En Cine y Pediatría ya hemos disfrutado de tres películas que funcionan como una “carta de amor” al cine, películas con continuas referencias cinematográficas que son como disfrutar de la historia del cine dentro del cine: Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), el ejemplo por excelencia, donde un cineasta recuerda su infancia y adolescencia en un pequeño pueblo siciliano y su amistad con Alfredo, el proyeccionista del cine local, allí donde hay continuas a los clásicos y a la nostalgia de una época en la que la sala era el corazón de la comunidad, incluida la censura de aquellos escenas de besos robados; La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), ambientada en el París de los años 30, sigue a un niño huérfano que vive en una estación de tren y descubre un misterio vinculado a un cineasta olvidado: la figura de Georges Méliès, en lo que es todo un tributo al cine mudo, a los pioneros y a la magia de los primeros trucos cinematográficos; Los Fabelman (Steven Spielberg, 2022), semibiografía de un joven Spielberg que descubre su vocación cinematográfica filmando con una cámara de 8 mm, una de las cartas de amor más personales y explícitas al cine como forma de entender la familia, el trauma y la propia identidad. Y a estas tres películas (una de Italia, otras dos de Estados Unidos), hoy se suma desde India (y desde Bollywood, la industria con mayor producción anual de películas del mundo) una más: La última película (Pan Nalin, 2021), en lo que se podría equiparar como el Cinema Paradiso indio y que alzara con la Espiga de oro a la mejor película en la Seminci de Valladolid, así como el ser seleccionada por la India como candidata al Óscar a Mejor Película Internacional.
La última película se centra en Samay, un niño indio de 9 años, que descubre el cine por primera vez durante una sesión a la que acude con su familia, una película especial sobre la diosa Kali, Pero aquí ya le advierte su padre que será la última que pueda ir al cine, pues ese espectáculo no es para gente como ellos. Un encuentro con el séptimo arte que hará al joven centrar su vida alrededor del cine, en una historia que habla directamente de los sueños, de la inocencia de la juventud, la creatividad y de cómo las casualidades de la vida hacen que encuentres tu camino.
“Samay” significa tiempo y es el nombre que le pusieron porque, cuando sus padres no tenían nada, solo tenían tiempo y le tuvieron a él. Y ahora vive con su familia (sus padres y una hermana menor) en Chalala, un pequeño municipio en el estado de Gujarat, donde su padre se gana la vida vendiendo té en una estación de tren abandonada. Y donde el tren estará muy presente en toda esta historia… Una historia en la Samay sale con la idea de que quiere ser director de cine. Pero el padre le reprime, diciéndole que ningún brahmán (miembro de la casta sacerdotal e intelectual más alta del hinduismo en la India, aunque a pesar de ello son de recursos humildes) hace algo tan vergonzoso: “El mundo del cine es vulgar y no sigue nuestros valores. Al final perderemos el honor”.
Pero Samay sigue obsesionado con su propósito: se inventa historias con las cajas de cerillas con dibujo, juega con los colores de los cristales para distorsionar la realidad, sisa dinero a su padre, se escapa del colegio y va a al cine a escondidas, allí donde admira las películas de acción de aquel Bollywood en plena transición. Pero le descubren y su padre le recibe propinándole un castigo físico con moratones que el profesor detecta (y calla); el padre busca en su hijo que sea como el cartel sobre “Un niño ideal” que cuelga en casa y que Samay rompe…
Pese a los castigos, insiste en escaparse al cine Galaxy… Le entusiasma el misterio de las luces que salen de la cabina del cine y que provocan las imágenes en pantalla. Finalmente conoce al proyeccionista, Fazal, quien le sube a la cabina del cine y le permite estar con él y ver las pelis (a cambio de la comida que Samaly le trae de casa). Y allí se fascina con todo tipo de historias y todo tipo de géneros… Y en su mente, comienza a idear formas de filmación. Fazal le explica así sobre cómo el ve el cine. “Bueno, se trata de contar una historia. Las películas y las historias mantienen una relación muy estrecha. De la misma forma que los políticos cuentas historias para ganar votos o los vendedores cuentan historias para vender, o los ricos cuentan historias para ocultar su dinero. El futuro pertenece a aquellos que cuentan historias. Al final, consiste en mentir”. Y este mensaje se entronca con el consejo de su profesor: “Si quieres llegar lejos en la vida, tienes que hacer dos cosas. Primero, aprender a hablar inglés lo antes posible. Y luego, hacer las maletas e irte”.
Mientras aprende los misterios del cine, acaba por desmantelarse el antiguo cine Galaxy y su viejo proyector. Y llega la nueva tecnología: “Para usarlo hay que saber inglés”, le dice Fazal, quien va a perder su trabajo. Y se llevan los rollos de las viejas películas en un camión y los niños le persiguen en bicicletas. Y ven como destrozan todo para el desguace de la chatarrería… Porque cabe recordar que la historia se sitúa en los inicios de la década de 2010, un momento clave para las salas de cine tradicionales de su país, que vieron la transición tecnológica del formato analógico (los rollos de película de 35 mm) hacia el sistema de proyección digital.
Samay sigue hipnotizado con el cine, por lo que cuando su padre le pregunta por qué quiere marcharse, esta es su respuesta: “Quiero estudiar la luz. Quiero aprender sobre ella. Porque con la luz se crean historias, Y con las historias, las películas”. Y con el tren termina, ese símbolo de cambio y de partida, de futuro en otro lugar. Y en las pulseras de las chicas del tren recuerda a un buen número de directores, actores y actrices de Bollywood, esa máquina de sueños, a los que luego se suman los de Hollywood, Nollywood y todo el mundo. Y con ese final finaliza esta película en buena medida autobiográfica, porque Pan Nalin creció en esa misma región, hablaba gujarati (idioma en el que está grabada la película) y, como Samay, ayudaba a su padre vendiendo té en la vía del tren. Y como Samay se enamoró del cine dentro del cine…y es así que en entrevistas, Nalin ha comparado el cine con una meditación trascendental: la sala oscura, la luz que atraviesa la pantalla y la inmersión del espectador generan un estado de conciencia particular.
Mientras meditamos con esa luz que atraviesa la pantalla, vale la pena recordar las enseñanzas y reflexiones que sugiere esta película: el valor de la curiosidad y el aprendizaje informal en la infancia, el cine como vocación y transformación vital, el conflicto entre tradición familiar y deseo propio (sobre todo cuando las barreras religiosas y culturales son marcadas), y esa nostalgia al situar la historia en el ocaso del celuloide, cuando el séptimo arte “migra” a nuevos soportes tecnológicos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario