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miércoles, 24 de junio de 2026

Libro Cine y Pediatría 15, todos frente al acoso escolar


Un año más, y un nuevo libro del proyecto "Cine y Pediatría" llega a las librerías. Y hoy presentamos Cine y Pediatría 15

Y es así como se desgranan las celebraciones:


Y hoy llega Cine y Pediatría 15. Ese 15 que simboliza la pasión, la creatividad, la libertad y el cambio, actuando como una energía alquímica que impulsa a tomar decisiones y buscar la realización personal. Y a buen seguro que cada una de esas características nos han acompañado para llegar aquí con este proyecto que sigue aunando cine y pediatría, arte y ciencia con conciencia.  

Y esa realización personal del número 15 es la deseamos a cada niño y niña en sus tres ámbitos de desarrollo habituales: la familia, el centro escolar y el entorno social. Y hoy centramos nuestra atención en un problema que sigue presente en los entornos educativos e interrumpe esa correcta realización personal: hablamos del acoso escolar (también conocido como maltrato entre iguales en la escuela, maltrato por abuso de poder entre escolares o con el anglicismo bullying). Un problema frente al que todos debemos luchar, desde los profesores a las familias, pasando por los organismos estatales. Un tema que no debe ser ajeno a los pediatras, pues a buen seguro que el acoso escolar influye en la salud física, psíquica y social de nuestros pacientes. Y de sus familias.

Y, desde el séptimo arte, las películas alrededor del acoso escolar se constituyen en un motivo de visualización, reflexión y debate. Y hoy recopilamos en Cine y Pediatría aquellas películas y personajes que pueden ayudarnos a entender mejor el acoso escolar en sus distintas aristas. Dividimos nuestro repaso en dos grupos de películas: aquellas argumentales y esenciales, y aquellas relevantes a tener también en cuenta.   

a) Prescribir películas argumentales sobre el acoso escolar: Klass (Ilmar Raar, 2007), Cobardes (José Corbacho y Juan Cruz, 2008), Después de Lucía (Michel Franco, 2012), Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016), El silencio roto (Piluca Baquero, 2017), El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021).



b) Prescribir películas relevantes sobre el acoso escolar: Carrie (Brian de Palma, 1976), Bienvenido a la casa de muñecas (Todd Solondz, 1995), Mamá es boba (Santiago Lorenzo, 1999), Antes de la tormenta (Rza Parsa, 2000), Evil (Mikael Hafström, 2003), Ben X (Nic Balthazar, 2007), Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007), Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), Precious (Lee Daniels, 2009), Bullying (Josetxo San Matero, 2009), En un mundo mejor (Susanne Bier, 2010), Moonlight (Barry Jenkins, 2016), Un monstruo viene a verme (J.A. Bayona, 2016), Wonder (Stephen Chbosky, 2017), Butter (Paul A. Kaufman, 2020), Cerdita (Carlota Pereda, 2022), Uno para todos (David Ilundain, 2020), Monstruo (Kaibutsu, Hirokazu Koreeda, 2023), etc.



Y por fortuna cada libro siempre va con la mejor compañía en este camino. La compañía de nuestros prologuistas. Y contamos con tres prologuistas “de cine”: 

- El Prólogo desde el punto de vista de la Pediatría ha contado con el saber ser y estar del Dr. Iván Carabaño, pediatra amigo amante del valor de las artes en la humanización de nuestra profesión. Con la paleta de colores de su sensibilidad dará buen sentido al término arteterapia en el cuidado de la infancia y adolescencia. 
Y en su prólogo, titulado “Abrir significados”, nos regala una frase así sobre el “significado” de este proyecto ya consolidado: “Porque Cine y Pediatría no es una propuesta ornamental ni un ejercicio cultural para tiempos muertos. Es un proyecto docente sólido, sostenido a lo largo de los años, que defiende —y demuestra— que el cruce de caminos entre las artes y la Pediatría tiene una utilidad real en la formación de los profesionales y en la mejora de la práctica clínica”

- El Prólogo desde el punto de vista del Cine es un regalo del actor José Corbacho, también director, guionista y cómico español conocido por su versatilidad en teatro, cine y televisión. Su compromiso se pactó con emoción en el pasado Festival Internacional de Cine de Alicante, cuando supo que este número 15 tendrá un capítulo introductorio (y el video promocional) dedicado al cine que afronta (y se enfrenta) al acoso escolar, un tema muy apreciado por él, pues fue uno de los primeros en denunciar en pantalla en España esta lacra con su película Cobardes del año 2008. 
En su maravilloso prólogo, por título “El cine frente al acoso escolar y la complicidad del silencio” nos hace viajar con emoción a esta lacra que conoció tan bien, y así se refiere a la conspiración del silencio frente al bullying: “Porque todos hemos sido alguna vez ese testigo silencioso. Todos hemos mirado hacia otro lado. No hemos avisado al profesor, ni al jefe, ni —quizá lo más importante— hemos tendido la mano a quien lo necesitaba…Eso me provocó una profunda reflexión, y también cierta tristeza. Porque la sociedad no es algo abstracto: la formamos nosotros. Y somos nosotros quienes tenemos la voz para romper ese silencio. Personas como el doctor Javier González de Dios, que a través de sus libros y de las películas que propone, contribuyen a generar esa conciencia, son necesarias para construir una sociedad mejor”. 

