Cine y Pediatría 8

sábado, 15 de diciembre de 2018

Cine y Pediatría (466). “Corazones de piedra” en las pulsiones sexuales de la adolescencia


Desde la capital más septentrional del mundo, Reikiavic, hablamos hace unos meses de una película que era una “coming of age” transgresora, hecha desde el corazón y realizada en el corazón de Islandia: Sparrows (Rúna Rúnarsson, 2015), película que se adentraba en esta volcánica etapa de tránsito que es la adolescencia, un viaje iniciático filmado con implacable, austero y en ocasiones helado temple, como es la salvaje naturaleza de este increíble país. 

Pues hoy regresamos a un escenario similar con otro “coming of age” que ahora nos narra la historia de amistad y amor entre dos amigos, Thor y Kristian, en una pequeña población islandesa: Hearstone: Corazones de piedra (Gudmundur Arnar Gudmudsson, 2016). Porque en pleno florecimiento de su pubertad, Thor (Baldur Einarsson) trata de ganarse la atención de una chica, mientras Kristian (Blaer Hinriksson) comienza a profesar nuevos sentimientos hacia su mejor amigo. Y para ser la ópera prima de su director en el largometraje (quizás algo extenso de metraje, pues se antoja que sus 129 minutos se hubieran podido sintetizar) consigue un adecuado tono para conducirnos a este tierno e íntimo drama juvenil que retrata las incertidumbres, los tormentos y los ardientes deseos propios de la pubertad, cuando no la confusión de la orientación sexual

Quizás por ello esta película llegó a ser un éxito de crítica en todo el mundo, por varios motivos: por su sensibilidad en la narración del despertar de la sensualidad en la adolescencia (¿Has besado alguna vez a una chica?”, se preguntan) y por su rotunda descripción de la presión y la conflictiva gestión del deseo homosexual, especialmente en comunidades más cerradas, como este pequeño pueblo pesquero donde viven nuestros protagonistas, un lugar repleto de familias desestructuradas, de mujeres solas y padres ausentes o embrutecidos por el alcohol. 

Una película en donde todo el peso recae en los jovencísimos actores debutantes Baldur Einarsson y Blaer Hinriksson, quienes logran reflejar la confusión propia que surge cuando se despiertan en ellos los diferentes deseos propios de la juventud. Y todo ello mientras cada uno de ellos se enfrentan a sus propios problemas familiares: Thor convive con una madre que intenta rellenar la ausencia del esposo con otro hombre ante la desaprobación de sus dos hermanas mayores, y Kristian lidia con un padre agresivo y alcoholico. Y todo ello con un tercer protagonista habitual en la películas de Islandia: el paisaje de sus acantilados, su mar, sus montañas y sus valles volcánicos. 

La dureza del entorno geográfico, pero también la severidad del clima social y las irradiaciones tóxicas de unos entornos familiares desestructurados, condicionarán el fluir del proceso de crecimiento vital de nuestros protagonistas ante ese brote de deseo homosexual, doliente y no asumido, que se convierte en un tangible territorio de desamparo, exclusión y aislamiento; y como muestra basta recordar el grito de Kristian en el lago. Y también de una violencia latente, como las escenas de maltrato animal que aparecen (no sé si son ciertas o ficción, pero desde luego parecen reales), una extraña violencia con peces pisoteados, un carnero al que disparan en la cabeza, gaviotas con las alas rotas o cuando Thor desciende por el acantilado para robar los huevos de las aves arriesgando su vida. 

Con una cámara nerviosa al servicio de la brusca fisicidad de sus personajes, sin estridencias y sin subrayados, el director es capaz de acercarnos a la conflictiva gestión del deseo homosexual por parte de Kristian (al que su amigo Thor le dice: “Deja de ser tan raro y todo irá bien”) y somos testigos de la tensión latente y la incomodidad emocional de esta historia de iniciación y de despertar a sus respectivas y dispares pulsiones sexuales. Y crecer en un mundo rural y aislado así amplifica la desazón de las pulsiones inconfesas, clandestinas, reprimidas, donde Kristian sufre en silencio su atracción física y romántica por su inseparable compañero de juegos, Thor, asfixiados ambos por un entorno intolerante y puritano. 

El resultado es una película hermosa, comprensible en cualquier latitud, quizá con más prosa que poesía, sobre esa época de la vida en la que el despertar sexual no es igual para todos. Y como Islandia, país que transita entre la luz y la oscuridad, también lo hacen nuestros dos amigos adolescentes, sus familias y sus amigas. Porque para sobrevivir en la adolescencia hay que lidiar con uno mismo y con las relaciones familiares, pero la supervivencia es más complicada cuando tu familia es lo que se llamaría conflictiva y tus deseos sexuales resultan diferentes a la heterosexualidad. Y cuando uno no se acepta, es difícil aceptar a los demás. No es de extrañar esa frase final, “Maldito pez roca…” antes del fundido en negro del final. 

Una película con un trato a la homosexualidad diferente, como diferentes lo fueron otras obras de Cine y Pediatría que se centraron en este tema, provenientes desde diferentes países y geografías: Fucking Amal Lukas Moodysson, 1998) desde Suecia, Mi amor de verano (Pawel Pawlikowski, 2004) desde Gran Bretaña, C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) desde Canadá, Plegarias para Bobby (Russell Mucahy, 2009) desde Estados Unidos, La vida de Adéle (Abdallatif Kechiche, 2013) desde Francia, A escondidas (Mikel Rueda, 2014) desde España, Children 404 (Askold Kurov , Pavel Loparev, 2014) desde Ruisa, Mi familia gay (Maya Newell, 2015) desde Australia, Cuando tienes 17 años (André Téchiné, 2016) desde Francia, Con amor, Simón (Greg Berlanti, 2018) de Estados Unidos.

Y desde la capital más septentrional del mundo llega una película que ablandará los corazones más duros, llega Hearstone: Corazones de piedra

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