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sábado, 14 de diciembre de 2024

Cine y Pediatría (779) “Mamífera” y el deseo de no querer ser madre

 

Se define mamífero como todo animal del grupo de los vertebrados de temperatura constante cuyo embrión, provisto de amnios y alantoides, se desarrolla casi siempre dentro del seno materno, y cuyas crías son alimentadas por las hembras con la leche de sus mamas. Son bastantes las películas sobre la maternidad, pero escasas aquellas donde se plantea el no querer esa maternidad. Y por ello hoy destacamos la película Mamífera (Liliana Torres, 2024) que aborda de manera profunda y conmovedora la maternidad desde la perspectiva de quien no desea tener hijos. 

La historia se centra en Lola (María Rodríguez Soto, protagonista en Los días que vendrán - Carlos Marques-Marcet, 2019 -, otra película alrededor de la maternidad), una artista y profesora universitaria treintañera que vive una relación feliz y estable con Bruno (Enric Auer, protagonista en El maestro que prometió el mar - Patricia Font, 2023 -), su pareja, y ha decidido no ser madre. Todo cambia cuando descubre un embarazo inesperado que revoluciona todo sus planes.  

Cuando Lola le comunica a Bruno “Estoy embarazada”, se lo dice de tal forma y con tal semblante que éste le contesta asustado: “Yo pensaba que tenías cáncer o algo así”. A continuación van a la consulta de planificación familiar donde le explican: “Hay dos formas de hacer la interrupción del embarazo: farmacológica y quirúrgica. Ahora os lo explico”. Pero Lola ya lo conocía, pues ya había abortado voluntariamente a los 25 años. Y a la pregunta de “¿Cuál es la razón por la que queréis interrumpir el embarazo?, ¿motivos económicos, de salud,…?”, la contestación es que no les pasa nada, solo que no quiere tener hijos. Y les dan tres días para tomar la decisión. Y, aunque Lola siempre ha tenido claro que lo de ser madre no va con ella, ahora se siente cuestionada por las expectativas sociales y se enfrenta a sus temores internos. Durante los tres días que tienen que esperar hasta que llegue su cita en la clínica, Lola se acerca a sus amigas y su familia con la intención de reafirmar su decisión. Bruno tampoco se había imaginado nunca como padre. Hasta ahora. 

Y ahí comienza su hégira para intentar salir de dudas…Visita a su madre viuda, a su amiga que está con tratamientos de reproducción asistida para ser madre (y está ilusionada con ello y quiere que sea hija suya), a su hermana que vive agobiada con sus dos hijos (y Lola cuida a sus sobrinos), y a otra amiga con una hija a la que le pregunta si estaba preparada para ser madre. Compra decenas de revistas de “Mi bebe y yo”, ella que se dedica a recortar en el suelo revistas para sus composiciones artísticas… y con esos recortes están hechos sus sueños y sus pesadillas (en un formato visual bastante original, algo similar en la película Áma Gloria - Marie Amachoukeli-Barsacq, 2023 -, con esos dibujos animados incrustados entre la historia). Y lee en chats de internet sobre madres que no pueden alcanzar la maternidad. Y va como alma en pena andando por el barrio y por la vida porque está embarazada y va a poder ser madre. Porque tampoco nunca le había preguntado a su pareja si quiere ser padre, y así se lo dice… y ella solo contesta: “Tengo miedo”. Y el argumento es cómo cambiaría su vida, el mí, me, conmigo, mientras continúan sus sueños/pesadillas echas de collages…Y esa pregunta a su madre: “¿Tú crees que puede ser una familia sin hijos?”.  

Y ese desvelo de Lola por su perro ciego, que precisa continua atención, lo que contrasta con ese no me va bien asumir la maternidad. Quizás solo es un reflejo claro de esta sociedad actual en la que ya hay más mascotas que hijos, pues Lola pertenece a una generación muy concienciada por el calentamiento global y el ecologismo, pero a la que se le cae el mundo cuando miran un cuarto infantil y tiene pesadillas con eso, mientras lee libros como “El camino de la infertilidad: Luces, sombras y nuevos sueños” o “¿Por qué mi cuerpo no quiere embarazarse?” 

