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sábado, 1 de agosto de 2020

Cine y Pediatría (551). “La sonrisa etrusca” que regalan los nietos a la vida de sus abuelos



Fui un lector empedernido en mi infancia, adolescencia y juventud. Algunos libros forman parte de nuestra imaginación de aquellos tiempos donde acabamos siendo uno más de la pandilla de “Los Cinco Secretos” y de “Los Siete Secretos” de Enid Blyton (predecesora de otras grandes de la novela juvenil británica como J.K.Rowling), viajamos en busca de aventuras en el mar con “Moby- Dick” de Herman Melville, penetramos en los misterios de aquellos monasterios del Medievo con “El nombre de la rosa” de Umberto Eco y nos divertimos con los libros de “Don Camilo” de Giovannino Guareschi. También compartimos los valores de “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry o de “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach. Pero hay un obra, pequeña y quizás de un inesperado autor, que me dejó profunda huella y que podría responder a la típica pregunta de ¿dígame su libro preferido? 

El autor es José Luis Sampedro, cuya procedencia geográfica y cultural familiar tan variada (su padre había nacido en La Habana, su abuelo en Manila, su madre en Argelia y su abuela en Lugano, vivió hasta la adolescencia en Tánger y trabajó en Melilla) influyó sobremanera en su obra. Así es como comienza la vida esencial de un pensador del siglo XX y, además, todo un economista que se preocupó por la pobreza y que dejó un legado de obras esenciales de economía, siendo nombrado Catedrático de Estructura Económica. Compaginó a lo largo de su vida la actividad docente con la de economista en el Banco Exterior, pero también fue elegido miembro de la Real Academia Española. Pero un hecho marcó su vida: en 1980 nació Miguel, su único nieto, el cual inspiró su obra más leída, "La sonrisa etrusca", y esta es la novela que yo contestaría que es mi libro preferido (y mucho antes de ser abuelo). 

“La sonrisa etrusca” es una bellísima historia que relata la llegada de un anciano, Salvatore Roncone, a casa de uno de sus hijos en Milán para someterse a unas pruebas médicas. El choque de este cascarrabias, un pastor del sur de Italia apegado a la tierra calabresa, con la gran ciudad es en un principio un foco de conflictos. Pero al conocer a su nieto de pocos meses, que por casualidad lleva el mote de la guerra del abuelo (Bruno), se desata en él una ternura antes oculta, dando lugar a una metamorfosis. 

Es necesario tener un gran conocimiento del ser humano, como atesora José Luis Sampedro, para tocar los resortes que activan las sensaciones del alma, incluso las más sutiles, para construir una historia tan compleja como esta. Es necesario poseer el don de la escritura y de la vida para contar lo que en “La sonrisa etrusca” se cuenta. Y es preciso atesorar una sensibilidad primorosa para realizar un retrato del amor como se hace en esta novela. Porque el amor que el abuelo ahora siente por su nieto (y que no tuvo por nadie así en su vida) se desborda y llega también a su hijo, su nuera, y sobre todo a Hortensia, la mujer que ayudará al señor Roncone a modular sus recién aflorados sentimientos. Y Salvatore Roncone, el Bruno que luchó en la guerra contra los nazis, termina calando muy hondo. 

Pues qué mejor momento para desempolvar esta obra y estos sentimientos que esta semana en la que el pasado 26 de julio, San Joaquín y Santa Ana, acabamos de celebrar el Día de los Abuelos. Y llama la atención que con cuatro décadas de vida, esta obra solo haya visto dos adaptaciones a la escena: una para el teatro, en 2011, dirigida por José Carlos Plaza, con Héctor Alterio en el papel de Salvatore Roncone; y otra para el cine, en 2018, que es la que hoy nos convoca. 

La sonrisa etrusca (Oded Binnun, Mihal Brezis, 2018) es una adaptación cinematográfica en que se mantiene la esencia de la historia con otros nombres y otros lugares. Ahora el protagonista se Rory MacNeil (un magnífico Brian Cox) un escocés cascarrabias que abandona a regañadientes su querida y apartada isla de Vallasay para viajar a San Francisco en busca de tratamiento médico para su enfermedad terminal, que se descubre que es un cáncer de próstata en fase IV. Al mudarse con su hijo Ian (J.J. Field), al que hace quince años que no ve, y su nuera Emily (Thora Birch), la vida de Rory sufrirá una transformación a través del vínculo que establece con su nieto Jamie de 10 meses, justo cuando menos se lo espera. O, quizás, cuando más lo necesita. 

