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sábado, 25 de enero de 2020

Cine y Pediatría (524). “Jojo Rabbit”, su amigo Adolf Hitler y el adoctrinamiento


Acaba de estrenarse una película que comienza y finaliza con dos canciones (traducidas al alemán) de dos mitos de la música, lo que ya nos puede dar alguna pista: el inicio nos presenta imágenes de archivo de la época nazi y a nuestro pequeño protagonista corriendo por la ciudad bajo la canción “Komm Gib Mir Deine Hand" - versión alemana de “I Want To Hold Your Hand” - de The Beatles; y que finaliza con otra canción mítica de David Bowie, “Helden” - versión alemana de “Heroes” - mientras nuestra pareja protagonista baila y aparecen los títulos de crédito y un pensamiento final de Rainer María Rilke, el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX, cuya vida transcurrió entre el talento desbordado, la pureza dudosa y una pulida condición novelesca en el vivir: “Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Sólo sigue caminado. Ningún sentimiento es final”. 

Y esta película es una adaptación de la novela “Caging Skies” de la neozelandesa Christine Leunens, en la que se nos narra la historia Johannes Betzler, un niño de 10 años que vive en un pueblo de Austria en la época en que el país está anexionado al Tercer Reich y que es seducido por la doctrina de Hitler, personaje al que tiene como amigo imaginario. En su periodo de formación como “mininazi” es herido mientras manipulaba una bomba de mano (con cicatrices en la cara y cojera) y se ve forzado a quedarse en casa – sin poder unirse a las Juventudes Hitlerianas - y a convivir con el apodo de Jojo Rabbit. Sus padres no comulgan con el régimen y Jojo descubre que esconden a una joven judía en casa, Elsa. Poco a poco, Jojo y Elsa establecen una peculiar relación que acaba en un enamoramiento tal que para él se convierte en su obsesión, y cuando la joven le confiesa que su amor no es correspondido ambos inician una extraña relación de mutua dependencia. Al terminar la guerra, Jojo sabe que eso significa que perderá a Elsa, y para que eso no ocurra decide mentirle para retenerla para siempre. Empieza así una relación llena de secretos, mentiras y silencios que convirtieron esta novela en todo un éxito. 

Y es en el año 2019 cuando el director Taika Waititi, también neozelandés, nos presenta esta adaptación cinematográfica bajo el título de Jojo Rabbit, en lo que pretende ser una fábula a través de un retrato satírico de la Alemania nazi y desde la visión de la niñez, pero que también muestra un punto de vista más profundo, entre ellos la crítica al adoctrinamiento. Como en esa primera imagen en la que Jojo (Roman Griffin Davis, grande en su papel) nos dice: “Estoy dispuesto a dar mi vida por Adolf Hitler. Que Dios me ayude”. Y luego las escenas de ese fin de semana en un campamento de niños fieles al régimen (emulando lo que nos mostró en tono real la película de Denis Gansel, Napola) donde les dan mensajes del estilo “La raza aria es diez mil veces más avanzada que cualquier otra” y les enseñan que los judíos tiene cuernos y huelen a coles de Bruselas. Y con ello, esta película se suma a la puntual tradición de la risa alrededor del nazismo (suceso histórico que no hace ninguna gracia), de su poderosa y ridícula parafernalia, lo que ya ocurriera en películas como El gran dictador (Charles Chaplin, 1940) o como Ser o no ser (Ernst Lubitsch, 1942). 

Cuatro personajes son clave en la historia de Jojo Rabbit, una película que intenta una pirueta extraña que se nos antoja mezcla entre la estética de Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) y la ética de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y El niño con el pijama a rayas (Mark Herman, 2008) 
- Su amigo imaginario, el propio Hitler en modo caricaturizado (interpretado por el propio director, pues está claro que Taika Waititi es un cineasta peculiar). 
- Elsa (Thomasin McKenzie), la niña judía de 13 años, con la que establece esa peculiar relación llena de mensajes. Y a la que Jojo pregunta continuamente sobre cómo son los judíos - pues quiere escribir un libro al respecto -, y ella le responde: “Somos como vosotros, pero humanos”. De esta relación descubrirá que sus prejuicios tienen muy poco que ver con el mundo real y con los juicios de valor. Y por Elsa le recuerda: “No eres un nazi, Jojo. Eres un niño de 10 años al que le gusta disfrazarse con un uniforme gracioso y quiere ser parte del club”
- Su madre, Rosie (Scarlett Johansson, quien da ese toque de brillo y esplendor al elenco actoral), quien soporta la ausencia del padre en el hogar (también luchando por la Resistencia, como ella) y la muerte de su hija mayor, enseñándole todo lo bueno que tiene la vida, desde cómo atarse los zapatos hasta la enseñanza de sus mejores consejos: “La vida es un regalo. Tenemos que celebrarlo… Bailar es para la gente libre”. Aunque su hijo le contesta: “Ahora no hay tiempo para el amor. Estamos en guerra”
- El capitán Klenzendorf (Sam Rockwell), un peculiar personaje algo desencantado de su ideología, quien dirige los campamentos de verano nazis allí donde a los chicos se les enseña a disparar, a lanzar granadas, a apuñalar y donde las chicas son adoctrinadas para curar heridas y para quedarse embarazadas por el bien de la Alemania supremacista. 
Pero también se cruzan en la historia otros personajes, como los esbirros de la Gestapo que continuamente repiten el “¡Heil Führer!” y que le dicen a Jojo: “Ojalá más niños de tu edad tuvieran ese fanatismo ciego”. Pero sin olvidar al entrañable Yorki, el amigo gordito y con gafas, entrañable personaje que al final de la película le dice a Jojo, desencantado por lo que está viviendo con la entrada de los americanos y que no es como se lo pintaron: “Voy a mi casa a ver a mi madre. Necesito mimos. Parece que no es un buen momento para ser nazi”

Es Jojo Rabbit una historia alrededor del adoctrinamiento, sobre lo sencillo que resulta manipular las sensibles y blancas almas de los niños, mostrándoles que el nacionalismo ario es el camino. Un film que nos alerta sobre el peligro de las intolerancias y la importancia de los afectos y que, por tanto, puede ser una buena película para toda la familia, con todo lo que ello conlleva. Porque lo cierto es que Taika Waititi ha convertido la novela melodramática y angustiosa de Christine Leunens en una película tragicómica, y con ello a este maorí judío se le ocurre esta marcianada de película tan poco habitual en estos tiempos más propicios en ser o muy correctitos o muy indignaditos. Y todo ello bajo una banda sonora elegida con exquisito cuidado (ya hemos hablado de las canciones que dan entrada y salida al film), donde canciones del pop y del rock conviven con la música que Michael Giacchino ha compuesto, todo un acierto. 

Y es por ello que, pese a las peculiaridades de esta película, Jojo Rabbit debería convertirse en una de las películas de obligatorio visionado en las aulas. Una lección con humor de lo que Europa vivió hace unas cuantas décadas, y lo que podría volver a pasar si no aprendemos de nuestros errores. Y resuenan los consejos de Rosie a su hijo Jojo: “Los niños de 10 años no deberían estar celebrando la guerra y hablando de política” o “El amor es lo más poderoso del mundo”.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Cine y Pediatría (512). “El viaje de Fanny” y el viaje a ninguna parte


El historiador inglés Lord Acton - famoso por haber acuñado el conocido aforismo «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente» - puso ya de manifiesto a finales del siglo XIX la naturaleza contradictoria del nacionalismo, pues así como apareció como una fuerza liberadora y democrática en aquella convulsa Europa, aún no habían aparecido sus desviaciones integristas, totalitarias, imperialistas y xenofóbicas. Y ya fue en el siglo XX cuando se pueden obtener dos grandes conclusiones: que el nacionalismo como tal continuó siendo una fuerza de transformación y cambio y que los nacionalismos (porque hay muy distintas tipologías: liberales y autoritarios, religiosos, étnicos y lingüísticos, abiertos y cerrados) serían causa de importantes y a menudo violentos conflictos, con consecuencias casi siempre decisivas y muchas veces – las dos Guerras Mundiales, por ejemplo – aciagas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en Europa occidental el desprestigio de las ideas nacionalistas y los nacionalismos generaría la aparición del proyecto territorial y político de la construcción de una Europa unida y supranacional, la construcción de la Unión Europea. Otra cosa bien distinta se asoció en lo que se llamaría “tercer mundo” (Asia, África) a movimientos de liberación nacional y/o anti-imperialistas y que estaría en la raíz de alguno de los espinosos problemas internacionales de la posguerra: procesos de decolonización o conflicto árabe-israelí.

El nacionalismo reaparecería en las últimas décadas del siglo XX en la desarrollada y próspera Unión Europea (con particular incidencia en Irlanda del Norte - con el recuerdo del IRA -, Bélgica y España - con el recuerdo de ETA -), pero también en la formación de nuevos estados en la Europa del este tras el colapso del comunismo en 1989 y la desintegración de la Unión Europea y de Yugoslavia (conflictos que han creado el término “balcanización”).

Las guerras nunca traen nada bueno. Los guerras por los nacionalismos tampoco. Y es paradigmático el importante número de películas que nos devuelven la mirada inocente de la infancia ante el nacionalsocialismo alemán, ya por siempre conocido por el terrible nombre de nazismo. Basten algunos ejemplos que ya forman parte de la familia de Cine y Pediatría: Juegos prohibidos (René Clément, 1952), El niño y el muro (Ismael Rodríguez, 1965), El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), Napola (Dennis Gansel, 2004), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo , 2009), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010), Lore (Cate Shortland, 2012), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013), La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), La infancia de un líder (Brady Corbet, 2015), entre otros.

