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sábado, 21 de diciembre de 2024

Cine y Pediatría (780) “Mi vecino Totoro” y nuestro amigo Hayao Miyazaki

 

Studio Ghibli es una de los estudios de animación más prestigiosos del mundo, reconocido por su capacidad para contar historias conmovedoras y visualmente impactantes. Fundado en 1985 por Hayao Miyazaki e Isao Takahata, el estudio ha producido algunas de las películas animadas más icónicas y queridas de todos los tiempos. Este estudio nació después del éxito de Nausicaä del Valle del Viento (Hayao Miyazaki, 1984), una película que versa sobre la lucha por la supervivencia en un mundo postapocalíptico, con una protagonista fuerte y compasiva. Y, aunque técnicamente no es una producción de Ghibli, esta película marcó el tono y los valores del estudio. 

El nombre "Ghibli" proviene de un modelo de avión italiano y significa "viento caliente del desierto". La elección simboliza el deseo del estudio de ser un soplo de aire fresco en la industria del cine animado. Y bien que lo logró, pues ha acabado convirtiéndose en un referente tanto artístico como cultural, con unas características bien definidas: narrativas profundas (aunque orientadas hacia el público infantil, sus temas y personajes son universales, explorando cuestiones como el amor, la pérdida, la guerra, el medio ambiente y la identidad personal), animación artesanal y preciosista (donde los fondos, pintados a mano, son detallados y creíbles y su belleza trasciende la animación convencional), con protagonistas principalmente femeninas (y que son niñas y jóvenes de gran complejidad), mundos fantásticos, gran respeto por la naturaleza y la ecología, valores éticos y de humanización, y una fuerte influencia cultural profundamente enraizadas en la cultura japonesa. 

El principal cineasta y rostro reconocible de Studio Ghibli es Hayao Miyazaki, uno de los cineastas más importantes y reconocidos en la historia de la animación y el cine japonés en general. Pero cabe no olvida a otros como son: Isao Takahata, cofundador y autor de películas como La tumba de las luciérnagas (1988), Mis vecinos los Yamada (1999) o El cuento de la princesa Kaguya (2013); Yoshifumi Kondō, que fue considerado el sucesor de Miyazaki, aunque falleció prematuramente, y nos dejó obras como Susurros del corazón (1995); o Gorō Miyazaki, hijo de Hayao, quien ha dirigido películas como Cuentos de Terramar (2006) y La colina de las amapolas (2011). 

Dos películas de Studios Ghibli ya han formado parte de Cine y Pediatría: La tumba de las luciérnagas (Hayao Miyazaki, 1988), una de las mejores películas antibelicistas de todos los tiempos, y que nos habla de la niñez rota, de la violación de la inocencia, de la crueldad humana, del desinterés y el egoísmo en tiempos de guerra; y El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), un poema intimista a través de la odisea física y espiritual de esa niña de 10 años atrapada en un mundo mágico y ancestral, y que quizás sea el mayor éxito de su director, ganadora del Óscar a mejor película animada. Pero hoy, vísperas de Navidad, vale la pena revisar la filmografía de este gran director y de la película que se convirtió en el símbolo de Studio Ghibli: Mi vecino Totoro (1988).  

La filmografía de Hayao Miyazaki comienza en 1971 con Lupin, una serie de animación para la televisión que adaptaba el cómic de Monkey Punch. Y tras otras obras, llega el éxito de Nausicaä del Valle del Viento (1984), el prolegómeno de Stduiso Ghibli que sí comienza ya con El castillo en el cielo (1986), con la joven Sheeta como protagonista de esta aventura espacial, y continúa como Mi Vecino Totoro (1988), un clásico icónico que merece una revisión. Continúa con Porco Rosso (1992), un valiente cerdo aviador, y La Princesa Mononoke (1997), quizás la obra que tiene un tono más oscuro y complejo, donde aborda temas de industrialización y ecología. A continuación estrena la citada El viaje de Chihiro (2001), quizás su obra más reconocida (imbatida durante dos décadas como la película más taquillera en Japón). Y después de un buen número de cortometrajes llega El castillo ambulante (2004), inspirada en la novela de Diana Wynne Jones y que narra la historia de Sophie, una joven sobre la que pesa una horrible maldición que le confiere el aspecto de una anciana, y Ponyo en el acantilado (2008), una reinterpretación de La Sirenita, con un estilo más orientado a los niños, que celebra la inocencia y la conexión con el mar. Continúa con un buen número de corto y mediometrajes, entre los que cuelan sus últimos largometrajes: El viento se levanta (2013), su obra más personal, aborda la vida del diseñador de aviones Jiro Horikoshi, entrelazando su pasión por la aviación con el contexto histórico del Japón prebélico; y El chico y la garza (2023), lo que supuso su regreso tras un supuesto retiro, aquí con un chico protagonista (no una chica) donde se explora la vida y la muerte con una narrativa introspectiva y surrealista. 

Y con ello, Miyazaki se ha convertido en un ejemplo de cómo el cine puede ser un vehículo de cambio cultural y reflexión personal, porque sus películas van más allá del entretenimiento e invitan a los espectadores a cuestionarse sobre su relación con el mundo. Y con ello no solo elevó la animación japonesa a nivel mundial, sino que también demostró que este medio de la animación puede abordar temas profundos y emocionales. Su influencia trasciende generaciones y ha sido reconocido por artistas como Guillermo del Toro, Wes Anderson y John Lasseter. Y para explorar ese simbolismo e impacto cultural, vale la pena revisar una de sus obras más queridas y una de las piedras angulares del cine japonés: Mi vecino Totoro. 

