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sábado, 12 de julio de 2025

Cine y Pediatría (809) “Perros de presa”, el señor de las SS

 

Las filmografías poco conocidas siempre son un descubrimiento en Cine y Pediatría. Y es curioso que tras superar las 800 entradas (y, posiblemente, más de mil películas) en Cine y Pediatría, solo una película tenga la nacionalidad polaca: Playground (Patio de recreo) (Bartosz M. Kowalski, 2016), una película basada en hechos reales que nos saca de nuestra zona de confort alrededor del último día de colegio de tres preadolescentes de 12 años y ese lado oscuro de la infancia.  Es cierto que otras dos películas estadounidenses en Cine y Pediatría cuentan con directores polacos: La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) e Hijos de un mismo Dios (Yuran Bogayevicz, 2001). La última película en relación con las secuelas de la Segunda Guerra Mundial en la infancia, una de las grandes secuelas de este país. Y también este es el tema de nuestra película de hoy, la segunda de nacionalidad polaca en nuestro proyecto, y donde también se nos muestra un lado nada luminoso de sus protagonistas infantiles: Perros de presa (Adrian Panek, 2018). Porque en ese universo trillado del cine de nazis que prácticamente ocupa un espacio propio dentro del género bélico y dramático, empiezan a hacer falta nuevas visiones, que adapten la historias a terrenos más imaginativos, que alejen en parte ese fantasma de lo repetitivo. Buenos ejemplos ya revisados son Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948), La infancia de Iván (Andrei Tarkovsky, 1962), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), o Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019), entre otras muchas.       

La trama de Perros de presa comienza en febrero de 1945 en el campo de concentración de Gross-Rosen, conocido por el tratamiento brutal de los presos, y que llegó a tener en su apogeo hasta 60 subcampos, situados en el este de Alemania y en la Polonia ocupada. Aquí nos sitúa en el subcampo de Wolfsberg y apreciamos cómo maltratan a los prisioneros antes de abandonarlos y que entren las tropas del Ejército Rojo para liberarlos. Entre estos presos se encuentran ocho niños y niñas judíos de diferentes edades, quienes terminan refugiados en una enorme mansión, un orfanato abandonado en mitad del bosque sin agua ni luz, y que será básicamente el único escenario. Un nuevo retrato sobre esos menores víctimas del nazismo, algo que ya es un género en sí mismo (La vida es bella, El niño del pijama de rayas), en el que convergen los mecanismos de disputa por el poder y el liderazgo de El señor de las moscas (Peter Brook, 1963) con la fantasía alegórica de Cujo (Lewis Teague, 1983) película basada en la novela de Stephen King sobre un San Bernardo rabioso que aterroriza sistemáticamente a todo un vecindario, o Cuerdas (José Luis Montesinos, 2019), película española alrededor de una niña tetrapléjica y su perro pastor belga. El trauma sociohistórico se encierra en un microcosmos y se carga sobre los hombros de unos menores inocentes que tienen tanta hambre como las fieras que les acechan, curiosamente perros y no lobos, perros entrenados por las SS para cazar prisioneros. “Comeremos con cubiertos, como las personas normales”, instruye Hanka, la mayor entre un grupo de niños de aspecto famélico.  

Toda una fábula de terror con tintes de thriller de supervivencia y coming of age sobre los efectos de la crueldad en la psique humana. Niños y adolescentes con demasiadas cicatrices físicas y psíquicas tras lo vivido, como esa niña pequeña que dejó de hablar o ese adolescente obsesionado con el hallazgo de un cadáver. La cuidadora del orfanato nos dice: “Si los chicos pasan hambre, se matarán entre ellos”. Porque este grupo de jóvenes ha sido liberado de uno de estos campos nazis gracias a la intervención de los soldados soviéticos, y tienen que buscarse la vida en medio del bosque, donde encontraran un viejo orfanato abandonado y allí tendrán que salir a delante. Muchos de los adolescentes entraron en los campos de concentración cuando eran niños, después de separarlos de sus familias y allí lo único que han conocido ha sido la violencia y el horror. Todavía se encuentran en estado de shock e incluso ninguno de ellos se ha quitado la ropa que llevaban cuando estaban presos. El verdadero problema llega cuando se encuentren con un grupo de perros salvajes abandonados por los nazis poco antes de que terminara la guerra y contra los que tendrán que luchar. “¿Los oficiales de las SS se han convertido en lobos?”, pregunta uno de los pequeños. Y los chicos gritan “¡Arriba! ¡Abajo!”, expresiones que antes los nazis les gritaban a ellos y ahora son ellos los que ordenan a los perros a los que acaban de tener a su lado… en lo que para muchos es una alegoría del nazismo. Porque, lo que comienza como un proceso de recuperación de la infancia arrebatada, se transforma en un delirio terrorífico en el que el Holocausto vuelve a llamar a las puertas de estos niños y niñas, reconvertido ahora en una jauría de perros rabiosos que dibujan con su hambre insaciable la más violenta metáfora sobre las heridas de la Segunda Guerra Mundial. 

Perros de presa es una acusación implícita sobre cómo la barbarie del mundo adulto (la guerra, los campos de concentración) es la que ha "creado" a estos niños y niñas, allí donde se nos subraya cómo la iniquidad humana se proyecta y deja cicatrices profundas en las generaciones futuras, convirtiéndolos en víctimas y, en cierta medida, en reflejos distorsionados de la crueldad que sufrieron. Y cómo están sometidos a un doble peligro, el externo representado por los perros símbolo implacable de la crueldad de la guerra que los persigue, y el interno, esa brutalidad que se ha infiltrado en los propios menores, la pérdida de su inocencia y la facilidad con la que pueden ceder a sus instintos más primarios. Es una advertencia sobre cómo el mal externo puede corromper el interior, y por ello Perros de presa viene a ser el señor de las SS. 

Decir que para llevar a cabo esta película, su director, Adrian Panek incumplió las dos reglas que decía Hitchcock sobre nunca trabajar con animales o niños.

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Cine y Pediatría (556). “Los niños de Windermere”, luz para la supervivencia

 

Hoy hablamos de una película que de nuevo es memoria histórica. Una memoria que no debemos olvidar sobre como los errores de los adultos (en formato de guerras) afectan a la infancia. Este es un tema habitual en Cine y Pediatría y lo ha sido en el contexto español principalmente en relación con la Guerra Civil Española y lo ha sido en el contexto europeo principalmente en relación con la Segunda Guerra Mundial. Y lo ha sido en muchos otros contextos bélicos con la infancia de testigo. 

Una película que comienza con las declaraciones de los personajes reales que vivieron esta historia, la historia de una infancia ultrajada: “Me arrancaron de los brazos de mi padre y me llevaron con ellos. Nunca olvidaré este momento…”, “Nos bajaron del tren, ponían a los chicos y a los hombres en una cola, a las mujeres y a los niños en otra cola…”, “Tenía 10 meses cuando llegué a Theresienstadt…”, “Por las noches veíamos el resplandor de los hornos….”, “Había cadáveres esparcidos…”, “Espero que mañana no me toque a mí…”, “Siempre muertos de hambre. Solo pensábamos en comer…”, “En teoría tenían que eliminarnos…”, “Cogieron a los 10.000 niños, los llevaron a Chelmo, los metieron en las cámaras de gas y los enterraron en fosas comunes…”, “No me creí que la guerra había terminado hasta que no vi a los rusos capturar a los soldados alemanes…”, “Nos dijeron que íbamos a Inglaterra. Yo no sabía nada de Inglaterra, ni tampoco de inglés. Solo sabía unas pocas palabras como OK…”, “No llevaba nada conmigo, porque no tenía ropa…”, “No sabíamos a dónde íbamos ni qué íbamos a hacer…”. Y tras ello, una aclaración histórica: “En agosto de 1945, el gobierno británico aceptó acoger a mil niños supervivientes de los campos de concentración nazis. Llevaron 300 al complejo Calgarth, junto al lago Windermere. Allí habían reunido a un grupo de psicólogos y voluntarios con la esperanza de rehabilitarlos. Este largometraje está basado en hechos y personas reales”. 

Y así comienza la película Los niños de Windermere (Michael Samuels, 2020), una coproducción entre el Reino Unido y Alemania que narra los hechos reales ocurridos al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando Oscar Friedmann, un psicólogo judío, buscó la forma de ayudar a los niños supervivientes de los campos de exterminio nazis. 

