sábado, 1 de diciembre de 2012

Cine y Pediatría (151). El alma de la infancia en “Un puente hacia Terabithia”


Se dice que las tres cualidades del alma son creatividad, curiosidad y emoción. Se dice que cuando estas tres cualidades están alineadas y actuando, el alma brilla en todo su esplendor. Ese brillo del alma es lo que sentirás al ver Un puente hacia Terabithia (Gábro Csupó, 2007), el brillo del alma de la infancia a través del mundo imaginario que Jess y Leslie se encuentran, ese reino ideal que aparece al cerrar los ojos y abrir la mente, allí donde estos adolescentes pueden escapar de los problemas que tienen en la vida real. 

Fue en 1997 cuando la escritora estadounidense (nacida en China) de literatura infantil, Katherine Paterson, escribió “Bridge to Terabithia”, su obra más conocida y que se basó en una historia real entre su hijo y la mejor amiga de éste. Esta novela ha sido adaptada al cine en dos ocasiones, ambas de la mano de la factoría Disney: la primera en 1985, en formato de telefilm y dirigida por Eric Till; la segunda, ésta de 2007, en formato de gran pantalla y dirigida por Gábro Csupó, director húngaro y también cofundador del estudio de animación Klasky-Csupo. En esta segunda versión, el guión fue redactado por David L. Paterson, hijo de la autora del libro. 

Un puente hacia Terabithia se enfoca en la profunda amistad entre Jessie Aarons (Josh Hutcherson) y Leslie Burke (AnnaSophia Robb, en una interpretación de las que enamoran al espectador), dos adolescentes solitarios. Jess tiene 13 años, vive con sus padres y cuatro hermanas (“Yo tengo cuatro hermanas, pero las cambiaría por un perro”, asegura), un chico introvertido y con tendencia a la tristeza, poco adaptado a su familia y objeto de burlas en el colegio, quien encuentra en el dibujo su evasión. Leslie acaba de mudarse al mismo pueblo, vive con sus padres y no tiene hermanos, y es una chica alegre y extrovertida, cuya evasión es escribir las cosas que imagina. 
Leslie acude a la misma clase de Jess e insiste en convertirse en su amiga. Eso sólo ocurre cuando se percatan de sus semejanzas y afinidades: “El rarito ha encontrado rarita”, dice una de las hermanas de Jess. Descubren un bosque cercano y Leslie comienza a imaginar un reino mágico y aconseja a Jess a que cierre los ojos y mantenga siempre su mente abierta a la imaginación. Almas afines y delicadas que dejan un lugar a la complicidad y al poder de la imaginación para crear el Reino de Terabithia, refugio y lugar de juegos donde todo es posible, donde una ardilla se transforma en un ardiogro y una piña en una granada, donde un árbol es un troll gigante y un pájaro se convierte en un buitre peludo. Allí encuentran criaturas mágicas con un singular parecido a sus familiares y compañeros del colegio. Sobre un árbol establecen su castillo, y al término del día regresan a sus respectivas casas y a sus vidas reales. 
En la película tienen valor añadido algunos pocos personajes más, como la hermana pequeña de Jess (Bailee Madison) y su padre (Robert Patrick), o como la señorita Edmunds (Zooey Deschanel, esta actriz devenida en cantante), profesora de música de la escuela. 

Pese a su simplicidad narrativa y una puesta en escena convencional, la propuesta de Csupo resulta eficaz como historia de unos niños diferentes de mentes abiertas que no quieren renunciar a su mundo interior y que descubren por primera vez la amistad, el amor, la belleza de la naturaleza y hasta la misma muerte. Funciona porque el guión se la confabula con la cámara y sabe volar con sus travellings para crear una sensación de libertad y fantasía, porque la banda sonora refuerza el clima mágico y porque la pareja protagonista responden con frescura y sin excesos a unas interpretaciones bien asimiladas. Así, entre las aguas de la realidad que se abren paso y el mundo encantado de la imaginación, Jess y Leslie se plantean los fundamentos de la vida, con una actitud abierta al hablar de la existencia de Dios y de la fe (“No es posible que Dios vaya condenando a personas al infierno…, está muy ocupado dirigiendo todo esto”, dice Leslie a su amigo) o sobre el sentido de la vida y la muerte (“Te sucedió algo especial cuando la conociste. Recuerda eso. De ese modo la mantendrás viva”). 

Película para toda la familia, película intimista y llena de valores, a medio camino entre Mi chica (Howard Zieff, 1991) y Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario (Andrew Adamson, 2005). Curiosamente, las principales secuencias de Un puente hacia Terabithia fueron filmadas en Nueva Zelanda, considerado ya escenario natural de los reinos y tierras de la imaginación, no sólo del Reino de Terabithia según Gábro Csupó, sino también de la Tierra de Narnia según Andrew Adamson o de la Tierra Media de El señor de los anillos según Peter Jackson. 

Un puente hacia Terabithia nos regala el puente que lleva al alma de la infancia, porque nos regala la creatividad, la curiosidad y la emoción que debe acompañar a los primeros años de nuestra vida… , pero que ojalá nos acompañaran siempre. Porque siempre debiéramos tener una Leslie a nuestro lado que nos recordara aquello de “Tú cierra los ojos y abre bien la mente”