sábado, 11 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (448). “Adiós, cigüeña, adiós”, el milagro de la vida contado desde la infancia


“Si lo que escribo sobre la generación de los hombres escandaliza a las personas impuras, que se acusen de su impureza y no de mis palabras” San Agustín 

Con esta cita de San Agustín comienza esta película. Y a continuación la canción de Antonio Machín, “Madrecita”, sirve de acompañamiento para los créditos junto a imágenes de recién nacidos llorando y dibujos de cigüeñas, así como otros esquemas sobre la anatomía de la mujer y de la gestación. La película, claro está, es Adiós, cigüeña, adiós, un film iniciático y trasgresor de Manuel Summers para aquel año 1971 en España, el especial romance de dos adolescentes que tienen que afrontar la llegada de un hijo sin haber sido educados para ello y tienen que experimentar la (auto)educación sexual. 

Una película que acumula las señas de identidad de un director tan peculiar como Summers (temas incómodos, humor tierno, crítica social,…), con un guión suyo al alimón con el humorista Antonio de Lara, “Tono”, en lo que fue un éxito inaudito, con un año en cartelera en España y que también triunfó en otros países. Una película que marcó a muchos adolescentes de la época, sobre todo por el hecho de que tocaba temas tabú para la sociedad española del momento. 

Estamos en el Madrid de los principios de la década de los setenta, y Madrid aparece retratado como un personaje más, pues allí nos aparece el Museo del Prado, la Cuesta Moyano, el Paseo del Prado, el Retiro y su estanque, la Puerta del Sol, el Rastro, Navacerrada, y hasta los niños jugando al fútbol con las camisetas del Real Madrid y del Atlético de Madrid. Y allí y esa época (“Dos rombos, niños a la cama…” nos decían también los padres) se establece ese noviazgo adolescente de la época entre Arturo (Francisco Villa), de 15 años, y Paloma (María Isabel Álvarez), de 13 años: “Está enamorado de ti como un becerro” le dice una niña pequeña a la angelical Paloma, cuando Arturo le regala una fotografía, en aquellos inicios del flirteo; “Te amo con todas las fuerzas de mi ser, te amo, te quiero” son pensamientos en off de nuestro galán.

Tras salir juntos en varias ocasiones, se comprometen como novios: “Gracias Dios mío, ya somos novios… Padrenuestro que estás en los cielos…”, es lo que piensa Arturo cuando bailan juntos por primera vez y a él le caen lágrimas de la emoción. El adolescente tan ensimismado en su primer amor que escribe el nombre de ella hasta en la sopa de letras. Y en una excursión con el colegio entre la nieve de Navacerrada hacen el amor y, tiempo después, Paloma descubre que está embarazada. Ante el temor de comunicar esta noticia en sus respectivas familias, y dado su escaso conocimiento en educación sexual, la joven Mamen (Beatriz Galbó) y su grupo de amigos integrado por niños y adolescentes, los ayudarán a preparar el parto: “Entre todos cuidaremos a Paloma y el niño será de todos”.

Y el tercio final de la película resulta bien peculiar. Porque puedo asegurar que el control y cuidados que hacen los niños de la gestación de Paloma, sin saber, llega en su inocencia a no ser peor a algunos que yo conozco. Y en la ingenuidad de dos jóvenes puramente enamorados, ella nos dice: “Qué bien se está cuando ya se es mayor…”. Y así avanzamos hasta el final con el llanto de la nueva vida, todos los niños adorando al bebé de Paloma (y de todos) y el “Aleluya” del Mesías de Haendel llena el espacio y eleva la cámara al cielo. Como no puede ser de otra manera ante una nueva vida….

Y así es como Manuel Summers, que debutó con el gran éxito comercial y cinematográfico que fue Del rosa al amarillo (1963), con la que consiguió la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián por esa dos historias paralelas que rebosan amor (la primera protagonizadas por dos niños, la segunda por dos ancianos), prosiguió con una experiencia tan singular como la de Juguetes rotos (1966), sobre la vejez, y se ganó al público con Adiós, cigüeña, adiós, un nuevo buceo en el mundo de la infancia que colisiona con el de la adolescencia, y que descubre el amor y el sexo. Una filmografía ante ese eterno oxímoron de la vida: el deseo de ser mayores cuando somos niños y el deseo de ser niños cuando somos mayores.

El éxito enorme de Adiós, cigüeña, adiós, con ese final lleno de interrogantes, propició una continuación inmediata y con los mismos jóvenes protagonistas: El niño es nuestro (1973), en donde el niño de Paloma es enviado a un orfanato de monjas, dado que ésta no puede mantener a su hijo, pero los chicos se organizan para recuperarlo y criarle juntos. Esta segunda parte no tuvo tanto éxito como la primera, pero con estas tres películas (Del rosa al amarillo, Adios, cigüeña, adiós y El niño es nuestro) Manuel Summers ha sabido como nadie en España dirigir historias de gran sensibilidad contadas por la infancia. Películas con niños para adultos, como nuestra película de hoy (y su continuación) donde nos regala el milagro de la vida contada por la propia infancia.

Y quien se escandalice, que tenga en cuenta las palabras de San Agustín...

 

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