Mi vecino Totoro tiene como protagonista a dos hermanas, Satsuki y Mei, quienes se mudan en la década de los 50 con su padre a una casa en el campo para estar cerca de su madre hospitalizada. En este entorno rural, las niñas descubren un mundo mágico habitado por criaturas espirituales, incluida la encantadora y enigmática figura de Totoro. A través de sus encuentros con Totoro y otros espíritus del bosque, la película celebra la inocencia infantil, la conexión con la naturaleza y la capacidad de encontrar esperanza en momentos difíciles. 

El punto de partida de Mi vecino Totoro es bastante similar al de El viaje de Chihiro, pues en ambos hay un cambio drástico en la vida de los personajes infantiles: aquí una mudanza, más compleja si cabe porque se hace con la ausencia de la madre. Los personajes principales son esas dos hermanas (que representan dos perspectivas de la infancia: Satsuki, la hermana mayor, es responsable y protectora, mientras que Mei, la menor, es curiosa y traviesa) y sus padres (el padre que cuida de ellas, con cariño y responsabilidad, mientras la madre enferma sigue hospitalizada). Y a partir de aquí aparecen las criaturas fantásticas, que cabe plantear si son reales o producto de su imaginación que le sirven para afrontar situaciones difíciles que no son capaces de procesar con su corta edad. Y conocemos a Totoro, ese espíritu del bosque que simboliza la conexión entre los humanos y la naturaleza, quien pese a no hablar, su diseño cálido y expresivo lo convierte en un emblema universal de bondad y misterio; y también está el Gatobús, que funciona como medio de transporte mágico, combinando elementos del folklore japonés y la creatividad característica de Miyazaki. Y otro protagonista más: la propia naturaleza de ese entorno rural dentro de la cosmovisión japonesa sobre la naturaleza como algo sagrado, en donde Totoro representa el espíritu protector de este ecosistema (de hecho está inspirado en los kami del Shinto, deidades o espíritus que residen en los elementos naturales, y cuyo diseño es una mezcla de varios animales: un búho, un gato y un mapache japonés). 

Una historia que esconde el drama detrás de las sonrisas y vista desde la perspectiva de las niñas, lo que refuerza la importancia de la imaginación para enfrentar situaciones difíciles, como la enfermedad de un ser querido. Y donde aflora el tema de la familia y la resiliencia, o cómo las relaciones familiares proporcionan consuelo y fuerza, incluso en tiempos de incertidumbre. Y ello bajo la banda musical de Joe Hisaishi, que perfilan bien el tono alegre y melancólico de la historia. Y en donde nos quedan algunas sabias reflexiones de sus protagonistas como "Si eres amable con los espíritus del bosque, ellos serán amables contigo" o "La naturaleza está llena de cosas mágicas, si aprendes a mirar". Y el mensaje de su canción final: "Vamos a caminar, juntos con alegría. Descubriendo todo lo mágico en el camino". 

Mi vecino Totoo es un icono de Studio Ghibli. Y tal es así que Totoro es el símbolo oficial del estudio y una de las figuras más reconocidas del cine animado. Una película con un mensaje atemporal y que ha hecho que la película sea querida por personas de todas las edades. Y que Totoro se haya convertido en un fenómeno global, carne de merchandising, cuya influencia ha trascendido al cine y ha inspirado a generaciones de creadores, así como también al activismo medioambiental. 

Así pues, Mi vecino Totoro es más que una película infantil; es una celebración de la imaginación, la naturaleza y los lazos humanos. Una obra maestra del cine animado que bien vale ver en familia, muy apropiada para estas fechas de Navidad. Y de paso poder conocer a Hayao Miyazaki, el mayor representante de Studio Ghibli, allí donde sus películas de animación nos invitan a reflexionar sobre la humanidad, la naturaleza y la imaginación.  Porque la animación de Miyazaki se fundamenta en dos grandes cuestiones: ¿qué es la vida? y ¿qué es un ser humano? (y donde nos acompaña a reconocer que el ser humano es una parte de la naturaleza)

Quien quiera profundizar en este director, recomendable la película documental francesa Miyazaki: el rey del anime (Léo Favier, 2024), un documental estrenado en la última edición del festival de Venecia que nos presenta a Hayao Miyazaki, quien lleva más de medio siglo transportándonos a universos únicos con sus películas. También ahora en Navidad… Porque si buscas arte que toque el alma, Ghibli siempre será una elección infalible.

 

sábado, 19 de marzo de 2022

Cine y Pediatría (636) “El viaje de Chihiro”, poema animado desde la infancia

 

Studio Ghibli es un estudio japonés de animación, considerado como uno de los mejores del mundo en la actualidad. Fundado en 1985 por los directores Hayao Miyazaki e Isao Takahata y el productor Toshio Suzuki, tiene en su haber que seis de las películas de este estudio se encuentran entre las 10 películas de anime más taquilleras realizadas en Japón, siendo El Viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) su santo y seña. Si algo siempre ha caracterizado a este estudio, es que sus producciones son películas animadas exquisitas y orientadas principalmente para adultos, pues muchas veces contienen una carga dramática que algunos pequeños no pueden soportar. Y cabe recordar una obra de animación ya comentada en Cine y Pediatría, como es La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988). 