Y es tanto el dolor que estos chicos y niños han sufrido en los campos de concentración y en sus vivencias previas, que no se fían de nada. Ni incluso de la buena voluntad de los que les acogen en otro país. Es tal el trauma que cualquier cola les resulta premonitoria de un nuevo fin, que el cambio de ropa les lleva a pensar en lo peor, o que cuando les preguntan por el nombre solo se les ocurre enseñar su número identificativo tatuado en la piel. Porque algunos de estos jóvenes vienen de vivir las traumáticas experiencias de hasta cuatro campos de concentración. Chicos y chicas que llegan con problemas de salud, de malnutrición, de mala higiene dental, de problemas psicológicos y mentales graves. Por fortuna, no tardan en darse cuenta que el lugar donde se encuentran no tiene focos de vigilancia, ni vallas electrificadas, ni crematorios,… 

Es Los niños de Windermere una película donde la crítica proporciona una puntuación regular por sus cualidades cinematográficas. Yo le doy una calificación muy alta por su valor histórico y emocional. Vale la pena entender lo que digo con varias escenas: 
- Cuando tienen que poner a los niños pequeños a dormir en habitaciones separadas de niños y niñas, y la cuidadora inglesa dice “Me pregunto cómo les habrá afectado todo eso” y la cuidadora alemana le responde, “Vuélvase”… Y ve lo que ve. Porque son supervivientes a cualquier precio, el precio con el que les ha castigado la guerra de los adultos. 
- Cuando uno de los jóvenes huye del centro de acogida y al verse libre entre el bosque y el río, sonríe y ríe de alegría por sentir algo así como la libertad. 
- Cuando en el primer desayuno salen corriendo del comedor a esconder el pan que estaba en las cestas, porque mantienen ese instinto puro de supervivencia que le ha llevado a seguir vivos. 
- Cuando el rabino les enseña inglés o cuando en la escuela dibujan en un papel en blanco sus experiencias. Dibujos que asustan a la profesora, pues son incapaces de retener recuerdos felices de su vida. 

Porque cómo olvidar las vivencias de una realidad rodeada de crueldad en la que crecieron estos chicos y chicas polacos judíos, llena de hambre, palizas, tiros, la horca, la cámara de gas, el abandono, la muerte de sus familias,… Difícil educarles en el “olvídalo y céntrate en el futuro”, difícil hacer desaparecer las pesadillas de sus sueños. Y aún así lo que más les preocupaba era saber si podrían recuperar a sus familias. 

Y en el final de la película, como es habitual en este tipo de obras, aparecen los protagonistas reales, ya ancianos, explicando qué significó Windermere para ellos. Y allí se nos muestran las declaraciones de Arek Hersh, Chaim “Harry” Olmes, Sir Ben Helfgott, Schumel “Sam” Laskier, Ice “Ike” Alterman, Sala Feiermann y Salek Falinower, alguno de aquellos centenares de niños. Y el colofón final: “En total fueron acogidos 732 niños supervivientes del holocausto en Windermere y otras localidades del Reino Unido. Cada años, ellos y sus familias se reúnen para celebrar su supervivencia”. 

Y esta es la película de hoy, la sencilla (y cruel) historia de un grupo de niños judíos supervivientes de los campos de exterminio que son acogidos en otro pasión, en una mansión cerca del lago Windermere, con el fin de ayudarlos a superar su traumática experiencia y a reinsertarlos en la sociedad. Una película en la que los propios supervivientes se involucraron en su realización, para hacernos partícipes de esta historia tan poco conocida y sin caer en el sentimentalismo fácil, dejarnos el mensaje de que siempre hay luz para la supervivencia. 

Recomendable película para ver en familia con nuestros hijos, como un primer acercamiento a una de las grandes tragedias de la historia de la humanidad. Como siempre, pero en esta película más, ver en versión original: pues aquí cabe diferenciar bien los tres idiomas que se mezclan constantemente: inglés, alemán y jidis.

 

sábado, 6 de junio de 2020

Cine y Pediatría (543). “Una bolsa de canicas” y una estrella de David


El cine nació a la vez que un convulso siglo XX, repleto de conflictos: dos guerras mundiales, la guerra fría, la caída del muro de Berlín e incluso la creación y disolución del apartheid. Cien años donde fueron patentes los extremos de violencia que la humanidad puede alcanzar y esa nueva tecnología – y nuevo arte – llamado cine fue y quiere ser testigo del pasado. Por ello el cine bélico es un género en el séptico arte. Y las películas sobre guerras y sus consecuencias en la infancia son un clásico en Cine y Pediatría. Y sirvan como ejemplo de ello dos películas muy diferentes, con la guerra (la Segunda Guerra Mundial) en segundo plano y las consecuencias sobre la infancia perdida en primer término: una es un clásico en blanco y negro, de la que hablamos la semana pasada, La infancia de Iván (Andre Tarkovsky, 1962); la otra es una reciente película en color, de la que hablamos hoy, Una bolsa de canicas (Christian Duguay, 2017). 

“Todo es igual. Y, sin embargo, todo parece más pequeño. A no ser que yo haya crecido. Pero, ¿cuánto tiempo ha pasado, dos años y medio?”.  Con esta reflexión en off de nuestro joven protagonista comienza una nueva película sobre los horrores del holocausto nazi, una más. La reflexión tiene lugar en Paris, en agosto de 1944 y enseguida la acción nos traslada a marzo de 1942. Porque la película se fundamenta en la novela “Un sac de billes” publicada en 1973 por su niño protagonista, Joseph Joffo, de familia judía, ambientada en la compleja Francia de Vichy e inspirada por tanto en su propia peripecia de éxodo y reencuentro familiar. De esta novela ha surgido esta película, si bien existe una versión cinematográfica previa con el mismo título dirigida en 1975 por Jacques Doillon. 

Una bolsa de canicas relata la historia de una familia judía que regenta una barbería en un barrio de París, allí donde el matrimonio ha criado a cuatro hijos, y su éxodo familiar por la persecución nazi. Todo iba bien hasta que en esas fatídicas fechas se oyen en los noticiarios de la radio: “La estrella de David tiene seis puntas y las dimensiones de la palma de la mano. Se tendrá que llevar de forma visible en el lado izquierdo del pecho”. Con esta identificación, los dos hijos menores, Joseph/Jojo (Dorain Le Clech) y Maurice (Batyste Felurial), comienzan a notar el acoso en la escuela, evidente muestra de que los adultos trasladan el odio a sus hijos: “Eres judío. Eso lo cambia todo. Eso quiere decir que eres un usurero. Precisamente vosotros sacrificasteis al Niño Jesús… Los judíos han traído los alemanes a Francia”. A partir de ahí, vislumbramos el principio de la pérdida de la inocencia en sus infancias, aquella en la que les gustaba jugar con las canicas. Y ya no tenía ningún valor el ideario francés de libertad, igualdad y fraternidad. 

Y antes de que las cosas empeoren, la familia se divide para huir de París e intentar reencontrarse por separado en Niza. Y resulta difícil de olvidar la dureza de la escena en que Bruno, el padre (interpretado por el cantante Patrick Bruel), enseña a sus dos hijos menores a negar que son judíos. Y en la huida los niños se preguntan: “¿De qué huíamos exactamente?”. Y reflexionan: “De viaje, uno conoce a gente de todo tipo. Algunos más simpáticos que otros. Pero todo el mundo tenía miedo. Se veía en los ojos, aunque todos fingieran”. 

Y la temporal paz, en un lugar aparentemente neutral como Niza, duró poco. De nuevo la persecución por ser judíos, y el padre ahora les deja en un internado del gobierno, ocultando su identidad: “Permanecer juntos es peligroso. Hay que mirar hacia adelante”. Y lo único que resta a Jojo de su feliz infancia es esa bolsa de canicas que le acompaña en toda huida y a todo lugar, y nos dice: “Ya no me quedaban lágrimas. La rabia las había sustituido… Pero todo iba a salir bien. Había que tener fe”. Y de allí pasan a vivir en otra localidad, y Jojo trabaja con una familia de colaboracionistas franceses, quienes también tienen que huir tras finalizar la guerra; y por ello, las palabras de Jojo a la joven Françoise, su idílico amor de infancia: “Yo sé lo que es irse. En mi familia todos han tenido que irse en algún momento”. 

Y esta historia real, con un viaje a Itaca tan particular de Jojo y Maurice, finaliza con el reencuentro en la peluquería de París, donde están todos menos el padre. Y allí se vierten las últimas lágrimas… o no. Y el colofón final: “En abril de 1944, Anna, Albert y Henri - la madre y sus dos hermanos mayores - fueron detenidos cuando huían e internados en el campo de concentración de Drancy. Por falta de trenes, se libraron de la deportación. La Cruz Roja los liberó poco antes de llegar los americanos en agosto de 1944. La familia pudo regresar a París. Roman, deportado por el convoy nº 62 a Auschwitz en noviembre de 1943, no volvió jamás. En 1945, Joseph y Maurice reabrieron con sus hermanos la peluquería, perpetuando así la tradición familiar. Siguen viviendo en París, rodeados de sus hijos y nietos”. 

