sábado, 2 de mayo de 2020

Cine y Pediatría (538). El mundo de las niñas y mujeres iraníes según el prisma de Jafar Panahi


Pocas cinematografías han utilizado tanto y tan bien a la infancia como la iraní. Películas solo recomendables para amantes del buen cine (o de un cine diferente), llenas de imágenes de dureza y desamparo, capaces de reflejar poéticamente situaciones sociales difíciles y que son reales, y de las que no escapa la infancia. Los niños y las niñas protagonizan muchas de las historias cinematográficas de este país y que, en las últimas dos décadas, han conformado la parte más conocida de la denominada Iranian New Wave

Ya en los inicios de Cine y Pediatría reivindicamos el valor del cine iraní, ese bello desconocido que nos presenta historias a través de la mirada de la infancia, destacando el minimalismo del precursor y maestro Abbas Kiarostami, el extraordinario caso de la familia Makhmalbaf y otros diversos autores, que han desarrollado su trabajo dentro o fuera de Irán. Hoy regresamos a esta especial filmografía, y lo hacemos con el mundo de las niñas y mujeres según el prisma de Jafar Panahi. 

El realizador iraní Jafar Panahi es un ejemplo de constancia y de amor al cine. Su cine ha sido descrito a menudo como neorrealismo iraní con un contenido profundamente humanista. Es un cine urbano – con el omnipresente ruido de la ciudad -, contemporáneo, donde abundan los detalles de la vida y también con una dimensión crítica que le ha causado problemas con la justicia de su país. Multipremiado por los festivales internacionales y perseguido por su país con condena a cárcel, con una prohibición expresa para realizar películas desde 2010, lo cual expresa en Esto no es una película (2011). Pero sigue adelante, con escasísimos medios y mucha imaginación: las últimas películas son Taxi Teherán (2015), todo un ejercicio de cómo contarlo todo sin mostrar nada, y Tres caras (2018), su tercera película en la clandestinidad. 

Pero los inicios de su cinematografía han sido un canto a las niñas y mujeres de Irán. Debutó con El globo blanco (1995), con un guión de su maestro Abbas Kiarostami. Una película que ocurre en la víspera del Año Nuevo Persa (o Noruz), el día más importante de Irán, ese 20 de marzo en el que se conmemora el despertar de la naturaleza tras los largos meses de invierno y la esperanza de un año fructífero, una de las celebraciones más antiguas de la humanidad y que es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En ese día, la niña de 7 años, Razié, quiere comprar un pez y su madre le da un billete de 500 tomans, que pierde en varias ocasiones. Y el simple hecho de comprar ese pez en una tienda próxima a su casa ocupa todo el metraje, allí donde pide ayuda a adultos, a su hermano y a un adolescente afgano, quien al principio vende muchos globos y al final solo le resta, en la escena final, un globo blanco. 

Pura simplicidad que continuó con El espejo (1997), donde la protagonista, una niña de 10 años, es hermana de la protagonista de El globo blanco. Una película extraña, original,… quizás fallida. Mina espera en la verja de un colegio, lleva una mochila, una cazadora rosa y un velo, y tiene la mano izquierda escayolada. Espera a que la venga a recoger su madre, pero esta no llega: “Espera aquí. Tu madre llegará enseguida”, le dice una profesora. Pero ella decide volver sola y ahí comienza su aventura a pie, en autobús y en taxi por la ciudad de Teherán. Y coge un autobús equivocado, donde al montar le dicen: “La zona de las mujeres es al fondo”. Y, de pronto, en la segunda parte de la película, y de forma inesperada, la niña mira a la cámara y, cansada, dice: “¡Ya basta! No quiero que me graben más”… y entonces al director se le ocurre seguirla. Desde este punto de vista, la primera parte funciona como una película y la segunda como un documental, como una película dentro de una película, como ya le enseño su maestro Kiarostami. Una parte final en la que hasta se pierde el audio, por la espontaneidad de la filmación y donde se oyen conversaciones así de un taxista: “El hombre trae el dinero y la mujer hace el resto… Que crea que la mujer deba ocuparse de la casa no significa que yo sea un monstruo”

