sábado, 21 de marzo de 2026

Cine y Pediatría (845) “La voz de Hind”, la voz de la conciencia de una niña en Gaza

 

La mejor película internacional de los recientes Premios de la Academia ha ido a parar a la noruega Valor sentimental (Joachim Trier, 2025), que se ha alzado con el Óscar por delante de las otras candidatas: la española Sirat (Oliver Laxe, 2025), la iraní Un simple accidente (Jafar Panahi, 2025), la brasileña El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025) y la tunecina La voz de Hind (Kaouther Ben Hania, 2025). Y esta última es la que hoy viene a Cine y Pediatría, un drama bélico basado en hechos reales que reconstruye, casi en tiempo real y desde una sola sala, el intento desesperado de rescatar a una niña palestina atrapada en un coche bajo el fuego en Gaza, utilizando como columna vertebral la grabación auténtica de su llamada de auxilio. Y así comienza: “Gaza, 29 de enero de 2024. El ejército israelí ordena la evacuación del barrio de Tel Al-Hawa. Esta dramatización se basa en hechos reales y en las llamadas de emergencias grabadas ese día… Las voces telefónicas son reales”. Película que viene con la estela de dos hitos: ser ganadora del Premio del Público (con la puntuación más alta de la historia) en el Festival de San Sebastián y Gran Premio del Jurado (León de plata) en el de Venecia con 24 minutos de ovación, amén de sendos premios en Toronto, Londres, Chicago,… Y no es de extrañar. Porque es cine conciencia necesario. 

Para ponerse en situación cabe realizar un breve recordatorio histórico a este conflicto israelí-palestino que se remonta a finales del siglo XIX con el movimiento sionista y aquellas tensiones por la inmigración judía a Palestina bajo mandato británico, si bien las hostilidades directas con Gaza como foco se inician tras la Guerra Árabe-Israelí de 1948. Desde entonces, Gaza se convirtió en un punto de tensiones fronterizas con incursiones palestinas (fedayines) y represalias israelíes en los años 1950-1960, aunque no un conflicto armado continuo. La Guerra de los Seis Días (junio 1967) marca el inicio de la ocupación israelí directa de Gaza y Cisjordania. Esta ocupación (hasta la retirada unilateral de colonos y tropas en 2005) generó asentamientos, resistencia palestina y la primera Intifada (1987-1993), que surgió precisamente en Gaza con protestas masivas contra la ocupación. 

Durante el siglo XXI han recurrido los conflictos, incluyendo la segunda Intifada (2000-2005), hasta que en 2007 Hamás toma el control y gobierno de Gaza (2007), iniciando un ciclo de confrontaciones. La guerra actual, en la que se fundamenta esta historia y película, se inicia en octubre de 2023 con el ataque masivo de Hamás. Y de allí llegamos a esta fecha del 29 de enero de 2024 de la impactante película La voz de Hind 

Ese día los trabajadores de la Media Luna Roja Palestina reciben una llamada de emergencia de Hind Rajab Hamada, una niña de 6 años atrapada en un coche rodeado de tanques en Gaza, junto a los cadáveres de sus tíos y primos muertos por disparos del ejército israelí. Aunque los operadores de la Media Luna le dicen a la niña que sus familiares que están dormidos, la niña es clara: “Están todos muertos. Solo hay cuerpos muertos. Toda mi familia”. 

Y es así que, a lo largo de unos 70 minutos de grabación real, los operadores Omar (Motaz Malhees) y Rana (Saja Kilani) tratan de mantener a Hind en línea, calmarla, obtener datos sobre su ubicación y coordinar con su superior Mahdi (Amer Hiehel) el envío de una ambulancia, que necesita además la autorización del propio ejército israelí para poder acercarse. La película se desarrolla casi íntegramente en el centro de operaciones reconstruido de la Media Luna Roja, donde seguimos en tiempo presente el caos burocrático, la presión emocional y la impotencia de los equipos que escuchan, sin poder ver, lo que sucede a su interlocutora. No hay imágenes explícitas de violencia: todo lo que ocurre en el exterior —los disparos, los tanques, el miedo físico— se transmite únicamente a través de la banda sonora, la voz de Hind y las reacciones de los adultos que la escuchan. “Quédate conmigo… Tengo miedo. Por favor, venid por mí”, les suplica la niña a Rana; y continúa: “Pronto será de noche. Tengo miedo de la oscuridad”. 