Que nadie busque en Una bolsa de canicas una obra maestra, pero si es una película correcta, conmovedora y de sentimientos, fácil de ver con nuestros hijos y fácil de explicar a las jóvenes generaciones. Eso ya es un valor añadido. Y todo ello sin una escena de guerra, pero donde nos devuelve todo el dolor implícito. Una "road movie" con una bolsa de canicas y una estrella de David, con todo el sentimiento reforzado por esa banda sonora que nos regala Armand Amar, ese peculiar artista nacido en Jerusalén, criado en Marruecos e instalado en Francia, punta de lanza de la Música Fusión. Nadie mejor que él, influenciado por tres culturas tan diferentes para reflejar musicalmente un espíritu de concordia y entendimiento entre sonoridades diametralmente opuestas. Concordia y entendimiento que el siglo XX se negó a concitar y del que el cine nos ha devuelto múltiples ejemplos. Hoy recordamos Una bolsa de canicas, como hace tiempo recordamos La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014).


sábado, 10 de febrero de 2018

Cine y Pediatría (422). Un viaje al horror con "El hijo de Saúl"


En Historia se identifica con el nombre de Holocasuto - también conocido en hebreo como Shoá, traducido como "La Catástrofe" - a lo que técnicamente también se conoce según la terminología nazi como "solución final de la cuestión judía", es decir, el genocidio en el que aproximadamente 6 millones de judíos fueron asesinados por el régimen nazi, bajo el mando de Adolf Hitler y sus colaboradores. Los asesinatos tuvieron lugar a lo largo de toda la Alemania nazi y los territorios ocupados por los alemanes, que se extendían por la mayor parte de Europa. Entre los métodos utilizados estuvieron la asfixia por gas venenoso, los disparos, el ahorcamiento, los trabajos forzados, el hambre, los experimentos pseudocientíficos, la tortura médica y los golpes. 

Recordemos que el Partido nazi tomó el poder en Alemania en 1933, y tenía entre sus bases ideológicas la del antisemitismo, profesado por una parte del movimiento nacionalista alemán desde mediados del siglo XIX. El antisemitismo moderno se diferenciaba del odio clásico hacia los judíos en que no tenía una base religiosa, sino presuntamente racial. Los nacionalistas alemanes, a pesar de que recuperaron bastantes aspectos del discurso judeófobo tradicional, particularmente del de Lutero, consideraban que ser judío era una condición innata, racial, que no desaparecía por mucho que uno intentara asimilarse en la sociedad cristiana. Por otro lado, el nacionalismo sólo creía en el Estado nación caracterizado por la homogeneidad cultural y lingüística de su población: y los judíos eran considerados como nación perteneciente a otra raza, extranjera, inferior e inasimilable a la cultura alemana, por lo que solo podían ser segregados y excluidos del cuerpo social. Frente a la raza judía, extraña al pueblo germánico, colocaban los nazis a la raza aria, sosteniendo que solo esta última constituía la nación alemana, la única llamada a dominar Europa. 

Y para cultivar la denominada Memoria Histórica, el año 2015 nos regaló (o nos bofeteó) con una de las mejores películas de ese año, una viaje al horror que fue galardonada con el Oscar y el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y Gran premio del Jurado en Cannes: El hijo de Saúl, producto del guión y director del húngaro László Nemes, en lo que fue su ópera prima en el largo. 

Dos planos secuencia con dos fundidos en negro antes del título de la película ya nos acerca al abismo del horror: las cámaras de gas de Auschwitz. Estamos en el año 1944 y allí trabaja el prisionero Saúl Auslander (Géza Röhrig) con una misión que espanta: quemar los cadáveres de sus propios vecinos judíos. Pero uno de los cuerpos que salen de la cámara de gas es del un niño agonizante, al que un oficial nazi acaba ahogando. Al ver esto Saúl, con la moral que resta con estas vivencias al límite, trata de salvar de las llamas el cuerpo de un niño al que hace pasar como su hijo y al que intenta conseguir un entierro digno. 

Una película que no es estéticamente bella, pero es moralmente impactante. Donde la cámara es una simple compañera del protagonista, al que la cámara sigue por la espalda (con esa X marcada en rojo en su chaqueta) y de frente (con sus expresiones faciales, todo un poema interpretativo sin necesidad de palabras). Este planteamiento resultó ser un gran acierto porque la cinta fue alabada por críticos de todo el mundo: porque la cámara es la conciencia de Saúl y también nuestra conciencia. Y los continuos plano secuencia junto a Saúl nos acompañan los varios "transportes" de camiones con hombres, mujeres, ancianos y niños, y los distintos pasos para la solución final a la cuestión judía: gasificación de los judíos, incineración de los cadáveres, transporte de las cenizas para lanzar con palas al río, la retirada de ropas y zapatos y el hurto de los objetos de valor. Y mientras todo esto transcurre y transcurre la película, Saúl busca un rabino que pueda enterrar a ese niño que no conoce y le hace pasar por su hijo. Y esa búsqueda alguien le dice: "Moriremos por nuestra culpa", a lo que él contesta: "Ya estamos muertos". 

Y tras algo más de hora y media de metraje llegamos al primer plano final de la cara de Saúl, su mueca de sonrisa que nos da escalofrío. Pues con su viaje al horror reconocemos los millones de hijos de Saúl que fallecieron en los diferentes campos de exterminio: Auschwitz (1.400.000 muertes), Treblinka (870.000), Belzec (600.000), Jasenovac (600.000), Majdanek (360.000), Sobibór (250.000), Chelmno (320.000), Maly Trostenets (65.000),... 

Sin duda, El hijo de Saúl es ya una película que formará parte de Cine y Pediatría, una película para prescribir contra los nacionalismos que quieren volver a imperar en Europa, pues no debemos olvidar que el Holocausto ocurrió tras que Hitler ganara unas elecciones, por lo que el celofán democrático no nos debe hacer olvidar el verdadero contenido y esencia supremacista de los nacionalismos. 

Y hoy os prescribo esta película húngara para entender el Holocausto y su daño a todos, también a la infancia, esa parte que es nuestro futuro. Y la añadimos a la larga lista que ya forma parte de la familia de Cine y Pediatría: la alemana El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), la italiana La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), la belga Corazones enfrentados (Jeroen Krabbé, 1998), la polaca Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), las alemanas Napola (Dennis Gansel, 2004), La Ola (Dennis Gansel, 2008) y La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), la británica El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), las francesas La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), la alemano-estadounidense La ladrona de libros (Brian Percival, 2013). Diarios de tragedias de ayer, como El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959) y de hoy como Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo , 2009). 

Y en El hijo de Saúl suena como una profecía el pensamiento de La Ola: “Todos nos hemos considerado mejores, mejores que los demás. Y lo que es aún peor, hemos excluido de nuestro grupo a todos aquellos que no pensaban igual. Les hemos hecho daño...”.

 

sábado, 23 de mayo de 2015

Cine y Pediatría (280). “La profesora de Historia” y los niños y adolescentes del genocidio


Léon Blum es considerado como una de las grandes figuras del socialismo francés, cuyas importantes reformas llevadas a cabo en el segundo cuarto del siglo XX supusieron importantes avances sociales: reducción de la jornada de trabajo, vacaciones pagadas, participación de la mujer en el gobierno, entre otras. Pero Léon Blum es también el nombre de un instituto en la población francesa de Créteil, donde tuvo lugar una historia real que se ha llevado al cine y que representa una lección de buen cine sociológico, pues ocurre allí donde conviven jóvenes de 29 comunidades. Un instituto que tiene en su patio una pintada con este pensamiento del político que atesora el nombre (“La ética consiste en tener valor para decidir”) y que vivió una lección de historia y de vida que se ha llevado a la gran pantalla. 

Porque el cine francés, fiel a su tradición, vuelve sobre el tema de la educación una y otra vez con clarividencia y profundidad. Porque el cine francés está actualmente a mucha distancia de la mayoría de las filmografías y porque es quien mejor debate sobre la educación en la infancia y adolescencia. Múltiples ejemplos que hemos tenido la oportunidad de desgranar en Cine y Pediatría y éste es uno más, pero diferente: La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014). 

¿Cómo definir a esta película? Quizás como una combinación de tres películas previas, bien mezcladas: La Ola (Dennis Gansel, 2008), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La Clase (Laurent Cantet, 2008). Quizás como algo más que la prototípica película de adolescentes (generalmente problemáticos y desmotivados, reflejo de familias y circunstancias difíciles), centros educativos (principalmente institutos de entornos sociales complicados o peculiares) y profesores coraje (que rompen el esquema habitual del resto de sus compañeros docentes), casi un casi-subgénero en el cine, principalmente en el “made in USA”, desde Rebelión en las aulas (James Clavell, 1967) a Déjate llevar (Liz Friedlander, 2006), desde Mentes peligrosas (John N. Smith, 1995) a Diarios de la calle (Richard LaGravenese, 2007). 
Y ese algo más quizá proceda por estar inspirada en un caso real acontecido en 2009 y que la directora coescribe con uno de los alumnos que vivió en primera persona esta experiencia de cómo una entusiasta profesora inoculaba dignidad y autoestima a un desastroso curso multirracial, marginal y conflictivo. De hecho el coguionista Ahmed Dramé, también actor (y aquí en el papel de Malik), se inspira en su paso por ese centro educativo, donde asistió a las clases de la profesora Anne Gueguen, una mujer que lleva 20 años dando clase, e inicia su presentación del curso con humildad, manifestando su deseo de que los chicos aprendan y no se aburran demasiado. Porque todos hemos tenido en nuestras vidas un profesor o profesora que nos han marcado y han sido decisivos (incluso) para dirigir nuestra futura educación y parte de lo que somos. 