El Prólogo desde el punto de vista de la Docencia tendrá la firma de la Fundación Aprender a Mirar, entidad bajo el protectorado del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, sin ánimo de lucro, que trabaja por la defensa de los usuarios de los medios de comunicación audiovisual, en especial, de los niños y los jóvenes. 
Y desde Fundación Aprender a Mirar toma la palabra su directora de comunicación, Patricia Amat, quien titula su prólogo de forma tan acertada como “El cine como aula: aprender a mirar la infancia”. Y que haya puesto en el foco en algo tan importante para Cine y Pediatría: “Javier González de Dios propone precisamente eso: enseñar a mirar la infancia a través de narraciones cinematográficas y convertir el lenguaje audiovisual en un espacio de aprendizaje emocional, social y ético. Así, consigue que ver una película deje de ser solo entretenimiento y se transforme en una experiencia formativa que interpela al espectador, lo invita a reflexionar y amplía su comprensión del mundo infantil y de quienes lo rodean”.

Y es así como alzamos la voz contra el acoso escolar con Cine y Pediatría 15. Y a través de cada fotograma late la esperanza de una escuela más humana, donde el silencio se transforme en diálogo y la herida en abrazo. Con el deseo de que cada película prescrita no solo eduque la mirada, sino que despierte la conciencia y reclame empatía frente al silencio.

Los libros disponibles a la venta en Lúa Ediciones 3.0.

Y os dejamos el vídeo de presentación.

lunes, 11 de agosto de 2025

Guía de UNICEF para prevenir el acoso escolar

 

La Guía de UNICEF para prevenir el acoso escolar ofrece herramientas a padres y madres para entender y abordar el acoso escolar, enfocándose en la comunicación con los hijos y la detección temprana de señales de alarma. La guía enfatiza la importancia de la conexión con los hijos, la prevención, y la actuación ante situaciones de acoso, buscando soluciones eficaces. Es una guía que ya se publicó en el año 2019 y se ha actualizado en 2024, y hay un nuevo lanzamiento para que se descargue, se lea y se practique. 

Porque esta guía está especialmente dirigida al colectivo de padres y madres de hijos en edad escolar. El texto se centra en el colegio y la familia, ámbitos educativos esenciales para la protección de la infancia y la adolescencia, por ser sus principales lugares de convivencia, relación y actividad diaria. Por este motivo, el entorno escolar debe adoptar medidas para garantizar la protección, promover el conocimiento de la infancia, de los riesgos de su entorno y fomentar su autoprotección. Y por supuesto, colaborar con los padres, madres y tutores, para trabajar con ellos de manera constante y cercana. Parece claro y fácil, pero no es así. Pues hay colegios e institutos que siguen tapando el acoso cuando este se denuncia en sus aulas. 

Aquí os dejamos el enlace a esta Guía de UNICEF para prevenir el acoso escolar, un documento de 24 páginas. 

Claves de la Guía de UNICEF para prevenir el acoso escolar: 
- Entender la realidad de los hijos: empatizar y comprender su perspectiva y experiencias. 
- Conectar con ellos: establecer una comunicación abierta y natural, participando en sus actividades e intereses. 
- Prevenir el acoso: estar atento a las señales de alerta y aprender a detectarlas. 
- Actuar: buscar soluciones eficaces y contar con el apoyo de profesionales y el colegio. 

Otras recomendaciones importantes: 
- Escucha activa: prestar atención a lo que los niños y niñas dicen y sienten. 
- Potenciar la confianza: ayudarles a desarrollar seguridad en sí mismos. 
- Enseñar a actuar: capacitar a los menores para identificar y responder a situaciones de acoso. 
- Colaboración con el colegio: informar a la escuela sobre cualquier situación de acoso. 
- Apoyo emocional: buscar ayuda profesional si es necesario. 
- Crear un ambiente seguro (clave): fomentar el respeto y la empatía en la escuela y en casa. 
- Educación en valores: enseñar sobre la importancia de la inclusión y la diversidad. 
- Uso responsable de la tecnología: educar sobre el ciberacoso y el uso crítico de internet. 

La Guía de UNICEF busca empoderar a padres y madres para que puedan proteger a sus hijos y crear un entorno escolar más seguro y positivo.

sábado, 31 de mayo de 2025

Cine y Pediatría (803) “Ser gorda como yo”, un proyecto con conciencia

 

En el año 1959, el periodista John Howard Griffin, un hombre blanco y sureño, decide oscurecer su piel con medicamentos, exposición a rayos UV y maquillaje para pasar por afroamericano y así vivir en carne propia la experiencia del racismo en el sur de Estados Unidos. Y durante varias semanas Griffin viaja por estados como Luisiana, Misisipi, Alabama y Georgia, enfrentándose a la discriminación sistemática que sufrían los negros, y que incluía no poder usar baños públicos o beber agua en ciertos lugares, hasta ser tratados con desconfianza, desprecio o abierta hostilidad. Griffin no buscaba hacerse pasar por negro como un experimento sensacionalista, sino como un acto de denuncia y empatía, para revelar al público blanco (principalmente) cómo se vivía realmente el racismo cotidiano, incluso en cosas tan básicas como caminar por la calle o buscar trabajo. De aquella experiencia surge el libro autobiográfico "Ser negro como yo” ("Black Like Me" en inglés), publicado por primera vez en 1961 y que, desde entonces, se ha convertido en una de las obras más emblemáticas sobre el racismo en Estados Unidos durante la era de la segregación, pues ese libro cuenta a historia de un hombre que abrió los ojos y ayudó a hacerlo a toda una nación. 