En 2001, Studio Ghibli no pasaba por su mejor momento, porque el estreno de Mis Vecinos los Yamada (Isao Takahata, 1999) había sido un fracaso en taquilla y La Princesa Mononoke (Hayao Miyazaki, 1997) les había dejado exhaustos por el esfuerzo requerido. En el contexto de este momento difícil se gesta El viaje de Chihiro, un poema intimista a través de la odisea física y espiritual de una niña atrapada en un mundo mágico y ancestral, que nos devuelve sentimiento y una buena dosis de implicación social y existencialista. Porque esta especial película es un enorme fresco sobre el imaginario tradicional japonés en el que coexisten kamis (deidades del sintoísmo) y yōkai (criaturas entre demonios y espíritus de naturaleza cambiante y mágica) de todo tipo. 

Cabe tener en cuenta que de los 22 largometrajes con los que cuenta el Studio Ghibli, 15 están protagonizados por mujeres, generalmente heroínas. Y ahora también, pero aquí Chihiro es una niña normal de 11 años, adorable con sus pantalones cortos, camiseta de rugby y cola de caballo. Y comienza la historia en ese viaje en coche con sus padres con destino a su nuevo hogar. En un frondoso bosque con una sinuosa carretera se encuentran con un oscuro túnel que desemboca en un parque temático abandonado, pero con un puesto con comida servida. Y mientras los padres se ponen morados a comer, Chihiro se da una vuelta por el lugar y encuentra a un niño llamado Haku que le dice que tiene que esconderse porque está oscureciendo… Y aquí comienza su aventura, mientras confirma que sus padres se han convertido en cerdos. 

Y a partir de aquí El viaje de Chihiro es una travesía que nos lleva por raíces mitológicas niponas para enfrentarnos a dilemas sin edad ni género. No es el arquetipo narrativo clásico del viaje iniciático, y tampoco pretende ser un cuento moralista. Y eso la engrandece. Porque, con la noche, el lugar se llena de sombras, y Chihiro cree estar soñando. Y un barco llega por el río, mientras ella se nota transparente: “Si no comes algo de este mundo, desaparecerás”, le dice el niño Haku. Y se enfrenta a mundo nuevo y extraño, con personajes peculiares: Kamaji, el hombre de los seis brazos y sus arañas esféricas de esclavos; las abuelas gemelas tan diferentes, Yubaba, la de mal carácter y sus tres cabezas de esbirros, y Zeniba; Kaonashi, esa sombra con máscara; el Dios pestilente y el Bebé gigante, y tantos otros. 

Chihiro ve a Kamaji encendiendo las calderas de este particular balneario y éste le aconseja: “Si vas a hacer algo, acábalo”. Y después sube en el ascensor a los diferentes cielos del lugar (donde habitan los dioses de primera y segunda clase), buscando trabajo. Y para ello firma un contrato con Yubaba, quien ahora le dice a la niña que se llamará Sen. Y el niño Haku le previene: “Yubaba gobierna a los demás robando sus nombres…Si te roba el nombre, no sabrás volver a casa. Yo no logro recordar el mío”. Y continúan las aventuras, hasta que Haku y Chihiro logran recordar su nombre y pueden regresar a casa con ese billete de tren hacia la parada del Fondo del Pantano. Y también recupera a sus padres con los que vuelve a atravesar el túnel del inicio. Y resuenan las palabras de Zeniba: “Nada de lo que ocurre se olvida jamás, aunque no se pueda recordar”. 

Una historia muy entretenida, porque no sabes lo que va a venir después en estas más de dos horas de metraje, para un mundo de ensueño en clave japonesa, todo lleno de color. Y detrás de esta extraña aventura (desconcertante en ocasiones) se nos refleja que, mientras caminamos por esto que llamamos vida, solemos intentar recordar qué hechos nos han cambiado y nos han convertido en lo que somos. Y, en definitiva, es lo que intenta hacer la protagonista de El viaje de Chihiro: recordar su nombre, a sus padres, el mundo al que pertenece y luchar contra el olvido de un mundo más allá del nuestro. Porque esta niña tiene que aprender a vivir en un mundo adulto en el que nadie va a tener miramientos con ella por tener la edad que tiene, en un mundo en el que tiene que luchar por lo que crees y por lo que amas, y donde su fe en la bondad de los demás llevará a que ninguno de los personajes que conozcan a Chihiro, volverán a ser los mismos después de haberlo hecho. Un viaje del miedo, la oscuridad y la preocupación de no saber si va a volver todo a la normalidad, hacia la valentía, la amistad y el trabajo bien hecho. Y por ese posible mensaje y sus hechuras es por lo que El viaje de Chihiro es recordada como la primera gran película de animación del siglo XXI. 

Como es habitual en Hayao Miyazaki, ninguna escena es gratuita y ningún diálogo es banal, porque cada historia forma parte de un todo que solo es visible en los últimos minutos de la película. No es un film animado fácil de ver y que cabe disfrutar concentrado con todos los sentidos. Como es sello de la casa de Studio Ghibli, los paisajes pictóricos muestran un nivel de detalle increíble, especialmente en los efectos de luz y reflexión, con una sorprendente sensación de profundidad sin necesidad de recurrir al 3D. 

