sábado, 2 de abril de 2016

Cine y Pediatría (325). El poema familiar de “Nuestra hermana pequeña”


No es la primera vez que el director japonés Hirokazu Kore-eda, al que hemos denominado como el nuevo François Truffaut del cine oriental, visita Cine y Pediatría. Lo ha hecho en dos ocasiones ya: con Kiseki/Milagro (2011) nos planteaba la indisolubilidad familiar en la aventura de dos hermanos que aspiran a volver a vivir juntos y con De tal padre, tal hijo (2013) nos acercaba a las dudas y reflexiones que conlleva el afecto familiar y el consabido dilema “nature or nurture?”.  
Ahora acaba de estrenarse Nuestra hermana pequeña (2015), conservando las señas de identidad de este poeta visual que es Kore-eda, y regresa con sus temas habituales como la memoria, la familia, la muerte, asumir la pérdida, la infancia y la adolescencia. Y lo hace con su capacidad de extraer grandes interpretaciones verosímiles de los niños de sus película y que nos transporta a una envidiable cultura japonesa. 

Nuestra hermana pequeña se inspira en el premiado cómic manga "Umimachi Diary" de Akimi Yoshida y se nos devuelve, con "las mujercitas" de Koreeda (un apasionado del cómic, quien declaró que no soportaría que otra persona lo llevara al cine ), una profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos, que fue sucesivamente abandonado por un padre adúltero y una madre que se vio incapaz de tomar las riendas del orden doméstico. 

Las tres hermanas Koda, ya en la mayoría de edad, acuden al entierro de su padre, al que no veían desde hace 15 años, cuando se casó con otra mujer y las abandonó. Ellas son Sachi (interpretada por todo un ídolo en Japón, la actriz, cantante y modelo Haruka Ayase), Yoshino (Masami Nagasawa) y Chika (Kaho). Desde entonces, las tres viven juntas en una casa que pertenecía a su abuela, separadas también de la madre con que la que mantienen una relación distante, sobre todo Sachi, la hermana mayor, que ejerce como cabeza de familia ("como sigas así, te vas a convertir en madre antes de casarte", le recuerdan). En el funeral conocen a su hermana pequeña, Suzu (Suzu Hirose), de 13 años de edad ("es muy madura para su edad", piensan), hija de la mujer por las que el padre abandono a su madre, y a la que invitan a que venga a vivir con ellas a la ciudad costera de Kamakura. 
La llegada de Suzu cambiará las vidas de las cuatro hermanas, si bien todo el mundo les recuerda que es hermanastra: "Es la hija de la mujer que destrozó tu familia". Y lo sentimos mientras sobrevolamos la vida cotidiana de esta nueva familia, con sus alegrías y penas, sus recuerdos y deudas del pasado, sus acuerdos y desacuerdos ("Puede que discutan, pero siempre están de acuerdo en las cosas que importa"), y lo hacemos entre el túnel de cerezos en flor y su presente. Un presente en el que Sachi representa la responsabilidad (y se debate entre su dedicación al trabajo como enfermera de Cuidados Paliativos y su miedo formar pareja con un pediatra casado), Yoshino representa la libertad (alrededor de sus transitorios amores de juventud) y Chika representa la alegría y espontaneidad (con ese novio que aún mira con nostalgia las montañas que le hicieron perder los dedos de sus pies por congelamiento). 

La historia explora el deseo subconsciente de las hermanas por recuperar la infancia que nunca tuvieron, un deseo de despojarse de esa prematura (pero necesaria) madurez que la ausencia de sus padres les obligó a adoptar para poder sobrevivir. Porque una frase lo resume todo, "Los adultos que te rodeaban te robaron la infancia", y es válida para todas ellas, pero especialmente para la mayor (Sachi) y la menor (Suzu), cuando ambas se encuentran en la colina con vistas al mar y Sachi grita, "Papá era imbécil" y Suzu, "Mamá era imbécil"
Y así es como descubrimos también el pesar de Suzu en tres sucesivas confesiones: una afirmación ("Me cuesta mucho hablar de mi padre con mis hermanas"), una disculpa ("Siento mucho lo que hizo mi madre. Se enamoró de un hombre casado. Mi madre no hizo bien") y un peso ("Siempre pensaba que alguien sufría por el hecho de que yo existía"). Pero, paradójicamente, ella es un ser adorable y la camarera que cuidó en la infancia a sus hermanas le dice con cariño: "Siento envidia de tu padre y de tu madre porque dejaron un tesoro como tú para alegrar el mundo"

Y la película nos lanza una preguntas, posiblemente sin respuesta: ¿por qué los adultos actúan como niños y los niños tienen que actuar como adultos...? Pero durante sus más de dos horas de metraje también nos regala muchos pensamientos y frases que iluminan la noche de sus vidas, como los fuegos artificiales iluminan la noche de fiesta en una escena final: "Los lazos de una madre y una hija son más difíciles de romper que los de un matrimonio", "Nuestro trabajo consiste en resolver problemas", "No sabes cómo me gusta comprobar que aún disfruto de la belleza..."

Una escena y dos conversaciones ponen la guinda a esta obra grande en su sencillez: 
- La escena que elijo es cuando se anota la altura de Suzu en el marco de la puerta, y se coloca junto con la medida de la altura a distintas edades de las tres hermanas: ¿se podría decir de mejor forma...?
- Al principio de la película las tres hermanas Koda dicen: "Papá era un hombre bueno, pero inútil"; y al final ellas mismas cambian la frase por "Papá era un perfecto inútil, pero quizás fuera un hombre bueno. Porque nos dejó una hermana adorable"
- Y al final, el abrazo de la hermana mayor y la menor: "Puedes quedarte conmigo para siempre", dice Sachi. "Quiero quedarme contigo para siempre", contesta Suzu. 

Nuestra hermana pequeña es una película que, como dicen un gran número de críticos, merece la pena probar, como la caballa frita y chanquetes del restaurante donde acuden las hermanas Koda, como los licores de cereza que elaboran. Porque la vida es eso que pasa... cuando vivimos, pero si se hace con la fotografía de Mikita Takimoto, la música de Yoko Kanno, la interpretación de las cuatro hermosas hermanas y los cerezos en flor que nos regala el director Hirokaru Kore-eda, es de esas películas que conviene recomendar, para visionar la inteligente y sensible cultura japonesa y, a través, de ella recordar las cinco palabras que pueden salvar el mundo: Si, Gracias, Por favor, Lo siento, Nosotros (aquí convertido en Nosotras). 

Poesía visual de lo cotidiano desde Japón para resolver todo tipo de conflicto familiar, algo así es Nuestra pequeña hermana, una película sabia. Porque Kore-eda es un joven maestro heredero de los viejos maestros (Yasujiro Ozu a la cabeza, pero también Akira Kurosawa y Mikio Naruse). Ahora entendemos que emocionara en el Festival de Cannes, así como la larga ovación tras la proyección en el Festival de San Sebastián y que derivó en un dignísimo y merecido Premio del Público en la 63 edición.