Pues esta historia viene a colación con nuestra película de hoy, un telefilm estadounidense titulado Ser gorda como yo (Douglas Barr, 2007) (To Be Fat Like Me en inglés), y que nos habla de otro problema universal diferente al racismo, en este caso la obesidad, y cuya idea parte ahora de una estudiante con la idea de abordar aspectos como la percepción del peso, el acoso escolar y la aceptación personal. Y es que en la propia película se conjugan ambos proyectos, el proyecto literario alrededor del racismo (que sirve de idea a nuestra protagonista) y el proyecto cinematográfico alrededor de la obesidad. 

La película se centra en la guapa, delgada, popular y deportiva Alyssa Miller, Aly (Kaley Cuoco), capitana del equipo de sóftbol de su instituto (deporte similar al béisbol, pero con una pelota más grande y blanda y un lanzamiento por debajo del hombro) y con una vida social aparentemente perfecta. Sin embargo, Alyssa tiene una visión superficial y prejuiciosa sobre las personas con sobrepeso, influenciada en gran medida por la cultura de delgadez y la presión social. Visión que comienza en su familia a través del sobrepeso de su madre y la obesidad de su hermano pequeño, sometido a acoso escolar por ese motivo. Y ya en una de las primeras escenas en su casa a la hora del desayuno le dice a su madre: ”Eso no es un desayuno, es un ataque cardíaco con tostadas”. 

Cuando Aly sufre una lesión deportiva, pierde la oportunidad de conseguir una de las becas deportivas. Es entonces cuando le surge la idea de participar en un concurso de cine documental para intentar conseguir el dinero del premio que le permitiría seguir costeándose los estudios. Y le propone a su amiga la idea de “Gorda como yo”, título que recordaría a uno anterior como fue “Negro como yo”, tal como hemos comentado, pues algo así era su idea para visibilizar el problema de la obesidad, tal como ella misma nos explica: “Viste que todos hablan de la epidemia de la obesidad en la infancia. Pero siempre son médicos, expertos, gente que los observa desde fuera. Esta película nos pondría a todos del lado de adentro, porque ¿cómo me puedes arreglar lo que no comprendes?”. Y le ayuda a caracterizarse un vecino que se dedica a los disfraces. Y con ese sorprendente cambio pasa a llamarse Gabi Simpson, y con una cámara oculta inicia su experimento sociológico en una escuela de verano… donde no tarda en sentir el aislamiento, acoso, mofa y trato discriminatorio por su aspecto. 

Durante el tiempo que se convierte en Gabi establece una particular amistad con dos compañeros marginados de clase, George y Ramona, esta afecta de una llamativa obesidad, quien se sincera: “Al ser gorda, ya no soy la dueña de mi cuerpo. Todos los demás tiene derecho a opinar, ¿por qué?”… ¿Cómo puedes valorarte si te recuerdan 15 veces al día que no vales nada?”. Mientras Aly/Gabi continúa con el experimento, este le viene cada día más cuesta arriba: “Esta claro que la fobia social a la gordura existe y está empeorando. La gente actúa como si 10 Kg de más te convierten en un asqueroso desecho de la sociedad”. Cuando George y Ramona descubren la realidad de que la Gabi obesa en realidad es una Aly esbelta, se sienten traicionados, lo que ocasiona a nuestra protagonista confusión y dolor por haber hecho daño a sus amigos. Cuando todo parece finalizado y sin salida, Ramona pide a Aly que termine la película y que el vídeo se difunda, pues ella no ha hecho daño a nadie por ser gorda y callarlo, sería aceptarlo. Y este pensamiento de Aly resumen el camino de su experimento, donde ha descubierto las cualidades y la valía de las personas más allá de su apariencia física: “Lo que aprendí no fue sobre el peso, fue sobre la identidad. ¿Quién posee la tuya, la gente, tus amigos, tus padres,.. o tú?”.

Una película con mensajes más profundos de los que uno pueda intuir por su trama. El principal es la crítica al trato injusto y las actitudes negativas que enfrentan las personas con sobrepeso en la sociedad, prejuicios que pueden llevar al acoso, la exclusión y a la negación de oportunidades. Todo ello favorecido por la superficialidad de la cultura de la delgadez, esa presión social para ajustarse a un ideal de belleza único y restrictivo. El viaje de Alyssa es un poderoso ejemplo de cómo la experiencia personal puede generar empatía y comprensión hacia el dolor ajeno de aquellos que son marginados por su peso, comenzando a valorar a las personas por su interior en lugar de por su exterior. Porque esta película promueve la idea de que la verdadera belleza reside en la personalidad, la bondad, la autenticidad y la aceptación de uno mismo, independientemente del peso, lo que son pilares básicos para la felicidad. 

“Ser negro como yo” fue un libro con conciencia. Ser gorda como yo es una película con conciencia. Dos proyectos con conciencia necesarios. Está claro que la obesidad es una pandemia en nuestra población infanto-juvenil con graves riesgos para la salud en el transcurrir de la vida, pero debemos tener presente que la forma de mejorarlo es través de saber aunar la mejor evidencia científica y el respecto a las personas. 

 

sábado, 15 de marzo de 2025

Cine y Pediatría (792) “Monstruo” y el efecto Rashomon de Hirokazu Koreeda

 

Se conoce como efecto Rashomon en el cine a una técnica narrativa en la que un mismo evento se muestra desde múltiples perspectivas, a menudo contradictorias, lo que genera incertidumbre sobre la verdad objetiva. Este efecto toma su nombre de la película japonesa Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), allí donde el asesinato de un samurái es relatado de cuatro maneras distintas por los testigos, cada uno con su propia versión de los hechos. Los aspectos clave del efecto Rashomon son cuatro al menos: historia con múltiples perspectivas (a través de los ojos de varios personajes, cada uno con sus propios recuerdos, motivaciones y sesgos), subjetividad de la verdad, narrador fiable solo de manera relativa y generación de ambigüedad. 

