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sábado, 22 de octubre de 2022

Cine y Pediatría (667). “Todos hablan de Jamie” y de su sueño drag

 

La historia de Jamie Campbell y su madre Margaret es de esas que no dejan a nadie indiferente. Jamie es un joven de Sheffield que cumplió su sueño de convertirse en "drag queen" al cumplir los 16 años y que saltó al a fama hace una década, tras la emisión de su documental autobiográfico Jamie: Drag Queen at 16 (Jenny Popplewell, 2011). Este documental inspiró al dúo formado por Jonathan Butterell y Tom MacRae a convertirla en musical en 2017, estrenándose originalmente en la localidad de Sheffield (de donde es el protagonista) y más adelante en el West End de Londres, donde disfrutó de un éxito arrollador. Y cuatro años después se animaron a dirigir y escribir el guion de la película, que lleva por título Todos hablan de Jamie (Jonathan Butterell, 2021) y comienza así: “Esta historia sucedió de verdad, después nosotros añadimos las canciones y las coreografías”. Y con la canción “Everything” de Becky Hill nos introduce para conocer a nuestro personaje el día de su 16 cumpleaños, con su corona de reina, pelo blanco y mochila molona. 

Es Todos hablan de Jamie una película musical que, tras el éxito de su versión sobre los escenarios como obra de teatro, llega a la gran pantalla para convertirse en una referencia para conocer otras realidades y donde la identidad de género, el bullying y la aceptación social son los temas principales de la trama. Y es así que cuando la profesora pregunta a su clase qué quieren ser de mayores, los alumnos le responden con profesiones de todo tipo, pero Jamiie no quiere ser médico, maestro o youtuber, él declara que quiere ser drag queen. Y con el apoyo y comprensión de su madre, Jamie New (el apellido cambia para la ficción) intenta superar los prejuicios, vencer el acoso escolar y salir de la oscuridad. Una oscuridad que tiene su punto más oscuro en la ausencia del padre, quien no aceptó el devenir de su hijo y abandonó la familia para vivir con otra mujer, y quien se sigue preguntando: “Qué hay de malo que un chico quiera hacer cosas de chicos?” Y es que para Jamie (Max Harwood, en su primer papel en el cine) es muy importante que su padre se sienta orgulloso de él, pero nada más lejos de la realidad, y este rechazo es el que su madre Margaret (Sarah Lancashire) intenta ocultar. 

Jamie sigue intentando trepar por esos muros que desde su infancia siguen en su cabeza. Cuando la madre le regala sus primeros zapatos de purpurina roja con tacones a lo Dorothy Gale de El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)  y cuando su amiga musulmana Pritti (Lauren Patel) le anima a que sea él mismo en el baile del instituto, es el momento en que se atreve a entrar en la tienda House of Loco, donde conoce a su dueño, Hugo (Richard E. Grant), drag queen en el pasado y quien le anima a crear un personaje y sentir el poder de una drag, por lo que en las siguientes semanas actúa como su mentor. Es el momento en que aparecen números musicales realmente interesantes (por ejemplo, el de Work of Art) con recuerdos a Fredie Mercury o a Lady Di. Y en esos momentos es cuando entiende que “Las drag queens de los viejos tiempos no eran solo reinas, eras reinas guerreras. Creí que lo mío era difícil. Ellas tenían el mundo en contra y no se acobardaron. Y yo solo quiero bailar por ahí, pavonearme y ser famosa. Ser drag queen no es solo un programa de televisión, es una revolución”

Y es entonces cuando decide hacerse llamar Mimi Me y, tras su estreno en las tablas, ya todos hablan de Jamie, todos hablan del chico travestido. Pero después de esa actuación lo cierto es que se sobreactúa, y el problema en el colegio es que el alumno es Jamie New no Mimi Me y, por ello, le aconsejan que no eclipse el baile de graduación al resto de los alumnos y la dirección se lo prohíbe en principio. Y cuando aparece Mimi Me aparecen algunos ataques de sus compañeros (“Es asqueroso”) o las duras palabras cuando reencuentra a su padre: “Deseaba tanto un hijo… y te tuve a ti”. Sus dudas reaparecen y en la pregunta a su madre (“¿Has deseado que fueras normal?”), comprobamos el amor, la comprensión y la asertividad ejemplar de ésta. 