Y hoy llega una película más sobre esta temática, y lo que la infancia perdió en aquella Segunda Guerra Mundial. Una película que comienza con estas palabras impresas, mientras la primera escena nos muestra a distintos niños y niñas que reciben cartas en los jardines de una institución: “Durante la Segunda Guerra Mundial, en Francia, los padres judíos confiaron sus hijos a diversas organizaciones que los acogieron y se encargaron de mantenerlos a salvo de las amenazas… Basado en el relato autobiográfico de Fanny Ben-Ami publicado por ediciones de Seuil”. Así comienza nuestra película de hoy, cuyo título es El viaje de Fanny (Lola Doillon, 2015).

Basada en el libro “Le voyage de Fanny”, la película cuenta la historia de Fanny (Léonie Souchaud), una niña de 12 años de origen judío que, tras la ocupación del territorio francés por parte del ejército alemán en 1943, es confiada por sus padres con sus dos hermanas pequeñas a una institución, al igual que muchos otros niños. En la película realizamos un viaje con ella, sus dos hermanas - Georgette y Erika - y otros cinco niños a través del país, con la intención de escapar de la persecución de los solados nazis y poder atravesar a una frontera sin peligro.

La temática no resulta novedosa y parece haber sido vista otras veces, con la crudeza que reviste el hecho de que sea niños los protagonistas del dolor que deja la guerra de los adultos. Por ello, es El viaje de Fanny un film sencillo y sincero que resalta el valor de la esperanza, pero no obvia el dolor de los totalitarismos nacionalistas. Y que en su temática esta película francesa nos recuerda la temática de la película alemana Lore, pues en ambas las hermanas mayores, Fanny y Lore, adquieren la cruda e impropia responsabilidad de salvar a sus hermanos en medio de la inmundicia del nazismo.

Y por ello en nuestra película de hoy no es de extrañar que los niños se pregunten: “¿Tú ya has visto al monstruo?”. Y mientras cambian de lugar y de residencia temporal, nuestra angelical (y fuerte) Fanny sigue mirando a través de sus prismáticos para recordar la realidad que le abrazaba (la de esos padres que no volverá a encontrar) y en búsqueda de un futuro que desea (ni más ni menos que el que nunca se debiera robar a la niñez)…

Y nuestros pequeños héroes consiguen llegar a su destino a la frontera Suiza, donde ellos salvaguardan la vida y donde los espectadores nos quedamos con el colofón final: “Fanny Ben-Amy vive actualmente en Israel. Las tres hermanas vivieron en Suiza hasta el fin de la guerra. En 1946 regresaron a Francia, pero nunca más volvieron a ver a sus padres. El personaje de la Sra. Forman está inspirado en la Sra. Lotte Schwart (Directora del Castillo de Chaumont) y en la Sra. Weil-Salon. Están entre las numerosas personas dispuestas a dar su vida por salvar a los niños. Desde 1938 a 1944, varios miles de niños fueron salvados de la deportación por la OSE (Ouvre de Secours aux Infants), que los sacó de los campos, los ocultó, los pasó por las fronteras de Italia, de Suiza y de España, desde donde los enviaron a Estados Unidos”.

Es El viaje de Fanny – como el resto de películas reseñadas – una lección de historia y una lección de vida. Más nos valdría aprender bien esta lección para no volver a suspender como sociedad. Porque hay demasiados viajes que no llevan a ninguna parte… o llevan inevitablemente a la confrontación y a la guerra entre civiles. Que los niños padezcan los errores de los adultos es doloroso, pero que los adultos pongan a la infancia en medio de sus objetivos políticos es intolerable, cruel y soez.

Y el que tenga oídos que oiga… una vez más. Y hasta que nos quedemos afónicos.

sábado, 10 de febrero de 2018

Cine y Pediatría (422). Un viaje al horror con "El hijo de Saúl"


En Historia se identifica con el nombre de Holocasuto - también conocido en hebreo como Shoá, traducido como "La Catástrofe" - a lo que técnicamente también se conoce según la terminología nazi como "solución final de la cuestión judía", es decir, el genocidio en el que aproximadamente 6 millones de judíos fueron asesinados por el régimen nazi, bajo el mando de Adolf Hitler y sus colaboradores. Los asesinatos tuvieron lugar a lo largo de toda la Alemania nazi y los territorios ocupados por los alemanes, que se extendían por la mayor parte de Europa. Entre los métodos utilizados estuvieron la asfixia por gas venenoso, los disparos, el ahorcamiento, los trabajos forzados, el hambre, los experimentos pseudocientíficos, la tortura médica y los golpes. 

Recordemos que el Partido nazi tomó el poder en Alemania en 1933, y tenía entre sus bases ideológicas la del antisemitismo, profesado por una parte del movimiento nacionalista alemán desde mediados del siglo XIX. El antisemitismo moderno se diferenciaba del odio clásico hacia los judíos en que no tenía una base religiosa, sino presuntamente racial. Los nacionalistas alemanes, a pesar de que recuperaron bastantes aspectos del discurso judeófobo tradicional, particularmente del de Lutero, consideraban que ser judío era una condición innata, racial, que no desaparecía por mucho que uno intentara asimilarse en la sociedad cristiana. Por otro lado, el nacionalismo sólo creía en el Estado nación caracterizado por la homogeneidad cultural y lingüística de su población: y los judíos eran considerados como nación perteneciente a otra raza, extranjera, inferior e inasimilable a la cultura alemana, por lo que solo podían ser segregados y excluidos del cuerpo social. Frente a la raza judía, extraña al pueblo germánico, colocaban los nazis a la raza aria, sosteniendo que solo esta última constituía la nación alemana, la única llamada a dominar Europa. 

Y para cultivar la denominada Memoria Histórica, el año 2015 nos regaló (o nos bofeteó) con una de las mejores películas de ese año, una viaje al horror que fue galardonada con el Oscar y el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y Gran premio del Jurado en Cannes: El hijo de Saúl, producto del guión y director del húngaro László Nemes, en lo que fue su ópera prima en el largo. 

Dos planos secuencia con dos fundidos en negro antes del título de la película ya nos acerca al abismo del horror: las cámaras de gas de Auschwitz. Estamos en el año 1944 y allí trabaja el prisionero Saúl Auslander (Géza Röhrig) con una misión que espanta: quemar los cadáveres de sus propios vecinos judíos. Pero uno de los cuerpos que salen de la cámara de gas es del un niño agonizante, al que un oficial nazi acaba ahogando. Al ver esto Saúl, con la moral que resta con estas vivencias al límite, trata de salvar de las llamas el cuerpo de un niño al que hace pasar como su hijo y al que intenta conseguir un entierro digno. 

Una película que no es estéticamente bella, pero es moralmente impactante. Donde la cámara es una simple compañera del protagonista, al que la cámara sigue por la espalda (con esa X marcada en rojo en su chaqueta) y de frente (con sus expresiones faciales, todo un poema interpretativo sin necesidad de palabras). Este planteamiento resultó ser un gran acierto porque la cinta fue alabada por críticos de todo el mundo: porque la cámara es la conciencia de Saúl y también nuestra conciencia. Y los continuos plano secuencia junto a Saúl nos acompañan los varios "transportes" de camiones con hombres, mujeres, ancianos y niños, y los distintos pasos para la solución final a la cuestión judía: gasificación de los judíos, incineración de los cadáveres, transporte de las cenizas para lanzar con palas al río, la retirada de ropas y zapatos y el hurto de los objetos de valor. Y mientras todo esto transcurre y transcurre la película, Saúl busca un rabino que pueda enterrar a ese niño que no conoce y le hace pasar por su hijo. Y esa búsqueda alguien le dice: "Moriremos por nuestra culpa", a lo que él contesta: "Ya estamos muertos"

Y tras algo más de hora y media de metraje llegamos al primer plano final de la cara de Saúl, su mueca de sonrisa que nos da escalofrío. Pues con su viaje al horror reconocemos los millones de hijos de Saúl que fallecieron en los diferentes campos de exterminio: Auschwitz (1.400.000 muertes), Treblinka (870.000), Belzec (600.000), Jasenovac (600.000), Majdanek (360.000), Sobibór (250.000), Chelmno (320.000), Maly Trostenets (65.000),... 

Sin duda, El hijo de Saúl es ya una película que formará parte de Cine y Pediatría, una película para prescribir contra los nacionalismos que quieren volver a imperar en Europa, pues no debemos olvidar que el Holocausto ocurrió tras que Hitler ganara unas elecciones, por lo que el celofán democrático no nos debe hacer olvidar el verdadero contenido y esencia supremacista de los nacionalismos. 

Y hoy os prescribo esta película húngara para entender el Holocausto y su daño a todos, también a la infancia, esa parte que es nuestro futuro. Y la añadimos a la larga lista que ya forma parte de la familia de Cine y Pediatría: la alemana El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), la italiana La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), la belga Corazones enfrentados (Jeroen Krabbé, 1998), la polaca Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), las alemanas Napola (Dennis Gansel, 2004), La Ola (Dennis Gansel, 2008) y La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), la británica El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008), las francesas La llave de Sarah (Gilles Paquet-Brenner, 2010) y La profesora de Historia (Marie-Castille Mention-Schaar, 2014), la alemano-estadounidense La ladrona de libros (Brian Percival, 2013). Diarios de tragedias de ayer, como El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959) y de hoy como Rutka: un diario del Holocausto (Alexander Marengo , 2009). 