Es por ello que el efecto Rashomon deja al espectador con la tarea de interpretar y reconstruir la historia y es una poderosa herramienta narrativa que explora la naturaleza subjetiva de la verdad y la complejidad de la percepción humana. No es nuevo en el cine y otro maestro japonés como Hirokazu Koreeda, el director por antonomasia de Cine y Pediatría, por su extensa y particular visión de la infancia y la familia, lo ha utilizado en su último largometraje: Monstruo (2023). Aquí donde la maestría de Koreeda consigue que con unos hechos banales acaecidos en un colegio teja una trama abigarrada entre dos compañeros de clase de unos 11 años de edad, Minato y Yori, entre la madre de Minato, el profesor Hori, la directora del colegio y el claustro de profesores, y con epicentro recurrente en ese edificio en llamas en donde vemos entrecruzarse las historias y los diversos puntos de vista de los hechos. 

El primer punto de vista es el de la madre de Minato, ya viuda, quien se asoma al balcón en la noche para contemplar el incendio de ese edificio, donde su hijo le pregunta: “Si a un humano le trasplantan un cerebro de cerdo, ¿es un humano o un cerdo?”. Una pregunta extraña que va seguida de un comportamiento extraño, por lo que la madre, Saori, siente que algo va mal, y le pregunta: “¿Qué ha pasado en la escuela?” Y él responde: “Tengo un cerebro de cerdo. Me lo cambiaron por el de un cerdo ¡Eso es lo que me pasa! Soy un monstruo”. Y por ello irrumpe en la escuela exigiendo saber qué está pasando y descubre los malos tratos que recibe del profesor Hori, todo ello en una reunión muy tensa y particular con la directora y otros profesores. 

El segundo punto de vista es el del profesor Hori, recién incorporado a este colegio, cuando su novia le dice: “Deja de intentar ser un buen profesor y sé tú mismo”. Un fortuito encontronazo con Minato le hace sangrar por la nariz, algo aparentemente irrelevante que adquiere mayores dimensiones, y que le hace acabar como oveja expiatoria para no comprometer a la escuela, por lo que es expulsado. Esa duda de malos tratos a los alumnos se cierne sobre él, sale en prensa y todos le abandonan, también su novia, los otros profesores y la directora (más preocupada por la muerte de su nieto). 

El tercer punto de vista es el de Minato y Yori, ambos de familias uniparentales, Minato con su madre vidua y Yori con su padre alcohólico que le maltrata y quien primero aplicó la idea de que su hijo tiene un cerebro de cerdo y él le va a sanar. Entre ambos niños se establece una amistad especial, casi oculta para evitar el acoso del resto de compañeros de clase, y buscan en un túnel y un vagón de tren abandonado su lugar de refugio y juegos, entre ellos ese juego de ¿Quién es el monstruo?, que consiste en adivinar el dibujo con preguntas. 

Al final se van descubriendo algunas capas de la historia, donde casi nada será lo que parece. Koreeda juega con el espectador a través de un hecho trivial y que esconde esa sutil amistad con connotaciones homosexuales entre Minato y Yori que les incomoda ante sí y ante los ojos de los demás. Y las palabras finales de la directora, que sirve para los chicos, para ella y para todos los personajes de esta película: “La felicidad no está hecho solo para unos pocos. No tiene sentido. La felicidad real está al alcance de todos”. Y el regalo que Koreeda nos da con esa escena final de los dos amigos tras el tifón, saliendo del vagón gritando de alegría porque sienten que no han renacido, sino que siendo los mismos pueden ver las cosas de otra manera. Y ello bajo los acordes del piano de Ryūichi Sakamoto. Una película en la que se nos hace cambiar continuamente el rumbo a la hora de entender quién es el monstruo o quizás, simplemente, acabar entendiendo que no había ningún monstruo. Solo el deseo de Minato de reencarnarse en alguien con otros sentimientos, pues nadie parece entender su amistad y atracción homosexual con Yori. 

La película Monstruo de Hirokazu Koreeda es una obra compleja y emotiva que invita a la reflexión sobre diversos temas, entre los que destacan la subjetividad de la verdad (con esas tres partes de la película desde la perspectiva de tres personajes diferentes: la madre furiosa, el profesor acusado y los dos niños), la importancia de la empatía, la complejidad de la infancia (y aquí se abordan temas como el acoso escolar, la identidad de género y la dificultad de expresar las emociones), los prejuicios sociales (y tanto el profesor como esos dos amigos lo viven en sus carnes) y la importancia de la comunicación entre padres e hijos, profesores y alumnos. 

