sábado, 20 de octubre de 2012

Cine y Pediatría (145). “Café de Flore”, una odisea amorosa


Así comienza Café de Flore (Jean-Marc Vallée, 2012): “Esta es la historia de un hombre que lo tiene todo para ser feliz y que además tiene lucidez para ser consciente de ello. A punto de cumplir los 40, Antoine Godan nunca se ha sentido tan bien. Goza de perfecta salud, no tiene preocupaciones económicas, sus padres todavía viven, es padre de dos hijas estupendas, está locamente enamorado de la mujer de su vida. Antoine respira y transpira felicidad”. Y en los títulos de créditos iniciales una imagen persistente: nuestro protagonista se aleja en la zona de embarque de un aeropuerto mientras una excursión de niños con síndrome de Down se cruzan delante de la cámara; la figura de nuestro personaje cada vez se difumina más y la de las personas con Down se hace cada vez más patente. Una imagen de las que quedan en la retina por mucho tiempo… y que lo explican todo. 

El director canadiense Jean-Marc Vallée ya había demostrado su innegable ingenio con C.R.A.Z.Y., la película comentada la semana pasada en “Cine y Pediatría” y en la que un joven se debatía entre su orientación sexual y el amor a su padre. Con Café de Flore, Vallée vuelve a la senda iniciada con su ópera prima y confirma que estamos ante un director de los que hay que tener en cuenta. Y lo hace volviendo a utilizar tres recursos ya vistos en C.R.A.Z.Y.: 1) el uso de sus temas predilectos (la familia, la marginación y las relaciones afectivas) y la búsqueda de la identidad del personaje principal; 2) la relación entre un triángulo de protagonistas; y 3) el protagonismo de su banda sonora. 

Café de Flore se podría resumir como dos triángulos amorosos separados por el tiempo y el espacio: uno sucede en el París de los 60 y otro en el Montreal actual, unidos por un hilo misterioso. De forma que la película se construye como un rompecabezas, una odisea amorosa mística y fantástica, en la que el espectador tendrá que unir las partes. Las dos historias que componen la película son la de Antoine (Kevin Parent) y Jaqueline (Vanessa Paradise); y las dos historias se unen a través del amor: un amor eufórico, obsesivo, trágico y atemporal. Todo ello en una obra no lineal, carente de estructura, pero que atrapa; y donde el amor (tanto el de pareja como el materno) muestra sus lados luminoso y oscuro, la felicidad de una persona que genera dolor en otra, la tristeza de una separación que es el reverso del alborozo por una pasión naciente. 
Antoine es un DJ de éxito, enamorado completamente de su joven pareja Rose (Évelyne Brochu), con dos hijas preciosas, pero que aún así se siente culpable ante su ex mujer (Hélène Florent), pues no ha logrado superar su divorcio. Jaqueline es una joven madre que se vuelca completamente en su hijo Laurent (Marin Guerrier), un hijo con síndrome de Down al que quiere darle una vida "normal"; pero todo cambiará entre ellos cuando aparezca Veronique, otra niña con síndrome de Down y de la que se enamorará perdidamente. Los triángulos son el quid de la cuestión (en el Montreal actual el formado por Antoine, Carole y Rose; en el París de los años 60,el formado por Jaqueline, Laurent y Veronique), triángulo que permanece simbolizado en la portada del “Dark side of the moon'” de Pink Floyd, música recurrente para las pesadillas de Carole y que conectan una historia con otra. 

Las actuaciones están a la altura de la película, especialmente el papel de Carole, quien roba literalmente todas las escenas. Y para ello, Vallée construye dos escenarios distintos para sus actores: el París sesentero es un lugar gris, con tonos sepia, sobre el que se destaca el amor incondicional de Jaqueline por su hijo; y el Montreal actual es un lugar luminoso, en el que los únicos nubarrones de sombra lo ponen las pesadillas de Carole. En el fondo, Antoine es un personaje muy parecido a Zac, el protagonista de C.R.A.Z.Y.; alguien que lucha por saber su identidad, pero que no quiere lastimar a las personas que aprecia y ama. Nuevamente, como en aquello película, la música servirá como seña de identidad del personaje y también Café de Flore se decantará por una salida fantástica y etérea, como una buena canción de Sigur Ros, The Cure, Led Zeppelin o Pink Floyd. De hecho la idea de la película nace precisamente de la canción “Café de Flore” de Matthew Herbert": “Me he imaginado un hombre que adora esta canción y la escucha sin parar, y, a partir de ahí, una loca historia de amor y de reconciliación”, explica el director.. La música pasa a ser un personaje más en la película, funcionando como lazos que unen una historia y otra. Es tal la importancia de la música en la película que los dos actores principales (Kevin Parent y Vanessa Paradis) son cantantes en la vida real. 

Es Café de Flore una película arriesgada y que requiere una mirada activa del espectador. Una película que funciona a varios niveles y que puede ser interpretada desde diferentes puntos de vista. Una película sobre el karma y la reencarnación, protagonizada por el amor, el desamor, los remordimientos de conciencia y un sinfín de sentimientos humanos fácilmente reconocibles. Es Café de Flore sobre todo una experiencia sensitiva que se disfruta de ella a través de la música y de las imágenes que impactan al espectador, y la descripción de tres formas de amor universales: el materno (pleno de entrega y sensibilidad), el romántico y apasionado (que se olvida de lo que hay alrededor) y el amor más puro y generoso (que es capaz de desligar sentimiento y posesión). Pero con un poso claro que permanecerá siempre bajo los personajes con síndrome de Down que vemos en la odisea amorosa de Café de Flore.