Y en El hijo de Saúl suena como una profecía el pensamiento de La Ola: “Todos nos hemos considerado mejores, mejores que los demás. Y lo que es aún peor, hemos excluido de nuestro grupo a todos aquellos que no pensaban igual. Les hemos hecho daño...”.

 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Cine y Pediatría (411). "La infancia de un líder", la gestación de un tirano


El joven actor estadounidense Brady Corbet se atreve a introducirse en el mundo de la dirección con tan solo 27 años con una historia basada en un relato de Jean Paul Sartre, una historia que cuenta la infancia de un futuro líder fascista, trasunto de Hitler, durante la I Guerra Mundial. Un film fascinante titulado La infancia de un líder (2015) en la que rastrea las raíces de la crueldad a gran escala que azotó Europa durante el siglo XX, y cuya sinuosa y abrumadora atmósfera le valió a Corbet dos premios en Venecia: el de Mejor Director en Horizontes y el Luigi de Laurentiis a la Mejor Ópera Prima. 

Y quizás nada es casualidad, porque esta película bebe del polifacetismo de Brady Corbet, quien como actor ha podido trabajar en estos últimos años junto a grandes nombres del panorama europeo, pero que recordamos por dos inquietantes papeles: en la película Funny Games U.S. (Michael Haneke, 2007, remake de la película austríaca del mismo director realizada diez años antes) y Melancolía (Lars von Trier, 2011). Y al gestar esta su ópera prima realiza su debut para la posteridad, complemento ideal para la icónica película del año 2009 de Michael Haneke, La Cinta Blanca, y de la que dimos buena cuenta en los inicios de Cine y Pediatría, tantas veces recordada: películas hermanadas de alguna forma, si bien donde Haneke habló de los hechos previos a 1914 y lo hizo en blanco y negro, Corbet nos relata una época inmediatamente posterior y en color (salvo su obertura y epílogo). Pero en ambas sobrevuela una violencia invisible y profética que genera un clima turbio e inestable, preludio del fascismo nacionalista que la (mala) educación genera. 

Una película, además, con ética y estética de otros grandes directores, a lo que a buen seguro recordaremos al disfrutar (o sufrir) de la fotografía de Lol Crawley (esos claroscuros de la casa burguesa de estancias medio abandonadas, paredes descascarilladas y pintura avejentada) o de la música de Scott Walker (esa estridencia casi protagonista en el inicio y final en blanco y negro), pues aquí rememoraremos ecos de Ingmar Bergman, Luchino Visconti, Paul Thomas Anderson, o incluso Stanley Kubrick. 

Es La infancia de un líder una película planteada con una obertura, tres episodios y un epílogo. Obertura y epílogo con imágenes de archivo en blanco y negro y músicas estridentes, y tres episodios con títulos tan sugerentes como "La primera rabieta", "Segunda rabieta, Año Nuevo", "La tercera rabieta: es un dragón...". Las imágenes de archivo que dan comienzo al largometraje, de brillante calidad por pertenecer a los negativos recientemente restaurados de los estudios Pathé, sitúan la narración con exactitud: La Gran Guerra ha terminado y en Francia se estudian las duras condiciones de la capitulación germana. El presidente Wilson, figura clave en el papel supremacista de los Estados Unidos tras la contienda, llega a la capital entre clamores de victoria y esperanza de un futuro mejor. Mientras tanto, en un ajado caserón burgués de las afueras, se instala un alto cargo político (Liam Cunningham) al servicio de Wilson junto a su mujer (Bérénice Bejo, de mirada dura, de rasgos helados, la bella actriz ya nominada al Oscar por la película The Artist, también en blanco y negro, como estas imágenes de archivo) y su hijo Prescott (Tom Sweet, sorprendente descubrimiento, casi tan frío como sus padres). El pequeño, de una belleza que hace que le confundan con una niña, vive carente del afecto paterno por las obligaciones laborales de este y del materno por la frialdad de la mujer al verse confinada en un espacio rural opuesto al cosmopolitismo de su vida anterior, y solo encuentra algo de consuelo y cercanía en la criada (Yolande Moreau) y en su institutriz francesa (Stacy Martin). 

Ambientada históricamente en las negociaciones de paz en la conclusión de la Primera Guerra Mundial, la excusa argumental no puede ocultar que sus verdaderas intenciones son las de manifestar el germen de una bestia, una bestia inofensiva, un cachorro aparentemente arisco y desobediente pero al que cualquiera podría dominar, cualquiera menos todos los que le rodean, y por la ceguera de tener a un enemigo en casa, al que, cesión tras cesión se le convierte en un déspota dominante. Que al niño Prescott la gente que no le conoce le confunda con una niña le incrementa su rabia interior. Esa melena rubia, ese león prematuro que se esconde tras una cabellera que es sinónimo de su indómita voluntad rebelde contra toda norma impuesta. 

Una película en que cada capítulo, centrado en un conflicto familiar y sus consecuencias, magnifica el despotismo del niño hacia un entorno que siente como ajeno y hostil, y que funciona como caldo de cultivo para su génesis de tirano. La violencia sobrevuela la película y Corbet la personifica en el niño, mientras Haneke, más sutil, la retrataba en el estado de las cosas y en las pequeñas brechas generadas en lo cotidiano. No es por ello casualidad que Haneke aparezca en los agradecimientos finales de la película junto a Sartre (de quien Corbet adapta muy libremente su homónimo relato corto) y Hannah Arendt, cuya teoría sobre el origen de los totalitarismos remite al fracaso humano de cada nueva generación, rechazando todo optimismo histórico-filosófico relativo al progreso. 

En La infancia de un líder desde el inicio queda claro que nos encontramos ante la encarnación de un personaje siniestro, egocéntrico, imperativo, autodidacta. Ya en la primera escena, cuando apedrea a los asistentes a un ensayo de una representación religiosa, o en aquellas otras en las que reniega de cualquier creencia dogmática o se pasea desnudo en plena conferencia diplomática, su fe inquebrantable en hacer lo que quiere se mantiene cualquiera que sea el castigo o la amenaza, aumentando su tozudez su carácter retador cuanto más incomoda al poder instituido, en este caso representado por los padres. Pero no deja de ser un niño que dice a sus padres: "He tenido una pesadilla y he mojado la cama". Un niño que dispone de una bella institutriz que le enseña bellas cosas, como las fábulas de Esopo con mensaje: "Los pequeños amigos pueden ser grandes amigos". Un niño que vive rodeado de las reuniones políticas en su hogar y donde se confabula con el presente y el futuro de la nación: "Se habla de venganza o victoria, pero se dice sin emoción, de modo demasiado intelectual. Lo que quiero decir es que un modo u otro haremos que el mundo sea un lugar mejor. Acordaos de lo que digo". Un niño cuyos padres, nada afectivos, no son ajenos a lo que están criando y esto son algunos mensajes de ellos: "Mientras estoy fuera, pon firme al chico. Lo quiero como solía ser", "Solo es un niño. No puedes permitir que un niño mande en esta casa", "Ya es mayor y necesita aprender a comportarse" o "Ya estoy más que harto de tus jueguecitos. Soy tu padre, y vas a mostrarme respeto. Si no contestas, si no abres la puerta, te voy a dar los azotes más fuertes de tu vida"

Un niño que es criado sin amor en el hogar, es fácil que genere soberbia y odio con el tiempo. Un niño que recibe solo cariño y atención de la Mona, la aya que le habla en francés, una buena mujer que es cruelmente despedida por la madre y que ante el dolor llegar a decir: "Emplearé cada día de mi vida en destruir vuestra familia". Y vemos que esa misma frialdad con la que la madre despide a la criada, es con la que Prescott despide a su institutriz..., porque lo que se vive, se aprende. Y ante tal camino hasta la madre le llega a preguntar: "¿No te gustaría hacer amigos?" 

Si los tiranos se hacen o nacen puede ser una interpretación muy simple como resumen de la película, pero no deja de ser más cierto que resulta inevitable establecer esa conexión con todo lo que hemos presenciado, ese salto temporal de la infancia a la madurez de Prescott invita a pensar en educación, padres, personalidad, crear hijos consentidos bajo el sentimiento de culpabilidad que procede de las faltas, las carencias, los complejos de los progenitores. 

Porque La infancia de un líder es una magnífica reflexión sobre cómo gestar un tirano, un fascista, un nacionalista. Basta con no cuidar la educación en las familias y en las escuelas. Nos lo dijo Michael Haneke en blanco y negro; ahora nos lo recuerda Brady Corbet en color. 
Y el que tenga oídos, que oiga...

 

sábado, 27 de mayo de 2017

Cine y Pediatría (385). La conciencia del Tercer Reich en "El tambor de hojalata"


"Empieza mi historia mucho antes de mí mismo, cuando a mi pobre mamá le llegó la hora de ser concebida. Mi abuela, Anna Bronski, una mujer joven e ignorante estaba sentada dentro de sus cuatro faldas al borde de un campo de patatas. Era el año 1899 y estaba sentada en el corazón de Kaschubei..." Así empieza una película especial basada en una novela esencial de la literatura alemana, europea y mundial. Dos iconos, en el cine y en la literatura bajo un mismo título: El tambor de hojalata. 