Monstruo es un ejemplo más del cine de Koreeda alrededor de la naturaleza humana, con epicentro en la infancia y familias, tal como hemos visto en Cine y Pediatría ya en otras ochos películas más: Nadie sabe (2004), brutal relato de supervivencia contado a vista de niño; Still Walking/Caminando (2008), sobre la importancia del núcleo familiar, aunque sea una familia desestructurada unida por el cariño, el resentimiento y los secretos; Kiseki/Milagro (2011), ese milagro del reencuentro familiar de dos hermanos que viven separados y que nos acerca a la indisolubilidad espiritual de la familia; De tal padre, tal hijo (2013), donde nos plantea quién es nuestro verdadero hijo, si alguien con el que pasamos todo nuestro tiempo o alguien con el que compartimos la sangre; Nuestra hermana pequeña (2015), profunda reflexión sobre cómo madurar sin la figura de los padres, y hacerlo en un hogar que es un espacio de supervivencia libre de resentimientos; Después de la tormenta (2017), ese infinito y delicado ecosistema producto de relaciones entre abuelos, padres e hijos; Un asunto de familia (2018), donde condensa todos los dilemas acerca de las relaciones humanas y familiares, rompiendo esquemas tradicionales; Broker (2022), donde nos sitúa el contexto familiar bajo el tema nuclear de las adopciones. Y ahora realizamos un viaje por el Japón clásico del séptimo arte de Akira Kurosawa y su Rashomon al nuevo cine japonés de Hirokazu Koreeda y su particular efecto “rashomon” que nos regala con Monstruo.        

 

lunes, 21 de octubre de 2024

Terapia cinematográfica (9). Prescribir películas para entender el acoso escolar


El acoso escolar (también conocido como maltrato entre iguales en la escuela, maltrato por abuso de poder entre escolares o con el anglicismo bullying) es un grave problema que afecta a millones de escolares de Educación Primaria y Educación Secundaria en todo el mundo. Y es un enemigo silencioso que se nutre de tres venenos (la soledad, la tristeza y el miedo) y con tres protagonistas (los agresores, las víctimas y los testigos, cada uno de ellos con unos perfiles bastante característicos). 

Tal es el calibre de este problema que el 2 de mayo se conmemora el Día internacional contra el acoso escolar, cuyo principal objetivo es erradicar la violencia y el acoso escolar en los centros educativos, y, con ello, intentar construir escuelas seguras donde los escolares puedan crecer en un clima de respeto. Y esto es labor de todos, una labor educativa y preventiva en un inicio. 

Aunque el acoso escolar es un fenómeno que existe desde siempre, se ha generado una mayor sensibilización social sobre este grave problema en las últimas décadas, gracias, entre otros, a los medios de comunicación. Y donde el cine no hasido (ni debe ser) ajeno a ello, pues el mensaje debe quedar claro: “todos contra el bullying”. Y hoy proponemos un viaje por 7 películas argumentales. Estas películas son, por orden cronológico de estreno: 

- Klass (The Class) (Ilmar Raar, 2007), para descubrir la gestación de la violencia que genera el maltrato por abuso de poder entre escolares. 

- Cobardes (José Corbacho y Juan Cruz, 2008), para conocer al agresor, la víctima y los testigos del bullying. 

- Después de Lucía (Michel Franco, 2012), para denunciar esa lacra social que es el cyberbullying

- Marion, 13 años eternamente (Marion, 13 ans pour toujours, Bourlem Guerdjou, 2016), para visualizar el peligro que puede esconderse detrás de las aulas. 

- El silencio roto (Piluca Baquero, 2017), para reconocer a todos los actores implicados en el acoso escolar. 

- El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), para vivir el acoso escolar entre el héroe y el villano, entre el alumno y el profesor. 

- Un pequeño mundo (Un monde, Laura Wandel, 2021), para devolver la mirada del acoso escolar desde el patio de recreo. 

Siete películas argumentales para sumarnos a la lucha contra el acoso escolar, esa lacra social que no cesa y persiste en el siglo XXI.  

 

sábado, 28 de enero de 2023

Cine y Pediatría (681) “Butter” y “Cerdita”, distintas caras del bullying en la obesidad

 

La obesidad se considera un problema de salud pública mundial dado el aumento de su prevalencia, su continuidad en la edad adulta, los cambios en los estilos de vida de la población, la comorbilidad que se asocia y la baja percepción del riesgo por parte de la población. En los últimos años, la obesidad ha ido aumentado de forma alarmante a nivel mundial y ello también afecta a la prevalencia de obesidad infantojuvenil, donde se aprecia un ligero predominio en varones y se asocia con clase social y nivel de estudios inferiores. 

Dentro de los tipos de obesidad, la más frecuente es la exógena o poligénica, cuya etiología es multifactorial; otras causas (como la obesidad monogénica, la obesidad asociada a síndromes polimalformativos o la obesidad secundaria) son menos frecuentes. Y un tema clave en su manejo es que el mejor tratamiento de la obesidad infantil es la prevención, ya que es muy difícil tratar la obesidad una vez establecida. Porque son múltiples las comorbilidades que se derivan de la obesidad (más preocupantes cuanto mayor índice de masa corporal), a nivel de todos los órganos y sistemas, con el síndrome metabólico como santo y seña. Pero donde cabe destacar a esta edad las importantes alteraciones psicológicas, pues se ha encontrado relación entre la obesidad en niños y el temperamento de reactividad negativa, actitudes negativas, insatisfacción corporal, distorsión de la imagen corporal, acoso escolar, ansiedad, depresión, baja autoestima y trastornos de comportamiento. 

Y al respecto hoy recordamos la película estadounidense Butter (Paul A. Kaufman, 2020) que aborda estos últimos aspectos en esta cinta juvenil con un mensaje esperanzador y que fue galardonada con los premios a mejor director, mejor guion y mejor actor en los New York Film Awards. Y que comienza con este correo electrónico que nuestro protagonista, un adolescente con obesidad mórbida por nombre Butter (Alex Kersting), redacta en su web personal Butterfinalsmeal.com: “¿Creéis que ahora como mucho? Eso no es nada. Conectaos en Año Nuevo, a medianoche, cuando transmita mi último atracón en directo. No aguanto otro año en este disfraz de gordo. Si podéis digerirlo, estáis invitados a ver cómo me mato comiendo”. 