Y así es como El viaje de Chihiro se ha convertido en poema animado desde la infancia y que vale la pena que vean los adultos (por ello puede ser un buen regalo para un Día del Padre como hoy). Y que nos dibuja varios temas, como la soledad y la pérdida, la avaricia y la codicia, la sombra de lo que somos y lo que fuimos. Un regalo más de Hayao Miyazaki que se ha convertido en un icono para el cine animado de todo el mundo y donde cabe no olvidar la banda sonora compuesta por Joe Hisaishi e interpretada por la filarmónica New Japan, lo que le da un feliz contrapunto. Como anécdota cabe recordar que es la película más taquillera de la historia en Japón y la que más dinero ha recaudado en el extranjero cuando se proyectó. Fue multipremiada, incluyendo el Óscar a la mejor película de animación.

 

sábado, 29 de julio de 2017

Cine y Pediatría (394). "La vida de Calabacín" reconstruye la infancia maltratada


El año pasado el Oscar a la Mejor película de animación fue para una cinta maravillosa para todos los públicos, pero especialmente para adultos, una película sobre la mente y las emociones que todos recordamos bien: Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), Y en la última edición, cinco películas competían por este galardón, las estadounidenses Valana, Kubo y la cuerda mágica y Zootrópolis, la francesa (en coproducción con Bélgica y Japón) La tortuga roja y la suiza (en coproducción con Francia) La vida de Calabacín. Pues bien, el galardón lo obtuvo Zootrópolis, pero la emoción lo puso La vida de Calabacín, la obra en stop motion que hoy nos convoca. 

La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016) es una historia dura que tiene a la infancia como protagonista, relatando una realidad más común de la que fuera deseable. Calabacín es el extraño apodo de Simon, un niño de 9 años que, después de la repentina muerte de su madre alcohólica, se hace amigo de un policía llamado Raymond, quien le acompaña a su nuevo hogar, un hogar de acogida donde viven otros niños de su edad, niños y niñas huérfanos, cada uno de ellos con duras historias en la mochila. Calabacín lucha por adaptarse a ese nuevo hogar que siente en principio extraño y hostil, pues es un orfanato que recoge un crisol de abusos sobre la infancia y que en la película se nos presenta como un lugar de reconstrucción vital. Un lugar donde Calabacín tendrá un grupo de amigos en los que confiar, en el que se enamorará y que le servirá de paño de lágrimas para borrar las huellas de un pasado terrible. Un mensaje directo y profundo, con bellas imágenes animadas y que se nos devuelve como un bofetada de emociones, un puñetazo a eso que se viene en llamar como la sociedad de bienestar, ajena a todo tipo de abusos. 

La producción suiza del realizador Claude Barras es una película agridulce que evoca los trazos de un dibujo infantil, cuyos personajes se identifican con los ojos grandes y muy abiertos, para ver con asombro un mundo hostil y, a la vez, crear emoción y empatía. Y lo hace a través de algo que Barras conoce bien, como es el corto (y este su primer largo dura solo 66 minutos) y la técnica del stop motion, donde los muñecos se animan fotograma a fotograma, muñecos de látex en este caso y que dan la sensación de movimiento al reproducirse a 24 tomas por segundo, con oficio y paciencia para dotar de fluidez y expresividad a los personajes. La imaginación (y el corazón) del espectador hace el resto. 

La vida de Calabacín es una historia de niños maltratados dirigida a todo el mundo, adaptación de la novela de Gilles Paris, "Autobiographie d’une courgette", publicada en el 2001 y que ahora cuenta en el guión de Céline Sciamma, la joven directora francesa que no entiende de géneros y gran especialista de los insondables misterios de la infancia, tal como lo ha demostrado en su trilogía Lirios de agua (2007), Tomboy (2011) y Girlhood (2014). 

La vida de Calabacín nos hace reír y llorar a partes iguales, donde cada menor del orfanato encarna una herida diferente. Simon/Calabacín se conoce al dedillo los historiales de todos. Alice, con su rostro semioculto por el flequillo, tiende a sufrir movimientos compulsivos, pues sabe que su padre le hacía cosas malas, pero no cuáles exactamente. Jujube siempre necesita una tirita porque le duele la cabeza; mientras, su progenitora recibe tratamiento psiquiátrico. Bea está desamparada por una decisión política, ya que su madre fue expulsada del país y retornada a África. Ahmed se hace pis en la cama desde que su padre está en la cárcel, cárcel a la que llegó tras ser detenido por un atraco para conseguir dinero para poder regalarle unas zapatillas Nike a su hijo. Y a Camille, la última en llegar, su papá le enseñó a utilizar una pistola, antes de disparar contra la madre delante de la niña. En este ambiente marcado por el dolor y el sentimiento de abandono, Calabacín aprende a rehacer los vínculos de afecto, compañerismo y filiación. 