Anne Gueguen (Arian Ascaride) se enfrenta este año a una complicada clase de adolescentes desmotivados, un crisol multirracial (blancos, negros, mestizos, mulatos, hispanos, asiáticos, indios,…) y con representación de diferentes religiones (católicos, musulmanes, judíos,…). Solo poner cierto orden al comienzo de la clase (fuera gorras, auriculares de música y móviles, evitar que se duerman o pinten las uñas en clase,…) para mejorar la actitud y la atención resulta ya agotador al espectador. Pero ella obra poco menos que un milagro a estos adolescentes casi desahuciados por el entorno académico y social, planteándose simplemente el reto de participar en un concurso nacional sobre un tema especialmente tremendo y que nos adentra en la memoria histórica: el Concurso Nacional de la Resistencia y Deportación, bajo el título de “Los niños y adolescentes en el sistema de concentración nazi”. 
En este proceso, los alumnos no sólo descubren el horror de la guerra en la infancia (ya reflejado tantas veces en la gran pantalla) y discuten la diferencia de concepto entre genocidio (ej. Ruanda o la Shoa, término hebreo que nos remite al holocausto nazi) y masacre (ej. Palestina), sino que recuperan la confianza en sí mismos y en sus capacidades. La transformación de los adolescentes es paradigmática, como son simbólicos los primeros planos de sus caras ante la declaración de León Zyguel (ese abuelo real que en su niñez fue deportado a Auschwitz y después a Buchenwald - y quien acaba de fallecer este enero a los 87 años de edad -), con los ojos humedecidos y lágrimas resbalando por sus mejillas, así como el silencio respetuoso en la visita al Museo-memorial de las víctimas de los campos de concentración. Una transformación que implica conciencia y que hubiera sido imposible imaginar al inicio del curso, como hubiera sido difícil que se enfrentaran a la lectura de “El Diario de Ana Frank” o “Une vie” de Simon Veil, pero las palabras de su profesora de historia les impactó: “En la Segunda Guerra Mundial 6 millones de europeos murieron porque eran judíos y 300.000 por ser gitanos”. 
Finalmente los alumnos presentan al concurso un trabajo bajo el título “Je suis une exception”, del que la profesora no puedo menos que declarar: “Estoy muy orgullosa de vosotros”. Y la simbólica escena de los globos de colores subiendo al cielo, cada uno con el nombre de uno de aquellos niños y adolescentes de los campos de concentración (y que han conocido al profundizar en su historia) son la antesala de un final esperado. Y por esperado, no menos lleno de verdad y emotividad. 

Y es así como una directora casi desconocida, Marie-Castille Mention-Schaar (con dos películas anteriores del año 2012, inéditas en España, Ma première fois y Bowling), nos regala emotividad y reflexión en las aulas, por obra y gracia de cuatro protagonistas: Arian Ascaride, inconmensurable en su papel de profesora motivadora, la que es actriz fetiche del director marsellés Robert Guédiguian, amen que su esposa, se supera asimismo, ella que es musa del cine de las causas perdidas y las utopías imposibles; un elenco de jóvenes actores no profesionales (Malik, Theo, Lea, Max, Gabriel, Clara, William, etc.) que dan verdad a la historia; la figura simbólica de León Zyguel y sus mensajes (“Lo más importante es el combate continuo contra el racismo”); y un último personaje, casi invisible, y que es ni más ni menos que la música de Ludovico Einaudi, con ese piano que se convierte en la voz de la conciencia y pone el sentimiento como pentagrama. 

La profesora de historia es todo lo anterior y mucho más. En realidad, una amalgama de temas y mensajes que defienden la libertad de expresión y el respeto a las creencias, apuestan por la tolerancia a la par que nos invitan a confiar en las nuevas generaciones, mientras nos demuestra que todo esfuerzo siempre tiene su recompensa. La ventana a una sociedad multicultural regida por el laicismo (recordar el comienzo de la película) donde no siempre es fácil conciliar la vida institucional con las propias convicciones, con un mensaje positivo a favor de la consciencia colectiva y del trabajo en equipo, mientras pone su foco de atención en la adolescencia y aprovecha para rendir tributo a las víctimas del Holocausto. 

Por tanto, La profesora de Historia es mucho más que una película prototípica de adolescentes rebeldes, centros educativos y profesores coraje. Y nos queda el murmullo del piano de Ludovico Einaudi y este pensamiento del poeta Paul Eluard: “Si el eco de sus voces se desvanece, moriremos”.

 

sábado, 15 de febrero de 2014

Cine y Pediatría (214). De ”pijamas”, “libros” y otros valores desde la infancia contra la sinrazón


Hace tiempo dedicamos una entrada especial en Cine y Pediatría a la mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi. Ahondando en ese tema, hoy dedicamos esta reseña a dos películas muy especiales, con tres características en común: ser películas de éxito fundamentadas en el guión adaptado de novelas que han sido todo un best seller; tener como protagonista a niños escolares que viven en la época de la histeria nacionalsocialista en Alemania; y convertirse en películas inolvidables por la visión y los valores que nos devuelven los pensamientos de estos niños. 
Hablamos de El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) y La ladrona de libros (Brian Percival, 2013). Películas para adultos, pero que bien se puede aconsejar ver con los hijos a partir de los 8-9 años (la edad de los protagonistas), siempre que les acompañemos en su visionado, pues son historias que entrañan enseñanzas que conviene mostrar en familia. 

El niño con el pijama de rayas es una producción británico-estadounidense, que se basa en el best seller “The Boy in the Spriped Pyjamas”, escrito en el año 2006 por el irlandés John Boyne, y lo hace intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar. 

Narra la historia de Bruno (Asa Butterfield, visto recientemente en el papel protagonista de La invención de Hugo de Martin Scorsesse, 2011), un niño alemán de 8 años que vive en el Berlin de 1942 y que se tiene que trasladar con su familia a una nueva casa en el campo (en realidad un campo de concentración), dado que a su padre (David Thewlis), un comandante del Tercer Reich, le han dado un nuevo destino. Allí vivirá junto a su madre (Vera Farmiga), una madre sobreprotectora que no apoya el Reich, y su hermana adolescente. 
Bruno pasa los días aburrido y, en su afán explorador, conocerá a un Shmuel (Jack Scanlon), un niño de su misma edad que vive en los alrededores de la casa, detrás de una alambrada y viste un traje de rayas que parece un pijama. Bruno y Shmuel se hacen amigos y comienzan a verse con regularidad, separados por la omnipresente alambrada. Bruno, de vez en cuando, le lleva comida y Shmuel le cuenta cómo es su vida actual al otro lado de la alambrada, de cómo era antes y de su familia 

El niño con el pijama de rayas se convierte en un canto a la amistad y en un cuento moral, cuento que busca la perspectiva humana y poética que se esconde tras el horror. A medio camino entre la magia de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y el horror de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) y que nos regala muchas escenas para el recuerdo, sutiles pero duras: los encuentros de Bruno y Shmuel a través de la alambrada, la del sirviente judío que cura una herida en la pierna de Bruno, las enseñanzas del maestro particular (y esa frase terrible: “Si encontraras un solo judío bueno, serías el mejor explorador del mundo”); y, sin duda, su escena final con cientos de pijama a rayas amontonados por delante de una puerta negra que insinúa todo el horror y ese grito desgarrador fuera de campo que se apaga tras el plano final con fundido en negro.

El impacto emocional es que a Boyne y Herman les interesa la mirada de Bruno, ese niño explorador que quiere comprender lo que ocurre a su alrededor, pero no lo entiende. Lo interesante es entrar en el universo infantil de quien no comprende por qué unos hombres con pijama son considerados basura, y esos instantes de humanidad tratados con sentimiento real, pero sin sentimentalismo fácil. Un cuento moral con la banda sonora de James Horner de fondo.

La ladrona de libros es una producción alemano-estadounidense, que se basa en el best seller “The Book Thief’, escrito en el año 2005 por el australiano Makus Zusak, y lo hace también intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar.