Y mientras avanza la película con una banda sonora exquisita y cautivadoras escenas musicales, avanzamos por los avatares de Jamie y llegamos a un final apoteósico bajo los acordes de “While You´re Still Young” de Sophie Ellis-Bextor And The Feeling y el baile de nuestro protagonista. Y la película nos recuerda un cóctel de otras películas previas, con retazos de Billy Elliot (Stephen Daldy, 2000), cuyo protagonista ha de enfrentarse a los prejuicios y tópicos de una ciudad de provincias inglesa, del musical Hairspray (el original de John Waters, 1988 o el remake de Adam Shankman, 2007), por esas ganas de triunfar en el baile de la protagonista con sobrepeso, cuyos sueños parecen complicados de alcanzar, y quizás también del melodrama musical The Prom (Ryan Murphy, 2020), donde la protagonista quiere aprovechar el baile de fin de curso para gritarle al mundo su gran verdad.

Quizás lo que se achaca a Todos hablan de Jamie es que funciona muy bien como musical, pero quizás menos en la profundidad de la historia y sus personajes, pues el tema del acoso escolar y lo que rodea al mundo drag queda algo superficial, siendo como es un tema que conviene conocer (y abordar) mejor en la sociedad plural en la que vivimos y convivimos. Un nuevo mensaje de tolerancia hacia la comunidad LGBTQ+ y su luminosa celebración de la diferencia en este espectáculo pop lleno de optimismo y buenas intenciones. Porque ante las agresiones homófobas que repiten, necesitamos urgentemente más historias como la de Todos hablan de Jamie.

  

sábado, 26 de octubre de 2019

Cine y Pediatría (511). “Boys Don't Cry”, pero todos lloramos por la transfobia


Las películas se montan a partir de guiones originales y de guiones adaptados. Los guiones adaptados pueden proceder de la propia literatura o de la propia realidad. Estos últimos son los “basados en hechos reales” y, de antemano, ya nos preparan para un plus de emoción en muchas ocasiones. Nuestra película de hoy se basa en un hecho real acaecido en el año 1993 en Nebraska, entre las ciudades de Lincoln y Falls City. Brando Teena (nacido como Teena Brandon) fue un hombre transgénero que fue golpeado, violado y asesinado brutalmente a los 21 años de edad por dos exconvictos, John Lotter y Marvin Thoman Nissen, por motivo de transfobia, en uno de los crímenes de odio que más conmocionaron a la opinión pública de Estados Unidos en la década de los 90. Porque ese es un país de contrastes, capaz de ofrecer la versión más abierta e integradora del ser humano y, al mismo tiempo, la más cruenta y terrible de la América profunda, la que vive ajena al progreso propio de la sociedad. Y no es mucho desvelar que una de las partes más visibles de la sociedad estadounidense, sus presidentes, son reflejos de esa dualidad, tan paradójica como poco positiva. 

Un hecho así pronto vio la luz como un documental, The Brandon Teena Story (Susan Muska, 1998) y, posteriormente, como la película Boys Don´t Cry (Kimberly Peirce, 1999) protagonizada por una excelsa Hilary Swank en el papel principal, merecedora del Oscar a Mejor actriz y un buen número de otros galardones. Hillary Swank es una actriz todoterreno que en Cine y Pediatría ya hemos conocido en películas como Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007) y Mary & Martha (Phillip Noyce, 2013), y quien ya antes nos dejó su segundo Oscar a Mejor actriz con Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004). La cineasta y fotógrafa Kimberly Peirce se embarcó, para su ópera prima, en este proyecto investigando a fondo los acontecimientos reales y elaborando un guión que se centra principalmente en la historia de amor entre Brandon y Lana, una adolescente fascinada por el misterioso chico a la que no le importan los secretos que pueda ocultar. El resultado es un filme estremecedor, de gran dureza, que se erige como manifiesto de denuncia contra el fanatismo, la violencia y la humillación que se ejerce en el llamado primer mundo contra aquellos que se atreven a vivir su diferencia. Y Kimberly Peirce, pese a este buen comienzo, no se ha prodigado en la dirección: solo tres películas en su haber, y la última también ha formado parte de Cine y Pediatría, como fue el remake de Carrie que dirigió en 2013.

Y en esta película, como espectadores, asistimos a las dudas de Brandon, sus tormentos, sus ilusiones, sus deseos y a todo lo que mueve su vida. Un chico que intentaba reasignar su identidad sexual, que no buscó hacer daño a nadie y que terminó por sufrir los daños de la ignorancia de una sociedad bárbara que no tolera las diferencias.

