sábado, 7 de marzo de 2015

Cine y Pediatría (269). “El país de las maravillas” y el enjambre de la familia


Una granja en Italia y el Festival de Cannes repiten historia con casi cuadro décadas de diferencia. En el año 1978 fue la película El árbol de los zuecos (Ermanno Olmi, 1978) la que se llevó la Palma de Oro con un relato en tono semidocumental sobre los campesinos de Lombardía en un tono rabiosamente naturalista y ambientada en una granja a finales del siglo XIX, con la solemne música de Bach de fondo. Y es ahora cuando la película El país de las maravillas (Alice Rohrwacher, 2014) se alza con el Gran Premio del Jurado de Cannes por un relato de otra granja a finales del siglo XX o principios del XXI, un premio contra pronóstico en una película cuya principal virtud es su capacidad para crear un universo nuevo y rigurosamente intacto. 

¿De dónde procede este universo que Alice Rohrwacher crea en este “su” peculiar país de la maravilla? Es posible que mezclara algunas obras de Bioy Casares, Federico Fellini, Victor Erice y el propio Ermanno Olmi para crear una película inclasificable. El país de las maravillas se maneja en la pantalla con mundos imaginarios y a la vez reales, algo similar a la pura metáfora creada por Bioy Casares en “La invención de Morel”. También apunta influencias del neorrealismo de Federico Fellini, devenido en romanticismo fantástico con Amarcod (1973) como estandarte. Y es difícil que las colmenas de la película y el protagonismo de las niñas no dirija nuestro recuerdo hacia el cineasta de la luz, Victor Erice, y su emblemática película El espíritu de la colmena (1973). 
Pero en realidad esta película crea su propia irrealidad, en un drama donde se enfrentan dos visiones de la Italia actual. Primera visión: la rural o tradicional, representada aquí hiperbólicamente por Gelsomina (Maria Alexandra Lungu, debutante en estado de gracia) y su familia (un padre alemán, una madre italiana, sus tres hermanas pequeñas y una tía), quien vive con los ojos abiertos de par en par en la granja alrededor de enjambres de abejas, mientras rechazan todo lo que tenga que ver con la modernidad y el progreso. Segunda visión: la global y tecnológica, reflejada en el mundo televisivo, más concretamente en el reality show "Village Wonders" y esa diva de la televisión (y del panorama cinematográfico, la maggiorata del siglo XXI en Italia: Monica Bellucci) que ha alterado la existencia de la comarca y que entra en la vida y en los sueños de Gelsomina. 

En ambas visiones las maravillas pueden enraizar y servir de sustento para recrear esta fábula diferente e imperfecta. Porque Gelsomina ha aprendido a vivir en perfecta armonía con la naturaleza, sin tener contacto con la sociedad. De ello se ha encargado su padre, fanático religioso y autoritario, quien les educó a ella y sus hermanas para que esperaran en su granja el advenimiento del fin del mundo, unidas y sin permitir la contaminación de la pureza desde el exterior. 
Rorhwacher retrata un mundo en proceso de desmoronarse a través de los ojos de Gelsomina, cuyos progenitores han apostado por una forma de vida alternativa, en pleno contacto con la naturaleza. Pero nuestra adolescente advierte las grietas del universo familiar al tiempo que descubre otros referentes fuera de ese mudo que despiertan su sexualidad incipiente, desde la belleza idealizada de ese hada madrina televisiva que encarna Monica Bellucci a la atracción por Martin, el muchacho de 14 años con problemas de inclusión social (y rasgos de trastorno del espectro autista no habla, no acepta abrazos, apenas interacciona socialmente,…) que acoge la familia con la intención de lograr su reinserción social. Un mundo que la directora nos devuelve entre imágenes reales y oníricas y que nos devuelven un cine diferente y, quien sabe, si un mundo que no volverá: las abejas que salen de la boca de Gelsomina, el camello, la cama del padre, el niño autista que silba, el contraste de los etruscos y la televisión, etc. 

No es El país de las maravillas una película fácil, pues nos devuelve un complejo abanico de sensaciones y encrucijadas morales a las que nos enfrenta a través de un film bellamente filmado (atención a las imágenes que abren y cierran la película) y magníficamente interpretado, y  que nos invita a seguir de cerca a su joven realizadora tras su segunda obra (la primera, en 2011, fue Corpo celeste). Rohrwacher se mueve entre sus recuerdos y su tierra, y nos habla del abandono de la niñez, de la belleza de todo aquello que nos rodea, de un adiós anunciado que nos lleva a algo distinto, por descubrir, sin música que arrebate nuestra atención, tan apenas un magnífico momento de complicidad entre hermanas coreando la canción “T’Appartengo” de Ambra Angiolini, algo que tal vez nos sirva de pista para situar el tiempo en que todo transcurre, aunque carezca de importancia, cuando las paredes de esa gran casa son un muro convertido en tiempo, ese que pasa y lo modifica.

Porque la familia es un búnker que nos protege de las incertidumbres del mundo exterior, pero también puede ser un espacio claustrofóbico y sin ventanas en el que los equilibrios jerárquicos pueden ser una constante amenaza a las estabilidad individual de sus miembros. Gelsomina es solo una niña que quiere ejercer de tal, descubrir la vida más allá de las paredes del búnker, sumergirse en el misterio de lo desconocido desde las grietas abiertas de una familia de apicultores que reproduce los usos y costumbres del enjambre. 

Y así, entre lo real y lo poético, como en su momento fuera Alicia en el País de las Maravillas, nos sorprende hoy El país de las maravillas, pero aquí es Gelsomina nuestra protagonista (y sus hermanas Caterina, Marinella y Luna). Pocas películas en los últimos años han despachado un acercamiento al universo infantil tan genuino y tan abrumador, intentando desglosar conflictos universales desde una perspectiva y una sensibilidad muy peculiar y muy auténtica. Naturaleza, religión y el mundo de la comunicación son los conceptos que sobresalen en el trasfondo de este drama existencialista italiano, avalado por el reconocimiento generalizado de la crítica especializada europea, y donde se nos narra una historia del cambio, cambio que inevitablemente nos llega a todos.

Una historia de crecimiento, de cambio, de resignación, de enjambres familiares, de vida…y de algunas maravillas.