Narra la historia de Liesel Meminger (Sophie Nélisse, vista recientemente en Profesor Lazhar de Philippe Falardeau, 2011), una niña alemana de 9 años que vive en las afueras de Munich justo antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. La película comienza con la voz en off de un narrador poco habitual (la Muerte) y la cámara nos lleva entre las nubes y el humo de un tren al compartimento donde viajan Liesel con su madre y su hermano menor, quien muere en ese momento, antes de llegar a su destino: la casa de acogida de los Huberman, sus nuevos padres (un amable y bondadoso Hans -Geoffrey Rush- y una huraña Rosa -Emily Watson-).
Liesel no sabe leer y, curiosamente aprende con la ayuda de su nuevo padre, y a través de un libro demasiado peculiar: “El manual del sepulturero”. Cuando aprende a leer su primera frase comienza a vivir la fantástica senda que es la aventura de leer, de vivir otras vidas y otras historias. Y es a través de esos libros (que roba en la biblioteca del alcalde) como puede sobrevivir a una Alemania instalada en la perversa geometría del nazismo y en donde ser judío, tener una n de menos en el apellido, salvar un libro de las llamas o, simplemente, disentir de otros, podía costar la vida.

Porque La ladrona de libros nos muestra como la lectura y las palabras pueden ayudarnos a atravesar los más duros trances de la vida y ayudar en ellos a los demás. Y así la historia nos devuelve dos historias de amistad: la que Liesel establece con su vecino y compañero de clase Rudy (Nico Liersch) y la que se crea con el joven Max (Ben Schnetzer), judío al que esconden en el sótano de la casa.

Aún nos cuesta creer que todo esto ocurriera en el siglo XX y en un país civilizado como Alemania, potencial mundial. Pero siempre quedará esa vergüenza para la humanidad…y para no olvidar el daño de los nacionalismos… se vistan del color que se vistan. Películas como éstas nos lo recuerdan… y, por ello, las debemos ver en familia y transmitir el mensaje a nuestros hijos. Porque entre “pijamas” de rayas y entre ladronas de “libros” permanece el recuerdo de la sinrazón, sinrazón que no debemos olvidar que puede regresar en cualquier momento.


sábado, 7 de diciembre de 2013

Cine y Pediatría (204). “Corazones enfrentados”, cuando la tolerancia rompe los fundamentalismos


El jasidismo (o hasidismo) es un movimiento religioso ortodoxo y místico dentro del judaísmo, y que se divide en varios grupos dirigidos por un rabino al que se denomina admor (jefe, maestro, rabino). Las principales características del jasidismo son: la influencia de la Cábala, la vida en comunidades insulares y tradicionales, la observación estricta de los preceptos de la Toráh o ley judía, así como el seguimiento de los dictámenes y recomendaciones del admor en todas las áreas de la vida. Una de las características más conocidas de los diferentes grupos jasídicos es el aspecto particular de sus miembros varones: su ascética forma de vestir de negro y su pelo (normalmente no se rasuran la barba, y se dejan crecer mechones largos de pelo a los lados de la cabeza frente a las orejas). 

Hay muchos barrios judíos en Europa, siendo España un lugar con abundancia de estos barrios que surgieron en la Edad Media: Toledo, Córdoba, Lucena, Cáceres, Plasencia, Hervás, Calahorra, Estella, Gerona o Besalú forman parte de la Red de Juderías de España. Pero las comunidades judías de Amsterdam y de Amberes fueron desde el siglo XVI las más importante de Europa, con sus sinagogas, sus cementerios, sus viviendas. Pero es en Amberes, en la judería debajo de las vías del tren y en la zona de las joyerías, donde sufrí el mayor impacto emocional al ver in situ la comunidad de judíos jasídicos que aún habitan allí. 

Y es justamente en esta ciudad y en esta judería donde tiene lugar la película Corazones enfrentados (Jeroen Krabbé, 1998), una película que pasó prácticamente desapercibida, pese a que recibió tres premios en el Festival de Berlín. El holandés Jeroen Krabbé tiene una larga y prolífica carrera como actor (en la década de los 80 como actor fetiche de su colega holandés, Paul Verhoeven), pero es esta película su debut como director, un retrato de los traumas históricos (las secuelas dejadas por el nazismo en la Europa de los años 70), de fanatismos religiosos y de conflictos generacionales que Krabbé dirige con imaginación y emotividad. Y esto la convierte en una curiosa película que tiene algunos méritos, parte de los cuales cabe atribuir a que su guión se fundamentó en el libro de “Twee Koffers Vol”, escrito en 1993 por la escritora holandesa Carl Frideman. 

La historia comienza con el relato que un hombre judío de apellido Silberschmidt (Maximilian Schell) le realiza a su hija, Chaja (Laura Fraser): escapando de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que guardar en dos maletas cosas personales y queridas, y las escondió enterrándolas en un jardín, con la esperanza de recuperarlas algún día. Al terminar la guerra regresó a Amberes en busca de sus maletas, pero los bombardeos y la guerra habían cambiado el terreno, y la búsqueda de las maletas se convirtió en una obsesión. A pesar de los años que han pasado, el trauma de aquella experiencia sigue marcando las vidas de esta familia: su madre intenta olvidarlo y pasa el tiempo preparando pasteles, mientras que su padre busca obsesionadamente las maletas de aquella época, en las que guarda algunos de sus recuerdos y parte de su vida. 
Chaja crece y se convierte en una joven belga estudiante de filosofía, rebelde como corresponde al aire liberal que vive el país en los años 70. Cuando comprueba que no tiene bastante dinero para pagar sus gastos de piso y estudios, pero no encuentra un trabajo adecuado, se ve obligado a aceptar un trabajo que contrasta con su modo de vida y su manera de pensar. Chaja recibe una oferta para hacerse cargo de los hijos de la familia Kalman, una familia jasídica formada por un padre (el propio Jeroen Krabbé), una madre (Isabella Rossellini) y tres hijos, una familia caracterizada por tener unas reglas muy rígidas marcadas por un padre autoritario, una reglas que condicionan que no pasen muchos días para que Chaja abandone este trabajo. Pero el amor por el pequeño Simcha, ese niño de 4 años pelirrojo con tirabuzones que no habla aún y aún se orina en la cama, hará que olvide sus ideologías y vuelva a ese hogar para ayudarle. Hasta que dice Simcha emite su primer “cua”… y entonces estalla la alegría. Y poco después dijo “pato”, pero en seguida vuelve al mutismo selectivo por la educación represiva del padre. Y la enuresis… “¿Tiene miedo de querer a su hijo?” le llega a decir Chaja al padre. El amor que llega a tener Chaja por Simcha es tan grande que bromea en decir que es su nuevo novio, un novio de 4 años. 

Película humana, sensible y afectiva. Una sencilla historia bien contada y con una crítica eficiente a los fundamentalismos religiosos (en este caso de los judíos, pero aplicable a cualquier otra religión, sean islámicos, católicos o protestantes.). Una película sensible que logra dibujar como algunas veces el cariño puede sobrepasar barreras tan fuertes como la religión; o dicho de otro modo, como ni siquiera la religión fanática puede interponerse entre la afectividad y tolerancia de los seres humanos que deciden quererse. 
Una relato sobre la tolerancia que rompe fundamentalismos, un película que recuerda que no hay nada más trascendente que lo inmanente. Y de esa experiencia y de esa tolerancia, Chaja aprenderá a entender mejor a su propia familia y las cicatrices del holocausto. 

Corazones enfrentados es una película conmovedora, que demuestra que nadie es demasiado diferente de los demás como para no quererle, y que nos regala un final muy especial, con el recuerdo de un niño… y de un pato con ruedas y ese “nunca te vayas sin decir te quiero”. 

 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Cine y Pediatría (194). “Napola”, escuelas del mal


En los últimos años han aparecido una serie de películas que ahondaban en el pasado de Alemania y, en cierto modo, denuncian las atrocidades cometidas alrededor del nazismo. Películas como Amén (Constantin Costa-Gravas, 2000), El Hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004) o La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) serían claros ejemplos de ello. Hemos dedicado un capítulo especial a la mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi, con películas que nos permiten reconocer el antes (La cinta blanca del suizo Michael Haneke, 2009), el durante (La vida es bella del italiano Roberto Beningni, 1997; Rutka: un diario del Holocausto del inglés Alexander Marengo, 2009)) y el después (La llave de Sarah del francés Gilles Paquet-Brenner, 2010) del holocausto nazi, y también otras películas a lo largo del tiempo: Kapò (Gillo Pontecorvo, 1960), El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008). 

Una película especial mereció un detallado análisis: La Ola (Dennis Gansel, 2008), la adaptación cinematográfica de el experimento llevado a cabo en 1967 en un instituto de California: un experimento con los alumnos que quería demostrar que, incluso las sociedades libres y abiertas, no son inmunes al atractivo de ideologías autoritarias y dictatoriales, lo que explicaría que en la primera mitad del siglo XX el Partido Nazi exterminara a millones de judíos. Este director alemán, nos regaló unos años antes la película que hoy vamos a analizar: Napola (Dennis Gansel, 2004). 