Butter realiza controles médicos habituales con el Dr. Bean (Ravi Patel) para intentar controlar sus 192 Kg de peso, por lo que se entiende su autocrítica: “Me había abandonado a mí mismo…Comía para sentirme satisfecho. Comía para aliviar mi dolor. Comía para olvidar”. Pero no es de extrañar, viendo los desayunos y comidas que le pone su amorosa madre separada (Mira Sorvino), un amor mal entendido, sin duda. Y no sorprende que fuera sometido a vejaciones entre algunos compañeros de clase y se sincera así ante su profesor de música: “No tengo amigos. Todos me miran y me juzgan por como soy. ¡Me marginan!”. Porque Butter tiene en su saxo a su mejor amigo y en los momentos más complicados toca en la montaña de noche y reflexiona: “Con cada nota que tocaba me permitía un poco más de autocompasión. Sol, padres que te abandonan. La bemol, gente que te observa, pero que no te ve en realidad. Si bemol, chicos que preferían verte comer que escuchar lo que tienes que decir. Si, necesito que me escuchen”. 

Y Butter se enamora de forma virtual y oculta de Anna (McKaley Miller), la chica más guapa del instituto. Y se hace pasar por otro a través del anonimato de las redes sociales. Pero con la llegada del Año Nuevo, un nuevo fracaso y el cyberbullying al que es sometido, decide retransmitir por la web su muerte comiendo, tal como había anunciado previamente. Y logra sobrevivir tras dos días en coma, de ahí las palabras de su madre: “Sabía que estabas sufriendo, pero no que te habías cansado de vivir”. 

Y al son de la canción de Charlie Parker, “Chasin` The Bird”, Butter se perdona a sí mismo y se reconcilia con su padre, con sus compañeros y con la vida… todo muy “made in USA”, con el valor de las segunda oportunidades. Porque esta película nos habla de los jóvenes con cuerpos no normativos y del acoso escolar, en esta comedia dramática gracias especialmente a la buena y carismática interpretación del debutante Alex Kersting como Butter. 

Y con esta película no queremos dejar de recordar uno corto español, Cerdita (Carlota Pereda, 2018), un cuento de terror sobre el bullying en una adolescente obesa con inesperados giros de guion en sus 14 minutos de metraje. Y que, como pasa con frecuencia con los cortometrajes de éxito, se realizó el largometraje recientemente – y recordamos un caso similar con el corto Madre de Rodrigo Sorogoyen y su posterior película homónima –, Cerdita (Carlota Pereda, 2022), la ópera prima de su directora en este formato y para el que contó con la misma actriz para interpretar a la adolescente Sara (Laura Galán). 

Dos maneras de abordar el bullying en las personas obesas, en la primera película como una comedia dramática, en la segunda como un thriller de terror.  Y es que la obesidad mórbida no trae buenas consecuencias. Pero algo falla en la prevención cuando cada vez es más prevalente en la infancia y adolescencia. Eso sí que es un drama terrorífico...

 

sábado, 3 de septiembre de 2022

Cine y Pediatría (660) “Un pequeño mundo” en el patio de recreo

 

Dos hermanos se abrazan en la entrada al colegio de un nuevo curso. La pequeña Nora (Maya Vanderbeque), de 7 años, solloza, y el mayor, Abel (Gunter Duret), le dice: “Vas a estar bien, te lo juro. Nos vemos en el recreo”. Una escena realmente sorprendente para la pequeña actriz, de una contención que sobrecoge de principio a fin en esta película belga, por título Un pequeño mundo (Laura Wandel, 2021). Ya en el comedor escolar, busca a su hermano. No tiene hambre. Y en el patio de recreo aprecia algo que no comprende cuando otros alumnos le amenazan a Abel: “Aquí somos los jefes, De aquí no te mueves. ¡Como hables te mato! ¡Cállate la boca¡ No te muevas, no me mires”

Porque Un pequeño mundo es una película más sobre el acoso escolar o bullying, pero muy especial. Pues a diferencia de la mayoría de otros filmes que se pone a la altura del acosado, de los acosadores o de los padres, aquí el acoso escolar es visto desde una cámara a la altura de los ojos de Nora, una pequeña actriz sorprendente de inicio a final. Nora intentar proteger a su hermano en un medio tan hostil como puede llegar a ser el colegio. Nora llega a abrazar a su hermano y le pregunta: “¿Por qué hacen eso?” Y Abel le pide un pacto de silencio, para no contarlo a nadie, tampoco a su padre. Y a Nora le resulta más difícil de entender esto que lograr hacer el nudo de sus zapatos. 

Pero hasta las pequeñas compañeras de Nora son crueles en sus comentarios frente a su hermano y su padre. Una crueldad pueril y cotidiana, pero crueldad. Y el entorno no siempre ayuda: “A esta edad es normal pelearse”, excusa una profesora, aunque Nora intenta sacar a la luz la verdad, pero llega a entender que “cuando ayudas, peor”. Y cuando se descubre la verdad, entre los hermanos y el padre todo se enrarece. 

Vale la pena recomendar esta película en todos los sentidos, un pequeña joya de tan solo 72 minutos, suficientes para ver y pensar. Porque Laura Wandel, la directora (y también guionista), que se estrena el largometraje aquí, evita redundancias innecesarias y va al grano, siguiendo con su cámara de cerca a la protagonista, nutriendo la puesta en escena del poderío visual que aportan los primeros planos y el buen hacer de los jóvenes intérpretes. Y nos sumerge en ese microcosmos, en ese pequeño mundo, que es el patio de un colegio, donde Nora va a ser testigo de los malos tratos, humillaciones y vejaciones que sufre su hermano, debatiéndose entre la lealtad al mismo, que le pide guardar silencio, y los dictados de la razón que claman por desvelar semejante atropello. 

Un cruel poema infantil para sentir la cotidianidad del acoso escolar y las dificultades para atajarlo. Y eso sentimos como espectadores que acompañamos a Nora en el colegio (y donde los adultos pasan a un evidente segundo plano en la película), quien observa y sufre ante lo que ve con la rebeldía, espontaneidad e incredulidad de hermana pequeña. Y cuando se pasa de presa a depredador (porque la violencia se contagia) y cuando siempre aparece una nueva presa en los patios escolares. Porque toda la narración de Un pequeño mundo transcurre en el centro docente y, sobre todo, en los momentos de recreo (ya sea el patio, los pasillos, el baño, el comedor, la piscina) donde nos impone una atmósfera intimidatoria, dónde la violencia soterrada se respira, se siente… hasta el desgarrador final. Y así trasciende de la mera narración del buylling, para también ser una buena película de realismo social, que vive de lo mejor del cine social de Bélgica: hablamos de los hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne, cuya estética y ética ya hemos conocido en Cine y Pediatría: Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño (2005) o El niño de la bicicleta (2011).   

Película minimalista llena de detalles. Aquí el acoso escolar pone la cámara a la altura de su joven protagonista, y con frecuencia casi todos los personajes están fuera de foco. Nora siempre está presente y nítida, pero al resto (especialmente los adultos como el padre y profesores) no veremos sus rostros si no se ponen a la altura de la pequeña. Toda la banda sonora es el bullicio de un patio de recreo, prescindiendo de cualquier acompañamiento musical. La historia narra lo imprescindible y por mucho que nos preguntemos dónde está la madre de Nora y Abel, no vamos a obtener respuesta. Pero esa no es la esencia. 

Es Un pequeño mundo un buen debut de su directora a través de esta obra cautivadora e intensa sobre la complejidad de encajar en un lugar y el comportamiento adecuado en un microcosmos donde la violencia evita los radares adultos. Un relato iniciático reconstruido por una película original, y una tarea difícil y conmovedora para los pequeños arrojados a la arena del mundo (o a los patios de las escuelas, el primer lugar donde entendemos cómo funciona la sociedad). Una pequeña gran película que nos recuerda que ese pequeño mundo que los niños escolarizados viven puede ser un gran infierno para ellos… y ningún adulto (pero sobre todo el profesorado y los padres) debe olvidarlo y estar atento para abortar cualquier señal de bullying en un centro escolar. Esto ya lo hemos denunciado desde Cine y Pediatría en numerosas películas. 

Recientemente hemos publicado un libro sobre “Trilogías del séptimo arte para pediatras” y elegimos tres películas sobre el tema del acoso escolar, de aconsejable prescripción: Después de Lucía (Michel Franco, 2012), Marion, 13 años eternamente (Bourlem Guerdjou, 2016) y El silencio roto (Piluca Baquero, 2017). Pues bien, es probable que Un pequeño mundo ya forme parte de ese listado.  

 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Cine y Pediatría (619) “El profesor (Teacher)” y el acoso escolar entre el héroe y el villano

 

Son muchas las películas que desde Cine y Pediatría han abordado el tema del acoso escolar (también conocido con el anglicismo bullying) y también muchas las películas que se han aproximado al mundo de la educación desde el punto de vista de un profesor coraje que quiere cambiar a sus alumnos. Pero la fusión de ambos temas es lo que nos ofrece la película estadounidense El profesor (Teacher) (Adam Dick, 2019), una buena ópera prima de su director que nos devuelve una vigorosa narrativa y una sensación de desasosiego latente que mantiene la tensión durante los 100 minutos de metraje. 

Mr. James Lewis (David Dastmalchian) es un joven profesor de inglés que intuimos que lidia con sus propios fantasmas, consecuencia de las secuelas traumáticas de una niñez en la que sufrió acoso escolar y también el maltrato físico y psicológico de un padre alcohólico. El profesor vuelve a revivir en su presente cómo dos alumnos de 16 años del instituto (Daniela, una chica sudamericana, y Preston, un introvertido chico aficionado a la fotografía) son asediados, insultados y ridiculizados sin cesar. Y él se implica para que no se repita su historia, e intenta apoyarles y alejarles de los alumnos que intentan injuriarlos, pero deberá enfrentarse a un sistema educativo cobarde que prefiere mirar hacia otro lado, sin tomar medidas para prevenir estas situaciones. 

El profesor de esta película utiliza la literatura shakesperiana para mostrar a sus alumnos la delgada línea que separa al héroe del villano, y como muchas veces comparten sentimientos o características. Y lo hace a través de la lectura y análisis de “El mercader de Venecia”, esa historia de Bassanio y Porcia, de Graciano y Nerissa, y especialmente la relación entre el mercader Antonio y Shylock, el usurero judío. Y esa deuda de carne que Shylock adquiere sobre Antonio si la suma de dinero no es devuelta en la fecha indicada. Y esta diferencia entre héroes y villanos tan definidos (o no) cuando el acoso escolar amenaza una clase y a sus alumnos es la cuestión central que se nos plantea, como una cuestión moral al espectador: ¿cuál es la actitud ante una denuncia desoída de acoso escolar?, ¿debemos tomarnos la justicia por nuestra mano o aguantar y seguir alimentando una cadena de violencia? 