Una película dirigida por Volker Schöndorff en el año 1979 y que fue la ganadora de la Palma de Oro en Cannes (junto a la bien conocida obra de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now) y del Oscar a Mejor película de habla no inglesa, una de las obras más reconocidas del conocido como Nuevo cine alemán. Una película construida a partir de la novela del Premio Nobel de Literatura, Günter Grass, aparecida en Alemania en 1959, pero que estuvo prohibida en España hasta 1978. En realidad, "El tambor de hojalata" es un libro de aventuras maravillosamente escrito y, en algunos pasajes, roza anticipadamente lo que hoy se calificaría de realismo mágico: la historia de Oskar Matzerath, el niño que en un momento dado decide dejar de crecer, un enano, un loco sexualmente obseso, un criminal, una especie de conciencia del Tercer Reich que, con sus redobles, destruye todo orden marcial. Grass reconoce que se inspira en la novela picaresca española y, más de cerca, en el "Simplicius Simplicissimus" alemán, inspirado a su vez en ella. Y esta obra forma parte de la llamada “trilogía de Danzig”, junto a otras dos novelas posteriores: "El gato y el ratón" (1961) y "Años de perro" (1963). 

Cuando se analiza una adaptación literaria es inevitable hablar de lo obra en cuestión, y es inevitable hablar de ambos, autor literario y director cinematográfico. El libro narra de manera autobiográfica muchos de las correrías de su autor en su juventud, haciendo fiel retrato histórico de los hechos sucedidos en su natal Dazing, aquella ciudad que, tras el Tratado de Versalles, dejó de ser parte de Alemania y forma parte de una región polaca en la que vivían alemanes, polacos, judíos y casubios/cachubas (minoría de origen eslavo). El propio Günter Grass ha confesado que en su juventud perteneció a las SS, por lo que nos devuelve experiencias de primera mano. Y, por otro lado, dentro del movimiento del Nuevo Cine Alemán, Volker Schlöndorff destacó por ser el adaptador literario más reputado, aquel que llevó a la gran pantalla obras literarias de escritores como Robert Musil y El joven Törlees (1966), Heinrich Böll y El honor perdido de Katharina Blum (1975), Marcel Proust y El amor de Swann (1983) o Arthur Miller y Muerte de un viajante (1985). Y quien, por tanto, convirtió el papel en escenarios reales y personajes de carne y hueso. 

La ciudad libre de Dánzig ve nacer al pequeño Oskar Matzerath (David Bennent, hijo del actor Heinz Bennet y elegido por padecer un trastorno de crecimiento, con una facies muy especial a la que contribuía su particular exoftalmos) en 1924, época en que la agresiva política nazi iniciaba su influencia al este de Alemania y así lo describe la sempiterna voz en off de nuestro protagonista: "El sol estaba bajo el signo de Virgo. Neptuno entraba en la X mansión celeste y Oskar nació marcado por el portento y el engaño". Pero desde el momento en que Oskar sale del vientre materno experimenta un terrible deseo de volver dentro, deseo truncado por el corte del cordón umbilical que le vinculaba a su madre, quien le promete un regalo en la cuna de nacimiento: "El día que nuestro Oskar cumpla tres años le compraremos un tambor de hojalata". Y él pensó: "Solo la promesa del tambor de hojalata me impidió expresar con más fuerza el deseo de volver de nuevo a mi posición cefálica embrionaria. Por otra parte, la matrona me había cortado el cordón umbilical, así que ya no había nada que hacer. Solo me quedaba dominar mi impaciencia y esperar la llegada de mi tercer cumpleaños". Una vez conseguido su tambor, Oskar decidirá poner fin a su crecimiento a esa edad, como rechazo a las reacciones de los adultos en su familia: "Aquel día medité sobre el mundo de los adultos y sobre mi propio futuro, y decidí poner punto final. Desde ahora, no crecería ni un dedo más. Sería para siempre un niño de tres años, un gnomo". 

La época por la que discurre la historia contempla el panorama polaco-alemán desde 1899 hasta 1945. Un periodo de tiempo en el que los cuadros de Beethoven son sustituidos por los de Hitler, los jugueteros judíos piensan en emigrar o en la que Alemania se convirtió en la enemiga del mundo, según el propio pensamiento de nuestro Oskar: “Había una vez un pueblo crédulo que creía en Papá Noel, pero Papá Noel en realidad era un ogro”. 

La obra goza de tal número de símbolos, metáforas y alegorías que son necesarios más de un visionado para poder comprender del todo la magnitud intelectual que atesora. Oskar se niega a pertenecer a un mundo donde imperan las mentiras y las apariencias, comenzando por su familia: su madre ama a un judío polaco, pero se casa con un oficial alemán. El tambor como símbolo de la juventud que no quiere perder y también junto a su grito vitricida, arma que denuncia todo cuanto se le pone en el camino: "Así descubrí que mi voz al gritar alcanzaba un tono tan alto que ya nadie se atrevería a quitarme mi tambor... Cuando me quitaban el tambor yo gritaba. Y cuando gritaba se rompían las cosas más valiosas". 
Y en la Noche de los Cristales Rotos, ardiendo casas y sinagogas judías, Oskar entra en la tienda destrozada del judío Markus, allí donde compraba sus tambores, y mientras relata este pensamiento: "Había una vez un vendedor de juguetes que se llamaba Sigismund Markus que vendía tambores pintados de blanco y rojo. Había una vez un tamborilero, se llamaba Oskar. Había una vez un vendedor de juguetes, se llamaba Markus y se llevó consigo todos los juguetes de este mundo". El grito que rompe los cristales podría hacer referencia a la Noche de los Cristales Rotos y el primer cristal que se rompe es el de un reloj, claro símbolo del tiempo. Y otras alegorías es la presencia de enanos de feria disfrazados de soldados alemanes y una enana italiana como representantes de los fascismos europeos. 

La utilización del niño Oskar como protagonista narrador y observador de la historia es paradójica, ya que normalmente se utiliza la infancia como símbolo de pureza y esperanza, sin embargo nuestro personaje es un niño grotesco que asemeja la psicosis enfermiza de aquel tiempo. Y sin dudar con la experimentación o vanguardia, caminando por las casi dos horas y media de metraje con la voz en off de Oskar como compañía, Schlöndorff consiguió ser el más comercial de todos los representantes del Nuevo Cine Alemán, pero conservando las señas de identidad del cine europeo más puntero como la Nouvelle Vague francesa, el Neorrealismo italiano o las del propio Buñuel. 

Lo dicho, El tambor de hojalata son dos iconos, en el cine y en la literatura, bajo un mismo título y con 20 años de separación como cábala en la numerología: en 1959 Günter Grass escribió la novela, en 1979 Volker Schlöndorff dirigió la película, y en 1999 le fue otorgado a Grass el Premio Nobel de Literatura. Y quedan muchos recuerdos de esta historia cruel de realismo mágico: 
- Sus personajes: Oskar Matzerath principalmente, pero también su abuela Anna Bronski, sus padres Agnes y Alfred, el tío amante Jan Bronski, el juguetero judío Sigismund Markus - interpretado por Charles Aznavour -, su prima María, los enanos de circo Bebra y Roswhita, el hijo Kurt, de padre no aclarado. 
- Sus escenas, posiblemente todas, pero algunas con eco mayor: el vals tras la parada militar; la cabeza del caballo encontrada al borde del mar con las anguilas dentro; la escena del vestuario de la playa entre Oskar y María; algunas escenas sexuales (que provocaron el escándalo en su tiempo); y ese principio y final en un campo de patatas, relato cíclico que nos advierte sobre la necesidad de estar atentos, porque es posible que la historia se repita. Y así lo explica la abuela Ana: "A los tres años se cayó por una escalera y dejó de crecer. Ahora se ha caído en una tumba y otra vez vuelve a crecer". 
- Su música, ese tercer personaje invisible, gracias a la banda sonora del compositor Maurice Jarre (quien fuera el padre del bien conocido artista de música electrónica, Jean-Michel Jarre). Una notable banda sonora ambiental y dramática, en la que el compositor aplica música de época y temas aplicados para enfatizar un tono moderadamente amargo. 
- Sus mensajes por y para la historia alrededor de la ciudad de Danzing: "El noticiario semanal rodó aquella escena para pasarla luego en todos los cines. En la Oficina de Correos polaca Oskar había vivido los momentos que pasarían a la historia como el inicio de la Segunda Guerra Mundial" o "Porque los kaschubas nunca se van a ninguna parte... Nosotros no somos ni del todo polacos ni del todo alemanes". 

Y después de su largo metraje y su densa historia, resuena el tambor de hojalata en nuestras conciencias. Porque no queremos que la conciencia del Tercer Reich se repita. Y cualquier nacionalismo es un golpe de tambor...

sábado, 7 de noviembre de 2015

Cine y Pediatría (304). “American History X”, el odio y la violencia llama a nuestras puertas


Un comienzo impactante, en blanco y negro, que nos augura una película dramática y de una brutal violencia, por lo que se ve y por lo que se siente. Una escena de sexo previa al asesinato rezuma una instintividad casi animal, expresión todo ello de la irracionalidad en la que vive el protagonista, quien, con la cabeza rapada y esvástica tatuada en su pecho, luce un destino tan negro como la noche... Luego se hace el color y se nos cuenta una historia, tan real como continuamente actual. Y así transcurrirá la historia, la mitad de la película entre un presente en color y la otra mitad con un pasado de sucesivos flash back en blanco y negro... 