La vida de Calabacín ha cuidado el fondo y la forma, el contenido y el continente al tratar con mimo temas crueles. No es de extrañar que esté siendo todo un éxito de crítica y público en los festivales por los que ha pasado, pues es una apuesta diferente, valiente y pedagógica de cine para niños y adultos. Calabacín y los demás niños nos muestras una historia sorprendentemente universal, donde la salvación nos muestra que pasa por aprenderá a amar y a confiar en los otros. 

Y este mensaje nos llega a través de escenas para el recuerdo: 
- Un comienzo espectacular: un niño pinta una cometa y alrededor botes de cerveza... y luego entendemos el por qué: una trágica situación expuesta con poesía. 
- La llegada al internado y la presentación a la directora: "Le presento a Ícaro. Pero creo que prefiere que le llamen Calabacín". Y todos sus enseres son una cometa (que le recuerda a su padre) y un bote de cerveza (que le recuerda a su madre). 
- La confesión en tono de amistad del compañero que le hacía acoso al principio, una historia familiar a cada cual más trágica. La confesión de Simon a su amiga Camille: "A veces sueño que soy mayor y que estoy con mi madre. Ella sigue hablando sola y bebiendo cerveza. Y yo también bebo mucho. Me alegra saber que eso no pasará nunca".
- Y cuando Simon y Camille son adoptados por Raymnod surge una reflexión de Simon al ver llorar a Camille: "¡ A veces lloramos porque estamos contentos!". 
- Y la carta final (y colofón): "Querido Simón. Decías que el hospicio era para quienes no tienen a nadie que les quiera. ¡Pero te equivocabas, porque nosotros no te hemos olvidado! Y tampoco hemos olvidado a los demás". 

La vida de Calabacín no ganó el Oscar. Pero algunos críticos opinan que es la mejor película de animación europea (y del mundo) de 2016. Y que al verla se coge el riesgo de morir de ternura, con ese don de reivindicar la inocencia como implacable arma para conjurar el dolor, para reconstruir la infancia maltratada. Y con valor añadido que no podemos obviar: en la película subyace una defensa de las infraestructuras que, como los asistentes sociales, policías y orfanato, intentan compensar el desamparo al que se han visto sometidos estos pequeños a través de un trato humano que va más allá de cumplir el expediente administrativo. 

La vida de Calabacín es la de muchos... Y también sentimos que sus ojos grandes nos miran.

 

sábado, 8 de agosto de 2015

Cine y Pediatría (291). “Color de piel: miel”, apto para adopción


"Me llamo Jung. Nací aquí, en algún lugar de Corea. Me fui del país a los cinco años. Ahora tengo casi 44 y regreso por primera vez. Esta es mi historia. La de un niño que abandona su país porque escribieron en un formulario: Apto para la adopción. Color de la piel: miel”.
Con esta voz en off, y mezclando imágenes reales con dibujos animados, comienza esta peculiar película belga, Color de piel: miel (Laurent Boileau, Jung Henin, 2012), una auténtica joya, ejemplo de animación singular que entusiasmará a quienes disfrutaron de la película japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988), la francesa Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007), de la israelí Vals con Bashir (Ari Folman, 2008) o de la española Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011).

Cinta híbrida sobre la adopción y el mestizaje, un retrato poético y atractivo de un joven coreano adoptado que trata de reconciliarse con sus orígenes. La guerra que asoló Corea a lo largo de los años 50 motivó el abandono indiscriminado de niños, los que tuvieron suerte acabaron en un orfanato. Además, la mayoría de estos niños se supone que eran el resultado de uniones entre coreanas y soldados occidentales, por lo que esas madres, a menudo marginadas por la sociedad, se vieron forzadas a dar a sus hijos en adopción y así nos lo relata nuestro pequeño protagonista: “Tras acabar la Guerra de Corea se abandonaban a los niños a causa de la pobreza y también por motivos raciales. Muchos niños eran hijos de soldados americanos o europeos. Y a los coreanos no le gustan los hijos ilegítimos. Cuando nací el hombre tomaba las decisiones en la familia. Una mujer divorciada no tenía derechos. Tener un hijo fuera del matrimonio era una vergüenza. La madre soltera no tenía dinero y solo le quedaba una opción: el abandono”. 
Y por ello, en los años 60, miles de niños coreanos fueron entregados en adopción a otros países, momento en que entre las familias burguesas occidentales se consideraba muy chic adoptar a un niño asiático. Y reconocemos esa historia tras la voz en off de un documental real en blanco y negro al inicio de la película y nuevos mensajes que nos orientan a la verdadera trama: “Desde los años 50, se han adoptado 200.000 coreanos en todo el mundo, Yo acabé en Bélgica…”.

El narrador, al que encontraron vagando solo por las calles cuando tan solo tenía 5 años, es enviado a un orfanato. Primero, la fundación Holt le envía a Estados Unidos y, más tarde, es adoptado por una familia belga. Tras la curiosa y efectiva mezcla de imágenes reales tomadas con cámara en mano y las imágenes de animación, nos adentramos en la nueva familia belga de Jung, con otros cuatro hijos y sus reflexiones iniciales de niño: “Nunca había tenido tantos juguetes. Cada día comía todo lo que quería. Empecé a olvidar la calle, el orfanato. Tenía una segunda vida, una segunda oportunidad.”