Al poco de llegar Hitler al poder en 1933, se crearon en Alemania las Napola (National Politische erziehungs Anstalt), unos internados pensados para formar a toda una élite de jóvenes líderes arios, escuelas donde se preparaba a una selecta minoría de alumnos entre los 10 y los 18 años para ser los futuros dirigentes políticos. En las Napola sólo se aceptaba a los “mejores”, o sea, los más capaces física y/o intelectualmente. Y durante un periodo de nueve años se trataba de eliminar lo que se consideraban defectos del carácter, como la compasión o el libre pensamiento, un lavado de cerebro en toda regla. En su calidad de centros para la educación nacional-política comunitaria, las Napolas tenían la misión de conseguir hombres disponibles para el pueblo alemán, que hubiesen crecido en un clima de sacrificio y exigencia, capaces de ser la generación rectora en un futuro inmediato. Para cumplir esa función precisaban tales centros de un plantel de aspirantes sanos, racialmente puros, de buen carácter y muy dotados en cuanto a condiciones anímicas. Las asignaturas que tenían que estudiar los jóvenes eran, principalmente, biología, historia, geografía, química, física, alemán, inglés, latín, matemáticas, música, canto y dibujo, combinadas con otras materias de extraña naturaleza como, por ejemplo, Weltanschauliche Schulung, una especie de adiestramiento para la "visión del mundo", concepto altamente relevante en la doctrina hitleriana. Los programas de asignaturas como biología e historia estaban totalmente invadidos por conceptos y consideraciones racistas, sociodarwinistas y ultranacionalistas. Al entrenamiento físico se le concedió especial importancia dentro del sistema: disciplinas como remo, boxeo, esgrima, natación, vuelo sin motor, tiro, hípica y conducción de motocicletas y automóviles se consideraban necesarias. Existían otros aspectos complementarios en la formación: los viajes y el trabajo. 

El director Dennis Gansel se inspiró en la experiencia personal de su propio abuelo, que pasó por una de estas siniestras napolas. Y así, Napola narra una curiosa historia de amistad entre dos adolescentes, Friedrich Weimer (Max Riemelt) y Albrecht Stein (Tom Schilling) en el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Friedrich proviene de una familia de trabajadores, aficionado al boxeo y que, por sus condiciones físicas extraordinarias, ingresa en la napola (en contra de la opinión de su familia) en busca de un futuro prometedor. Albrecht Stein es el hijo de un dirigente nazi y entra en la napola por voluntad de su padre; si bien es un chico inteligente y sensible, también es frágil y, desde el principio, muestra un carácter y una ideología incompatibles con el ideario de nacionalsocialista. Es en la relación de esos dos personajes, y en su contraste, donde la película tiene su mayor atractivo. Aunque nos encontramos con otros personajes reseñables, como el profesor de boxeo (su manera de entender el boxeo refleja el ideario propio de la napola), el profesor de educación física (su dureza y crueldad es un claro exponente del funcionamiento de la escuela) y el padre de Albrecht (bestia negra del ideario nacionalsocialista). Una bella historia de amista adolescente que sirve como excusa para ser una nueva muestra de ese cine alemán que trata de saldar cuentas con un pasado reciente y abominable, que desearíamos que nunca hubiera ocurrido. 

En esta especie de purificación de la memoria histórica, el joven Dennis Gansel entrega una historia intensa, llena de dramatismo y humanidad, con algunos momentos de gran dureza. Y hace reflexionar acerca de los horrores y bajezas en que puede caer el hombre cuando olvida su excelsa dignidad. Destacamos cinco secuencias, en donde estas escuelas del mal tienen toda su expresión: 
- Las pruebas de ingreso: el joven Friedrich supera las pruebas físicas para ingresar en la napola y cómo, a pesar de que el padre se opone a que ingrese en una organización nazi, el adolescente no quiere dejar escapar esa oportunidad de prosperar en la vida. 
- Las clases en la napola: cuyo desarrollo deja transpirar la ideología que subyace en ellas. De especial interés resultan las clases de educación física y las referencias a la teoría de la evolución de las especies de Darwin. 
- El combate de boxeo frente a un alumno de otra napola y cómo ver dos actitudes muy diferentes: la del profesor de boxeo de Friedrich (combativa y sin compasión frente al rival) y la de su amigo Albrecht (quien le recrimina que no haya tenido compasión por el rival). 
- La tragedia en la nieve: la búsqueda nocturna de unos prisioneros rusos que han huido por el bosque y que les dejará profunda huella, porque finalmente los prisioneros eran niños rusos desarmados y abatidos por los tiros de los alumnos. 
- La expulsión de la napola: Albrecht, enfrentado abiertamente a su padre y al ideario de la napola, aprovecha una dura prueba de la clase de Educación Física para suicidarse, ante los ojos atónitos de sus compañeros y la desesperación de su amigo. Tras este acontecimiento, Friedrich participa en un combate de boxeo durante el cual toma una decisión que motivará su expulsión definitiva de la napola. 

Pese a la dureza de las imágenes y la historia, la banda sonora de Normand Corbeil y Angelo Badalamenti posee una extraña belleza. Porque Napola narra una historia que no sólo es de ayer, sino de también puede ser de hoy: escuelas donde se enseña a la juventud que la diferencia no es algo complementario que nos acerca a los demás, sino algo diferencial que nos aleja de quien elegimos nuestros opresores. Creo que es nuevamente momento de recordar la frase de La Ola: “Fascismo. Todos nos hemos considerado mejores, mejores que los demás. Y lo que es aún peor, hemos excluido de nuestro grupo a todos aquellos que no pensaban igual. Les hemos hecho daño...”.

 

sábado, 4 de mayo de 2013

Cine y Pediatría (173). Diarios de infancia y holocausto


No es la primera vez que hablamos de cine e infancia alrededor del holocausto nazi, miradas inocentes de niños que se enturbian ante la perspectiva del horror. Hoy esta mirada vuelve en forma de diarios. 

Diarios de dos niñas y de sus vivencias de aquél horror de la humanidad, diario de dos películas: una película clásica del Hollywood de los años 50, El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959) con casi tres horas de metraje; otra película documental del siglo XXI, Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo , 2009) de sólo 63 minutos de duración. 

"El diario de Ana Frank" es un libro que recoge los diarios personales escritos por la niña judía Ana Frank entre junio de 1942 y agosto de 1944 en un total de tres cuadernos y donde relata su historia como adolescente y el tiempo de dos años cuando tuvo que ocultarse de los nazis en Ámsterdam, durante la Segunda Guerra Mundial. La obra de teatro recibió el Premio Pulitzer en 1959 y, ese mismo año, la película recibió tres Óscar (de 8 nominaciones): Óscar a la mejor actriz de reparto (Shelley Winters), Óscar a la mejor dirección artística y Óscar a la mejor fotografía. 

La película comienza cuando Otto Frank, ex prisionero de un campo de concentración nazi, regresa al lugar donde estaban escondidos él y su familia. Allí recibe el diario de su hija Ana (Millie Perkins) y el relato comienza así: “9 de julio de 1942. Querido diario, ya que vamos a ser muy buenos amigos, empezaré a contártelo todo sobre mí. Me llamo Ana Frank, tengo 13 años. Nací en Alemania, pero como mi familia es judía tuvimos que emigrar a Holanda cuando Hitler alcanzó el poder...”. 

En el diario (y en la película) se nos narra la historia de cómo Otto ocultó a su familia (su mujer y sus dos hijas) de la persecución de la Gestapo en un ático de la ciudad de Ámnsterdam, así como a tres miembros de la familia van Daan y al dentista Albert Dussel. A través de un flashback, la historia nos muestra los dos años de convivencia en esa situación, aunque finalmente son descubiertos y todos son enviados a campos de concentración. 

Aunque el papel de Ana Frank fue a recaer en la modelo adolescente Millie Perkins, antes fue rechazado por Susan Strasberg (quien había interpretado el papel de Ana en la obra de teatro), Natalie Wood y Audrey Hepburn (porque se consideró muy mayor para interpretar a una adolescente y porque la experiencia de revivir la guerra podía traumatizarla, si bien acabó siendo presidenta de honor de la Anne Frank Educational Trust UK). 

"El diario de Ana Frank" se ha convertido en un símbolo desde que se publicó hace 60 años. Pero recientemente, otro diario ha salido a la luz. Esta película narra la increíble historia de Rutka Laskier, una niña polaca de 14 años que fue asesinada en Auschwitz en 1943 junto a sus padres. En 2006, el diario donde Rutska escribió lo sucedido en los últimos meses que pasó en el ghetto de Bedzin ha sido publicado, seis décadas después de la tragedia. Cuando el diario salió a la luz, Rutka fue apodada como la Ana Frank polaca.