Y todo este recorrido existencial de tres días le vale a Lola para acabar en la sala de espera del hospital público donde acude a abortar, en una sala de espera con otras mujeres con lágrimas en los ojos. Pues está claro que es un momento complicado… 

Porque Mamífera aborda de manera reflexiva el tema de la maternidad y la libre elección de no ser madre. Con una dirección sensible, actuaciones destacadas y un enfoque técnico cuidadoso, la película ofrece una mirada a los desafíos de tomar decisiones sobre la vida y la identidad personal. Sea como sea es una película que me ha causado un profundo dolor… Porque aunque la directora lo cuente con delicadeza, el mensaje es tremendamente duro, con un final en el que Lola llega a casa después de abortar a su hijo, besa a su perro y llora desconsoladamente… Ahora que cada uno reflexione. 

Cabe decir que Mamífera parte de la propia experiencia de su directora, Liliana Torres, quien "nunca ha deseado ser madre". Y también afirma que "muchas veces la paternidad a los hombres les llega a través de la maternidad". Este es el caso de Bruno que se deja llevar por los deseos consciente de Lola de no querer ser madre, pero que, como padre, también tiene derecho a preguntar, a sabiendas de que la decisión final es de ella, una mujer treintañera sana, con pareja y oficio estable y con amigas que son todas madres o lo quieren ser. En la documentación para la realización del guion, hay cuestiones en las que le ayudó el contacto con una asociación llamada “Las mujeres sin hijos”. 

El título de Mamífera se nos explica que proviene de que todas las mujeres son completas tanto si son madres como si no, y son mamíferas tanto si emplean esa característica con hijos o no, siendo el lugar común de las hembras. Está claro que es así y es muy respetable. Pero cuando en el camino para ese fin de no querer ser madres aparecen dos abortos, como en nuestra protagonista, el respeto se le pierde al ser humano que está en camino. Este viaje personal, combinado con las leyes que imponen un período de espera antes de una interrupción del embarazo, profundiza en los conflictos internos y externos que rodean el tema de la autonomía reproductiva.

  

sábado, 30 de abril de 2022

Cine y Pediatría (642) “El acontecimiento” de “9 meses” inesperados

 

Los embarazos en adolescentes se describen como embarazos precoces en mujeres que no han alcanzado la mayoría de edad jurídica y están en situación de dependencia de la familia de origen. El embarazo suele implicar un riesgo en la trayectoria vital de las jóvenes adolescentes, un serio y prevalente problema médico-social. Por todo ello, el embarazo de la adolescente se convierte en una consulta “sagrada” en sanidad que precisa de una relación médico-paciente empática, asertiva y profesional. 

No es de extrañar que sea un tema tratado de forma recurrente en el cine y, en concreto, ya presente en Cine y Pediatría. Sirvan algunos ejemplos en orden cronológico: Un sabor a miel (Tony Richardson, 1961),  Adiós cigüeña, adiós (Manuel Summers, 1971),  Palíndromos (Tod Solonz, 2004),  Quinceañera (Richard Glatzer y Wash Westmoreland, 2006),  Juno (Jason Reitman, 2007),  Precious (Lee Daniels, 2009),  El mejor (Shana Feste, 2009),  Blog (Elena Trapé, 2012) o  Nunca, casi nunca, a veces, siempre (Eliza Hittman, 2020), entre otras. Y a estas películas llenas de sentido y sensibilidad, de emociones y reflexiones, hoy se suman dos películas en idioma francés, que no es la primera vez que comentamos que casi viene a ser un sello de calidad: El acontecimiento (Audrey Diwan, 2021), desde Francia y que nos habla de cómo se planteaba un embarazo no deseado en una adolescente en la década de los sesenta, y 9 meses (Guillaume Senez, 2015), desde Bélgica, que nos enfrenta a una situación similar en la actualidad. 

Desde Francia, El acontecimiento (2021) es un drama francés fundamentado en la novela autobiográfica de Annie Ernaux, “L´événement”. La historia nos transporta a la primavera de 1963, donde una joven llamada Anne (brillante Anamaria Vartolomei), estudiante en la Universidad de Letras en Angulema, descubre que se ha quedado embarazada, con lo que sus oportunidades para terminar sus estudios - y llevar la vida que quiere - han quedado de repente muy reducidas, por lo que desea poner una solución que busca desesperadamente. Y la película se disecciona en los diversos hechos que acaecen a medida que pasan las semanas de gestación, que son éstas: 3 semanas, 4 semanas, 5 semanas, 7 semanas, 9 semanas, 10 semanas y 12 semanas. Una cuenta atrás para que pueda llegar el acontecimiento, que no es otro que conseguir el aborto de su hijo. 

