sábado, 18 de marzo de 2017

Cine y Pediatría (375). "Todo está perdonado", ¿o no?


Una coproducción entre Francia y Austria para el primer largometraje de la joven cineasta franco-danesa Mia Hansen-Löve, quien con tan solo 27 años se atreve con una película en la que aborda el espinoso tema del impacto de la toxicomanía en la vida de una pareja y, sobre todo, el impacto sobre los hijos. La película del año 2007 se titula Todo está perdonado, pero cuando uno reflexiona sobre lo visto, uno duda sobre si es así... sobre si todo el daño ocasionado sobre uno mismo y los demás se puede llegar a perdonar. 

Construida en tres partes, en Todo está perdonado la historia gira alrededor del personaje de Victor (Paul Blain), figura del eterno adulto adolescente que sueña con ser artista, que escribe poemas y que huye de la realidad a través de la droga a escondidas de su mujer, Annette (Marie-Christine Friedrich), y de su hija, Pamela (Constance Rousseau, en su debut en el cine como adolescente, y de niña interpretado por Victoire Rousseau). 

Parte 1. Viena 1995. 
En 1995 en Viena viven dos treintañeros, el francés Víctor y la austríaca Annette, con su hija Pamela, con los que asistimos a su sexto cumpleaños. Víctor es adicto a las drogas, en principio inhaladas, pero la familia se mantiene en pie porque su mujer sigue enamorada y soporta las desapariciones de su lacónico esposo, que arrastra su aburrimiento en Viena. Bien educado y buen padre, Víctor mantiene, sin embargo, una fachada aceptable para la familia de Annette, mientras espera que la situación se arregle en París, adonde han decidido regresar. 

Parte 2. Vuelta a París. 
Pero en la capital francesa continúan los problemas del padre con las drogas, y llega a confesar a su hermana algo así de terrible: "Solo me concentro por la mañana. Me levanto con fuerzas, pero las pierdo durante el día. Por la noche dejo de escribir. Me convierto en otra persona. Mi plan de vida: trabajar por la mañana, por la tarde pasear... Y por la noche, drogarme". Porque París no soluciona los problemas, más bien los empeora. Drogas, alcohol y hasta violencia familiar. La ruptura del matrimonio está servida. 
Víctor se instala con una joven que le procura la droga (ahora también intravenosa) y el camino a sus propios paraísos artificiales, pero esta nueva compañera tiene la desgracia de morir por sobredosis. Llega el internamiento en un centro de deshabituación, y llega la pregunta a su esposa, ya desesperada: "¿Qué vamos a hacer ahora?, ¿puedes perdonarme?". Pero el perdón ya no llega y Annette lo deja con gran dolor y desaparece con la niña. Porque la comitiva de "amigos" toxicómanos de Víctor en París no hicieron más que aumentar el abismo de la separación, la adición a las drogas y la tortura por el sentimiento de fracaso. 

Parte 3. Pamela, 11 años después. 
Ahora nos encontramos con una joven Pamela, adolescente casi angelical de 17 años, y la encontramos de vuelta en París con otro padre, otros dos hermanos (un hermanastro de su edad y un "medio hermano" menor, como le llama ella), otra vida... Se entiende que su madre rehízo su vida matrimonial y familiar. Pero descubrimos que el padre vive solo, aunque logró reconciliarse consigo mismo, y ahora quiere volver a ver a su hija. Ocurre este hermoso (y no fácil) encuentro con el padre, donde Pamela le dice: "Mi madre no me ha contado mucho. Me gustaría entenderlo. Pero no tengo prisa"
Porque Pamela, como toda hija, quiere reencontrar al padre y comprender al hombre. A partir de ahí comienza una relación epistolar padre-hija por intentar ganar el tiempo perdido: "Necesito tiempo para hacerme a la idea de volver a verte" dice la hija. Y cuando todo parecía presto a la reconciliación, muere Víctor. Y en ese momento Pamela descubre que su padre le escribía una serie de cartas, una con este poema: 
"Lo que hoy declina 
se alzará mañana 
se alzará en un renacimiento. 
Las cosas, algunas cosas 
permanecen perdidas en la noche. 
Ten cuidado, 
estate atenta y llena de entusiasmo" 

Y esta historia transcurre con buen oficio, buen sentido del ritmo, esbozando los sentimientos del daño que provoca caer en la adicción a las drogas, perder el rumbo y, con ello, perjudicar a los que nos rodean. Que en el caso de una familia el daño es inminente sobre la pareja y los hijos, víctimas inocentes de la falta de responsabilidad. 

Y sobre ello versa esta película, tan dura como bella. Como bella es nuestra Pamela, casi un ángel de Botticeli, a la que un padre casi hundió en su propio infierno, privándole de una familia estructurada y de todo lo bueno que un padre significa y puede dar. Por ello, antes de caer en estas adiciones cabe pensar no solo en el daño que nos infringimos, sino también en el daño que infringimos a nuestro alrededor. Y es posible que los demás nos acaben perdonando por ello, pero más difícil será que nos perdonemos a nosotros mismos.