sábado, 7 de diciembre de 2013

Cine y Pediatría (204). “Corazones enfrentados”, cuando la tolerancia rompe los fundamentalismos


El jasidismo (o hasidismo) es un movimiento religioso ortodoxo y místico dentro del judaísmo, y que se divide en varios grupos dirigidos por un rabino al que se denomina admor (jefe, maestro, rabino). Las principales características del jasidismo son: la influencia de la Cábala, la vida en comunidades insulares y tradicionales, la observación estricta de los preceptos de la Toráh o ley judía, así como el seguimiento de los dictámenes y recomendaciones del admor en todas las áreas de la vida. Una de las características más conocidas de los diferentes grupos jasídicos es el aspecto particular de sus miembros varones: su ascética forma de vestir de negro y su pelo (normalmente no se rasuran la barba, y se dejan crecer mechones largos de pelo a los lados de la cabeza frente a las orejas). 

Hay muchos barrios judíos en Europa, siendo España un lugar con abundancia de estos barrios que surgieron en la Edad Media: Toledo, Córdoba, Lucena, Cáceres, Plasencia, Hervás, Calahorra, Estella, Gerona o Besalú forman parte de la Red de Juderías de España. Pero las comunidades judías de Amsterdam y de Amberes fueron desde el siglo XVI las más importante de Europa, con sus sinagogas, sus cementerios, sus viviendas. Pero es en Amberes, en la judería debajo de las vías del tren y en la zona de las joyerías, donde sufrí el mayor impacto emocional al ver in situ la comunidad de judíos jasídicos que aún habitan allí. 

Y es justamente en esta ciudad y en esta judería donde tiene lugar la película Corazones enfrentados (Jeroen Krabbé, 1998), una película que pasó prácticamente desapercibida, pese a que recibió tres premios en el Festival de Berlín. El holandés Jeroen Krabbé tiene una larga y prolífica carrera como actor (en la década de los 80 como actor fetiche de su colega holandés, Paul Verhoeven), pero es esta película su debut como director, un retrato de los traumas históricos (las secuelas dejadas por el nazismo en la Europa de los años 70), de fanatismos religiosos y de conflictos generacionales que Krabbé dirige con imaginación y emotividad. Y esto la convierte en una curiosa película que tiene algunos méritos, parte de los cuales cabe atribuir a que su guión se fundamentó en el libro de “Twee Koffers Vol”, escrito en 1993 por la escritora holandesa Carl Frideman. 

La historia comienza con el relato que un hombre judío de apellido Silberschmidt (Maximilian Schell) le realiza a su hija, Chaja (Laura Fraser): escapando de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que guardar en dos maletas cosas personales y queridas, y las escondió enterrándolas en un jardín, con la esperanza de recuperarlas algún día. Al terminar la guerra regresó a Amberes en busca de sus maletas, pero los bombardeos y la guerra habían cambiado el terreno, y la búsqueda de las maletas se convirtió en una obsesión. A pesar de los años que han pasado, el trauma de aquella experiencia sigue marcando las vidas de esta familia: su madre intenta olvidarlo y pasa el tiempo preparando pasteles, mientras que su padre busca obsesionadamente las maletas de aquella época, en las que guarda algunos de sus recuerdos y parte de su vida. 
Chaja crece y se convierte en una joven belga estudiante de filosofía, rebelde como corresponde al aire liberal que vive el país en los años 70. Cuando comprueba que no tiene bastante dinero para pagar sus gastos de piso y estudios, pero no encuentra un trabajo adecuado, se ve obligado a aceptar un trabajo que contrasta con su modo de vida y su manera de pensar. Chaja recibe una oferta para hacerse cargo de los hijos de la familia Kalman, una familia jasídica formada por un padre (el propio Jeroen Krabbé), una madre (Isabella Rossellini) y tres hijos, una familia caracterizada por tener unas reglas muy rígidas marcadas por un padre autoritario, una reglas que condicionan que no pasen muchos días para que Chaja abandone este trabajo. Pero el amor por el pequeño Simcha, ese niño de 4 años pelirrojo con tirabuzones que no habla aún y aún se orina en la cama, hará que olvide sus ideologías y vuelva a ese hogar para ayudarle. Hasta que dice Simcha emite su primer “cua”… y entonces estalla la alegría. Y poco después dijo “pato”, pero en seguida vuelve al mutismo selectivo por la educación represiva del padre. Y la enuresis… “¿Tiene miedo de querer a su hijo?” le llega a decir Chaja al padre. El amor que llega a tener Chaja por Simcha es tan grande que bromea en decir que es su nuevo novio, un novio de 4 años. 

Película humana, sensible y afectiva. Una sencilla historia bien contada y con una crítica eficiente a los fundamentalismos religiosos (en este caso de los judíos, pero aplicable a cualquier otra religión, sean islámicos, católicos o protestantes.). Una película sensible que logra dibujar como algunas veces el cariño puede sobrepasar barreras tan fuertes como la religión; o dicho de otro modo, como ni siquiera la religión fanática puede interponerse entre la afectividad y tolerancia de los seres humanos que deciden quererse. 
Una relato sobre la tolerancia que rompe fundamentalismos, un película que recuerda que no hay nada más trascendente que lo inmanente. Y de esa experiencia y de esa tolerancia, Chaja aprenderá a entender mejor a su propia familia y las cicatrices del holocausto. 

Corazones enfrentados es una película conmovedora, que demuestra que nadie es demasiado diferente de los demás como para no quererle, y que nos regala un final muy especial, con el recuerdo de un niño… y de un pato con ruedas y ese “nunca te vayas sin decir te quiero”