Muchos habrán descubierto ya que estamos hablando de American History X (Tony Caye, 1998), la historia de los jóvenes y atractivos hermanos Vinyard, cuya vida familiar y social transcurre alrededor de un grupo violento neonazi, aquellos grupos partidarios de la llamada "supremacía blanca" en Estados Unidos. El hilo conductor de la narración cinematográfica es el relato introspectivo que elabora el propio Danny (Edward Furlog) sobre el impacto en su vida ("cuando me miran, ven a mi hermano") y en la del resto de su familia de los sucesos que protagonizó su hermano mayor Derek (Edward Norton), encarcelado tres años antes por el asesinato de dos jóvenes negros que le intentan robar una camioneta (y que es la escena con que se abre la película). Con los recuerdos que brotan en offf de la pantalla (un texto que le aconseja redactar Bob, el director del instituto, y quien le dice: "la rabia ciega el cerebro que Dios te ha dado") y la vivencia de ese primer día de libertad de Derek, se entrelaza toda la película y lo hace con notable esfuerzo de honradez. El padre de ambos, bombero, fue asesinado por un negro, hecho determinante para que Derek adoptase una perspectiva ideológica racista, lo que le lleva a vincularse a un grupo skin local de ideología neonazi, donde se topará con el adulto Cameron, ideólogo manipulador, con Seth, un obeso descerebrado de gatillo fácil, o con una novia sembrada de piercings y de rencor. 

Pero la experiencia en prisión de Derek le cambiará. Tras la libertad condicional, sale transformado (simbólicamente, ha dejado crecer su cabello) y asume el papel del padre ausente, buscando la unidad del núcleo familiar, unidad que el mismo rompió en su etapa previa cuando su madre le decía a través del cristal de la cárcel aquello de "¿te crees que eres el único que cumple condena?, ¿te crees que no estoy dentro contigo?". Durante estos tres años, todos han estado esperándole con impaciencia pero su hermano pequeño, Danny, que le idealiza con pasión, a él y a la causa nazi (llega a decir "odio a todos los que nos sean blancos y protestantes"), ha sido el más afectado por su ausencia y espera con impaciencia su vuelta. Un vez en la calle, Derek intenta hacerle ver que el nazismo, el odio y la violencia racial son actitudes equivocadas. La prisión ha cambiado a Derek, ahora Derek tiene que cambiar a la gente a la que ama y que se ha perdido en el odio. Por ello hay un ejercicio de introspección entre ambos hermanos y, cuando todo parecía volver a la normalidad en la familia, ocurre la tragedia...

No podemos dejar de destacar todas y cada una de las escenas en blanco y negro, aquellas que intentan explicar esta historia X en flash-backs: 
- El simbólico partido de baloncesto entre blancos y negros por conseguir el dominio de la propia cancha. 
- La arenga a los amigos del barrio y al ataque al supermercado contra hispanos, negros y asiáticos. Una arenga escalofriante, pues aún hoy la oímos en algunos de nuestros políticos nacionalistas e independentistas, como justificación: "No os riáis, esto no tiene gracia. Afecta a vuestras vidas y a la mía. Afecta a los americanos decentes y trabajadores sin culpa y se llevan el palo porque a su gobierno le interesan más los derechos constitucionales de una gentuza que no son ciudadanos de este país. En la Estatua de la Libertad pone "Dadme a los cansados, hambrientos y pobres". Pues son los americanos los hambrientos, cansados y pobres. Que no puedan arreglar eso, que cierren el puto grifo. Porque estamos perdiendo, estamos perdiendo el derecho a buscar nuestro destino. Estamos perdiendo nuestra libertad para que una panda de putos extranjeros puedan venir a explotar nuestro país. Y no es algo que esté pasando lejos, no es algo que esté pasando en sitios donde no podamos hacer nada. Está pasando aquí mismo, en nuestro propio barrio..." 
- La conversación/discusión alrededor de la mesa familiar sobre el valor de las revueltas en el barrio. Una conversación que acaba con la violencia física que auguraba la violencia verbal, una de las escenas más duras que el cine ha dado y con ese final en que la madre le dice a su hijo: "Me da vergüenza de que hayas salido de mi cuerpo". Y cuando el novio judío de la madre le dice a ella: "No sabes en qué mundo viven tus hijos". 
- La recreación de la mítica escena de la detención por parte de la policía, con Dereck con la mano detrás de la cabeza, arrodillado en ropa interior y orgulloso por haber asesinado a un negro, mientras mira a su hermano pequeño con una mirada demoníaca de una expresividad desconcertante.
- Los recuerdos en la cárcel. Y, aunque se adhiere inicialmente al grupo neonazi del centro penitenciario, el desencanto le aparta (acompañado de una cruel escena en la ducha) e inicia una amistad con el joven negro que trabaja en la lavandería (quien en sus propias e irónicas palabras se describe como "Soy el tipo más peligroso de esta prisión. ¿Y sabes por qué? Porque controlo los calzoncillos"), quien acaba siendo como un ángel de la guarda para Derek y, junto con la visita y la conversación con Bob, el director del instituto (y su pregunta: "¿Algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida?"), serán dos motivos para el cambio y para su reflexión final: "Los últimos seis meses en aquel antro fui como un fantasma".
- Hacia el final de su metraje conocemos al fallecido padre de la triste familia Vinyard, un bombero de ideas reaccionarias cuyos discursos xenófobos y llenos de odio van a calar muy profundo en la mente de sus hijos. En un breve diálogo conocemos las semillas del odio, el modo en que las ideas de los mayores pasan a la siguiente generación, manipulando su forma de pensar... y cómo suena esto, con gran resonancia, hoy en algunas regiones de España.

American History X es un crudo relato dirigido con ambición por Tony Kaye, un londinense procedente del mundo de la publicidad, y que ha trabajado en documentales de contenido social para distintas ONGs. Una película que fue considerada casi un obra maestra en su momento y que causó (y causa) gran impacto, gracias al guión, a la dirección de actores (Edward Norton musculó su cuerpo para la ocasión y fue candidato al Oscar y Edward Furlong, el que fuera el célebre chaval de Terminator 2: el juicio final) y a la cuidada fotografía en blanco y negro.

El cartel anunciador del film contiene un texto moralizante: "Si sigues el camino del odio, tarde o temprano pagarás su precio". Y en donde podemos recabar algunos claros objetivos pedagógicos: comprender el fenómeno del neonazismo, sus raíces históricas y su forma actual en nuestra sociedad; entender de qué manera las relaciones personales están condicionadas por el orden social y familiar en qué se inscriben; comprender el proceso de degradación moral a qué nos somete el discurso ideológico del odio y del sentirse mejor al otro; valorar los sentimientos o principios morales o ideológicos que mueven cada personaje (y que no son tan lejanos, y algunos están cerca de nosotros o salen en la prensa o en los noticiarios).

Una película necesaria para revisar, y sin duda hoy y aquí en España. Y con esta frase final, directa a la mente y al corazón: "Supongo que debo decir lo que he aprendido, mi conclusión. Mi conclusión es que el odio es un lastre. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. No vale la pena. Derek dice que siempre viene bien acabar un trabajo con una cita, dice que siempre hay alguien que lo ha hecho mejor que tú, y que si no puedes superarlo róbaselo y aprovéchate. Así que he escogido algo que creo que le gustará: ‹No somos enemigos sino amigos, no debemos ser enemigos. Si bien la pasión puede tensar nuestros lazos de afecto, jamás debes romperlos. Las místicas cuerdas del recuerdo resonarán cuando vuelva a sentir el tacto del buen ángel que llevamos dentro›".

 

sábado, 1 de agosto de 2015

Cine y Pediatría (290). “Lore”, la infancia vencida


Una niña cuenta del uno al ocho antes del llegar al “cielo” y luego en numeración descendente para llegar al “infierno”: es el juego de la rayuela o tejo. El “cielo” es la casilla de descanso, donde al llegar se apoyan los dos pies y de un salto se da la vuelta, para repetir el recorrido en el sentido contrario. Al finalizar cada vuelta se vuelve a lanzar la piedra a la siguiente casilla, que es la que no se puede pisar. Gana el que consigue llevar primero la piedra hasta el “cielo”. 
Con este juego infantil comienza una película muy especial, que finaliza cuando la joven protagonista pisotea todas las figuras de porcelana de animales situadas en una cómoda de la habitación. Y entre medias, 110 minutos de metraje que tiene a cinco hermanos como protagonistas, protagonistas de un tema muchas veces contado (las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial), pero que aquí se nos devuelve con una mirada diferente. Esta película lleva por título el nombre de la hermana mayor de esos cinco hermanos, Lore. 

La película Lore (2012) ha sido dirigida por la australiana Cate Shortland, quien ya había realizado diversos cortometrajes cargados de éxitos y también dirigió su anterior (y primera película), Somersault (2004), con la que obtuvo múltiples premios, entre ellos el Premio Un Certain Regard en el Festival de Cannes. Y es así como con solo dos largometrajes Cate Shortland nos enseña sus buenas cartas en este oficio de contar historias, donde le gusta tomarse los proyectos con la calma y el tiempo suficiente como para que esa gestación dé los frutos visuales y sensoriales adecuados: en Somersault tardó siete años buscando a los actores adecuados para su historia y Lore ha llegado ocho años después. 