Rutka Laskier era una adolescente judía que nació en Dánzig (actual ciudad polaca de Gdansk), entonces predominante de germanohablantes, donde su padre era oficial de banca. En la década de 1930 se mudó con su familia al gueto judío de la ciudad polaca de Bedzin, al sur de Polonia, durante la Segunda Guerra Mundial.  A la edad de 14 años, redactó un diario de 60 páginas en polaco sin el conocimiento de su familia, relatando el transcurso de su vida durante cuatro meses bajo el régimen nacionalsocialista. En él, expresó su profunda animadversión para con los nazis, y mencionó las condiciones de vida en el gueto, así como sus intereses de amor adolescentes. También escribió sobre las cámaras de gas en los campos de concentración, por lo que tenía conocimiento de los horrores que se sufrían en aquellos lugares. 

La película comienza con la voz en off de una niña: “La soga se va apretando a nuestro alrededor. La escasa fe que pudiera tener ha quedado completamente reducida a cenizas. Si Dios existiese jamás permitiría que los seres humanos fuesen arrojados vivos a los crematorios, que las cabezas de los bebés fuesen aplastadas a golpes de culata o se los metiesen en sacos para gasearlos hasta la muerte. Suena como un cuento de hadas. Aquéllos que no lo hayan presenciado jamás lo van a creer. Pero no es un mito, es la realidad". 

Y prosigue, con una calidad de los textos digna de mención: "Ah, olvidaba lo más importante. Vi con mis propios ojos cómo un soldado arrancaba a un bebé de las manos de la madre y le abría la cabeza a golpes contra un poste de electricidad. Los sesos de la criatura salpicaron la madera. La madre enloqueció. Ahora lo escribo como si no hubiera pasado nada (…) tengo catorce años, todavía he visto poco en la vida; sin embargo, ya me he vuelto tan indiferente…. Me estoy convirtiendo en un animal a la espera de la muerte". Una cruel realidad analizada con la lucidez que quizá sólo puede tener un adolescente y los temas que le son propios a esa edad fluctúan con tormentosa naturalidad en el cuaderno. Por eso es lógico encontrar la anotación sobre un primer beso aplazado o sobre el deseo de que unas manos ajenas se deslicen por su geografía: "Creo que mi feminidad se está despertando. Ayer, cuando me daba un baño y el agua acariciaba mi cuerpo, anhelé las caricias de otras manos… No sé lo que esto significa, ya que jamás había experimentado nada similar hasta ahora (…) Creo que a Janek le gusto mucho, pero, para mí, ni frío ni calor". La pueril confesión contrasta con las reflexiones de una niña ante el horror…:"Estoy asqueada, harta de estas casas grises y del miedo continuo en el rostro de todo el mundo. Los tentáculos de ese miedo nos envuelven a todos y no dejan respirar".

Ana Frank y Rutka Laskier son dos adolescentes que nos han dejado testimonio de sus vivencias en la sinrazón del holocausto nazi. Y nos lo han dejado en forma de sendos diarios, de sendas películas. Ellas son el ejemplo de las emociones y reflexiones, la razón y la sinrazón de vivencias que nadie debería sufrir... porque algo así mata la infancia.
  

sábado, 28 de abril de 2012

Cine y Pediatría (120). La mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi



Aislar a los niños de las guerras que han ocurrido y ocurren en nuestro mundo es tarea casi imposible y, por tanto, una lacra más de las que acompañan a un conflicto bélico. La infancia se convierte, una vez más, en víctima inocente ante la sinrazón de los adultos.

Si hay una guerra paradigmática en la época contemporánea, ésta fue la Segunda Guerra Mundial. Y, dentro de ella, el holocausto nazi frente al pueblo judío adquiere connotaciones de épica del horror y se convierte en uno de los episodios más vergonzosos en la Historia de la Humanidad . Son innumerables las historias que se han llevado a la gran pantalla este genocidio, con argumentos con múltiples aristas. Algunas de estas películas, con el holocausto nazi como común denominador de sus guiones, se han narrado a través de la mirada inocente de los niños. En entradas previas de Cine y Pediatría hemos podido vislumbrar el antes (La cinta blanca del suizo Michael Haneke, 2009), el durante (La vida es bella del italiano Roberto Beningni, 1997) y el después (La llave de Sarah del francés Gilles Paquet-Brenner, 2011) del holocausto nazi.

Hoy podremos analizar algunas películas más (y de distintas nacionalidades) que atesoran la mirada inocente de un niño ante la xenofobia, los campos de concentración, la persecución y la muerte.

- El niño con el pijama de rayas (Mark Herman,2008), de producción británico-estadounidense. El guion se basa en el best seller “The Boy in the Spriped Pyjamas” de John Boyne y lo hace intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar. Narra la historia de Bruno (Asa Butterfield, visto recientemente en el papel protagonista de La invención de Hugo de Martin Scorsesse, 2011), un niño alemán de 8 años. Bruno vive en el Berlin de 1942 y se tiene que trasladar con su familia a una nueva casa, dado que a su padre, un comandante del Tercer Reich, le han dado un nuevo destino. Allí, en su afán explorador, conocerá a un Shmuel (Jack Scanlon) un niño de su misma edad que vive detrás de una alambrada y viste un traje de rayas que parece un pijama. El niño con el pijama de rayas se convierte en un canto a la amistad y en un cuento moral, cuento que busca la perspectiva humana y poética que se esconde tras el horror. Ese horror que se nos insinúa (fuera de campo) con el grito desgarrador que se apaga tras el plano final con fundido en negro.

- Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), de producción estadounidense y polaca. Narra la historia de Romek (Haley Joel Osment, años después de su papel revelación en El sexto sentido de M Night Shyamalan, 1999), un niño judío de nacionalidad polaca que es enviado por sus padres a una granja (junto a una familia católica) para evitar salvarle del holocausto. Allí convivirá con otros niños del pueblo y, bajo el punto de vista de estos niños, descubriremos las consecuencias del conflicto creado por los adultos. Película de bellas imágenes y con retazos de parábola, en el que la aldea aparentemente idílica reproduce en pequeña escala la crueldad y la indefensión de unos niños, primero obsesionados por la religión y Jesucristo y luego impelidos a actuar por el odio irracional generado.

- El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), de producción franco-alemana, consiguió ganar la Palma de Oro del Festival de Cannes y el Óscar a la Mejor película extranjera. El guion se basa en una de las consideradas obras cumbres del siglo XX: “Die Blechtrommel” de Gunter Grass. Narra la historia de Oskar (David Bennent, en un papel de extraordinaria complejidad), un niño alemán que nace en Danzig en 1924 y que, al cumplir los 3 años, decide no seguir creciendo como protesta ante la desilusión provocada por la vida de los adultos. Oskar recibe como regalo un tambor de hojalata y descubre que tiene el poder de repeler a cualquiera con su agudo grito. Con la permanente compañía de este tambor de hojalata, Oskar será testigo privilegiado de toda una serie de acontecimientos históricos: entre ellos, el advenimiento del nazismo, la invasión alemana y las penalidades de la guerra, incluyendo el holocausto. Película que tiene una primera parte brillante, que conserva todo los elementos satíricos y surrealistas de la novela original, pero que pierde fuelle a medida que avanza la historia. Película que supuso una convulsión en su momento, por su aroma de cine de vanguardia y por la escabrosidad de algunas escenas (prohibida en algunos países en su estreno), pero que no ha envejecido bien y que hoy resulta menos impactante.

- Kapò (Gillo Pontecorvo, 1960), de producción italo-francesa. Narra la historia de Edith (Susan Strasberg), una joven judía trasladada a un campo de concentración quien, tras perder a su familia, logra salvarse porque le convencen para se convierta en una Kapò, prisionera privilegiada empleada por los nazis para controlar a sus compañeros. Edith abandona, poco a poco, toda esperanza de piedad humana: y pasa de ser una niña asustada a transformarse con la misma brutalidad de sus carceleros, una fría y despiadada Kapò.

Bruno, Oskar, Romek y Edith son sólo algunos de los muchos nombres de niños que sufren las consecuencias de las guerras. Y cuyas miradas inocentes se enturbian ante la perspectiva del horror. Que sirvan estas reflexiones para que algo así nunca vuelva a ocurrir.

sábado, 21 de abril de 2012

Cine y Pediatría (119).“La vida es bella” y más en la infancia


La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) supuso toda una convulsión en su momento en los Premios Oscar de la Academia. No era habitual que una película no creada en Hollywood consiguiera 7 nominaciones a los Óscar (de las que finalmente consiguió tres: mejor actor, mejor banda sonora y mejor película extranjera). Esta efeméride de la película italiana sólo ha sido superada este año por la francesa The Artist, con 10 nominaciones a los Óscar (de las que finalmente consiguió cinco).