Se mantiene ese carácter huraño y desconfiado de nuestro protagonista que de vivir en plena naturaleza tiene que adaptarse a la gran urbe, y por ello le refunfuña a su hijo “Las malditas luces de la ciudad no dejan ver las estrellas”. Su hijo ahora se dedica a la gastronomía molecular, una peculiar metamorfosis de químico a cocinero que no le satisface, y su mujer pasa más tiempo en el trabajo que con su hijo a quien le están educando, según los consejos del pediatra y otros asesores, “en ser autónomo”. Y es ahí donde aparece el abuelo que todos llevamos dentro, para abrazarle y para consentirle. Un abuelo que conserva sus tradiciones, como su idioma galeico y su tradición de vestir el kilt en las ceremonias, pues como nos dice: “Un hombre que viste con kilt es un hombre y medio”. 

Una escena esencial es el encuentro de Rory con el célebre sarcófago etrusco en terracota policromada de los esposos de Villa Giulia, fechado hacia 520 a.C., y donde Claudia (Rosanna Arquette), una de las responsables del museo que acoge temporalmente esta escultura, le explica el significado de esa sonrisa en los esposos, pues es posible morir sonriendo. Esa sonrisa etrusca es la que acompañara a Rory en los últimos meses de su vida, con el apoyo de Claudia y con el sueño de que su nieto pueda conseguir llamarle seanair (abuelo, en galeico). 

El poder salvífico de los nietos hace que Rory relativice sus sentimientos y pase del deseo de sobrevivir a Campbell, su enemigo en la isla Vallasay, a transformar la propia vida de su hijo y nuera y que estos también se pregunten por el sentido de la vida. Y por ello su confesión a Ian: “No pienso cometer con él (su nieto) el mismo error que cometí contigo”. Y la reconciliación consigo mismo, con su hijo y con la vida llega cuanto todos regresan a Vallasay para su último viaje y sus palabras a su nieto dormido: “No estaré aquí mucho tiempo para guiarte. Pero mira siempre las estrellas. Te mostrarán el camino. Lo importe es: si amas a alguien, asegúrate de decírselo. No pienses que habrá un momento mejor, porque nunca lo hay”

Una digna versión cinematográfica, pese a lo complicado que es plasmar la complejidad y matices de la novela. Pero los directores israelíes Oded Binnun y Mihal Brezis han tomado valiente licencia para adaptar la universalidad de “La sonrisa Etrusca”, introduciendo sustanciales cambios que no mancillan, sino que homenajean esa conmovedora historia con sus aciertos y con sus defectos. Tenían, y es lo difícil, que ceñirse a dos horas de metraje para contar demasiados matices y para construir la magnitud de unos personajes muy complejos; y, aunque se precipita en determinados aspectos, se hace fuerte en los momentos más bellos y puros. Se podría hablar del montaje, de la música de Haim Frank Ilfman, de la fotografía de Javier Aguirresarobe, pero es poco relevante en películas de este tipo que van directas al corazón. Porque al final, en este homenaje a la tercera edad y a los abuelos y abuelas, volvemos a encontrarnos con esa escena que nos demuestra que también se puede morir con una sonrisa, con una sonrisa etrusca. 

Porque esta es la sonrisa etrusca que regalan los nietos a la vida de sus abuelos. Los abuelos y bisabuelos nos regalan la sabiduría que les da la edad. Y su amor. Y se dice que no hay en la vida de los nietos cómplice más hermoso que el abuelo y la abuela, pues en ellos se tiene a un padre o una madre, a un maestro y a un amigo.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Cine y Pediatría (461). “El camino de los sueños”, el sueño de ver la vida con otra perspectiva


Hay personas que hacen del camino de su vida un sueño. Y, sin duda, uno de ellos es Vicente Ferrer, posiblemente la figura española más vinculada con la solidaridad y cooperación con los desfavorecidos del tercer mundo. Él llegó a los 32 años como misionero de la Compañía de Jesús a Bombay, pero fue expulsado de la India 16 años después debido a la desconfianza de políticos y los propios religiosos. Un acto que removió la conciencia de miles de personas, entre ella la primer ministra Indira Gandhi, que le pidieron que regresara a continuar su gran labor. Y regresó un año después, pero no ya a Bombay, sino a Anantapur y allí fundó la Fundación Vicente Ferrer en el año 1969 y lo hizo ya como seglar y tras casarse con Anne Perry (luego Anna Ferrer, con la que tuvo tres hijos). 

