Cine y Pediatría 8

sábado, 2 de junio de 2018

Cine y Pediatría (438). “Nadie sabe” lo duro que es la soledad en la infancia


Hace tan solo tres días hemos presentado el séptimo libro de Cine y Pediatría. Y como siempre ha sido un momento mágico en la sección de Cine Solidario del 15 Festival Internacional de Cine de Alicante. Y para un momento tan especial hoy viene a este espacio una película muy especial de un director especial: Nadie sabe (Hirozaku Kore-eda, 2004). 

Porque en Cine y Pediatría hay dos directores que son de cine y son de pediatría, ambos poetas en el arte del cine y de la infancia y ellos siempre son directores y guionistas de sus propias historias: hablamos del navarro Montxo Armendáriz y del japonés Hirozaku Kore-eda, cada uno de ellos con una pentalogía de películas en Cine y Pediatría y, por tanto, líderes indiscutibles de esta colección.

Enumeramos cronológicamente las cinco películas al respecto de mi buen amigo Montxo Armendáriz, ya prologuista de uno de los libros de esta colección: Tasio  (1984), 27 horas (1986), Historias del Kronen (1994), Secretos del corazón (1997) y No tengas miedo (2011). Y también  las cinco películas de Hirozaku Kore-eda: Nadie sabe (2004), Kiseki/Milagro (2011), De tal padre, tal hijo (2013), Nuestra hermana pequeña (2015) y Después de la tormenta (2016). 

Y hoy recordamos como empezó todo en Kore-eda con Nadie sabe, una película basada en un hecho real que tuvo lugar en Tokio. Narra una historia de maltrato infantil fundamentada en la irresponsabilidad de los padres, situación que ni es infrecuente ni nos es ajena, pero sigue siendo igual de dolorosa, aunque sea con una narración tan poética y delicada como la que nos regala el director nipón. Y quizás por ello el mensaje es más contundente. 

Keiko (You) es una madre joven con cuatro hijos, una mujer enamoradiza e irresponsable a la que sus parejas le abandonan. Todos se trasladan a Tokio y vemos a esta madre como entra en un apartamento que acaba de arrendar y nos sorprende ver, ya en las primeras imágenes, como los hijos más pequeños salen de unas maletas. Y esto es porque cuando acude a alquilar esta vivienda prefiere presentarse solo con uno de ellos, ya que de lo contrario le denegarían el arrendamiento de la vivienda. Keiko decreta las reglas: está prohibido gritar y salir del piso. El casero les echaría si se enterase que Keiko cuida sola de los cuatro niños, cada uno de un padre diferente. 

Y así como se nos presenta la nueva vida de Keiko y sus cuatro hijos: Akira (Yura Yagira, quien obtuviera el premio a mejor intérprete en el Festival de Cannes), el mayor con 12 años, que adquiere la responsabilidad de la figura de ese padre siempre ausente; Kioko (Ayu Kitaura), la hermana mayor, que quiere ser pianista; Shigeru (Hiel Kimura), el simpático e inquieto hermano pequeño; y Yuki (Momoko Shimizu), la menor de todos, con 5 años. Cuatro hermanos que pese a las dificultades sociales y familiares, a su corta edad, pese a que la madre les impide ser vistos y salir de casa – y por tanto no acuden al colegio – tienen una educación y un comportamiento ejemplar. Unos hijos modélicos, de los que apenas existen, y una forma de entender la vida como tienen los japoneses y su director Kore-eda nos suele regalar. 

Pero un día Keiko desaparece y entonces empieza la pequeña gran aventura de Akira y sus hermanos, toda una prueba de supervivencia, y comienzan las dificultades: “Desde que se fue mamá no tenemos dinero” o “He gastado 674 yenes en el supermercado, me quedan 660 yenes en la cartera. ¿Cuánto dinero tenía cuando salí de casa?”, haciendo de sus pensamientos de la realidad casi deberes escolares. Y la madre regresa cuando quiere, para mayor desconcierto de sus hijos, que tienen que sobrevivir solos en casa. Y les trae regalos que contenta a los pequeños, pero no a los mayores: “Eres una egoísta mamá”, le dicen estos. 

La madre desaparece: en su inestabilidad se despide de los trabajos y el hijo mayor ya le pierde la pista. Y ya no regresa ni regresan sus regalos, por lo que es el propio Akira quien se inventa regalos para todos los hermanos como si fueran de la madre. Y, a medida que pasa el tiempo, el desorden y la suciedad comienzan a adueñarse de la pequeña vivienda. Pero no acuden a la policía o en busca de ayuda porque tienen miedo a ser separados…, lo que ya les ocurrió en otra ocasión. Por impago les cortan la luz y el agua, y tienen que lavarse y lavar en una fuente del parque cercano. Pero pese a estas dificultades en la retina nos quedan imágenes de gran ternura: la ternura con que Akira saca a la calle a Yuki el día de su quinto cumpleaños, con sus zuecos sonoros al caminar; o la alegría cuando los cuatro hermanos salen por fin juntos a la calle y juegan en un parque infantil. 

Y a medida que les crece el pelo, les crece el hambre. Y el deterioro moral, que hace que Kioko se encierre en un armario. Y llega la enfermedad de la más pequeña, Yuki, por hambre y enfermedad. “¿Puedes dejarme dinero? Quiero enseñarle los aviones a Yuki” dice Akira a su amiga Saki (Hanae Kan), ya al final de la película. Y la hermana pequeña de nuevo con sus zuecos sonoros en la maleta, ahora para otro viaje… Y la llevan al aeropuerto, donde prometieron, en un final lamentable y conmovedor, que nos hace recordar la película de animación japonesa La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), otra manera de expresar la niñez rota. 

Y suena la canción final con una voz tan delicada como crudo el mensaje: “Si pregunto al cielo de medianoche, las estrellas se limitan a brillar en el lago negro de mi corazón destrozado. Solo puedo seguir la corriente. ¿Se dignará algún ángel a mirarme con compasión? ¿Quieres bañarte en mi corazón? El viento anuncia el invierno, penetra en mi corazón. Me llama hacia la creciente oscuridad. Con una mirada tan distante como el hielo pasa el tiempo y me hago mayor. Soy una joya pero el hedor que surge de mí impide que alguien se me acerque”. 

Y este es el melodrama que nos cuenta Hirozaku Kore-eda sobre unos niños que viven en soledad, sin padres, y es una prosa tan dura contada con tal poesía visual (con esa característica de grabar constantemente los pies de los niños) que con películas así solo cabe decir: “Arigato”. Pero lo más terrible después de presenciar Nadie sabe es tener la certeza de que el relato de no es un cuento, no es una composición poética, no es una fábula, sino que la historia que describe es una adaptación basada en un hecho real acontecido en el mismísimo Tokio, una ciudad del primer mundo en un país de los más desarrollados. Pero que puede acaecer en cualquier ciudad y en cualquier país. También a nuestro lado… 

Hermosa película. Real y palpable retrato de una infancia maltratada por culpa de padres irresponsables, inconscientes, que abandonan a sus hijos. Una realidad que todo el mundo conoce, aunque a veces parezca que nadie sabe. Porque ante el maltrato infantil no podemos consentir que nadie sepa.

 

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