Boys Don´t Cry fue rodada con un bajo presupuesto, propio del cine independiente, pero se convirtió rápidamente en una de las películas clave dentro del cine LGTBI. La enorme cantidad de premios que fue acumulando desde su mismo estreno le han valido entrar también entre las películas más a tener en cuenta de las últimas décadas y ahora que se cumplen 20 años de su estreno su visionado sigue impresionando, especialmente su devastador final, auténtico mazazo para cualquier espectador con sentido común y una mente abierta.

Teena Brandon siempre ha deseado ser un chico. Así que un día decide cortarse el pelo, ocultar sus pechos bajo un vendaje apretado, vestirse como un chico y cambiar el orden de su nombre, pasándose a llamar Brandon Teena. Entonces decide marchar de su natal Lincoln, donde vive atrapada en un mundo que no la acepta, e inicia un viaje en busca de la felicidad, en busca de ese cambio tan ansiado, en busca de oportunidades nuevas. Tratando de escapar de todo lo que su pueblo representa llega a la cercana Falls City, también en el estado de Nebraska, donde podrá quizás dar rienda suelta a sus sueños. Brandon es un joven sensible que no tarda en meterse en el bolsillo a la pequeña población rural, y allí conoce a Lana Tisdel (Chloë Sevigny, una de las musas del cine indie), una bella rubia veinteañera y a su especial familia y amigos.

Brandon vive atrapado en un cuerpo que no acepta y en un mundo que no le acepta, y por ello busca en el amor la manera de redimirse de todo cuanto odia. Y encuentra en Lana ese amor, que comienza con dudas pero se hace incondicional pese a acabar confesándole su secreto mejor guardado: “Soy hermafrodita… Una persona que a la vez es mujer y hombre”. Y por ello la emoción nos desborda cuando Lana visita a Brandon en la cárcel y le dice: "Aunque seas medio hombre o medio mono, voy a sacarte de aquí", mientras suena la canción de The Cure con título homónimo a la película. Porque Lana acaba amando sin importarle que sea Teena o Brandon, porque quiere a esa persona independientemente de su sexo. Pero ese amor incondicional no lo tiene la madre de Lana, quien le espeta “Yo te invito a mi casas y tú expones a mi hija a tu enfermedad”. Ni tampoco lo tiene la policía, quien le pregunta maliciosamente a Brendan, tras ser violado: “¿Por qué andas con chicos si eres una chica?, ¿por qué vas por ahí besando a las chicas?”.

Y aunque la película nos remarca en su título que los chicos no lloran, nosotros seguimos llorando por la transfobia, por no hacer el esfuerzo de entender a esas personas que no solo no encuentran su lugar en el mundo, sino que desean sentirse queridas, por una vez aceptadas y a la vez aceptarse a sí mismas. Y tres mujeres, su directora y sus dos jóvenes actrices, se ponen al frente de esta película independiente de bajo presupuesto para recordarnos que los chicos no lloran. Y este recuerdo permanece - y debe permanecer – con su visionado, por ser una de las películas denuncia emblemáticas para luchar frente a la transfobia.

La transfobia es el miedo, el odio, la falta de aceptación o la incomodidad frente a las personas transgénero, consideradas transgénero o cuya expresión de género no se ajusta a los roles de género tradicionales. La transfobia puede impedir que las personas transgénero y de género no conforme tengan vidas plenas a salvo de daños. Porque la transfobia puede adoptar diferentes formas, incluidas las siguientes: creencias y actitudes negativas, aversión y prejuicios contra las personas transgénero, miedo irracional y malentendidos, falta de aceptación o descarte de los pronombres o la identidad de género preferidos, insultos y lenguaje despectivo, intimidación, abuso y hasta violencia.

La transfobia puede generar formas tanto sutiles como manifiestas de discriminación. Por ejemplo, es posible que a las personas transgénero (o, incluso, que se cree que lo son) se les niegue trabajo, vivienda o cuidado de la salud solo por el hecho de ser transgénero. Algunas personas son transfóbicas por contar con información errónea (o por no tener ninguna información) sobre las identidades trans, incluso es posible que no sepan de los problemas de las personas transgénero, o que no conozcan a una persona trans. Y el resultado de la transfobia es que puede ser muy dañino a las personas que lo sufren, incluyendo depresión, miedo, aislamiento, sentimientos de desesperanza o suicidio.