Anne vive en una residencia universitaria, donde todo se comparte entre reflexiones filosóficas alrededor de Camus y Sartre, muy apropiado para aquella época. Tras conocer su precoz embarazo, Anne solicita al primer doctor que haga algo con su situación, pero la ley era implacable entonces (con cárcel incluida por practicar un aborto), y repite su solicitud con otro ginecólogo: “No me voy a ir. ¡Ayúdeme! Quiero continuar con mi estudio…Tengo un problema y no pienso quedármelo”. Avanza la gestación, llegan los vómitos y ya no puede ocultar a sus amigas la situación, quienes también están atemorizadas por su plan: “No es asunto nuestro, ¿quieres acabar en prisión con ella?”. 

Ella sigue intentándolo de cualquier forma y hasta se introduce una aguja de tejer por la vagina para provocarse el aborto. Y un ginecólogo más le expresa su parecer: “El feto ha aguantado…Debe aceptarlo. No hay alternativa”. Acude al padre de su hijo para pedirle que le ayude a conseguir su objetivo, pero no lo consigue: “Tu siempre igual de insolente. Crees que así vas a solucionar tus problemas”. Con todo ello llega el desapego a las clases de la universidad, mientras oculta la realidad a sus padres. Y el tiempo se le agota. 

Finalmente una compañera le proporciona la dirección de una señora que provoca abortos clandestinos en su casa, y consigue amasar el dinero para ello vendiendo sus libros y otras posesiones. Pero le explican que es una lotería y si se complica y ha de llegar al hospital “hay quien pone aborto espontáneo, pero otros ponen aborto provocado; y si sobrevives, tienes suerte y acabas en prisión”. Llega en el límite de tiempo y todo acontece en la mesa de la cocina de una vieja casa con deficientes medidas de asepsia: “Se lo advierto, ni un grito. Si no, paro. Las pareces son muy finas”. Tras introducirle la sonda, debe esperar 24 horas al resultado, pero no llega y vuelve a repetir el proceso: “No podemos hacer nada. Poner una segunda sonda puede traer complicaciones. Si quiere volver a hacerlo, será bajo su responsabilidad”. Y llegan las complicaciones, y entre estertores (sin dejar nada a la imaginación) expulsa el feto en la taza del wáter, y logran detener su hemorragia en el hospital. Y la lotería fue que indicaron los sanitarios como aborto espontáneo. Y en la escena final, consigue retomar los estudios. Y en uno de los exámenes finales le cae un texto de Victor Hugo. Fin.. y ahora a reflexionar sobre el acontecimiento. 

Desde Bélgica, 9 meses (2015) es el sorprendente debut en la dirección del belga Guillaume Senez, un film sobre la paternidad en la adolescencia o, más bien, sobre la imposibilidad de ser madre o padre. Una película, como la anterior, conmovedora y violentamente atractiva en esa relación de noviazgo de dos quinceañeros, Maxime, Max (Kacey Mottet-Klein) y Mélanie, Mel (Galatéa Bellugi). Juntos exploran, con amor y torpeza, su sexualidad hasta que Mélanie nos descubre: “Estoy embarazada…creo”; Maxime inicialmente no acepta bien la nueva noticia y duda (“¿Estás seguro que es mío? Quizás has estado con alguien más”), pero poco a poco empieza a concienciarse de la idea de convertirse en padre y convence a su pareja para tenerlo, pese a que todas las voces a su alrededor le dicen lo contrario. 

Y ello en unos adolescentes que juegan a decir “te odio” para expresar “te amo”, ambos procedentes de familias con estructura complicada: Max vive con padres separados, Mel con una madre soltera. Y en realidad aún son niños que juegan en pandilla a la Xbos y comen pizza mientras debaten su pueril futuro alrededor del fútbol y hablan de Eden Hazad, como su ejemplo (conocido el mal rendimiento de este futbolista en el Real Madrid, nos hace pensar que la película es de hace unos años). 

