sábado, 25 de agosto de 2012

Cine y Pediatría (137). “Mamá es boba” o la importancia de las figuras paternas en la infancia


A veces uno descubre una película interesante por casualidad. Dado el nivel de cultura cinematográfica de nuestro país, esto cada vez está empezando a ser más frecuente, pues el estreno coherente de buenas películas fuera de la filmografía yanqui empieza a ser una excepción. Esto me ocurrió con la película que hoy ocupa nuestra sección de Cine y Pediatría: Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1999). 

Por casualidad leo esta información: Santiago Lorenzo es un guionista, escritor, director y productor cinematográfico que estrena su ópera prima, Mamá es boba, la historia palentina de un niño con problemas y que toca el tema entonces inédito del bullying. Como soy palentino (que comienza a ser una especie humana casi en vías extinción :-), pues cada vez que oigo Palencia se me erizan los vellos de la misma emoción... Así que decidí buscar la película y verla: Mamá es boba no es una gran película (en algún caso, puede poner nervioso al espectador por el carácter provinciano que se le imprime, cercano a la hilaridad y absurdo), pero es una película sorprendente, que respira una agudeza y una radicalidad pocas veces vista en el cine español. Mamá es boba provoca reacciones contradictorias (no del nivel de El árbol de la vida, claro está), de forma que algunos opinan que es "un infumable trabajo que parece más bien un súper 8 casero y de escaso nivel intelectual" y para otros que es "una experiencia catártica de la que el espectador no podrá desembarazarse en mucho tiempo". Yo intento reposar la experiencia tras ver la película, y me adentro más hacia la segunda opinión, pues pocas veces las reflexiones de un niño en su recurrente voz en off han resultado tan contundentes. 

La película comienza con la imagen de un patio de colegio de una escuela pública con la presentación de ese niño de 8 años, eje central sobre el que sobrevuelan las emociones de la historia: "Me llamo Martín Zamora Perdulí. Vivo en la calle Bustamante 25 de una ciudad que se llama Palencia, con Pe, España, Europa, la Tierra, el Universo... Mi padre se llama Toribio Zamora y trabajaba donde los coches, pero le han despedido y ahora está en el paro. Mamá se llama Gema Perdulí y antes trabajaba en una mercería; tiene el graduado. Mis padres siempre hacen el ridículo allí donde van, siempre me da vergüenza de ellos. Son muy buenos con todo el mundo, pero me da vergüenza cuando pienso en ellos. Y así soy yo y poco más". Con ese inicio, ya la película te atrapa. Atrapa la relación que se establece entre Martín (José Luis Lago, contenido en su papel de niño triste y apocado) y sus padres, Toribio (Eduardo Antuña) y Gema (Faustina Camacho, fallecida un poco antes del estreno de la película). Martín talla figuritas en las gomas de Milán con una Filomatic, mientras sus padres, son humillados por los ejecutivos de la cadena de televisión TeleAquí (Cristina Marcos y Ginés García-Millán). Todo ocurre en una ciudad de provincias y bajo la mirada silenciosa de Martín, ese niño que se vio obligado a ser adulto antes de tiempo. Porque Martin es el hijo único de dos parados que sobreviven en el límite de la pobreza y que también se han forjado un mundo a su alrededor construido sobre la inocente convicción de que todo el planeta es un poco como ellos. Dos auténticos inocentes (A Toribio le encanta hacer chistes bobos y a Gema escucharlos), por los que Martín siente vergüenza porque "siempre hacen el ridículo allí donde van", pese a que "son muy buenos con todo el mundo". Martín suele pensar que él "es un país" y que tiene "un rey en cada curso". Esos reyes se los hace él "con las gomas de borrar" y ha añadido a ese mundillo interior que se ha creado a unos amigos: "Portos, Atos, D´Artagnan y 'El Agachao' y una novia que se llama Wendy y otra que se llama Victoria"
La continua voz en off de Martin relatando sus vivencias respecto a sus padres, por los que sentía una vergüenza continua. Vergüenza que fue a más cuando su madre entró en la televisión y repetía aquello de "Para Teleaquí, Gema Perdulí..." y todo el mundo se reía a sus espaldas de ella. 

Mamá es boba es una comedia descarnada, a ratos dolorosa y siempre reflexiva sobre la condición humana. Pese a sus deficiencias técnicas, hay quien la considera como una de las mejores comedias de la historia del cine español. Una película que nos engancha a la tradición de la comedia iniciada por Azcona, aquellas comedias negras que dirigieron Marco Ferreri (El pisito, 1959; El cochecito, 1960; La gran comilona, 1973) o Luis García Berlanga (Plácido, 1961; El Verdugo, 1963; La escopeta nacional, 1978). El tema del bullying en el cine ya hemos tenido la oportunidad de comentarlo en Cine y Pediatría, con películas del impacto de Klass (Ilmar Raag, 2007), Ben X (Nic Balthazar, 2007), Cobardes (José Corbacho y Juan Cruz, 2008) o Bullying (Josetxo San Mateo, 2009). Aunque Mamá es boba toca de soslayo el tema del bullying, si es verdad que se atreve a dibujarlo mucho antes que otros en el cine, en la figura de ese niño que siente vergüenza de sus padres y, como consecuencia de todo, manifiesta una encopresis que no puede controlar: "Por suerte, el recreo se me pasó rápido", dice Martín después de cagarse en medio del patio de la escuela y ser vapuleado a balonazos por sus compañeros.
Pero más que de bullying, de lo que nos habla Mamá es boba es de la importancia de nuestros padres en la infancia, la importancia de sentirse orgullosos de ellos, la grandeza de tener un referente, pues los padres son "el" modelo en el que se miran con orgullo o con vergüenza los hijos. Somos responsables los padres de la visión que nuestros hijos tengan de nosotros y, por ende, de la familia y de ellos mismos como hijos. El final con la imagen cenital de Martín y sus padres paseando por el parque (como homenaje a esa ciudad castellana que es Palencia, la ciudad con más zonas verdes por habitante de España) y la contundente frase final: "Pasada la adolescencia, en muchos casos, los niños como Martín se convierten en adultos felices que disfrutan de cada cosita. Porque le han perdido el miedo al fracaso. Al fin y al cabo, saben que, pase lo que pase, nada puede ser peor de lo que fue".

Es verdad, Mamá es boba tiene deficiencias técnicas, pero tiene valores morales importantes. Es cierto que la película pasó desapercibida en su momento, apenas distribuida, pero es ahora cuando puede recuperar una vigencia que no tuvo entonces. Ahora que tanto se alaba eso que se llama "lo friki", no está mal encontrarse con Mamá es boba, esta película con un contenido crítico-social en medio de una apariencia vulgarmente humorística, una película que permite reflexionar sobre el sufrimiento que puede ir asociado a los dos ambientes habituales de un niños (su casa y su colegio), así como enfatizar la importancia que tiene el recuerdo que nuestros padres nos dejaron desde la infancia.