de un joven coreano adoptado que trata de reconciliarse con sus orígenes. La guerra que asoló Corea a lo largo de los años 50 motivó el abandono indiscriminado de niños, los que tuvieron suerte acabaron en un orfanato. Además, la mayoría de estos niños se supone que eran el resultado de uniones entre coreanas y soldados occidentales, por lo que esas madres, a menudo marginadas por la sociedad, se vieron forzadas a dar a sus hijos en adopción y así nos lo relata nuestro pequeño protagonista: “Tras acabar la Guerra de Corea se abandonaban a los niños a causa de la pobreza y también por motivos raciales. Muchos niños eran hijos de soldados americanos o europeos. Y a los coreanos no le gustan los hijos ilegítimos. Cuando nací el hombre tomaba las decisiones en la familia. Una mujer divorciada no tenía derechos. Tener un hijo fuera del matrimonio era una vergüenza. La madre soltera no tenía dinero y solo le quedaba una opción: el abandono”. 
Y por ello, en los años 60, miles de niños coreanos fueron entregados en adopción a otros países, momento en que entre las familias burguesas occidentales se consideraba muy chic adoptar a un niño asiático. Y reconocemos esa historia tras la voz en off de un documental real en blanco y negro al inicio de la película y nuevos mensajes que nos orientan a la verdadera trama: “Desde los años 50, se han adoptado 200.000 coreanos en todo el mundo, Yo acabé en Bélgica…”.

El narrador, al que encontraron vagando solo por las calles cuando tan solo tenía 5 años, es enviado a un orfanato. Primero, la fundación Holt le envía a Estados Unidos y, más tarde, es adoptado por una familia belga. Tras la curiosa y efectiva mezcla de imágenes reales tomadas con cámara en mano y las imágenes de animación, nos adentramos en la nueva familia belga de Jung, con otros cuatro hijos y sus reflexiones iniciales de niño: “Nunca había tenido tantos juguetes. Cada día comía todo lo que quería. Empecé a olvidar la calle, el orfanato. Tenía una segunda vida, una segunda oportunidad.”

Color de piel: miel es un híbrido muy particular. Se presenta como un documental autobiográfico animado, adaptación de la novela gráfica del mismo nombre firmada por Jung Henin, que participa a su vez en labores de dirección junto al francés Laurent Boileau. Retrata la infancia del propio director, estructurada alrededor de los recuerdos del protagonista tras un reciente viaje a su país natal, combina diversas técnicas de animación (dos y tres dimensiones) e imagen real, incluyendo viejos vídeos caseros en Super 8 o fragmentos actuales en 35 mm. Todo esta mezcla  para retratar en apenas 80 minutos el sentimiento de desarraigo y pérdida de referentes de un niño adoptado con respecto a su país de origen, así como la integración y búsqueda de identidad en un entorno desconocido.

Porque el pequeño Jung esconde sus orígenes coreanos en lo más profundo de su ser para adaptarse mejor a su nueva vida. La relación de Jung con sus padres y hermanos es a veces turbulenta, pero se basa en el amor, aunque siempre aparecen los típicos conflictos familiares. A las puertas de la adolescencia, Jung y su familia reciben a un nuevo miembro, la pequeña Valérie, una huérfana coreana a la que cambian el nombre para que parezca más belga. Para Jung supone un gran impacto y comienza a replantearse su propia identidad. Desorientado, intenta inventar otros orígenes y comienza a sumergirse en la cultura japonesa. Rechaza tanto sus orígenes coreanos como a su familia. Un grito de socorro hará que Jung y su madre (miembro de la familia del que más se había distanciado) se reconcilien.

Una película en la que no solo se trata la adopción y el mestizaje, sino también son tratados temas básicos que caracterizan la infancia como la amistad, el aprendizaje y la necesidad de sentirse parte de un grupo, acentuada en este caso por las diferencias raciales en la familia, que favorecen la sensación de soledad y aislamiento de Jung, o las complicaciones propias de la adolescencia, el despertar sexual y la oposición.

Se puede catalogar a Color de piel: miel como un sugestivo experimento narrativo, con la adopción entre países como leitmotiv y que nos deja francas reflexiones que van más allá del cómic. Reflexiones que todo adolescente y joven adoptado en estas circunstancias puede llegar a pensar, al igual que nuestro protagonista Jun Jung-Sik, nombre que significa en coreano “planta recta”: “No conocer a tus padres biológicos tiene una ventaja. Pueden ser como tú quieras. Seguramente eras madre soltera. Seguro que me quisiste con toda tu alma hasta que ya no pudiste ocuparte de mí. Nunca te he culpado por abandonarme. Siempre que pensaba en ti, pensaba que estabas a mi lado. Parecías tan cerca y a la vez tan lejos. No pensaba nunca en mi padre”.

Y con este pensamiento final, colofón a una gran película, es la reconciliación de Jung con la realidad y consigo mismo: “Los bocetos que hacía sin pensar no mentían. Me abrían la puerta a mis orígenes… Me he pasado la vida imaginando a mi madre biológica. El dibujo me ha permitido crearnos una historia nueva, vivir un amor imaginario. Pero también era una válvula de escape, una manera de llenar el vacío y de evitar hacerme mayor. Al ir a mi país de origen me enfrenté con la realidad. Uno no quiere una madre imaginaria. Solo puede soñar con ella. Yo ya tengo una madre. Y es real. Cuando me mira, sus ojos no engañan. Son los ojos de una madre que mira a su hijo. Por tanto, mamá, si te preguntan de dónde soy, di que soy de aquí y de todas partes. Tengo una parte occidental y otra oriental. Soy tan europeo como asiático. No soy ni blanco ni negro. Tengo la piel del color de la miel”.