Acuden a un ginecólogo y a un orientador sexual, cuyas palabras no pueden dejar indiferentes cuando habla a la pareja: “Es complicado tener un hijo a los quince. Te da mucho trabajo. Sin la ayuda de vuestros padres, es aún más difícil. Vais a tener problemas. Podéis hacer esa elección, podéis quedaros con el bebé. Es posible. Pero requiere muchas responsabilidades que están más allá de vuestra edad”. Y cuando, pese a todo, Max decide continuar con el embarazo, resuenan aún más las palabras del adulto dirigiéndose a Mel: “Tienes que recordar esto. Al final eres tú quien decide…Si no estáis de acuerdo, tenéis que pensarlo bien, pero es una decisión muy importante que requiere muchas responsabilidades”. Y pese a estos (demasiados) dirigidos consejos, los jóvenes deciden seguir adelante con el embarazo. Pero la noche de felicidad y complicidad de la pareja en la feria se rompe cuando ella le expresa: “Max, tenemos que pararlo, lo del bebé”. Ante esto, Max intenta descargar sus dudas y su tensión en los entrenamientos de fútbol, más cuando es seleccionado por un cazatalentos.

Cuando informan a los padres, estos establecen un debate entre ambas familias de cómo abordar un aborto a los tres meses y medio de gestación. Y hasta plantean, delante de sus hijos, y de una forma tan cumplida como comercial, repartir los gastos de viajar a Holanda a realizar la intervención. Realmente es una decisión tomada por la madre de Mel, pues ella pasó por lo mismo y no quiere que se reproduzca tener un bebé a esa edad: “Lo he pasado yo misma. Créeme. ¿Qué sabes de la vida?... Vas a tener que dejar la escuela para cuidar de tu hijo”. Pero la joven pareja quiere seguir adelante con el embarazo y cuando la madre de Mel le dice que no comenta ese error estúpido, ella le responde con algo muy contundente: “¿Soy un error estúpido?”. Y los jóvenes se apoyan pensando en un futuro mejor cuando Max consiga ser un jugador de fútbol profesional. Y suena la canción “Misses” del grupo belga de indie pop Girls in Hawaii, y se renueva la ilusión de los nuevos padres en la ecografía del último trimestre cuando les confirman que será un chico. 

La experiencia similar que tuvo la madre de Mel fue tan negativa que no ayuda a su hija al tomar la decisión de seguir adelante con su maternidad; y, además, la echa de casa y tiene que instalarse en un hogar para adolescentes con su misma situación. Mientras tanto, Max fracasa en su estancia para ascender en el fútbol, pues decide abandonar ante la preocupación por Mel. Al final de la gestación, Mel es acogida con aprecio en la casa de Max, mientras su madre se mantiene en la distancia. 

Cuando se aproxima el parto, Mel está nerviosa, duda, llora y tiene miedo. Finalmente las dudas le hacen volver con su madre y tomar una decisión imprevista al final cuando da al hijo en adopción. Max intenta recuperarlo, pero su deseo no es suficiente para la institución gubernativa que tienen ahora que decidir dónde deberá crecer feliz y con seguridad el bebé. Finalmente lo puede ver, tomarlo torpemente en sus brazos durante algún minuto, sacar una foto de recuerdo, poder preguntarle si le va a ir bien y decirle adiós. 

Y con este final se nos queda el alma bastante vacía después de 9 meses, porque, aunque el sistema social haya funcionado, no lo ha hecho lo más importante: el amor a la vida, a todas las vidas. Por ello 9 meses es una película conmovedora y violentamente atractiva que no solo habla de la adolescencia, también sobre la paternidad precoz o, más bien, sobre la imposibilidad de ser padre. 

Y en ambas películas cabe destacar el papel de sus jóvenes protagonistas: la debutante actriz franco-rumana Anamaría Vartolomei en El acontecimiento, y la francesa Galatéa Bellugi y el suizo Kacey Mottet-Klein en 9 meses. Y cabe destacar a Kacey Mottet-Klein, pues fue el niño actor fetiche de la rompedora directora franco-suiza Ursula Meier en Sister (2012) y en Home: hogar dulce hogar (2015), de forma que la propia directora le llegó a dedicar un corto documental titulado Kacey Mottet Klein, nacimiento de un actor (2015); ambas películas ya en Cine y Pediatría, como también la película Cuando tienes 17 años (André Téchiné,  2016). 