Color de piel: miel es un híbrido muy particular. Se presenta como un documental autobiográfico animado, adaptación de la novela gráfica del mismo nombre firmada por Jung Henin, que participa a su vez en labores de dirección junto al francés Laurent Boileau. Retrata la infancia del propio director, estructurada alrededor de los recuerdos del protagonista tras un reciente viaje a su país natal, combina diversas técnicas de animación (dos y tres dimensiones) e imagen real, incluyendo viejos vídeos caseros en Super 8 o fragmentos actuales en 35 mm. Todo esta mezcla  para retratar en apenas 80 minutos el sentimiento de desarraigo y pérdida de referentes de un niño adoptado con respecto a su país de origen, así como la integración y búsqueda de identidad en un entorno desconocido.

Porque el pequeño Jung esconde sus orígenes coreanos en lo más profundo de su ser para adaptarse mejor a su nueva vida. La relación de Jung con sus padres y hermanos es a veces turbulenta, pero se basa en el amor, aunque siempre aparecen los típicos conflictos familiares. A las puertas de la adolescencia, Jung y su familia reciben a un nuevo miembro, la pequeña Valérie, una huérfana coreana a la que cambian el nombre para que parezca más belga. Para Jung supone un gran impacto y comienza a replantearse su propia identidad. Desorientado, intenta inventar otros orígenes y comienza a sumergirse en la cultura japonesa. Rechaza tanto sus orígenes coreanos como a su familia. Un grito de socorro hará que Jung y su madre (miembro de la familia del que más se había distanciado) se reconcilien.

Una película en la que no solo se trata la adopción y el mestizaje, sino también son tratados temas básicos que caracterizan la infancia como la amistad, el aprendizaje y la necesidad de sentirse parte de un grupo, acentuada en este caso por las diferencias raciales en la familia, que favorecen la sensación de soledad y aislamiento de Jung, o las complicaciones propias de la adolescencia, el despertar sexual y la oposición.

Se puede catalogar a Color de piel: miel como un sugestivo experimento narrativo, con la adopción entre países como leitmotiv y que nos deja francas reflexiones que van más allá del cómic. Reflexiones que todo adolescente y joven adoptado en estas circunstancias puede llegar a pensar, al igual que nuestro protagonista Jun Jung-Sik, nombre que significa en coreano “planta recta”: “No conocer a tus padres biológicos tiene una ventaja. Pueden ser como tú quieras. Seguramente eras madre soltera. Seguro que me quisiste con toda tu alma hasta que ya no pudiste ocuparte de mí. Nunca te he culpado por abandonarme. Siempre que pensaba en ti, pensaba que estabas a mi lado. Parecías tan cerca y a la vez tan lejos. No pensaba nunca en mi padre”.

Y con este pensamiento final, colofón a una gran película, es la reconciliación de Jung con la realidad y consigo mismo: “Los bocetos que hacía sin pensar no mentían. Me abrían la puerta a mis orígenes… Me he pasado la vida imaginando a mi madre biológica. El dibujo me ha permitido crearnos una historia nueva, vivir un amor imaginario. Pero también era una válvula de escape, una manera de llenar el vacío y de evitar hacerme mayor. Al ir a mi país de origen me enfrenté con la realidad. Uno no quiere una madre imaginaria. Solo puede soñar con ella. Yo ya tengo una madre. Y es real. Cuando me mira, sus ojos no engañan. Son los ojos de una madre que mira a su hijo. Por tanto, mamá, si te preguntan de dónde soy, di que soy de aquí y de todas partes. Tengo una parte occidental y otra oriental. Soy tan europeo como asiático. No soy ni blanco ni negro. Tengo la piel del color de la miel”.

sábado, 25 de julio de 2015

Cine y Pediatría (289). “Del revés”… y del derecho, así es la mente y así son las emociones


Cine y Pediatría no es un proyecto sobre películas infantiles, sino sobre películas en la que los niños, adolescentes y familias son protagonistas, en la mayoría de las ocasiones asociado a patologías orgánicas o problemáticas sociales. Pero es cierto que, ocasionalmente, también aquí tienen cabida películas animadas con valores y ya hemos publicado algunos ejemplos en estos años: Peter Pan (Walt Disney, 1953), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Princess (Andres Morgenthaler, 2006), Persépolis (Marjane Satrapi y Vicente Paronnaud, 2007), Mary and Max (Adam Elliot, 2009) o Una carta para Momo (Hiroyuki Okiura, 2011).

Hoy hablamos de Pixar Animation Studios, esta compañía estadounidense de animación por ordenador fundada en 1986 con sede en California, comprada por Disney en 2006, y en la que es clave el nombre de John Lasseter, como director creativo y al que se le atribuye un claro pensamiento: “La animación es el único género que realmente atrapa a toda la familia”.
Un total de 27 premios Óscar de la Academia avalan la trayectoria de Pixar, entre ellos siete a la Mejor película animada: Buscando a Nemo (2003), Los increíbles (2004), Ratatouille (2007), WALL-E (2008), Up (2009), Toy Story 3 (2010) y Brave (2012). Es raro un año sin una película animada bajo la marca Pixar.

