sábado, 1 de agosto de 2015

Cine y Pediatría (290). “Lore”, la infancia vencida


Una niña cuenta del uno al ocho antes del llegar al “cielo” y luego en numeración descendente para llegar al “infierno”: es el juego de la rayuela o tejo. El “cielo” es la casilla de descanso, donde al llegar se apoyan los dos pies y de un salto se da la vuelta, para repetir el recorrido en el sentido contrario. Al finalizar cada vuelta se vuelve a lanzar la piedra a la siguiente casilla, que es la que no se puede pisar. Gana el que consigue llevar primero la piedra hasta el “cielo”. 
Con este juego infantil comienza una película muy especial, que finaliza cuando la joven protagonista pisotea todas las figuras de porcelana de animales situadas en una cómoda de la habitación. Y entre medias, 110 minutos de metraje que tiene a cinco hermanos como protagonistas, protagonistas de un tema muchas veces contado (las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial), pero que aquí se nos devuelve con una mirada diferente. Esta película lleva por título el nombre de la hermana mayor de esos cinco hermanos, Lore. 

La película Lore (2012) ha sido dirigida por la australiana Cate Shortland, quien ya había realizado diversos cortometrajes cargados de éxitos y también dirigió su anterior (y primera película), Somersault (2004), con la que obtuvo múltiples premios, entre ellos el Premio Un Certain Regard en el Festival de Cannes. Y es así como con solo dos largometrajes Cate Shortland nos enseña sus buenas cartas en este oficio de contar historias, donde le gusta tomarse los proyectos con la calma y el tiempo suficiente como para que esa gestación dé los frutos visuales y sensoriales adecuados: en Somersault tardó siete años buscando a los actores adecuados para su historia y Lore ha llegado ocho años después. 

Somersault y Lore tiene bastantes puntos en común: una joven adolescente como protagonista en un marco personal con adversidades y con la figura de un joven misterioso alrededor de sus vidas, películas no cómodas, acompañadas de una fotografía cuidada al detalle, buena música, unos protagonistas impecables y una historia que te atrapa desde la primera escena. Un cine sentido, sensitivo y sensorial al más puro estilo Shortland, pero así como en Somersault se perfilaba, ya en Lore se dibuja mejor el trazo. 

En Somersault se exploran temas alrededor de las emociones, la soledad y la sexualidad en adolescentes, donde una joven australiana de 16 años llamada Heidi (Abbie Cornish) huye de su hogar en Canberra y llega a Nueva Gales del Sur. Allí conoce a Joe (Sam Worthington), el hijo de un agricultor local, con el cual trata de formar una relación a pesar de la dificultad de este muchacho para expresar sus emociones y de sus inseguridades respecto de su orientación sexual. 

En Lore se explora el despertar de una Alemania derrotada al final de la Segunda Guerra Mundial y nos enfrenta a las atrocidades del nazismo a través de la mirada de un grupo de cinco hermanos. Corre la primavera de 1945 y el ejército alemán se derrumba frente a la ocupación americana. Las fuerzas aliadas entran por todo el país, el Tercer Reich se desmorona y los padres de la joven Lore son arrestados. Lore (Saskia Rosendahl) decide llevar a sus cuatro hermanos a través de Alemania hasta un lugar seguro: la casa de su abuela, situada a más de 500 kilómetros. Todos juntos emprenderán un viaje que les mostrará la realidad y las consecuencias de las acciones de sus padres. Pero cuando conoce al enigmático y carismático Thomas (Kai-Peter Malina), un joven refugiado judío, Lore ve como su mundo se llena de sentimientos contradictorios. Por un lado queda paralizada por el miedo que siente hacia este joven pero, por otro, debe confiar para sobrevivir, en la persona que, tal y como le han enseñado, es el enemigo.

Lore es un personaje difícil para el espectador: bella, orgullosa, inquietante, despectiva, con una fuerza interior increíble, pero a su vez con una gran fragilidad, y Saskia Rosendahl ofrece una interpretación casi hipnóptica en la que acapara una buena parte de la atención del espectador. Y Lore es un film difícil, que no trata de complacer al espectador, porque empuja constantemente a la audiencia a reflexionar y a ponerse en el lugar de los protagonistas. Nos obliga a pensar sobre las consecuencias de las ideologías extremas, sobre todo en las consecuencias sobre la infancia (esa infancia vencida, más vencida que el pueblo derrotado) y la responsabilidad de los padres y la sociedad sobre este tipo de cuestiones. 

Esta película es una adaptación de la novela “The dark room” de Rachel Seiffert, del que la directora se quedó fascinada: tres historias contadas desde el punto de vista de una joven que intenta encontrarle sentido a la Alemania fascista. La historia de Lore es un poco la historia de la familia judeoalemana del marido de la directora (de hecho, es la familia que aparece en la fotografía que Thomas lleva en su cartera). Cate Shoterland no dudó que había que rodarla en alemán para que fuera fiel a la realidad, esa realidad en donde Hitler no solo era visto como el Fuhrer, sino también como la figura del padre amado. Aunque de producción mayoritariamente alemana, la Academia Australiana la eligió para ser su representante ese año en los Oscar para optar al premio a la mejor película de habla no inglesa. 

Dos detalles de la película que quizás no son casualidad y que se convierten en guiños cinéfilos:
- Por un lado, en la elección de actores: en Lore aparecen dos de los jóvenes actores (Kai-Peter Malina en el papel de Thomas y Ursina Lardi) del excelente film La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), curiosamente una película que complementa la actual. Porque en ambos películas se reflexiona sobre el peligro de los nacionalismo sobre la sociedad y, especialmente, sobre la parte más sensible de aquélla, la infancia: en La cinta blanca se nos muestra una inquietante reflexión en blanco y negro sobre los orígenes del fascismo y en Lore se nos regala una profunda reflexión en color sobre las consecuencias posteriores.
- Por otro lado, en la elección de la fotografía y la música, lo que nos aproxima a la esencia de películas tan especiales como El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), esa oración desde la infancia al sentido de la vida. La fotografía en tonos azulados de Adam Arkapaw y la música clásica y minimalista de Max Richter acompañan en sintonía psicológica a uno de los films más estéticos, intensos y fascinantes sobre otra forma de ver y sentir el final de la Segunda Guerra Mundial y hacerlo a través de la infancia perdida.

Lore no es una película fácil, pero se acaba haciendo memorable... y necesaria, ante tanta reactivación de nacionalismos, verdaderos lobos con aparente piel de cordero (algunos muy próximos).