Somersault y Lore tiene bastantes puntos en común: una joven adolescente como protagonista en un marco personal con adversidades y con la figura de un joven misterioso alrededor de sus vidas, películas no cómodas, acompañadas de una fotografía cuidada al detalle, buena música, unos protagonistas impecables y una historia que te atrapa desde la primera escena. Un cine sentido, sensitivo y sensorial al más puro estilo Shortland, pero así como en Somersault se perfilaba, ya en Lore se dibuja mejor el trazo. 

En Somersault se exploran temas alrededor de las emociones, la soledad y la sexualidad en adolescentes, donde una joven australiana de 16 años llamada Heidi (Abbie Cornish) huye de su hogar en Canberra y llega a Nueva Gales del Sur. Allí conoce a Joe (Sam Worthington), el hijo de un agricultor local, con el cual trata de formar una relación a pesar de la dificultad de este muchacho para expresar sus emociones y de sus inseguridades respecto de su orientación sexual. 

En Lore se explora el despertar de una Alemania derrotada al final de la Segunda Guerra Mundial y nos enfrenta a las atrocidades del nazismo a través de la mirada de un grupo de cinco hermanos. Corre la primavera de 1945 y el ejército alemán se derrumba frente a la ocupación americana. Las fuerzas aliadas entran por todo el país, el Tercer Reich se desmorona y los padres de la joven Lore son arrestados. Lore (Saskia Rosendahl) decide llevar a sus cuatro hermanos a través de Alemania hasta un lugar seguro: la casa de su abuela, situada a más de 500 kilómetros. Todos juntos emprenderán un viaje que les mostrará la realidad y las consecuencias de las acciones de sus padres. Pero cuando conoce al enigmático y carismático Thomas (Kai-Peter Malina), un joven refugiado judío, Lore ve como su mundo se llena de sentimientos contradictorios. Por un lado queda paralizada por el miedo que siente hacia este joven pero, por otro, debe confiar para sobrevivir, en la persona que, tal y como le han enseñado, es el enemigo.

Lore es un personaje difícil para el espectador: bella, orgullosa, inquietante, despectiva, con una fuerza interior increíble, pero a su vez con una gran fragilidad, y Saskia Rosendahl ofrece una interpretación casi hipnóptica en la que acapara una buena parte de la atención del espectador. Y Lore es un film difícil, que no trata de complacer al espectador, porque empuja constantemente a la audiencia a reflexionar y a ponerse en el lugar de los protagonistas. Nos obliga a pensar sobre las consecuencias de las ideologías extremas, sobre todo en las consecuencias sobre la infancia (esa infancia vencida, más vencida que el pueblo derrotado) y la responsabilidad de los padres y la sociedad sobre este tipo de cuestiones. 

Esta película es una adaptación de la novela “The dark room” de Rachel Seiffert, del que la directora se quedó fascinada: tres historias contadas desde el punto de vista de una joven que intenta encontrarle sentido a la Alemania fascista. La historia de Lore es un poco la historia de la familia judeoalemana del marido de la directora (de hecho, es la familia que aparece en la fotografía que Thomas lleva en su cartera). Cate Shoterland no dudó que había que rodarla en alemán para que fuera fiel a la realidad, esa realidad en donde Hitler no solo era visto como el Fuhrer, sino también como la figura del padre amado. Aunque de producción mayoritariamente alemana, la Academia Australiana la eligió para ser su representante ese año en los Oscar para optar al premio a la mejor película de habla no inglesa. 

Dos detalles de la película que quizás no son casualidad y que se convierten en guiños cinéfilos:
- Por un lado, en la elección de actores: en Lore aparecen dos de los jóvenes actores (Kai-Peter Malina en el papel de Thomas y Ursina Lardi) del excelente film La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), curiosamente una película que complementa la actual. Porque en ambos películas se reflexiona sobre el peligro de los nacionalismo sobre la sociedad y, especialmente, sobre la parte más sensible de aquélla, la infancia: en La cinta blanca se nos muestra una inquietante reflexión en blanco y negro sobre los orígenes del fascismo y en Lore se nos regala una profunda reflexión en color sobre las consecuencias posteriores.
- Por otro lado, en la elección de la fotografía y la música, lo que nos aproxima a la esencia de películas tan especiales como El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011), esa oración desde la infancia al sentido de la vida. La fotografía en tonos azulados de Adam Arkapaw y la música clásica y minimalista de Max Richter acompañan en sintonía psicológica a uno de los films más estéticos, intensos y fascinantes sobre otra forma de ver y sentir el final de la Segunda Guerra Mundial y hacerlo a través de la infancia perdida.

Lore no es una película fácil, pero se acaba haciendo memorable... y necesaria, ante tanta reactivación de nacionalismos, verdaderos lobos con aparente piel de cordero (algunos muy próximos).

 

sábado, 15 de febrero de 2014

Cine y Pediatría (214). De ”pijamas”, “libros” y otros valores desde la infancia contra la sinrazón


Hace tiempo dedicamos una entrada especial en Cine y Pediatría a la mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi. Ahondando en ese tema, hoy dedicamos esta reseña a dos películas muy especiales, con tres características en común: ser películas de éxito fundamentadas en el guión adaptado de novelas que han sido todo un best seller; tener como protagonista a niños escolares que viven en la época de la histeria nacionalsocialista en Alemania; y convertirse en películas inolvidables por la visión y los valores que nos devuelven los pensamientos de estos niños. 
Hablamos de El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) y La ladrona de libros (Brian Percival, 2013). Películas para adultos, pero que bien se puede aconsejar ver con los hijos a partir de los 8-9 años (la edad de los protagonistas), siempre que les acompañemos en su visionado, pues son historias que entrañan enseñanzas que conviene mostrar en familia. 

El niño con el pijama de rayas es una producción británico-estadounidense, que se basa en el best seller “The Boy in the Spriped Pyjamas”, escrito en el año 2006 por el irlandés John Boyne, y lo hace intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar. 

Narra la historia de Bruno (Asa Butterfield, visto recientemente en el papel protagonista de La invención de Hugo de Martin Scorsesse, 2011), un niño alemán de 8 años que vive en el Berlin de 1942 y que se tiene que trasladar con su familia a una nueva casa en el campo (en realidad un campo de concentración), dado que a su padre (David Thewlis), un comandante del Tercer Reich, le han dado un nuevo destino. Allí vivirá junto a su madre (Vera Farmiga), una madre sobreprotectora que no apoya el Reich, y su hermana adolescente. 
Bruno pasa los días aburrido y, en su afán explorador, conocerá a un Shmuel (Jack Scanlon), un niño de su misma edad que vive en los alrededores de la casa, detrás de una alambrada y viste un traje de rayas que parece un pijama. Bruno y Shmuel se hacen amigos y comienzan a verse con regularidad, separados por la omnipresente alambrada. Bruno, de vez en cuando, le lleva comida y Shmuel le cuenta cómo es su vida actual al otro lado de la alambrada, de cómo era antes y de su familia 

El niño con el pijama de rayas se convierte en un canto a la amistad y en un cuento moral, cuento que busca la perspectiva humana y poética que se esconde tras el horror. A medio camino entre la magia de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y el horror de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) y que nos regala muchas escenas para el recuerdo, sutiles pero duras: los encuentros de Bruno y Shmuel a través de la alambrada, la del sirviente judío que cura una herida en la pierna de Bruno, las enseñanzas del maestro particular (y esa frase terrible: “Si encontraras un solo judío bueno, serías el mejor explorador del mundo”); y, sin duda, su escena final con cientos de pijama a rayas amontonados por delante de una puerta negra que insinúa todo el horror y ese grito desgarrador fuera de campo que se apaga tras el plano final con fundido en negro.

El impacto emocional es que a Boyne y Herman les interesa la mirada de Bruno, ese niño explorador que quiere comprender lo que ocurre a su alrededor, pero no lo entiende. Lo interesante es entrar en el universo infantil de quien no comprende por qué unos hombres con pijama son considerados basura, y esos instantes de humanidad tratados con sentimiento real, pero sin sentimentalismo fácil. Un cuento moral con la banda sonora de James Horner de fondo.

La ladrona de libros es una producción alemano-estadounidense, que se basa en el best seller “The Book Thief’, escrito en el año 2005 por el australiano Makus Zusak, y lo hace también intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar.

Narra la historia de Liesel Meminger (Sophie Nélisse, vista recientemente en Profesor Lazhar de Philippe Falardeau, 2011), una niña alemana de 9 años que vive en las afueras de Munich justo antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. La película comienza con la voz en off de un narrador poco habitual (la Muerte) y la cámara nos lleva entre las nubes y el humo de un tren al compartimento donde viajan Liesel con su madre y su hermano menor, quien muere en ese momento, antes de llegar a su destino: la casa de acogida de los Huberman, sus nuevos padres (un amable y bondadoso Hans -Geoffrey Rush- y una huraña Rosa -Emily Watson-).
Liesel no sabe leer y, curiosamente aprende con la ayuda de su nuevo padre, y a través de un libro demasiado peculiar: “El manual del sepulturero”. Cuando aprende a leer su primera frase comienza a vivir la fantástica senda que es la aventura de leer, de vivir otras vidas y otras historias. Y es a través de esos libros (que roba en la biblioteca del alcalde) como puede sobrevivir a una Alemania instalada en la perversa geometría del nazismo y en donde ser judío, tener una n de menos en el apellido, salvar un libro de las llamas o, simplemente, disentir de otros, podía costar la vida.