El espectador intuye desde el principio que Hind no sobrevivirá y que tampoco lo harán el médico y el conductor de la ambulancia que acuden en su ayuda, lo que convierte cada decisión, cada cortesía burocrática y cada llamada en una cuenta atrás teñida de fatalismo moral. La trama, en apariencia mínima, se convierte así en una experiencia de tensión sostenida y de observación de las estructuras (militares, administrativas, mediáticas) que deciden, a distancia, el destino de una vida infantil concreta. Una historia tan dura como necesaria, donde resuena en la conciencia del espectador la débil de Hind al decir a los miembros de La Luna Roja: “Daos prisa, venid a buscarme. Salvadme, venid a salvarme. Creo que me muero. Sé que me estoy muriendo”…. Fundido en negro y la notafinal: “La voz de Hind desapareció a la 19:30… No se supo que había sido de Hind, Zaino y Madhoun - estos últimos eran el médico y el conductor de la ambulancia que iban en busca de la niña - durante los 12 días que duró el asedio, hasta que se retiró el ejército israelí…355 balas impactaron en el coche de los Hamada”. Y nos quedamos con la última imagen de Hind en la playa, allí donde quería volver, a jugar con la arena y las olas cuando la guerra acaraba… 

La voz de Hind es un largometraje de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que ya había explorado los límites entre documental y ficción en Las cuatro hijas (2023) y El hombre que vendió su piel (2020), ambas también nominadas en su momento al Óscar a mejor película internacional. El film emplea la grabación auténtica de la llamada de Hind sobre la que Ben Hania construye una dramatización casi en una única localización, con actores profesionales palestinos que encarnan a los paramédicos y responsables del centro de operaciones… y que nos hacen sentir allí. Donde sentimos su impotencia y dolor.  

Porque Ben Hania construye un dispositivo de cámara casi claustrofóbico, pegado a los rostros y gestos de los trabajadores de la Media Luna Roja, que encarna lo que podríamos llamar el fuera de campo absoluto: todo el horror está fuera del encuadre, pero se filtra acústicamente. Esta elección, al renunciar a mostrar destrucción y cuerpos, no suaviza la violencia, sino que la hace más insoportable, porque la imaginación del espectador completa lo que falta guiada por la voz de la niña y por los silencios cargados de significado. La mezcla de ficción y no ficción se articula en tres niveles: el documento sonoro original, la recreación escénica con actores y la construcción dramática mediante el montaje, que ordena ese tiempo real en una progresión de tensión y desgaste emocional. El film convierte el dispositivo de un “call center” humanitario en un microcosmos del conflicto: ahí cristalizan la burocracia militar, la dependencia de permisos, la precariedad de recursos y la vocación de cuidado de unos profesionales cuya ética choca frontalmente con las lógicas bélicas. 

Formalmente, el uso del sonido es el auténtico protagonista: el timbre de la voz de Hind, las interferencias de la línea, las órdenes cruzadas, los ruidos de fondo y los disparos lejanos son los que organizan la puesta en escena, más que el movimiento de cámara o los cambios de decorado. La película así se sitúa en la tradición de un cine de guerra que opta por el fuera de campo frente al espectáculo visual de la destrucción, lo que refuerza su dimensión ética. 

Recordar que el origen del proyecto está en la difusión, a comienzos de 2024, de fragmentos de las llamadas de socorro de Hind en diversos medios, que impactaron profundamente a Ben Hania hasta el punto de detener otros trabajos para contactar con la Media Luna Roja Palestina y solicitar acceso a la grabación completa. La organización le facilitó los 70 minutos de audio, pero la directora solo aceptó seguir adelante con el beneplácito de la madre de Hind, cuyo permiso fue condición ética indispensable para hacer la película. Y esa madre es la que nos aboca a la escena final… 

Cuando acaban los 89 minutos de metraje, la película no se puede despegar de nuestra mente (o no debería hacerlo). Y es una magnífica oportunidad para que sus reflexiones y enseñanzas calen hondo. Veamos algunas esenciales: 1) el valor absoluto de una sola vida infantil con nombre y voz reconocible, y que rompe la abstracción de las cifras de guerra y nos recuerda que cada estadística es un universo perdido, con miedos concretos y deseos truncados, allí donde Hind deja de ser “una víctima más” para convertirse en sujeto; 2) la ética del cuidado frente a la lógica bélica, en ese enfrentamiento continúo entre los trabajadores de la Media Luna Roja con las estructuras militares y burocráticas que priorizan la seguridad de los tanques sobre la vida de una niña; 3) el poder (y el riesgo) del testimonio, donde la voz real de Hind convierte la película en un acto de memoria y de resistencia y que se integra en un relato que aspira a la justicia simbólica; 4) la guerra (la cruel guerra) como colapso de sistemas, no solo como enfrentamiento de ejércitos, donde todo falla, incluso lo básico, lo ético…como es la salud y la vida de un niña de 6 años (imaginemos a alguno de nuestros hijos o nietos de esa edad en esa situación). Y, sobre todo, considerar el cine como espacio de duelo y de responsabilidad, materia esencial para la educación y la reflexión social, material privilegiado para discutir derechos de la infancia en conflictos armados, límites éticos de la representación, y el papel de los profesionales sanitarios y humanitarios en contextos extremos. Una película para prescribir y prescribirnos en la familia, en las escuelas, en la sociedad… Pero que, sobre todo, deberían ver responsables y políticos.

 

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