Dos películas que nos recuerdan algo tristemente frecuente: que los 9 meses que nos llevan a uno de los más hermosos acontecimientos de la vida, no siempre son (ni han sido) un tiempo feliz. 



sábado, 11 de agosto de 2018

Cine y Pediatría (448). “Adiós, cigüeña, adiós”, el milagro de la vida contado desde la infancia


“Si lo que escribo sobre la generación de los hombres escandaliza a las personas impuras, que se acusen de su impureza y no de mis palabras” San Agustín 

Con esta cita de San Agustín comienza esta película. Y a continuación la canción de Antonio Machín, “Madrecita”, sirve de acompañamiento para los créditos junto a imágenes de recién nacidos llorando y dibujos de cigüeñas, así como otros esquemas sobre la anatomía de la mujer y de la gestación. La película, claro está, es Adiós, cigüeña, adiós, un film iniciático y trasgresor de Manuel Summers para aquel año 1971 en España, el especial romance de dos adolescentes que tienen que afrontar la llegada de un hijo sin haber sido educados para ello y tienen que experimentar la (auto)educación sexual. 

Una película que acumula las señas de identidad de un director tan peculiar como Summers (temas incómodos, humor tierno, crítica social,…), con un guión suyo al alimón con el humorista Antonio de Lara, “Tono”, en lo que fue un éxito inaudito, con un año en cartelera en España y que también triunfó en otros países. Una película que marcó a muchos adolescentes de la época, sobre todo por el hecho de que tocaba temas tabú para la sociedad española del momento. 

Estamos en el Madrid de los principios de la década de los setenta, y Madrid aparece retratado como un personaje más, pues allí nos aparece el Museo del Prado, la Cuesta Moyano, el Paseo del Prado, el Retiro y su estanque, la Puerta del Sol, el Rastro, Navacerrada, y hasta los niños jugando al fútbol con las camisetas del Real Madrid y del Atlético de Madrid. Y allí y esa época (“Dos rombos, niños a la cama…” nos decían también los padres) se establece ese noviazgo adolescente de la época entre Arturo (Francisco Villa), de 15 años, y Paloma (María Isabel Álvarez), de 13 años: “Está enamorado de ti como un becerro” le dice una niña pequeña a la angelical Paloma, cuando Arturo le regala una fotografía, en aquellos inicios del flirteo; “Te amo con todas las fuerzas de mi ser, te amo, te quiero” son pensamientos en off de nuestro galán.

Tras salir juntos en varias ocasiones, se comprometen como novios: “Gracias Dios mío, ya somos novios… Padrenuestro que estás en los cielos…”, es lo que piensa Arturo cuando bailan juntos por primera vez y a él le caen lágrimas de la emoción. El adolescente tan ensimismado en su primer amor que escribe el nombre de ella hasta en la sopa de letras. Y en una excursión con el colegio entre la nieve de Navacerrada hacen el amor y, tiempo después, Paloma descubre que está embarazada. Ante el temor de comunicar esta noticia en sus respectivas familias, y dado su escaso conocimiento en educación sexual, la joven Mamen (Beatriz Galbó) y su grupo de amigos integrado por niños y adolescentes, los ayudarán a preparar el parto: “Entre todos cuidaremos a Paloma y el niño será de todos”.

Y el tercio final de la película resulta bien peculiar. Porque puedo asegurar que el control y cuidados que hacen los niños de la gestación de Paloma, sin saber, llega en su inocencia a no ser peor a algunos que yo conozco. Y en la ingenuidad de dos jóvenes puramente enamorados, ella nos dice: “Qué bien se está cuando ya se es mayor…”. Y así avanzamos hasta el final con el llanto de la nueva vida, todos los niños adorando al bebé de Paloma (y de todos) y el “Aleluya” del Mesías de Haendel llena el espacio y eleva la cámara al cielo. Como no puede ser de otra manera ante una nueva vida….

Y así es como Manuel Summers, que debutó con el gran éxito comercial y cinematográfico que fue Del rosa al amarillo (1963), con la que consiguió la Concha de Plata del Festival de Cine de San Sebastián por esa dos historias paralelas que rebosan amor (la primera protagonizadas por dos niños, la segunda por dos ancianos), prosiguió con una experiencia tan singular como la de Juguetes rotos (1966), sobre la vejez, y se ganó al público con Adiós, cigüeña, adiós, un nuevo buceo en el mundo de la infancia que colisiona con el de la adolescencia, y que descubre el amor y el sexo. Una filmografía ante ese eterno oxímoron de la vida: el deseo de ser mayores cuando somos niños y el deseo de ser niños cuando somos mayores.