Pero La vida es bella también supuso una convulsión en los espectadores, pues esta fábula (en tono de tragicomedia) sobre el holocausto judío, tiene el sello inconfundible de su creador: Roberto Benigni, director, coguionista y actor principal (ese Guido, casi un alter ego). La trama transcurre en 1939 y es narrada como un cuento en dos partes bien diferentes. En la primera parte, Guido (Roberto Benigni), un italiano descendiente de judíos, llega a la una ciudad de la Toscana (Arezzo, magnífica con su Piazza Grande) y allí se enamora de Dora (Nicoletta Braschi, su mujer en la vida real), una bella profesora que está comprometida con un burócrata aburrido. La simpatía y actitud con que Guido corteja a Dora terminan por enamorarla, se casan y tiene hijo, Josué (Giorgio Cantarini). En la segunda parte, la historia da un giro dramático, cuando Guido, Dora y Josué son deportados por los nazis a un campo de concentración. Una vez allí, pese al horror y la desesperación del holocausto y la xenofobia, Guido idea con determinación un plan: defender a su hijo de la crueldad y sinrazón imperantes aquel ambiente y, para ello, hace creer a su hijo que todo se trata de un juego en el que sólo se ganará si se siguen todas las reglas. El premio será un tanque y, cada día, Guido utilizará toda su imaginación para salvar la vida de Josué y que éste no vea lo que está pasando. El niño, motivado por el tanque que, según su padre, recibirá el ganador, vive el holocausto como un juego, sin darse cuenta de las barbaridades que ocurren a su alrededor como consecuencia del antisemitismo.

Basada en el libro autobiográfico de Rubino Romeo Salmoni, "Alla fine ho sconfitto Hitler", la película nos narra la forma en que un padre utiliza su habitual estilo humorístico para convertir la consternación en una especie de metáfora, en el sentido de que transporta la realidad a una irrealidad. Esta historia nos permite visualizar actitudes y habilidades de las personas con espíritu de superación y generosidad, personas que creen que vale la pena vivir la vida con alegría. Destaca la bondad, la fe, la esperanza, la ilusión y el buen humor con el que el protagonista intenta rescatar las secuelas de su hijo, secuelas que le podrían quedar a causa de la sinrazón humana, en este caso el holocausto frente a los judíos. Por ello, La vida es bella es una película positiva. Y tiene un mensaje positivo que nos hace ver la vida de una mejor manera, independientemente de las circunstancias que puedan estar sucediendo a nuestro alrededor; porque no se trata de encontrar mejores paisajes, sino de tener nuevos ojos

Con esta película, Roberto Benigni logró toca las estrellas. Incluso se permitió el lujo de pasar por encima de los hombros de Steven Spielberg para recoger uno de los premios. Desde entonces, no ha vuelto a repetir el éxito, y eso que repitió la misma fórmula con su película El tigre y la nieve (2005), al ser director, guionista, actor y hacer tándem, de nuevo, con su esposa. De La vida es bella recordamos con facilidad algunas frases de este película, tanto en la introducción (“Esta es una historia sencilla, pero no es fácil contarla. Como en una fábula, hay dolor, y como una fábula está llena de maravillas y de felicidad”), como en el nudo ("Prohibida la entrada a perros y judíos. Ya ves, a partir de mañana prohibiremos la entrada a las arañas y a los visigodos... ¡me tienen frito esos visigodos!”) y al final de la historia (“Ese es el sacrificio que hizo mi padre. El regalo que tenía para mí”).

La vida es bella es un película protagonizada por un niño en medio de una guerra, un niño que no vive la terrible realidad de los adultos (en este caso, el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial, algo que ya comentamos en La llave de Sarah, de como puede marcar en la infancia la memoria histórica), sino la suya propia originada por la imaginación que facilita la comprensión de los hechos que suceden alrededor. Con este esquema recordamos películas similares, como El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), con el niño Bruno y el holocausto judío también de trasfondo; o como El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), con la niña Ofelia y la Guerra Civil Española de trasfondo.

La vida es bella y hay que verla así (y aunque a veces no lo parezca, como es el caso de la sinrazón de los conflictos bélicos), sobre todo en la infancia y a través de la inocencia de los ojos de un niño. Las música de Nicola Piovani nos ayuda a verlo así...

sábado, 22 de enero de 2011

Cine y Pediatría (54): “La llave de Sarah” y las huellas de la memoria histórica en la infancia


Por una cuestión de hartazgo, evito las películas que versan sobre “la segunda guerra mundial” o sobre “la guerra civil española”. Este tipo de películas han adquirido la característica de subgénero (y el holocausto judío un sub-subgénero) dentro de las películas con trasfondo bélico. Por eso tenía cierta reticencia de ir a ver La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010): pero, felizmente, me equivoqué. Porque no es una película sobre La 2ª Guerra Mundial, ni sobre el holocausto judío… es una película con emoción (emoción real, no sensiblería), de principio a fin.

No se puede entender la película sin hablar de la obra de la que emana: "Sarah's Key", best-seller escrito en 2007 por la francesa Tatiana de Rosnay. Se encuadra como una novela histórica y relata el cambio radical que se produce en la vida de una periodista estadounidense cuando le encargan un artículo sobre el aniversario de la Redada del Velódromo de Invierno (conocido como Rafle du vel d´hiv), en la cual unos 13.000 judíos (entre ellos, más de 4.000 niños) fueron arrestados por la policía francesa del régimen de Vichy en julio de 1942. Un hecho escalofriante (y no siempre conocido) de cómo el holocausto judío no tuvo en exclusividad a los alemanes como responsables. Basada en hechos reales, la novela se centra en la niña de 9 años Sarah Starzynski y su familia, y se intercala con la historia actual de la periodista Julia Jarmond y su familia. Coincidencias entre el pasado y el presente, la historia se entrelaza hasta descubrir la verdad de lo que esconde la “llave de Sarah” y la carga emocional que le acompañó toda su vida.

De la novela de Tatina de Rosnay deriva la película La llave de Sarah (2010) de Gilles Paquet-Brenner, un director francés de origen judío, especialmente sensibilizado con el tema. La película sigue al pie de la letra los hechos narrados en la magnífica novela. Pero para conseguir una buena película hace falta algo más que un buen guion (en este caso coescrito por el director), y se agradece una buena dirección y montaje (aplaudimos cómo la historia se nos narra en tres épocas diferentes, sin estridencias y sin confundir al espectador en ningún momento), una buena música (el minimalismo envolvente de Max Richter) y unos actores adecuados a la historia (la siempre efectiva Kristin Soctt Thomas encarna a Julia y la niña Mélusine Mayance a Sarah).

La llave de Sarah es cine con impagable conciencia histórica, comprometido con el recuerdo y admirable en su vocación de antídoto contra la amnesia. Paquet-Brenner nos devuelve un cine altamente emotivo pero no sensiblero (aunque potencialmente lacrimógeno); cine comprometido que toca fibra sin cruzar la raya, eludiendo la moraleja de saldo. Algunas escenas permanecen entre nuestra retina y nuestro corazón: la más dura, quizá la separación de las madres de sus hijos en el campo de Baune-la-Rolande; la más esperanzadora, cuando las dos niñas corren por los campos de trigo tras poder escapar del campo de concentración; la más triste, la muerte de una de las niñas por difteria; la más histórica, la visita al museo-monumento al Holocausto de París (es la primera película que logra rodar en este escenario); la más fría, cuando visionamos la pastilla abortiva sobre la mesa de la estéril habitación (esto es algo que no se olvida cuando se tiene que pasar por esa experiencia); la más trágicam cuando descubrimos el secreto que esconde la llave de Sarah…; y la más emocionante (aunque demasiado previsible), el final de la película.

Durante la película se nos ofrece otro mensaje casi tan duro, aunque sólo sea por el contraste que provoca la comparación de las dos épocas, la de Sarah y la de Julia. En 1942 la vida de más de 4.000 niños franceses y de sus familias perdieron toda su dignidad y valor por la locura y sin razón del holocausto nazi (y la colaboración francesa). Sesenta años después, se nos habla de otra sinrazón que ronda alrededor del valor de la vida y el aborto como decisión personal. Una delicada comparación que enlaza ambas historias y que el espectador irá descubriendo.

La llave de Sarah nos habla en definitiva de las tremendas huellas psicológicas que la memoria histórica provoca en la infancia. La sonrisa de Sarah en la primera escena de la película no volverá a aparecer nunca más en su vida. El daño que las guerras y otras sinrazones provocan en la infancia tienen un efecto irrevocable. Otras películas han reivindicado la barbarie nazi y su repercusión en la infancia y adolescencia, fundamentadas en otras tantas obras literarias: El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) o El lector (Stephen Daldry, 2008) son algunos ejemplos.

El secreto que guarda La llave de Sarah abrirá las puertas de nuestra emoción. Y nos recuerda que no debemos olvidar el daño irreparable que provoca cualquier holocausto (pasado o presente) cuando atentamos contra la vida.