Y este pensamiento nos abre el camino a El círculo (2000). Porque la sensibilidad en la mirada de las niñas de El globo blanco y El espejo, se traslada al drama que les toca vivir a las mujeres como adultas, en una sociedad que solo aprecia su capacidad como reproductoras. Porque es posible que ninguna película haya sido tan fuerte y definitiva a la hora de criticar la situación de la mujer dentro de las coordenadas legislativas islámicas, una historia encadenada contada con mujeres de Teherán y contada en espiral (a la manera de La Ronda, de Max Ophüls, 1950). Una película que comienza con una puerta blanca y una rejilla de un hospital que preguntan por Solmaz Gholani y tras un fundido en blanco nos traslada a las diversas historias; y al final de la película, una puerta negra y una rejilla de una cárcel donde vuelven a preguntar por Solmaz Gholani, y un fundido en negro, tan negro como el presente y futuro de estas mujeres. 

Todo comienza con unos créditos iniciales acompañados de los sonidos de un parto. Se abre la primera trampilla y la enfermera informa que Solmaz acaba de dar a luz una niña, lo que es una tragedia en esa familia, según nos refiere la abuela: “Según la ecografía era un niño. Mi familia política se pondrá furiosa. Pedirán el divorcio”. Y de aquí se encadenan las historias de Nargess, Arezou, Mojgan, Pari, Parveneh, Maedeh… para ilustrar la magnitud de la opresión de la mujer iraní, mujeres que deambulan por Teherán como fantasmas de negro, intentando sobrevivir y sabiendo que “sin un hombre, no puedes ir a ningún sitio”. La historia continúa con tres mujeres que acaban de salir de la cárcel y deben tomar un autobús con destino a Raziliq y una amiga dice a otra: “No podría soportar que tu paraíso no existiera”. Luego sufrimos la crueldad de los hermanos de Pari cuando la echan de casa porque está embarazada y busca en una amiga enfermera de un hospital la posibilidad de abortar, pero nada se puede hacer sin el permiso de un marido. Continúa con una madre que abandona a su hija de 4 años y dice mientras vigila escondida: “Dios mío, haz que una familia se quede con ella. Algún sitio donde tenga futuro. Es la tercera vez que intento dejarla”. También nos cruzamos con una mujer que se prostituye para pagar sus facturas. Y al final, todas ellas, mujeres que fuman – como si el tabaco fuera su mayor signo de rebeldía en una sociedad donde está prohibido a las mujeres - coinciden en una celda. Del nacimiento a la cárcel, porque la vida de estas mujeres ya es una cárcel en sí misma. 

Y estas son tres películas clave para entender el mundo femenino (de niña a mujer) según Jafar Panahi, un director perseguido por su país y premiado fuera: El globo blanco ganó la Cámara de Oro en el Festival de Cannes, El espejo ganó el Leopardo de Oro del Festival de Locarno, y El círculo ganó el León de Oro en el Festival de Venecia y otros dos premios no oficiales, como fueron el Premio de la Crítica Internacional y el Premio de la Unicef, que le fue concedido "por afrontar con coraje la difícil condición de la mujer en la sociedad iraní, que la encierra en una prisión cotidiana hecha de discriminación y de temor". 

Este es el mundo de las niñas y mujeres según el prisma de Jafar Panahi, realizado con actrices no profesionales y en la ciudad de Teherán, que interactúa como un protagonista más, como escenario vivo, omnipresente con el ruido de sus coches, motos y ciudadanos. Y el eco de las películas de Panahi no se olvida, como no olvidamos el bullicio de ciudad de Teherán, esa ciudad que ha sido su escenario natural y a la que el director no puede volver.

 

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