El éxito enorme de Adiós, cigüeña, adiós, con ese final lleno de interrogantes, propició una continuación inmediata y con los mismos jóvenes protagonistas: El niño es nuestro (1973), en donde el niño de Paloma es enviado a un orfanato de monjas, dado que ésta no puede mantener a su hijo, pero los chicos se organizan para recuperarlo y criarle juntos. Esta segunda parte no tuvo tanto éxito como la primera, pero con estas tres películas (Del rosa al amarillo, Adios, cigüeña, adiós y El niño es nuestro) Manuel Summers ha sabido como nadie en España dirigir historias de gran sensibilidad contadas por la infancia. Películas con niños para adultos, como nuestra película de hoy (y su continuación) donde nos regala el milagro de la vida contada por la propia infancia.

Y quien se escandalice, que tenga en cuenta las palabras de San Agustín...

 

sábado, 25 de abril de 2015

Cine y Pediatría (276). Adolescencia brutal, más fría que el “Ärtico”


Gabriel Velázquez es un director salmantino para el que el cine es una herramienta con la que mostrar la verdad. La fórmula es clara: actores no profesionales, planos largos, una buena fotografía que muestra y no demuestra, guiones en continua mutación ante lo que sucede día a día, escaso diálogo que no interrumpa el pensamiento. Ese minimalismo del cine de Gabriel Velázquez que lo hace cada vez un poco más grande. Él no filma, retrata: y se fundamenta en encuadres bellos por donde pasan personajes de la vida real (nunca actores). 

Con Ártico cierra la trilogía de la familia, familia alrededor de la adolescencia y de adolescentes, familia frente a soledad. Todo empezó con Amateurs (2008), el primer capítulo, que nos plante una cuestión eterna: hasta dónde somos capaces de llegar para no estar solos (que trataremos en nuestra próxima entrada de Cine y Pediatría). Después llegó Iceberg (2011), el retrato de unos adolescentes en pleno proceso de cambio que se asemejaban a auténticos bloques de hielo a ojos del espectador y que ya formó parte de este blog. Y ahora llega Ärtico (2014), que guarda muchos puntos en común con la anterior, la historia de dos jóvenes marginales que sobreviven en una pequeña ciudad de provincias (siempre “su” Salamanca querida). De ahí que ambos títulos tengan cierta similitud, pues es una película fría y dura como el título de la película. Y para que la trilogía sea perfecta, una película cada tres años. 

Ärtico es una película capitulada en cuatro partes y cada una parte con el nombre de cada uno de los cuatro personajes principales (y con una frase identificativa de cada uno de ellos, de su marcado destino): Simón (Juanlu Sevillano), Lucía (Lucía Martínez), Debi (Deborah Borges) y Jota (Victor García). Cuatro protagonistas del barrio marginal de los Alambres de Salamanca y uno más: el paisaje de esta ciudad y esta provincia. Espacios abiertos del campo charro, del río Tormes, de los cielos de Salamanca… bellos como pocas veces se han filmado, y que el director trata de forma muy pictórica, porque, como expresa el propio director, su intención era que la historia "transcurriese dentro del cuadro, como si fuese una pintura de Edward Hopper". Puestas de sol y amaneceres en estas tierras que, paradójicamente, antes que maquillar el drama, lo intensifica al producirse un perturbador choque entre dos sensaciones opuestas, lo que nos crea zozobra y desasosiego. 

Y todo ello para hablarnos de la adolescencia, de la soledad, de la familia. Pero para hablarnos con muy pocos diálogos, casi no audibles en ocasiones. Poca música, y qué decir de la música con la que se inicia y termina la película: ese repicar de manos contra una mesa (inolvidables, único, magistral). El folclore muy bien urdido, ancestral y profundo. La tierra, el cielo, su música (que mezcla folclore salmantino, flamenco y "punk") y la vida…aquí grabada en Salamanca y algunos de sus municipios (Ledesma, Babilafuente, Vecinos, Cabrerizos, Encinas de Abajo), y también en Zamora. 

Los protagonistas son jóvenes, veinteañeros sin futuro, de la España profunda de la crisis. Simón dejó embarazada a Alba y ahora tienen un hijo de tres años. Sin trabajo y sin opciones, la pareja vive en casa de sus padres, una familia de feriantes, pero Simón no soporta al padre severo, no ama a su mujer y no quiere aguantar el llanto del bebé. Jota, sin embargo, está solo. Vive en un embarcadero junto al río. Su madre está en la cárcel y para él, tener una familia como la de su amigo sería un sueño hecho realidad. Ahora ha conocido a Debi, una joven brasileña de diecisiete años, y ésta se ha quedado embarazada, pero ella no tenía pensado tener hijos tan pronto. 

