sábado, 18 de julio de 2015

Cine y Pediatría (288). “Guten Tag, Ramón”…¿vivir o sobrevivir?


Las cosas ocurren por algo más que la casualidad. Posiblemente por la confabulación de energías positivas que se conjugan para cerrar círculos. Algo así es lo que entiendo que ocurrió cuando, tras dos semanas intensas y extensas en México (entre D.F. y Monterrey, entre una semana de descanso y aventura y otra de ciencia y congreso pediátrico), en el viaje trasoceánico de regreso, Aeroméxico nos regaló la película Guten Tag, Ramón (Jorge Ramírez Suárez, 2013), una película mexicana con coproducción alemana. Y es que cuando viajo a países de la Unión Europea suelo regresar contento, pero cuando viajo a países de Latinoamérica, a la alegría se suma un sentimiento de mayor emoción, posiblemente por la sintonía ancestral (incluso precolombina) que nos une a estos países y que, sin querer, hace que todo lo viva y recuerde con mayor intensidad. Por ello, tras la reciente experiencia humana y cultural en México, visionar la película Guten Tag, Ramón a miles de pies de altura, ha sido una experiencia muy especial. 

Posiblemente sea la emigración hacia los Estados Unidos uno de los temas más tratados en el cine mexicano, emigración desde cualquiera de los estados limítrofes de México (Baja Califormia, Sonora, Chihuahua, Cohauila, Nuevo León o Tamaulipas), pero con Ciudad Juárez como bandera y con la pobreza, la delincuencia y el narcotráfico como pasaporte y salvoconducto. Pero con Guten Tag, Ramón se nos proyecta una perspectiva muy singular sobre los emigrantes mexicanos que habitan diferentes partes de Europa. De hecho, Jorge Ramírez Suárez, director de la película, lleva algunos años viviendo en Alemania y, basándose en algunas vivencias personales, ha podido llegar a crear una película diferente sobre jóvenes mexicanos emigrantes bajo otra perspectiva, una obra conmovedora, entrañable y refrescante que nos hace sonreir y también llorar, pero, sobre todo, que nos hace pensar. La película fue filmada en Durango (México) y en Weisbaden y Fráncfort (Alemania), lo que le ha dado pasaporte europeo e impacto internacional. 

La historia se centra en Ramón (Krystian Ferrer, un joven que debuta con solvencia en la gran pantalla), un adolescente de 19 años que vive en una ínfima ranchería en Coahuila con su madre (Arcelia Ramírez) y su abuela (Adriana Barraza). Las condiciones de vida son difíciles y para ganarse la vida Ramón sólo tiene un par de opciones: participar en el narcotráfico local (lo que no quiere) o emigrar a los Estados Unidos (lo que ha intentado dos veces sin éxito, y baste la impactante escena inicial para darse cuenta de ello, con la miseria y la muerte como compañeras de viaje). Y es así como el dueño de la tienda local le cuenta de lo bien que le va a su tía como emigrante en Alemania, por lo que emprende toda una aventura: una aventura que vivimos en primera persona al enfrentarse a un idioma que no entiende y a una sociedad aparentemente fría como el frío invierno de centroeuropa. 
Nada le será fácil en Weisbaden hasta que conoce a Ruth (Ingeborg Schöner), una anciana que lo ayudará a salir adelante y se volverá su gran amiga, aunque se comunican a través de símbolos, dibujos y mímicas, ya que ninguno habla el idioma del otro. Y en su difícil adaptación sentimos con Ramón el olor del chile que encuentra en una tienda de alimentación, o el primer sorbo de tequila, o llegar a cocinar sus tacos… o la felicidad de poder escuchar la música latina de su México querido y lindo (pese a todo). 
El encuentro de estas dos personas solitarias culmina en la conversación que sostienen sin entender una palabra del otro, porque Ramón y Ruth comulgan no en el lenguaje de la palabra, sino de la emoción y del cariño: ”Hoy mi espalda está peor que nunca. Si no me doliera... no te pediría ayuda otra vez. Aunque esto no es un contrato. Tú me ayudas... y yo te ayudo”. Y esa comunión puede surgir entre los seres humanos a pesar de un idioma, una cultura y una generación diferente, siempre que estemos dispuestos a abrirnos al otro, a dejar atrás el miedo y los prejuicios ante quienes son diferentes a nosotros. Esa es la diferencia entre abrir fronteras y crear fronteras, entre una visión amplia de la vida y el mundo y el rancio nacionalismo, un nacionalismo que perdura como una pesadilla en la mente de Ruht: ”La guerra les quitó el habla a los que la recuerdan”. Porque en el fondo nadie somos mejores a nadie, sino que resta dar gracias si uno ha nacido en esa quinta parte del mundo que no tiene grandes penurias para vivir y no tiene que sobrevivir cada día como esas cuatro quintas parte de ciudadanos del mundo. 

Guten tag, Ramón se convirtió en la gran ganadora de los premios Canacine (premios al mejor cine exhibido en México), al obtener las estatuillas a Mejor Película y Director. Y ello, quizás, porque aborda temas como la familia, la amistad verdadera o el amor, y nos confirma que en el planeta no todo está perdido. 

Viajamos a México, un país con una amplia filmografía, pero que hoy en día se encuentra representado principalmente por tres cineastas chicanos para el mundo, que iniciaron sus pasos en su país, pero que su éxito les trasladó a Gringolandia: Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu. Un cine mexicano que ya ha formado parte de la familia Cine y Pediatria, como Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004), Abel (Diego Luna, 2010) y Después de Lucía (Michel Franco, 2012). 
Y hoy, este adolescente llamado Ramón viene a darnos los buenos días y recordarnos que en México (y en el mundo) algunas personas viven y la mayoría sobreviven.