sábado, 9 de julio de 2022

Cine y Pediatría (652) “Melody”, primer amor escolar a ritmo de The Bee Gees

 

La semana pasada volvimos a analizar la relación entre cine y educación a través de las esas aulas del séptimo arte que nos acercan a las relaciones entre profesores y alumnos. Y ya anunciamos que hablaríamos de dos películas icónicas del Reino Unido: en aquel momento analizamos la película If…. (Lindsay Anderson, 1968), en lo que es una dura crítica al sistema educativo británico; y hoy lo hacemos con la película Melody (Waris Hussein, 1971), película coetánea a la anterior, pero mucho más amable.  

Comienza Melody con unos títulos de crédito con imágenes en color sepia de un Londres en la década de los setenta, mientras suena la romántica canción “Morning Of My Life” de The Bee Gees, con esa letra que nos recuerda que “esta es la mañana de mi vida”. Y con ello se nos marca el camino de una película que tendrá como leitmotiv musical a las canciones de este grupo británico formado por los hermanos Gibb (Barry, Robin y Maurice) y que fueron conocidos en la década de los setenta como los Reyes de la Música Disco, con ese tan característico falsete del grupo. Una película cuya historia original es de Alan Parker, en su debut como guionista, y el director es el británico-indio Waris Hussein, al que le debemos sendos trabajos en el teatro, la televisión y también en el cine. Se convirtió en una película de culto, quizás porque nos permite soñar despiertos al mostrarnos ese momento de la infancia donde el amor es puro e inocente, y aún se puede seguir soñando con las aventuras de las novelas infantiles de los Cinco y los Siete Secretos de Enid Blyton o el mágico mundo de Alicia de Lewis Caroll. 

Narra la historia de dos amigos de 12 años pertenecientes a clases sociales bien distintas: Daniel (Mark Lester), responde al arquetipo de chico ideal, rubio, inteligente y sensible, y Onshaw (Jack Wild), un chico rudo en el uso del lenguaje y de aspecto andrajoso. Personajes antitéticos, pero inevitablemente complementarios, amigos inseparables hasta la entrada en escena de Melody (Tracy Hyde), que cambiará la vida de Daniel cuando se enamoran. Cabe recordar entre estos tres actores juveniles el papel que tuvo Mark Lester como actor infantil, incluido a los 8 años un pequeño papel en Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966) y el papel principal de Oliver (Carol Reed, 1968), película musical que adaptó la novela “Oliver Twist” de Charles Dickens. 

Y esta bonita historia de amor que es Melody transcurre entre la familia y, especialmente, en el centro escolar. Un centro escolar en el que conocemos a los peculiares profesores de Religión (“Los niños judíos pueden ir a su clase particular…Y Jesús dijo: levántate y camina. ¿Alguien sabe a quién se refería Nuestro Señor?, ¿alguien sabe qué discípulos estaban con Jesús?, ¿alguien sabe quiénes eran los discípulos?, ¿alguien sabe quién era Jesús?”), de Historia (quien no acepta la duda de los alumnos sobre cuáles eran los motivos por los que Wellington estuvo en España y prefiere que recuerden lo de que “las tortugas hacen malos felpudos”), de Latín (que proporciona azotes ante las malas traducciones, y más enojado aún porque los alumnos creen que el latín es una lengua tonta y muerta), de Geografía, de Inglés, etc. 

Y también se nos muestra la vida escolar con las salidas tumultuosas de clase, los juegos de los recreos, las clases de danza y de música, los campeonatos deportivos de la escuela, las conversaciones de los amigos y amigas (“Siempre pensé que al besar a un chico tendría un bebé”). Donde las chicas admiran un cartel de Mike Jagger o los chicos pasan por delante del cartel de la película Patton. Y pasa el curso, mientras la pandilla repite tantas veces como sea necesario el experimento fallido de crear una bomba casera que explote. Y en ese entorno, se cruzan las miradas de Daniel y Melody con la canción “Allouette”, mientras ella toca la flauta y él el contrabajo, y surge el inocente enamoramiento. Adolescentes de 12 años que descubrirán el significado de la palabra amor, mientras una nueva canción de Bee Gees, “Melody Fair” nos susurra aquello de “Melody, recuerda que solo eres un niña…” 

Y continúa la historia narrada a través de las distintas canciones explícitas de The Bee Gees: “Give Your Best”, acompaña las correrías de los dos amigos a la salida de clase, pura jovialidad en su letra: “Solo di lo mejor a mis amigos”; “To Love Somebody” suena mientras se desarrollan los campeonatos deportivos escolares y nos dice “Tú no sabes lo que es amar a alguien como yo te amo…”; “First of May” se hace presente mientras pasean su primer amor por el cementerio y se escucha “Pero entre tú y yo, nuestro amor nunca morirá”; y los novillos de la nueva pareja para ir al parque de atracciones y a la playa al alegre son de “Give Your Best” de nuevo. 

Y mientras la música lo rodea todo, la historia de amor continúa. Melody se sincera en su excursión al cementerio: “Mi amiga Muriel, la grandota, dijo que andas diciendo que me amas”; y allí, mientras leen los mensajes de amor de las lápidas, se preguntan si se amarán así toda la vida, y brota la inocencia de Daniel: “Al menos ya te he amado una semana”. Y llega la llamada de atención del director por las pellas, con sermón incluido: “Si andan paseando, no pueden estar en la escuela. Y si no les podemos enseñar, terminaran como la generación de imbéciles que los precedieron. No aliento los castigos corporales en esta escuela, pero en ocasiones hay que dar una lección”. Pero Daniel y Melody declaran su intención de estar siempre juntos y casados, lo que es motivo de burlas por los compañeros. Y llega la preparación de la fiesta de fin de curso con los típicos bailes de la época ye-yé, donde los alumnos piensa: “Pronto cantarán Hey Jude mientras nos azotan”

La película nos devuelve el contraste entre la vida burguesa de Daniel, la clase obrera de Orashaw y la particular familia de Melody. Nuestros jóvenes enamorados también expresan a sus familias el deseo de estar juntos, y los padres intentan explicarles las razones por lo que no pueden casarse tan jóvenes, aunque sus motivos son tan inocentes como puros. Y finalmente se escapan y con ellos toda la clase, y celebran una boda imaginaria en su zona habitual de juego, debajo de las vías del tren. Y allí acuden también todos los profesores para evitarlo. Y aquí la escena de persecuciones de alumnos y profesores se establece al ritmo de “Teach Your Children” de Crosby, Stills, Nash & Young, mientras los dos jóvenes enamorados escapan por las vías del tren. 

Todo un icono de película que en su inocencia nos enamoró mientras suena la canción “enseña a tus hijos”, en un final muy recordado. Porque Melody escudriña con delicadeza el interior del alma de los espectadores y explora la esencia de la vida, los sueños, los deseos, las frustraciones y las crisis de identidad, así como ese afán por rebelarse contra las barreras que impone un sistema educativo obsoleto o entornos sociales y familiares que piden un cambio. Porque los maltratos a los hijos no siempre son evidentes, pero nos hace explorar el sentido del maltrato de una mala educación. 

Cabe no confundir esta película británica de la década de los setenta con la más reciente película belga de similar título, Melody (Bernard Bellefroid, 2014) y que nos acerca al complejo entorno de las maternidades  subrogadas.


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