Y Cuando creíamos que el listón era ya inalcanzable, se acaba de estrena Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), para muchos la mejor película Pixar hasta el momento, lo que demuestra que el talento y el genio en esta empresa son inagotables. Pete Docter, firmante de las entrañables Monstruos S.A (2001) y Up, convierte en fábula el mundo de la inteligencia emocional, bordando, en un alarde de imaginación visual, la materialización de la guerra interior de todo adolescente consigo mismo, ese caótico y explosivo cóctel de emociones que moldean experiencias y recuerdos y que forjan el carácter, la identidad y otros intangibles. Una película que se augura ya como la película del verano (y, posiblemente, del año), dadas las homogéneas buenas opiniones de la crítica y la respuesta del público, pues es una película apta para niños, adolescentes y adultos, cine que llega al corazón y al cerebro en formato de tragicomedia animada de una proverbial lucidez. En buena medida Del revés está inspirada en la propia vida del director, en la traumática experiencia de una mudanza a Dinamarca que le dejó huella emocional profunda y que también marcó los cambios de humor y el estado de ánimo de su propia hija adolescente.

Y para contarlo contó con el asesoramiento de prestigiosos psicólogos de la Universidad de California. Para ser fiel en la medida de lo posible a lo que la ciencia ha averiguado sobre las emociones, el director reclamó la colaboración de dos científicos de California que trabajan cerca de la sede de Pixar: Dacher Keltner, de la Universidad de Berkeley, y Paul Ekman, de la Universidad de San Francisco. Estrenada con aplauso unánime de crítica y público en el pasado Festival de Cannes, la cinta ya suena como una de las favoritas de cara a los próximos Oscar en la categoría de Mejor película animada, pues atesora la fórmula mágica: técnica impecable + entrañables personajes + grandes mensajes.

En Del revés se nos muestra que el paso del tiempo puede ser un camino complicado en la adolescencia. También lo es para la joven Riley Anderson cuando, con sólo 11 años, tiene que dejar atrás su vida feliz como hija única mimada en Minnesota y mudarse a San Francisco, debido a un cambio de trabajo de su padre. Como el resto de las personas, la vida de Riley se guía por sus emociones, muchas, pero que en la película se concentran en cinco: Alegría, Tristeza, Miedo, Ira y Asco. Todas ellas viven en el Cuartel General, el centro de control dentro de su cabeza desde donde ayudan y dirigen los comportamientos de la chica en su día a día. Cada una de ellas está representada por un personaje y que dejan un recuerdo en forma de esferas de diferente color: la Alegría proporciona esferas amarillas, azules para la Tristeza, lilas el Miedo, rojas la Ira y verdes el Asco. Cuando Riley se duerme, las emociones envían los recuerdos del día a la Memoria a Largo Plazo. Los recuerdos más importantes, conocidos como Recuerdos Esenciales, se encuentran en el centro de operaciones del Cuartel General y son la fuente de las Islas que reflejan la personalidad de la niña: la Isla de la Familia, la Isla de la Amistad, la Isla del Hockey, la Isla de las Payasadas, etc.
Aunque Alegría intenta dominar los sentimientos para mantener a la niña en un estado de felicidad, Tristeza comienza a cambiar las cosas y a hacer que la melancolía se extienda. Una serie de sucesos hace que estas dos emociones salgan accidentalmente del Cuartel General y viajen por la mente de Riley mientras tratan de encontrar el camino de vuelta a aquel lugar. Y en esa aventura encontrarán a Bing Bong, el Amigo Imaginario de Ridley en su niñez, a los Limpiadores de Recuerdos, y también conocerán la Fábrica de Sueños, Imaginalandia o el Basurero de Recuerdos.

Del revés es un desafío a la imaginación, especialmente a la imaginación de los adultos, más anquilosada que la de los niños. Porque hablamos de una película para padres e hijos que da forma a la parábola desde experiencias áridas y traumáticas y que justifica el valor sanador de la Tristeza y las experiencias de pérdida, y cómo la Tristeza también puede ser positiva para forjar la personalidad de un niño a adolescente y de adolescente a adulto, siempre que se mantenga en buen equilibrio con el resto de los sentimientos y de los recuerdos formados en la niñez. Más que una oda a la Alegría, Del revés acaba convirtiéndose en una defensa de la Tristeza y en lo importante que resulta combinar ambas emociones. Y es que sin Tristeza, no se entiende la Alegría, y viceversa. Y tampoco sin el resto de las emociones.

Y es que esta película, cuyo título original es Inside Out, nos deja tal como el título en España, “del revés”. Y lo hace con una espléndida banda sonora de Michael Giacchino, quien ya había trabajado con el director Pete Docter en Up y con resultado brillante, pues allí ya consiguió el Oscar a Mejor banda sonora. De nuevo Pixar nos traslada a su mundo, ahora al mundo de los sentimientos en el imaginario colectivo (aquí en la forja de un adulto a partir de un niño, con la adolescencia como paso fronterizo) y a los mensajes que nos deja para reflexionar. Por ejemplo, esta frase de Alegría: “No puedes enfocarte en lo que está saliendo mal. Siempre hay una forma de dar vuelta a las cosas”.

sábado, 23 de febrero de 2013

Cine y Pediatría (163). “Una carta para Momo” y “Princess”, poesía y prosa de la infancia en el cine de animación


En el cine de animación no existe movimiento real que registrar, sino que se producen las imágenes una por una mediante dibujos, modelos, objetos y otras múltiples técnicas. Así, mientras en el cine de imagen real se analiza y descompone un movimiento real (24 imágenes por segundo), en el cine de animación se construye un movimiento inexistente en la realidad (desde 24 hasta 8 imágenes por segundo). 

