Cine y Pediatría 8

sábado, 3 de octubre de 2020

Cine y Pediatría (560). “Guapis” reflexiona sobre la hipersexualización infantil

 


“Por eso las mujeres deben ser devotas. Porque en el infierno serán mucho más numerosas que los hombres. Por eso tenemos que seguir los consejos de Alá, porque somos valiosas a los ojos de Alá. ¿Sabéis de dónde viene el mal? De esas mujeres ligeras de ropa. Debemos ser recatadas. Debemos obedecer a nuestros maridos. Debemos educar a nuestras hijas casi con temor… Amén”. Esta homilía en una reunión religiosa de mujeres musulmanas que viven en Francia es lo que oye nuestra protagonista de 11 años, Amy, al inicio de esta película del año 2020, por título Guapis (Mignonnes en su versión original y Cuties en inglés), la ópera prima de la directora francesa Maïmouna Doucouré

Una película que ha generado un debate estéril e innecesario por su carátula de promoción en redes sociales: un póster que muestras a nuestras cinco protagonistas, un grupo de niñas de 11 años, con poca ropa y poses sugerentes, algo muy diferente al cartel original. Pero al igual que no debe juzgarse un libro por su cubierta, no debe juzgarse una película por este póster de la empresa Netflix. Porque Guapis no es Showgirls (Paul Verhoeven, 1995) en versión infantil, ni nuestra protagonista es Elizabeth Berkley, sino una sorprendente y contenida Fathia Youssouf que interpreta a Amy, esta niña franco-senegalesa y musulmana que vive con su madre, abuela y dos hermanos pequeños y quien, para escapar de la peculiar situación familiar en la que vive (su padre va a casarse con una segunda mujer, su madre se ve obligada a aceptarlo y van a vivir todos juntos), comienza a fijarse en unas compañeras de clase que se van a presentar a un concurso de baile. 

Es Guapis (un título que quizás desmerece) un equilibrado drama iniciático sobre las dificultades de crecer entre dos culturas, la senegalesa y la occidental, o dos formas de patriarcado, el que permite a los hombres tener varias esposas doblegadas en casa y el que promueve la cosificación de las mujeres, incluso de las chicas todavía lejos de llegar a serlo. Y entre móviles, vídeos, redes sociales, coreografías hipersexualizadas conocemos a Angélica, Coumba, Jess y Yasmine, a las que se une nuestra Amy con su angustia vital permanente. Más allá (y más acá) de esta polémica innecesaria, esta película fue premiada a la mejor dirección en el Festival de Sundance y tuvo una mención especial en la Berninale. 

Guapis cabe entenderse como una historia de superación, de cómo esta niña que recibe la menarquía con sorpresa quiere dejar de lado los complicados convencionalismos de su familia, centrando su atención en el baile, en la ropa, en el maquillaje y en ese primer vistazo al mundo adulto que ni ella misma entiende cómo funciona. Un mundo en el que hoy en día la infancia puede traspasar fácilmente los límites de lo admisible, de ahí la reacción de su madre, cuando le dice: “¿De dónde has salido?, ¿quién eres, Amy? ¡Me mientes!, ¡me robas!, ¡atacas a tus compañeros y te comportas como una puta!...¿A qué juegas?, ¿quieres humillarme?”. Y la madre y la abuela intentan ayudarla de la manera y forma que saben, en base a su religión y su tradición. 

La película plantea varios temas complicados, y los plantea acertadamente. Pues es capaz de criticar la represión a las mujeres que hay en muchas religiones y, a la vez, la hipersexualización a la que están sometidas las niñas en la pre-adolescencia, tengan la creencia que tengan. La historia trata a su protagonista con empatía y respeto, intentando hacernos entender que Amy es solo una niña buscando su lugar en el mundo mientras el suelo se desmorona bajo sus pies. De nuevo el baile como una especie de refugio de evasión a esos niños, niñas y adolescentes en ambientes sociales y familias disfuncionales, mientras se realiza el tránsito de la niñez a la adolescencia: lo vimos con distintos enfoques en Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000), en Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006) o en Fish Tank (Andrea Arnold, 2009). 

Y esta película francesa devuelve la mirada otra película española también de este mismo año: Las niñas (Pilar Palomero, 2020). Y ambas nos muestran este periodo inestable e inseguro de tránsito pero en contextos sociales diferentes: si Guapis refleja una sociedad actual de cruce de culturas, religiones y creencias en un barrio de Paris centrado en el personaje de Amy, en Las niñas se nos traslada a la década de los ochenta en un colegio de monjas de Zaragoza centrado en el personaje de Celia, hija de madre soltera. De aquella pasada sociedad de normas y prejuicios sociales a una sociedad actual donde no es fácil poner límites en un mundo excesivamente conectado a internet y desconectado a los valores

Lo cierto es que Guapis puede abrir diversos debates. Y uno, sin duda, es el debate a ese boom del postureo, la moda y los cánones de belleza que rondan los perfiles virtuales (desde Instagram a Tik Tok), y cuya visión afectan tanto a niños como adultos, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta el papel protagonista de los medios de comunicación en nuestro día a día. Y con las redes sociales a la cabeza, en busca de “followers” y “likes”. Y es en ese momento cuando los padres se pueden preguntar: ¿es esto adecuado para su edad?, ¿van a ser mis hijos mayores antes de tiempo?, ¿acabarán desarrollando una buena imagen personal de sí mismos?, ¿qué valores positivos favorecen? Todas estas preguntas se pueden englobar dentro del concepto de hipersexualización infantil, entendiendo como tal a esa exaltación de la sexualidad como medio de obtención de un mayor valor social y que conllevaría una preocupación constante por la imagen corporal. Un fenómeno que afecta más a chicas que a chicos y que es más frecuente alrededor de la adolescencia, como le ocurre a Amy y a sus cuatro amigas, con esa tendencia a vestir ropa de mayor y a exhibir conductas sensuales o provocativas. 

Un tema que está en nuestra sociedad y que no se encuentra lejos de nuestra realidad. Y donde la labor educativa de los padres es clave, el diálogo con nuestros hijos a los que hay que escuchar continuamente, pues solo de esta forma podremos conseguir dos objetivos: enseñarles a utilizar bien internet y a ser críticos con la información que proviene de las redes, pero sobre todo, transmitirles esos valores positivos que deseamos. Porque una infancia inocente y libre de estímulos inapropiados debe ser un derecho, no un privilegio. Y la familia, los centros educativos y la sociedad deben proteger esta etapa de la vida de estímulos inapropiados (y estos son constantes para ellos y los tienen cada vez más al alcance). 

Y así es como el baile final de la película Guapis, escandalizó a todos los asistentes. Pero lo que debe escandalizar de verdad es como unas niñas llegan allí y las lágrimas finales de Amy nos hacen reflexionar. Y cuando nuestra protagonista se tiene que decidir entre la tradición familiar en la que le ha tocado vivir y la modernidad social que le rodea, no elije ninguna. Y por ello salta con una sonrisa de despedida, la primera sonrisa de Amy en toda la película.

 

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