¿Y qué podemos hacer para ayudar a detener la transfobia? Porque nadie tiene derecho a discriminar ni a herir a una persona física o emocionalmente. Hay varias cosas que puedes hacer para ayudar a detener la transfobia, como por ejemplo: no usar comentarios infamantes contra las personas transgénero, no hacer preguntas personales sobre los genitales, las cirugías ni la vida sexual de una persona transgénero, no crear estereotipos ni tampoco hacer suposiciones sobre ellas, respetar los nombres y pronombres que las personas trans eligen, etc. Actitudes positivas e integradoras que se soportan en la formación e información adecuada, en el respeto y amor a las personas, sin etiquetas.

No permitamos que nuestro comportamiento haga llorar a nadie… 

sábado, 13 de junio de 2015

Cine y Pediatría (283). “El viaje de Carla” hacia la resiliencia y la tolerancia


Desde hace un año las siglas LGTBI se han hecho presentes en mi vida. Y como sin querer se han ido reproduciendo los hechos alrededor de este término colectivo para referirse a los sectores socialmente incluyentes en donde se congregan los diversos grupos de personas que se identifican como no heterosexuales: Lésbico, Gay, Bisexual, Travesti, Transexual, Transgénero e Intersexual.

Fue en mayo de 2014, y en el IV Simposio Internacional de Actualización en Pediatría en Cartagena de Indias, donde la doctora Carmen Escallón Góngora, médica pediatra cartagenera, puericultora, sanadora de heridas del alma, soñadora, cuentera, enamorada de la equidad y la igualdad, y abuela feliz… nos regaló la conferencia inaugural que tituló “Desde Kavafis hasta Vargas Llosa: adolescente LGBTI y el pediatra del siglo XXI”.
En febrero de 2015 se dieron dos acontecimientos casi seguidos: mi buen amigo José Luis Pedreira, psiquiatra infanto-juvenil, me habló de la película documental El viaje de Carla (Fernando Olmeda, 2014) y poco después, una amiga dermatóloga me regaló “El libro de Daniela”, un breve y hermoso relato escrito por su madre, África Pastor Espuch. Dos obras menores en el formato, pero grandes y valientes en el contenido. Porque ambas se alzan como un arma para luchar contra la ignorancia y para denunciar el vergonzoso silencio que existe en la realidad de los niños transgéneros, la negación máxima del principio de universalidad de los derechos humanos. Y a través de estas historias, los autores nos invitan a adentrarnos en un mundo en el que reina la igualdad entre seres humanos, la empatía, los colores, la compresión y, sobre todo, un mundo en el que reina la felicidad. 

En Cine y Pediatría ya varias películas se han acercado al mundo LGTBI en la infancia, un mundo que existe, que debemos conocer y respetar, y en el que debemos colaborar los pediatras para tener la suficiente formación e información que permita apoyar a esos niños y niñas y a sus familias. Películas como las estadounidenses Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991) y Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009), las argentinas XXY (Luisa Puenzo, 2007) y El último verano de la boyita (Julia Solomonoff, 2009), las francesas Tomboy (Céline Sciamma, 2011) y La vida de Adéle (Abdallatif Kechiche, 2013), la sueca Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1998), la británica Mi amor de verano (Pawel Pawlikowski, 2004), la canadiense C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o la española A escondidas (Mikel Rueda, 2014).  
Y a estas hoy se suma precisamente la película documental El viaje de Carla, presentada la semana pasada en el XII Festival Internacional de Cine de Alicante, una vivencia especial y personal junto a su director, Fernando Olmeda, y junto a su protagonista, Carla Antonelli. Una película vivida con mis “5C”, conciencia, conciencia, calidad, color y calor…el calor de la amistad. 

Carla Antonelli es el nombre artístico de Carla Delgado Gómez una actriz, política y referente nacional e internacional del colectivo LGTBI, una de las más relevantes activistas por la igualdad en España y, desde el año 2011, es diputada de la Asamblea de Madrid por el Partido Socialista Obrero Español. Y Fernando Olmeda es un polifacético profesional, periodista, profesional de la televisión, novelista y también director de documentales. 

Como nos describe la web de la película, Carla, nacida en el año 1959 en Güimar, una pequeña localidad de Tenerife, regresa a su pueblo natal 32 años después, del lugar de donde tuvo que salir para conseguir una existencia acorde a su identidad de género y libre de los prejuicios sociales vigentes en aquella época. Es el primer regreso de Carla Antonelli desde 1976 a su pueblo natal para reencontrarse con sus recuerdos y hacer balance de su vida, lo que constituye el “viaje” emocional de esta emocionante película documental de 65 minutos grabada entre los años 2009 y 2013. 