Porque La ladrona de libros nos muestra como la lectura y las palabras pueden ayudarnos a atravesar los más duros trances de la vida y ayudar en ellos a los demás. Y así la historia nos devuelve dos historias de amistad: la que Liesel establece con su vecino y compañero de clase Rudy (Nico Liersch) y la que se crea con el joven Max (Ben Schnetzer), judío al que esconden en el sótano de la casa.

Aún nos cuesta creer que todo esto ocurriera en el siglo XX y en un país civilizado como Alemania, potencial mundial. Pero siempre quedará esa vergüenza para la humanidad…y para no olvidar el daño de los nacionalismos… se vistan del color que se vistan. Películas como éstas nos lo recuerdan… y, por ello, las debemos ver en familia y transmitir el mensaje a nuestros hijos. Porque entre “pijamas” de rayas y entre ladronas de “libros” permanece el recuerdo de la sinrazón, sinrazón que no debemos olvidar que puede regresar en cualquier momento.


sábado, 28 de septiembre de 2013

Cine y Pediatría (194). “Napola”, escuelas del mal


En los últimos años han aparecido una serie de películas que ahondaban en el pasado de Alemania y, en cierto modo, denuncian las atrocidades cometidas alrededor del nazismo. Películas como Amén (Constantin Costa-Gravas, 2000), El Hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004) o La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck, 2006) serían claros ejemplos de ello. Hemos dedicado un capítulo especial a la mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi, con películas que nos permiten reconocer el antes (La cinta blanca del suizo Michael Haneke, 2009), el durante (La vida es bella del italiano Roberto Beningni, 1997; Rutka: un diario del Holocausto del inglés Alexander Marengo, 2009)) y el después (La llave de Sarah del francés Gilles Paquet-Brenner, 2010) del holocausto nazi, y también otras películas a lo largo del tiempo: Kapò (Gillo Pontecorvo, 1960), El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), Hijos de un mismo Dios (Yurek Bogayevicz, 2001), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008). 

Una película especial mereció un detallado análisis: La Ola (Dennis Gansel, 2008), la adaptación cinematográfica de el experimento llevado a cabo en 1967 en un instituto de California: un experimento con los alumnos que quería demostrar que, incluso las sociedades libres y abiertas, no son inmunes al atractivo de ideologías autoritarias y dictatoriales, lo que explicaría que en la primera mitad del siglo XX el Partido Nazi exterminara a millones de judíos. Este director alemán, nos regaló unos años antes la película que hoy vamos a analizar: Napola (Dennis Gansel, 2004). 

Al poco de llegar Hitler al poder en 1933, se crearon en Alemania las Napola (National Politische erziehungs Anstalt), unos internados pensados para formar a toda una élite de jóvenes líderes arios, escuelas donde se preparaba a una selecta minoría de alumnos entre los 10 y los 18 años para ser los futuros dirigentes políticos. En las Napola sólo se aceptaba a los “mejores”, o sea, los más capaces física y/o intelectualmente. Y durante un periodo de nueve años se trataba de eliminar lo que se consideraban defectos del carácter, como la compasión o el libre pensamiento, un lavado de cerebro en toda regla. En su calidad de centros para la educación nacional-política comunitaria, las Napolas tenían la misión de conseguir hombres disponibles para el pueblo alemán, que hubiesen crecido en un clima de sacrificio y exigencia, capaces de ser la generación rectora en un futuro inmediato. Para cumplir esa función precisaban tales centros de un plantel de aspirantes sanos, racialmente puros, de buen carácter y muy dotados en cuanto a condiciones anímicas. Las asignaturas que tenían que estudiar los jóvenes eran, principalmente, biología, historia, geografía, química, física, alemán, inglés, latín, matemáticas, música, canto y dibujo, combinadas con otras materias de extraña naturaleza como, por ejemplo, Weltanschauliche Schulung, una especie de adiestramiento para la "visión del mundo", concepto altamente relevante en la doctrina hitleriana. Los programas de asignaturas como biología e historia estaban totalmente invadidos por conceptos y consideraciones racistas, sociodarwinistas y ultranacionalistas. Al entrenamiento físico se le concedió especial importancia dentro del sistema: disciplinas como remo, boxeo, esgrima, natación, vuelo sin motor, tiro, hípica y conducción de motocicletas y automóviles se consideraban necesarias. Existían otros aspectos complementarios en la formación: los viajes y el trabajo. 

El director Dennis Gansel se inspiró en la experiencia personal de su propio abuelo, que pasó por una de estas siniestras napolas. Y así, Napola narra una curiosa historia de amistad entre dos adolescentes, Friedrich Weimer (Max Riemelt) y Albrecht Stein (Tom Schilling) en el año 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Friedrich proviene de una familia de trabajadores, aficionado al boxeo y que, por sus condiciones físicas extraordinarias, ingresa en la napola (en contra de la opinión de su familia) en busca de un futuro prometedor. Albrecht Stein es el hijo de un dirigente nazi y entra en la napola por voluntad de su padre; si bien es un chico inteligente y sensible, también es frágil y, desde el principio, muestra un carácter y una ideología incompatibles con el ideario de nacionalsocialista. Es en la relación de esos dos personajes, y en su contraste, donde la película tiene su mayor atractivo. Aunque nos encontramos con otros personajes reseñables, como el profesor de boxeo (su manera de entender el boxeo refleja el ideario propio de la napola), el profesor de educación física (su dureza y crueldad es un claro exponente del funcionamiento de la escuela) y el padre de Albrecht (bestia negra del ideario nacionalsocialista). Una bella historia de amista adolescente que sirve como excusa para ser una nueva muestra de ese cine alemán que trata de saldar cuentas con un pasado reciente y abominable, que desearíamos que nunca hubiera ocurrido. 

En esta especie de purificación de la memoria histórica, el joven Dennis Gansel entrega una historia intensa, llena de dramatismo y humanidad, con algunos momentos de gran dureza. Y hace reflexionar acerca de los horrores y bajezas en que puede caer el hombre cuando olvida su excelsa dignidad. Destacamos cinco secuencias, en donde estas escuelas del mal tienen toda su expresión: 
- Las pruebas de ingreso: el joven Friedrich supera las pruebas físicas para ingresar en la napola y cómo, a pesar de que el padre se opone a que ingrese en una organización nazi, el adolescente no quiere dejar escapar esa oportunidad de prosperar en la vida. 
- Las clases en la napola: cuyo desarrollo deja transpirar la ideología que subyace en ellas. De especial interés resultan las clases de educación física y las referencias a la teoría de la evolución de las especies de Darwin. 
- El combate de boxeo: frente a un alumno de otra napola y cómo ver dos actitudes muy diferentes: la del profesor de boxeo de Friedrich (combativa y sin compasión frente al rival) y la de su amigo Albrecht (quien le recrimina que no haya tenido compasión por el rival). 
- La tragedia en la nieve: la búsqueda nocturna de unos prisioneros rusos que han huido por el bosque y que les dejará profunda huella, porque finalmente los prisioneros eran niños rusos desarmados y abatidos por los tiros de los alumnos. 
- La expulsión de la napola: Albrecht, enfrentado abiertamente a su padre y al ideario de la napola, aprovecha una dura prueba de la clase de Educación Física para suicidarse, ante los ojos atónitos de sus compañeros y la desesperación de su amigo. Tras este acontecimiento, Friedrich participa en un combate de boxeo durante el cual toma una decisión que motivará su expulsión definitiva de la napola. 

Pese a la dureza de las imágenes y la historia, la banda sonora de Normand Corbeil y Angelo Badalamenti posee una extraña belleza. Porque Napola narra una historia que no sólo es de ayer, sino de también puede ser de hoy: escuelas donde se enseña a la juventud que la diferencia no es algo complementario que nos acerca a los demás, sino algo diferencial que nos aleja de quien elegimos nuestros opresores. Creo que es nuevamente momento de recordar la frase de La Ola: “Fascismo. Todos nos hemos considerado mejores, mejores que los demás. Y lo que es aún peor, hemos excluido de nuestro grupo a todos aquellos que no pensaban igual. Les hemos hecho daño...”.

 

sábado, 15 de diciembre de 2012

Cine y Pediatría (153). “Skin”, la perturbadora piel de los movimientos naZionalistas


Skinheads, término que significa cabeza rapada, es utilizado para denominar a los miembros de un movimiento juvenil originado en Gran Bretaña en los años 1960. Los Skinheads tienen varios subgrupos, pero el más conocido es el de los Skinheads nacionalistas (neonazis y fascistas). Es por ello que hoy en día, generalmente, a los skinheads se les asocia al nazismo, y ya fue (y es) un movimiento que se hizo universal en las sociedades del primer mundo. 

El listado de películas sobre este tema es universal, y ya no sólo en Bran Bretaña (La naranja Mecánica de Stanley Kubrick, 1971; Made in Britain de Alan Clarke, 1998; This is England de Shane Meadows, 2007; Neds de Peter Mullan, 2010), sino también Estados Unidos (El Sendero de la Traición de Costa-Gavras, 1988; Semillas de Rencor de John Singleton, 1995; American History X de Tony Kaye, 1998; Pariah de Randolph Kret, 1998; The Believer de Henry Bean, 2001), España (Salvajes de Carlos Molinero, 2001; Diario de un skin de Jacobo Rispa, 2005), Alemania (La Ola de Dennis Gansel, 2008), Australia (Romper Stomper de Geoffrey Wright, 1993), Francia (El Odio de Mathieu Kassovitz, 1995), etc. Sin embargo, en estos listados suele faltar una película que, por su forma y fondo, debe ocupar un lugar privilegiado: Skin (Hanro Smitsman, 2008). Esta película procede de un país del que casi desconocemos su filmografía: Holanda. 

