sábado, 21 de abril de 2018

Cine y Pediatría (432) "Los demonios" imaginarios que a veces rondan la mente de la infancia


No es la primera vez que comentamos que el cine en francés está, posiblemente, un escalón por encima del otras filmografías. Y hablo del cine en francés de al menos tres países: Francia, Bélgica y Canadá. Porque el cine, como el resto de las artes, muchas veces son el reflejo de la sociedad que lo produce. Muchos ejemplos rondan ya en Cine y Pediatría, y hoy descubrimos una obra más desde Canadá. Porque el cine canadiense suele ser constructivo y tener argumentos bien resueltos. Y, dentro del cine canadiense, el quebequois es, sin duda, el más próximo a los estándares europeos, como el que nos deja Philippe Lesage, director más conocido como documentalista que como director de largometrajes, en su obra Los demonios (2015). Una de las películas más perturbadoras de los últimos tiempos, estudio valiente y exquisito sobre la psicología infantil y los demonios imaginarios que a veces acechan sus mentes. Una película en la que no es difícil imaginar parte del cine sobre la infancia del mejor François Truffaut o parte de la turbadora mirada del cine de Michael Haneke. 

La película comienza con unos niños y niñas angelicales bajo una música que asemeja un pieza operística, en ocasiones con remembranzas de películas de misterio y en otras de ciencia ficción. Es el inicio y allí reconocemos a nuestro protagonista de 10 años, Félix (Édouard Tremblay-Grenier). Y Félix lo observa todo, desde su atalaya de niño con temores y todo por descubrir: el amor idílico hacia su joven maestra Rebeca, la sospecha que su padre tiene una relación con la madre de su amigo Matthieu, la vivencia en primera línea de fuego de la discusión atroz de los padres insultándose delante de él y sus dos hermanos mayores, su invención de juegos de papás y mamás con su amigo con el que no quería jugar (y al que encierran en una taquilla del vestuario), las conversaciones de los amigos de su hermano mayor acerca de la historia de una mujer que violaron, etc. Demasiadas cosas, demasiada confusión, como cuando Félix pregunta a otros chicos mayores: "Si un tío practica sexo con otro y los dos están vestidos, ¿es homosexual entonces?". Muy simbólico cuando los tres hermanos bailan desenfrenadamente al son de la icónica canción "Pata Pata" de Myriam Maakeba. 

Y a partir de esta canción, la película da un cambio radical, como si de otro film se tratara. La escena de un joven pederasta engatusando con malas artes y mentiras a un niño, al que acaba por asesinar con gran remordimiento. Reconocemos al socorrista de la piscina y prevemos su final. Y al final la melodía de "La pasión de San Mateo" de Johan Sebastián Bach para esos juegos en el río de la pandilla de chicos y chicas 

Porque Los demonios nos recuerda las impresiones que tuvimos a los 10 años: las sorpresas y los miedos ante el despertar de la sexualidad, ante los problemas en el hogar, ante la incomprensión de un mundo repleto de misterios, donde, poco a poco, los demonios imaginarios de la infancia se mezclan con los de una realidad inquietante. Porque en la infancia los niños viven en una realidad distinta y los problemas que observan en su entorno no son contemplados con la misma óptica que la de sus protagonistas adultos. Y esta incomprensión del mundo de los adultos genera miedo en la infancia. Es importante resaltar que la película se desarrolla en un barrio acomodado de Montreal, acaso la ciudad más agradable y mejor trazada del mundo, con una seguridad excepcional y unos niveles de delincuencia realmente ínfimos. No hay motivos - al menos, motivos objetivos - para que la infancia se sienta atemorizada en aquella ciudad. Pero sí, Félix siente temor y al menos dos tipos de temores que percibimos en las dos partes de la película: en la primera parte, verdadero estudio sobre psicología infantil, basta la posibilidad de que piense que sus padres se puedan separar para que el niño experimente una situación de temor; en la segunda parte el tono cambia y todo se vuelve angustioso, turbador, terrorífico, ante la constatación de una ola de extraños asesinatos que cuentan en la ciudad. 

Cabría preguntar cómo en un lugar tan apacible como Montreal ha surgido la idea de una película tan absolutamente perturbadora como ésta, más propias del cine de Michael Moore en el vecino país yanqui. Una película donde los actores son, en su mayor parte, niños o adolescentes y eso nunca es tarea fácil (y si no, que se lo pregunte a Alfred Hitchcock cuando decía «Nunca trabajes con niños ni con animales ni con Charles Laughton»). Pero Lesage lo ha logrado en una película difícil de describir: un drama psicológico que nos hace reflexionar sobre cómo se acumulan los errores en los más jóvenes y los temores ante las conversaciones de los padres y otros adultos. Porque aquí la mirada de Félix escruta en un permanente plano secuencia la vida que le rodea y tres espacios diferenciados absorben su día a día: el colegio, la familia y los amigos. Porque para Félix sus ojos son una esponja que absorbe lo que le rodea, incapaz de explicarse lo que sucede a su alrededor y consigo mismo. Y sonido e imagen colaboran a la hora de crear una atmósfera que mezcla inquietud, espléndidos fuera de campo temporales, movimientos de cámara en travellings que se deshacen yendo y viniendo sobre sí entre la incógnita, el miedo real, lo irracional y lo real, algo que inquieta más al espectador que a nuestro pequeño protagonista.  

Y es con Los demonios, inquietante y oscura obra, donde Philiee Lesage se atreve a reflejar el malestar cotidiano y los demonios imaginarios que a veces ronda la mente infantil (y del adolescente). 

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