Así que estamos a punto de cumplir las bodas de oro de Fundación Vicente Ferrer, cuyo objetivo es sacar de la pobreza al mayor número de personas posibles mediante un desarrollo sostenible, con cinco pilares: agricultura de conservación, suministro de agua, asistencia sanitaria, educación universal y microcréditos. Y en estas cinco décadas esta fundación consigue sus objetivos gracias al padrinazgo (más de 150.000 niños), al trabajo de casi 2.500 personas, con cinco hospitales (uno especializado en enfermos de sida) y más de mil escuelas (entre las que hay escuelas para niños ciegos, para niños sordos, para niños con síndrome de Down y para niños con minusvalías diversas). Cuando alguien ha conseguido algo así, ¿cómo no va a ser su vida el camino de los sueños…? 

Pues en conmemoración a este efeméride tan cercana permitirme que hoy comparta esta película documental española del año 2009 dirigida por Joan soler y por título, precisamente, El camino de los sueños, la historia real de Alba de Toro y Nuria Faure, dos jóvenes de 20 años invidentes desde el nacimiento, y que deciden pasar del lamento a la acción, de la discapacidad a la capacidad, y para ello viajan de Barcelona a Anantapur para ofrecer su apoyo a los niños y niñas ciegos que acoge el centro escolar de Fundación Vicente Ferrer. 

Alba tiene una ceguera total y siempre va acompañada de su perra Tory; Nuria solo mantiene una mínima visión por el ojo izquierdo. Ambas mantienen una lucha diaria contra las limitaciones que les impone su discapacidad para llevar una vida normal, para llevar una sonrisa en la boca y para sentirse útiles. Su espíritu de superación y su generosidad las impulsan a alcanzar constantemente nuevos objetivos y a dedicar tiempo y esfuerzo para ayudar a los demás. Y llevadas por su afán de explotar todas las posibilidades que la vida les ofrece, viajarán a la India, a la Fundación Vicente Ferrer, para colaborar en la educación de niños ciegos. Y allí el propio Vicente Ferrer, ya en los últimos meses de su vida (porque la película se estrenó el año de su fallecimiento), les dice: “¿Pero vosotras sois conscientes del valor que tiene lo que estáis haciendo?... Os voy a hacer un monumento a ti, si nadie os hace un monumento, yo me encargo de ello… En fin, sabéis la alegría que me dais”

Puede que El camino de los sueños no sea una gran película, pero si es un interesante documental sobre la generosidad y capacidad de superación que obviamente son un ejemplo para todos. Las experiencias que allí vivirán Alba y Núria marcarán el recorrido de un camino que conduce a la realización de sus sueños. Y de hecho, en algún momento del documental se nos narra que Fundación Vicente Ferrer tiene alrededor de 50 centros educativos para sordos, ciegos y sordociegos, personas que tienen un enorme hándicap sensorial, pero que no se rinden y que mantienen la sonrisa. Y se nos narra bajo la impresión de algunas escenas para el recuerdo, como la de esos niños con distintos tipos de ceguera aprendiendo braille o la de esas madre bañando a sus recién nacidos en el regazo de las piernas. 

Cabe reseñar que los beneficios generados en taquilla de esta película que correspondan a la productora irán destinados a la construcción de una nueva escuela en Anantapur, a través de la Fundación de Ferrer. Por ello, esta película no tiene nada que ver con la película Mulholland Drive (David Lynch, 2001), traducida como El camino de los sueños en Argentina, o con la también película argentina bajo el mismo título, El camino de los sueños (Javier Torre, 1993). 

Y como nada es casualidad, tras ver esta película, ayer nos llegó una carta de Fundación Vicente Ferrer para comunicarnos que nuestro niño apadrinado, Prasad Naik, había cumplido su mayoría de edad. Y después de casi dos décadas de nuestro apoyo a él y a su familia, había llegado a su fin y nos transmitían su agradecimiento. Por lo que en pocos días comenzaremos el apadrinamiento de otro niño o niña. Y es que el camino de los sueños tiene muchos senderos… En el caso de Alba y Nuria fue un camino en el que cumplieron el sueño de ver la vida con otra perspectiva. 

Por ello no es de extrañar que la película finalice con esta frase de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry; “No se puede ver sino con el corazón. Lo esencial está oculto a los ojos”. No es de extrañar que nuestras jóvenes protagonistas Alba y Nuria quisieran viajar a Anantapur, pues allí se ve la vida con otra perspectiva, en ese estado de Andhra Pradesh con tres millones de personas a lo largo de más de 3000 municipios, la mayor parte dalit (los intocables, la última casta). 

Y es que la ceguera es una de las peores pérdidas sensoriales para el ser humano. Pero bien es cierto que no hay peor ciego que el que no quiere ver o sentir… Y desde luego, Vicente Ferrer nos dio un ejemplo de ello.