Amigos de la infancia, familiares, compañeras del mundo del espectáculo, estrellas de televisión, políticos, vecinos de Güímar y activistas LGTBI participan en El viaje de Carla, la narración de un “viaje” con muchos amigos, como Pedro Zerolo (sirva de homenaje también para él, quien ha fallecido esta misma semana), Boti García Rodrigo, Maribel Peces-Barba, Elianne García Ruiz, Antonio Poveda, Pedro Damián Hernández o Jordi González, entre otros. 

Queremos destacar las tres ideas que nos desgrana esta película: 1) la lucha denodada de las personas como Carla por vivir conforme a su identidad de género, y en defensa de la tolerancia; 2) el compromiso de las personas como Carla para luchar en favor de la igualdad legal y social; 3) la capacidad de superación de las personas como Carla, que, a pesar de tener casi todo en su contra, logran salir adelante y se convierten en referentes sociales, todo un ejemplo de resiliencia. 
Y nos parece importante destacar los propios valores que nos destaca la sinopsis del documental y que son, al menos, cuatro: 
1) Valor biográfico: aparte de la conocida faceta pública de Carla, ahora nos adentramos a momentos desconocidos que influyeron decisivamente en su singladura vital. 
2) Valor histórico: Carla ha sido testigo directo de tres décadas de cambios en España, desde los ambientes nocturnos más underground de los años ochenta a la lucha social y política del siglo XXI, en su actual puesto como asamblearia. 
3) Valor emocional: el que nos devuelven las vivencias nunca fáciles de su vida, un viaje existencial que le ocasionó salir en silencio y por la puerta de atrás de Güimar y regresar con alborozo y por la puerta grande. 
4) Valor social: la que supone su trayectoria en defensa de los derechos del colectivo LGTBI, como referente en España y en América Latina, y que en su labor actual como diputada autonómica, ha ampliado su ámbito de actuación a otros campos, como la problemática de los menores en la Comunidad de Madrid o el drama de los “niños robados” durante el franquismo. 

Y esos valores los necesitamos los pediatras (y, en general, todos los profesionales sanitarios). Porque necesitamos formación, información y tolerancia en el campo de atención de las personas LGTBI, algo de lo que aún estamos lejos. Porque un adulto LGTBI ha sido antes un niño o una niña, un adolescente LGTBI, con familias preocupadas y, a veces, desorientadas. Ya hay movimientos favorables para mejorar estos aspectos en la atención de la infancia LGTBI y sus familias, pero queda mucho por hacer y películas como El viaje de Carla nos ayudan a ello. 

Y es así como con Carla Antonelli se hacen realidad tres pensamientos que la Dra. Carmen Escallón nos enseñó en su ponencia: 
- Las palabras del chileno Alejandro Jodorowsky: "Los pájaros que nacen encerrados creen que volar es una enfermedad"
- El poema de la argentina Alfonsina Storni: "Yo soy una y soy mil, todas las vidas pasan por mí, me muerden sus heridas"
- La reflexión del novelista alemán Herman Hesse: "Tu sabes muy profundamente que hay una sola magia, un solo poder, una simple salvación que se llama amar".  

Gracias, Carla y Fernando, por este "viaje" de resiliencia y camino a la tolerancia.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Cine y Pediatría (204). “Corazones enfrentados”, cuando la tolerancia rompe los fundamentalismos


El jasidismo (o hasidismo) es un movimiento religioso ortodoxo y místico dentro del judaísmo, y que se divide en varios grupos dirigidos por un rabino al que se denomina admor (jefe, maestro, rabino). Las principales características del jasidismo son: la influencia de la Cábala, la vida en comunidades insulares y tradicionales, la observación estricta de los preceptos de la Toráh o ley judía, así como el seguimiento de los dictámenes y recomendaciones del admor en todas las áreas de la vida. Una de las características más conocidas de los diferentes grupos jasídicos es el aspecto particular de sus miembros varones: su ascética forma de vestir de negro y su pelo (normalmente no se rasuran la barba, y se dejan crecer mechones largos de pelo a los lados de la cabeza frente a las orejas). 