Skin se inspira en una historia real que aconteció en 1983, cuando el hijo de 16 años de un hombre judío severamente traumatizado por la 2ª Guerra Mundial se convirtió en neonazi y mató a un chico de 13 años de descendencia antillana. Pero la película de Hanro Smitsman se ocupa menos del movimiento skinhead neonazi en sí mismo que del recorrido del protagonista hacia el abismo, hacia ese abismo que conocemos por la vida y la ficción y que reconocemos que ningún adolescente debiera transitar. 
Skin está narrado a modo de flashback. Al inicio de la película contemplamos a Frankie (inconmensurable Robert de Hook, en una de sus primeras interpretaciones) ya convertido en un neonazi completo: cabeza rapada, tatuaje alusivo a la esvástica en el pecho y... ahora en la cárcel. El resto del film nos desvelará como llegó a esto, mientras se nos muestra el entorno familiar y social de donde proviene Frankie, haciendo aún más inexplicable su posterior desarrollo. 
Porque en algún lugar de la Holanda de 1979, Frankie es un rebelde enfadado con el mundo porque ha permitido que su madre esté gravemente enferma y molesto porque su padre, de origen judío, no pueda superar el trauma de su vivencia en un campo de concentración. Buscará huir de diversas maneras de esa realidad que rechaza: la motocicleta, la droga, los grupos de amigos, los conciertos de punks y, finalmente, el movimiento skinhead serán sus válvulas de escape. Su madre muere y su padre, Simon Epstein (un trascendente John Buijsman) no encuentra la manera de acceder a la vida de su hijo adolescente: “Frankie, he reflexionado. Y sé que a veces me odias. Créeme, yo te comprendo, muchacho. Pero ahora que mamá está en el hospital, podrías moderar algo tu desprecio. Tu odio le duele sobremanera”.

Una película repleta de violencia y dolor. La violencia se manifiesta en Frankie, paulatina y progresivamente, desde el momento que ayuda a romper una bicicleta a unos niños, pasando por la escena en el bar del amigo o en la discoteca, hasta culminar con la reyerta final (una escena que culmina con una fría soledad). Y el dolor lo llena casi todo: Frankie sollozando a los pies de su madre en la cama del hospital, Simon llorando durante la liturgia judía en la sinagoga, el sufrimiento enfermizo del padre al entrar de nuevo en una cárcel para visitar a su hijo, el vacío tras anunciarse la muerte de la madre, y esa escena cumbre del entierro, con el dolor de Simon por su doble pérdida (la de su esposa, que ha muerto, y la del hijo, que es acogido en ese momento por el movimiento neonazi).  

Pero el gran valor de Skin es la dirección de actores, de forma que la interpretación es tan sentida que es difícil reconocer si estás ante una película de ficción o ante un documental de la realidad. Porque Robert de Hoog interpreta de manera tan convincente a un Frankie que, en su inseguridad y rebeldía, busca continuamente reconocimiento y protección, que no es de extrañar que ganara el premio a mejor actor en el Festival Holandés de Cine. Y porque John Buijsman interpreta de manera tan contenida a ese padre que naufraga a la deriva entre un pasado de judío perseguido por el nazismo a un presente y futuro de ver a su único hijo abducido por los skinheads. Y el colofón de la película es un broche de oro, en esa escena de reencuentro en la cárcel de padre e hijo,… simplemente soberbia.

Skin es un drama que cala hondo en el ánimo y despierta bastantes preguntas que nos acompañarán después del visionado. Sobre todo porque Smitsman es coherente hasta las últimas consecuencias y evita caer en la tentación del "happy end" moralizante. Porque la película termina de manera tan perturbadora como ha comenzado. Porque así de perturbador es pensar que se puede educar a nuestros jóvenes, en ideas excluyentes, con "cintas blancas" que perturban la que debe ser una visión solidaria y global del mundo. Porque así de perturbador es y ha sido, a lo largo de los siglos, la creencia de considerar que una nación cultural, económica o políticamente fuerte puede dar a la personas esa sensación de pertenencia y de sentirse diferente (cuando no superior), con la peligrosa exclusión de quien no son como ellos. 

El nacionalismo es un mal que continúa en nuestra sociedad y que se ceba peligrosamente, a veces teñido de potenciales valores positivos, en los niños, adolescentes y jóvenes de nuestra sociedad. Porque hay una tenue frontera entre el nacionalismo y naZionalismo: sólo hace falta añadirle un poco de crisis social y económica, una dosis de xenofobia y buscar un culpable fuera de la propia responsabilidad a los problemas. Y quien tenga oídos, que oiga...


 

sábado, 30 de junio de 2012

Cine y Pediatría (129). “This is England” o el resurgir de los skinheads


El cine inglés es un cine especialmente proclive a mostrarnos adolescentes al borde del abismo, adolescentes que sobreviven en el entorno urbano que les ha tocado vivir. Ya hemos hablado en Cine y Pediatría de algunos ejemplos de ese prototípico cine social inglés que sacude conciencias. Lo vimos en Billy Elliot (Sephen Daldry, 2000), Felices dieciséis (Ken Loach, 2002), Fish Tank (Andrea Arnold, 2009) y, como ejemplo más reciente, Neds (Peter Mullan, 2010).

Un ejemplo más fue la aclamada película del año 2006, This is England, puro cine independiente de un reconocido director inglés, quien tuvo previamente un amplio recorrido en el cortometraje: Shane Meadows. Con el éxito de su primer largometraje (Smalltime) en el año 1996, comenzó una prolífica carrera que le ha llevado a convertirse en uno de los grandes directores del cine inglés, con un estilo a medio camino entre Ken Loach y Mike Leigh.

This is England es la historia de unas vacaciones escolares en el año 1983 en un pueblo costero inglés, una película que vuelve a mirar hacia la obrera Inglaterra de los ochenta bajo el telón de fondo del régimen tatcherista. En estas largas semanas de verano transcurren una serie de hechos que marcan un cambio en la vida de Shaun (Thomas Turgoose, en una de las mejores interpretaciones juveniles que se recuerdan), un adolescente de 12 años solitario que crece con el reciente recuerdo de un padre fallecido en combate en la guerra de Las Malvinas. Durante estos meses encuentra una pandilla que llegan a aceptarlo: es la tribu urbana de los cabezas rapadas (skinheads) locales y, entre ellos, se siente bien e importante, pues con ellos descubre las primeras fiestas, los primeros amores, los primeros actos de delincuencia callejera. Entre los distintos colegas, conoce a Combo (Stephen Graham), un skin mayor que él y que acaba de salir de la cárcel, un skin racista hasta la médula, nacionalista y violento y que será el desencadenante que llevará a Shaun de la inocencia a la experiencia. A partir de ahí, la banda se divide entre los miembros que mantienen sus ideales antirracistas y los que siguen el nuevo tipo de ideología racista y nacionalista que Combo quiere integrar.

Una historia dura y con pocas concesiones, como nos tiene acostumbrado el cine de Meadows, con la peculiaridad de que está basada en experiencias del propio director. La importancia del grupo de amigos, de la tribu urbana que escoges y que te acoge, es puesta de manifiesto en esta película. Shaun es un niño desorientado por la situación familiar, por su orfandad inesperada, por el cambio de ciudad, por la no aceptación de sus compañeros… y que de forma brusca vive un viaje a la madurez complicado. Un mero tránsito de la infancia a la madurez, con parada en la adolescencia, y que sirve de puente hacia el último tramo del film, y asistimos al desenlace de una historia triste, como los personajes de Meadows, pero con un pequeño resquicio a la esperanza. Atención a esa escena final en la que Shaun se dirige al mar, lanza la bandera y la película finaliza con la mirada fija de nuestro protagonista a la cámara, en un final que evoca a Los cuatrocientos golpes (Françosi Truffaut, 1959). La banda sonora es bastante adecuada para la época y la historia, con música de algunos ingleses como The Specials, UK Subs y, especialmente, de la banda de indie rock, The Smiths: su canción "Please Please Please Let Me Get What I Want” pone un colofón ideal a la escena final de la película.

This is England no es una obra de arte, pero si una película sincera y que trata sin pudor de temas importantes. Meadows borda un retrato histórico y social con una agudeza y fidelidad extremas, contando una historia fantásticamente narrada que cosechó el premio a la Mejor Película del Año en los British Independ Film Awards 2006 y su joven protagonista, Thomas Turgoose, fue merecedor del galardón a Mejor actor revelación. El mayor mérito es que este niño debutaba en la interpretación y no conocía nada del movimiento skinhead. Además, la película fue dedicada a la madre de Turgoose, quien murió unos meses antes del estreno de la película.

Una película ambientada en los años 80 y que nos habla del surgimiento del movimiento skinhead y de los peligros de las mentes nacionalistas. Una película sobre la tendencia humana a buscar la pertenencia al grupo y de las cosas que se pueden llegar a hacer por él. Una película que vuelve a poner el dedo en la llaga sobre el peligro (social y personal) que conllevan los sentimientos nacionalistas extremos, en cualquiera de sus formas. This is England nos sitúa en la Inglaterra de los años 80 y nos habla del movimiento skinhead. Pero éste es un sentimiento (y un problema) universal y de todos los tiempos.