Los sueños de esta pareja de amigos son muy diferentes y todas las mañanas se buscan, se reúnen y salen a buscarse la vida. Solo intentan conseguir un poco de dinero y están dispuestos a hacer lo que sea necesario para ello. Porque la miseria, la inestabilidad y el miedo son los referentes de Jota y Simón, los personajes principales de la película, y la falta de educación ronda en el mensaje. Porque ellos mantienen una relación de poder con sus parejas, originando un vínculo basado en el machismo y los celos, dentro de una sociedad rural donde perviven los roles de género de épocas pasadas. 

Ärtico parte de la admiración del director por el cine “quinqui” de los años ochenta, cuando en esa España de la postransición empezó a trascender la delincuencia juvenil y se convirtió en un gran problema social, además de crear un estilo cinematográfico. Es un homenaje a películas como Navajeros (Eloy de la Iglesia, 1980), Deprisa, deprisa (Carlos Saura, 1981), El lute: camina o revienta (Vicente Aranda, 1987) o Yo, El Vaquilla (Juan Antonio de la Loma, 1987), entre otros. Y por supuesto, a Pirri, seudónimo del actor José Luis Fernández Eguía, su personaje favorito que solía interpretar a personajes marginales (principalmente en muchas películas de Eloy de la Iglesia) y cuya vida real no se separaba mucho de la de sus personajes. Pero en Ärtico se acerca a este ambiente con una dirección construida muy artesanalmente a base de belleza y de sencillez narrativa, con un sello muy personal de su director (y que casi le caracteriza) y en donde tampoco es difícil ver alguna similitud con la reciente Hermosa juventud (Jaime Rosales, 2014). Es así que caben dos propuestas estéticas dispares que señalan dos velocidades y dos maneras de encarar un horizonte baldío y sin futuro de los jóvenes: la estética de la prisa y la huida hacia delante de los años 80 y la estética de la parálisis total actual. Y aquí en Ärtico dominan las elipsis y los silencios en lugar de los subrayados y los diálogos. El resultado es un largometraje poderoso, que no esquiva la actualidad (embarazos no deseados, el paro juvenil, la violencia contra las mujeres, las drogas), pero que antes que documento pretende erigirse como bodegón de la España contemporánea, al menos de una pequeña parte. 

En Ártico la imagen es predominante frente a la palabra. Y para algunos será un tostón, para otros una pequeña obra de arte. Para mí y Mayte, mi mujer, un pequeño milagro: porque esta es la enésima película que visionamos solos en una sala de cine, con un añadido. Y fue el ver, en la soledad de la sala, el interior del Hospital Virgen de la Vega (que nunca se había filmado en una película) el mismo día y a la misma hora que hacía 27 años mi mujer ingresaba allí para ser madre. Fue una casualidad que nos dejó muy sorprendidos, pero confortados. 

Esta película va dedicada a Hernando, Rocío y Antonio, amigos de Colombia en su viaje especial a Salamanca con parada en Pachamama, la madre tierra. Y quedan las campanadas de la catedral. Y queda el cielo de Salamanca… Y esa visión final de los cientos de niños preescolares que salen al patio de la escuela, una hermosa imagen final, un ejemplo más de la contundencia visual y sonora de esta película que lleva al espectador de vuelta a la primera secuencia, con un montón de palomas que salen despavoridas de su palomar.

 

sábado, 13 de febrero de 2010

Cine y Pediatría (5). “Precious”: adolescencia S.O.S.


La adolescencia es una destacada fuente de argumentos para el séptimo arte, bien como tema principal del guión o con matices destacados dentro de la trama. Se ha retratado la adolescencia bajo distintos prismas, desde la mirada más jovial hasta la más dramática. En este sentido, acaba de estrenarse Precious (Lee Daniels, 2009), un relato duro y vibrante basado en la novela “Push”, editada en 1996 y cuya autora es la poeta y novelista estadounidense Sapphire.