Hay muchos barrios judíos en Europa, siendo España un lugar con abundancia de estos barrios que surgieron en la Edad Media: Toledo, Córdoba, Lucena, Cáceres, Plasencia, Hervás, Calahorra, Estella, Gerona o Besalú forman parte de la Red de Juderías de España. Pero las comunidades judías de Amsterdam y de Amberes fueron desde el siglo XVI las más importante de Europa, con sus sinagogas, sus cementerios, sus viviendas. Pero es en Amberes, en la judería debajo de las vías del tren y en la zona de las joyerías, donde sufrí el mayor impacto emocional al ver in situ la comunidad de judíos jasídicos que aún habitan allí. 

Y es justamente en esta ciudad y en esta judería donde tiene lugar la película Corazones enfrentados (Jeroen Krabbé, 1998), una película que pasó prácticamente desapercibida, pese a que recibió tres premios en el Festival de Berlín. El holandés Jeroen Krabbé tiene una larga y prolífica carrera como actor (en la década de los 80 como actor fetiche de su colega holandés, Paul Verhoeven), pero es esta película su debut como director, un retrato de los traumas históricos (las secuelas dejadas por el nazismo en la Europa de los años 70), de fanatismos religiosos y de conflictos generacionales que Krabbé dirige con imaginación y emotividad. Y esto la convierte en una curiosa película que tiene algunos méritos, parte de los cuales cabe atribuir a que su guión se fundamentó en el libro de “Twee Koffers Vol”, escrito en 1993 por la escritora holandesa Carl Frideman. 

La historia comienza con el relato que un hombre judío de apellido Silberschmidt (Maximilian Schell) le realiza a su hija, Chaja (Laura Fraser): escapando de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que guardar en dos maletas cosas personales y queridas, y las escondió enterrándolas en un jardín, con la esperanza de recuperarlas algún día. Al terminar la guerra regresó a Amberes en busca de sus maletas, pero los bombardeos y la guerra habían cambiado el terreno, y la búsqueda de las maletas se convirtió en una obsesión. A pesar de los años que han pasado, el trauma de aquella experiencia sigue marcando las vidas de esta familia: su madre intenta olvidarlo y pasa el tiempo preparando pasteles, mientras que su padre busca obsesionadamente las maletas de aquella época, en las que guarda algunos de sus recuerdos y parte de su vida. 
Chaja crece y se convierte en una joven belga estudiante de filosofía, rebelde como corresponde al aire liberal que vive el país en los años 70. Cuando comprueba que no tiene bastante dinero para pagar sus gastos de piso y estudios, pero no encuentra un trabajo adecuado, se ve obligado a aceptar un trabajo que contrasta con su modo de vida y su manera de pensar. Chaja recibe una oferta para hacerse cargo de los hijos de la familia Kalman, una familia jasídica formada por un padre (el propio Jeroen Krabbé), una madre (Isabella Rossellini) y tres hijos, una familia caracterizada por tener unas reglas muy rígidas marcadas por un padre autoritario, una reglas que condicionan que no pasen muchos días para que Chaja abandone este trabajo. Pero el amor por el pequeño Simcha, ese niño de 4 años pelirrojo con tirabuzones que no habla aún y aún se orina en la cama, hará que olvide sus ideologías y vuelva a ese hogar para ayudarle. Hasta que dice Simcha emite su primer “cua”… y entonces estalla la alegría. Y poco después dijo “pato”, pero en seguida vuelve al mutismo selectivo por la educación represiva del padre. Y la enuresis… “¿Tiene miedo de querer a su hijo?” le llega a decir Chaja al padre. El amor que llega a tener Chaja por Simcha es tan grande que bromea en decir que es su nuevo novio, un novio de 4 años. 

Película humana, sensible y afectiva. Una sencilla historia bien contada y con una crítica eficiente a los fundamentalismos religiosos (en este caso de los judíos, pero aplicable a cualquier otra religión, sean islámicos, católicos o protestantes.). Una película sensible que logra dibujar como algunas veces el cariño puede sobrepasar barreras tan fuertes como la religión; o dicho de otro modo, como ni siquiera la religión fanática puede interponerse entre la afectividad y tolerancia de los seres humanos que deciden quererse. 
Una relato sobre la tolerancia que rompe fundamentalismos, un película que recuerda que no hay nada más trascendente que lo inmanente. Y de esa experiencia y de esa tolerancia, Chaja aprenderá a entender mejor a su propia familia y las cicatrices del holocausto. 

Corazones enfrentados es una película conmovedora, que demuestra que nadie es demasiado diferente de los demás como para no quererle, y que nos regala un final muy especial, con el recuerdo de un niño… y de un pato con ruedas y ese “nunca te vayas sin decir te quiero”