martes, 6 de julio de 2010

Entrada en vigor de la nueva Ley del aborto

La entrada de hoy la firmo con mi nombre y apellidos, ya que este es un blog en el que escriben muchas personas. No todo el mundo tiene que estar de acuerdo con lo que Cristóbal Buñuel piensa o escribe, así que cada palo que aguante su vela.

Ocultada por el "ruido" del Mundial de fútbol, semiolvidada por las vacaciones veraniegas que muchas personas han comenzado, casi ignorada - salvo excepciones - por la blogosfera sanitaria, ayer día 5 de julio entró en vigor la nueva Ley del aborto en España, eufemísticamente llamada "Ley de Salud Sexual y Reproductiva".

En este blog he escrito ya sobre el tema. Realmente no tengo mucho más que añadir, salvo mi recomendación - para quien lo desee - de que reviseis las entradas dedicadas al "Milagro de la Vida Humana" y otras sobre temática similar. Ahí está todo lo que escribí y mantengo - sin pretender, desde luego, ofender a nadie -.

No puedo dejar de pensar que vivimos en una sociedad muy hipócrita. Tan hipócrita que, por ejemplo, este país - España - suscribió la Convención de los Derechos del Niño cuando en su preámbulo dicha Convenicón dice que "Teniendo presente que, como se indica en la Declaración de los Derechos del Niño, "el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento"". El subrayado en negrita es mío. Ni el preámbulo hemos sido capaces de respetar.

Podría decir más cosas pero están todas dichas en entradas previas, a las que os remito. Sí que recuerdo que Julián Marías, uno de los principales filósofos españoles del Siglo XX, escribió sobre el tema. He buscado su artículo y lo he encontrado en un blog de nombre "Interesante". A continuación os copio y pego todo el texto del artículo, y os invito que todos reflexionemos sobre el mismo.

Artículo de Julián Marías:

"LA CUESTIÓN DEL ABORTO.

JULIÁN MARÍAS

La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia.
Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer.
Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntarés «¿qué es», sino «¿quién es?».
Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter, viene de ahí y no es rigurosamente nuevo.
Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante.
«Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre.
Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor».
El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma).
A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.
Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno.
Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden.
El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad.¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final.

Julián Marías"

8 comentarios:

Francisco José Ramiro dijo...

Felicidades por este post, y gracias por volver a poner delante de nuestros ojos el artículo de Julián Marías.
Pienso que hemos empezado un tiempo en el que hay que trabajar por difundir una cultura de la vida. Y vosotros lo estáis haciendo

Pedro A. López dijo...

Realmente lo de Julian Marias es exceente.

José Cristóbal Buñuel Álvarez dijo...

Julián Marías era una de esas mentes privilegiadas que este país tuvo el honor de poseer. Y es ahora, más que nunca, cuando muchos de sus textos deben ser releídos, por absolutamente necesarios.

Muchas gracias por vuestros comentarios.

Antonio G. Ch. dijo...

Gracias de nuevo José Cristóbal. Espero que un blog con el prestigio que tiene el vuestro, sirva de altavoz-portavoz de aquellos que por miedo o corrección no alzan su voz.

Ah! y Julián Marías era una excepcional personalidad (quizás el mejor pensador del s. XX) que sigue alumbrando a muchas mentes, pero tiene igual o más valor documental y testimonial que "El Bálsamo de Fierabrás" o "Pediatría Basada en Pruebas" alcen su voz en medio del ruido infernal de lo políticamente correcto.

Un abrazo. Antonio.

C dijo...

Mi más sincera enhorabuena por el post. Impresionante el artículo de Marías.

Dr. Bonis dijo...

Desde el respeto por las creencias y posicionamientos éticos de cada uno solo espero que los que se oponen tan fírmemente al aborto por considerar al embrión un ser humano y por tanto ser el aborto un asesinato, se opongan con igual vehemencia y así lo expresen públicamente a otro tipo de aberraciones morales y atentados contra la vida de los seres humanos embrionarios. A saber:

1- La realización de test de diagnóstico prenatal de síndrome de Down y otras anomalías congénitas. Porque si la vida de un ser humano en su fase embrionaria es digna de protección, la vida de un ser humano con síndrome de Down es aún más digna de protección si cabe. Y siendo así ¿para qué hacer pruebas de detección precoz de síndrome de Down?. ¿Añadiremos al crimen de asesinato el crimen de la eugenesia? ¿hay embriones de primera y de segunda categoría? ¿las personas con síndrome de Down son de segunda categoría ya desde su concepción?.

2- La realización de procedimientos de fecundación in vitro a mujeres con problemas de fertilidad (fenómeno creciente entre mujeres añosas de nuestor pais). En dichos procedimientos se fecundan seres humanos embrionarios, que son congelados y cosificados. La mayor parte de ellos mueren (o permanecen congelados o peor aún son desechados). Todos esos seres humanos embrionarios indefensos son cosificados y su existencia supeditada al capricho de una mujer por ser madre.

Conozco a algunos católicos que consecuentes con su convicción de que un embrión es un ser humano desde el momento de la concepción se oponen con claridad a estas prácticas. Respeto su posición e incluso podría estar de acuerdo con ellos en su planteamiento.

Pero la mayoría de las personas en contra del aborto no se oponen a estas otras prácticas, no al menos públicamente, lo que es en cierto modo un ejercicio de enorme hipocresía moral (o fruto de la no suficientemente profunda reflexión, supongo).

Marisa dijo...

Gracias José Cristóbal por tu artículo/testimonio.Sin tu permiso lo he copiado y mostrado en mi blog es la mejor manera que se me ocurre de sumarme y hacer también de altavoz.
Marisa Moya.

José Cristóbal Buñuel Álvarez dijo...

Marisa, coge de este blog lo que desees.