Con la invención del paso de manivela, Segundo de Chomón estableció los principios fundamentales de la animación a principios del siglo XX. Más tarde, Émile Cohl los aplicó al campo gráfico, y estableció las bases de lo que con los años se convertiría en la poderosa industria de los dibujos animados. Winsor McCay dio al dibujo animado la técnica básica con la que se ha mantenido hasta el presente, pues los principios de la animación en papel, en acetato o por ordenador, la forma técnicamente más avanzada del género, son exactamente los mismos; sólo cambian las apariencias. 

El cine de animación ha ido adquiriendo dimensiones épicas a lo largo de la historia del séptimo arte, en las numerosas formas de animación: dibujo animado, stop motion, recambio de piezas, puppertoons, pixilación, rotoscopia, animación flash, animación en 3D, foto-realidad, etc. Tras la segunda Guerra Mundial se dio el gran desarrollo del cine de animación, que consolidó totalmente con los largometrajes de Disney y los cortometrajes de la Warner Bros. Actualmente, son Dreamworks y Pixar/Disney los líderes del cine de animación.

Un ejemplo de puro de cine de animación fue compartido la semana pasada: Persépolis (Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud, 2007), la historia sucesiva de una niña, adolescente y joven que vive en un país con un régimen absolutista. Hoy recordamos dos historias más con la infancia como protagonista de la animación; dos películas que son la antítesis de la visión de la infancia: Una carta para Momo (Hiroyuki Okiura, 2011) es una película japonesa llena de fantasía, de poesía y de luz; Princess (Anders Morgenthaler, 2006) es una película danesa llena de realidad, de prosa y de sombras. Dos películas distintas en el tema, pero impactantes en el tratamiento de la animación y con reflexión sobre la infancia como denominador común.

Una carta para Momo carece de animación por ordenador y se ha dedicado un total de 7 años conseguir la animación de manera tradicional; y, para ello, contó con grandes profesionales de la animación de Japón (teniendo en cuenta que el cine de animación japonés se ha convertido en la industria más prolífica del planeta, popularizándose en todo el mundo).

Momo es una niña de 12 años que ha crecido en Tokyo y, tras la prematura pérdida de su padre, se muda junto a su madre a la casa de su abuela situada en una isla remota. Allí, el tiempo parece que se haya detenido y sufre el contraste de vida. Momo vive obsesionada porque su padre le dejó inacabada una carta que sólo contenía las palabras “Querida Momo”… y se pregunta qué quiso decirle en realidad, pues, antes de fallecer, Momo se enfadó por su padre por una promesa que no había cumplido y le dijo cosas horribles. A ese misterio se le sumará otro todavía mayor, cuando la joven encuentre un antiguo libro, detonante de una serie de extraños fenómenos...y en donde aparecen tres yokais (espíritus o monstruos propios de la cultura japonesa) llamados Iwa, Kawa y Mame (entrañable este último).

Una película muy recomendable y entrañable para toda la familia. Una película que nos acerca al cine de animación japonés y, especialmente, a la obra de Hayao Miyazaki, un autor sobre el que tendremos la oportunidad de hablar, pues la mayor parte de su obra ha estado enfocada a los niños.

Princess es una sorprendente película que combina la animación con escenas a imagen real, película bastante desconocida para el público español, pese a que recibió en Sitges el premio a Mejor película extranjera en el año 2006.

Nos cuenta la historia de August, un ministro de la iglesia de 32 años, quien ha recibido la noticia de que su hermana, una estrella porno a la que llaman “La Princesa”, ha fallecido por una sobredosis y ha dejado a su hija Mia, una niña de 5 años. August abandona el camino de la religión para embarcarse en una violenta misión de venganza por la muerte de su hermana y con el objetivo de destruir todo el material pornográfico, a la vez que cuidar de Mia, lo que se convierte para él en su acto de amor extremo.

La película se plantea como una encrucijada entre la inmoralidad y el fanatismo de ciertas acciones, una dura reflexión con un resultado visual muy atractivo (elección de los colores, movimientos corporales, combinación de imágenes reales con el cómic), pero que puede incomodar al espectador. Porque Morgenthaler plantea un mundo sin ninguna salida, como si solo el azar y la reacción ante él, determinara nuestras acciones.

Dura, sincera, agresiva y con unos trabajados personajes en un mundo gris y atormentado, Princess emplea para ello una animación visualmente muy atractiva y que logra conseguir una atmósfera muy opresiva de tonos muy sucios y con un ambientación malsana y enfermiza. Pero también Princess es un cuento, una fábula, en donde la película retrata la perversidad humana y las secuelas que ésta deja en su camino, y donde se personifica de manera brillante en el personaje de Mia.

Fantasía y realidad, poesía y prosa, luz y sombras en el cine de animación. Un cine al que le debía comenzar a hacer un hueco en “Cine y Pediatría” y que, gracia a los buenos consejos de Esther Zuazo, pediatra y amiga, hoy se ha hecho realidad. Una realidad que coincide con el éxito en los Goya a una película de animación española: Las aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012), han recibido los premios a Mejor director novel, Mejor guión adaptado y Mejor película de animación.