Claireece "Precious" Jones (Gabourey Sidibe, en un impresionante debut en el cine) es una adolescente negra de 16 años con obesidad mórbida, analfabeta y que vive en el Harlem de los años 80 desarraigada socialmente junto a su madre (Mo´Nique), una ex-presidiaria que la somete a maltratos físicos y emocionales. Está embarazada por segunda vez de su padre, al que nunca ve; su primera hija tiene síndrome de Down (y a la que apodan “Mongo”) y viven de las ayudas de la asistencia social. Cuando la joven está a punto de abandonar la escuela por su embarazo, es trasladada a un instituto alternativo donde los alumnos participan activamente en la enseñanza. Allí conocerá a la señorita Rain (Paula Patton, la única belleza -en cuerpo y alma- de toda la película; actriz difícil de olvidar tras su primer papel protagonista en el thriller de Tony Scott, Déjà Vu) y que no parará hasta que “Precious” (paradójico nombre, visto lo visto) recupere su dignidad.

Con este argumento, lo normal es que uno no se anime a visionarla. Pero el relato deja espacio para la solidaridad, la esperanza y la humanidad, con mensajes sobre la superación de dificultades, en un viaje que lleva de la oscuridad, el dolor y la impotencia a la luz, el amor y la autodeterminación. Precious es una de las sorpresas del año, puro cine independiente. Es la flamante ganadora de Sundance 2009, con un paso triunfal por la mayoría de los festivales de cine (una de las películas más premiadas de la temporada) y cuyo colofón son las 6 nominaciones a los Óscars: mejor película, mejor director, mejor actriz principal (a la debutante Gabourey Sidibe), mejor actriz secundaria (para Mo´Nique, reconocida actriz de comedias, quien, sin embargo, baja a los infiernos de la interpretación; por este papel ya ha quitado el Globo de Oro a Penélope Cruz por Nine y , a buen seguro, también le arrebatará el óscar, pues por mucho amor patrio a “Pe” no creo que tirarse con glamour por una cortina merezca tal galardón) y mejor guión adaptado.
La película guarda algunas curiosidades: una de las productoras ejecutivas es la poderosa presentadora Oprah Winfrey; dos estrellas de la canción hacen sus pinitos en la película: Mariah Carey (como trabajadora social) y Lenny Kravitz (como enfermero); la propia Sapphire, autora del libro, hace una breve aparición como cuidadora de guardería; la anterior película del director (Shadowboxer) también tiene entre sus actores a Mo´Nique que, en dicha película y curiosamente, se llama Precious.

La protagonista de la película reúne un conjunto de problemas médicos (la visión de la obesidad y el embarazo no deseado nos golpean como puños), psicológicos (la autoestima destrozada en el entorno de una familia patológica) y sociales (analfabetismo, desarraigo y marginación social) que nos hablan, de una forma extrema, de lo que nunca debemos permitir de una adolescencia sana, en términos de salud física y mental. Y ese es un camino que se inicia desde la primera infancia y del que todos somos responsables: padres y familia, educadores, sistema sanitario, políticos y sociedad en general. La mayoría de nosotros no trabajamos en ambientes como Harlem, pero si reconocemos determinadas áreas de salud donde la situación social de la población y el desarraigo de las familias, acerca a los adolescentes al borde del abismo.

La adolescencia es una “tierra de nadie” desde el punto de vista de la sanidad: demasiado mayores para ser niños, demasiado jóvenes para ser adultos. Siempre se ha criticado a los pediatras de aumentar la edad de cobertura de sus pacientes (“hasta los 14 años”, “hasta los 18 años”, “hasta los 21 años” incluso, según las sociedades pediátricas de distintos países), pero lo cierto es que desde la pediatría se ha hecho una gran apuesta por su atención, tanto desde el punto de vista institucional (la Sociedad de Medicina del Adolescente es una de las 24 sociedades de especialidades pediátricas con las que cuenta la Asociación Española de Pediatría) como práctico (desarrollo de unidades de adolescentes, tanto en hospitales como en centros de atención primaria).
La atención del adolescente es un reto demasiado importante para que pensemos que pueda estar en manos de una sola especialidad. Se precisa una colaboración multidisciplinar (pediatras, médicos de familia, psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos, enfermería, educadores, asistentes sociales, etc) y en el que deben participar todos aquellos profesionales con preparación (especial preparación; no sirve la que empleamos para niños, tampo la que realizamos en adultos) e ilusión por esta importante etapa de la vida, verdadero futuro de nuestra sociedad.