Y a lo largo de la historia, Preston sufre agresiones físicas (que incluso terminan con un ingreso hospitalario por secuelas graves) y Daniela sufre agresiones morales y ciberacoso a través de la creación de una web pornográfica, huella que en internet se hace imborrable (y que finaliza con un intento de suicidio...y casi lo consigue). “¿Me tienes miedo, verdad? Solo di que me tienes miedo y que eres un maricón de mierda y pararé”, son algunas de las humillaciones verbales que oímos. Y aunque este ascenso de la violencia es denunciado por el profesor, la dirección del centro escolar lo tapa, y los padres de Tim, el cabecilla de los acosadores, tienen una reacción muy paradójica. Y finalmente llega la solución más fácil (y la más errónea): el director del instituto opta por expulsar al profesor, para que no siga causando molestias; y el padre de Tim (Kevin Pollack) también le acosa - en una de las escenas más duras por la contención verbal de las amenazas que se oyen -, porque en el fondo los patrones se repiten. 

Y es entonces cuando la estrecha frontera entre héroe y villano que nos muestra “El mercader de Venecia” aparece en su vida. Porque entonces el profesor decide actuar por su cuenta, y sus acciones entran en una espiral cada vez más complicada, donde no se sabe donde acaba el hombre justo y donde comienza el psicópata. Y se convierte en un antihéroe que intenta vengar a esos alumnos que sufren los mismos problemas que él tuvo en su infancia y así le dice al acosador cabecilla: “Entiendo que eres un mierda privilegiado y consentido que puede dejar ciego a un chico un día y al siguiente fanfarronear en internet con una chica sobre una fiesta en un yate metiéndose rayas… ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué nos lo hiciste a todos?” Y entonces Tim reconoce que su padre le maltrata para conseguir los retos académicos y en el deporte, lo que él llama “entrenamiento”. Y repite estereotipos.

Y otro giro de la historia nos aboca a un desenlace inesperado. Allí donde el padre de Tim confiesa “Tal vez no te guste, pero el miedo es la manera de obtener respeto”, y el profesor dice a su alumno: “Tim, piensa en quién podrías ser si no estuvieras criado en esta casa”. Y en ese final en otra clase vuelve a surgir la duda entre el héroe y el villano que nos dejó “El mercader de Venecia”. Porque El profesor (Teacher) nos devuelve un original guion para tratar un tema tantas veces visto y que transita desde el abuso escolar al abuso de poder

Y hoy, 20 de noviembre, en el que celebramos la Convención de los Derechos de la Infancia, esta película es un buen homenaje. Recordamos que en 1924 tuvo lugar la Declaración de Ginebra, considerada la primera declaración sobre los derechos de los niños, en lo que era un breve texto de sólo cinco artículos, en los que se proclaman los derechos de los niños a tener una vida digna, a ser estimados, cuidados y protegidos, a ser educados. Y el 20 de noviembre de 1959 fue aprobada por la ONU la Declaración de Derechos del Niño que se basa principalmente en la defensa de los derechos de promoción (el nombre, la nacionalidad, el domicilio, la educación, la salud, el juego), los derechos de protección (contra la tortura, los maltratos, la explotación sexual y económica, los conflictos armados) y los derechos de participación (escuchar su opinión, valorar su interés). Y ni que decir tiene que el maltrato que supone el acoso en los entornos educativos atenta de forma directa contra ellos. Y no debiera de haber ninguna duda a la hora de diferenciar quiénes son los héroes y quiénes los villanos en esta lacra social. 

No confundir esta película con la titulada El profesor (Detachment) (Tony Kaye, 2011), ya comentada en Cine y Pediatrí, y que es una de tantas buenas películas alrededor de la educación y de las aulas. 

 

sábado, 14 de noviembre de 2020

Cine y Pediatría (566): “Bruno” y las vestimentas sagradas

   


Algunos actores y actrices, tras dejar detrás de sí películas taquilleras y papeles inolvidables, deciden coger el control de sus propias productoras. Hoy, con motivo de la película que nos convoca, revisamos cómo algunas actrices cruzaron al otro lado de la cámara y pasaron de actrices a directoras o productoras. He aquí algunos ejemplos por orden alfabético: Jennifer Aniston, Kathryn Bigelow, Drew Barrymore, Angela Bassett, Valeria Bruni Tedeschi, Julie Delpy, Leticia Dolera, Tina Fey, Agnès Jaoui, Angelina Jolie, Brie Larson, Ida Lupino, Jada Pinkett Smith, Sarah Polley, Natalie Portman, Margo Robbie, Kristen Stewart, Barbra Streisand, Agnès Varda, Olivia Wilde, Reese Witherspoon, entre otras. 

Y, entre ellas, algunas ya forman parte de Cine y Pediatría: como Jodie Foster con El pequeño Tate (1991),   Diane Keaton con Héroes a la fuerza (1995)  Sofía Coppola con Las vírgenes suicidas (1999) y The Bling Ring (2013),    Valerie Donzelli con Declaración de guerra (2011),  Iciar Bollaín con El olivo (2016) y  Greta Gerwing con Mujercitas (2019).  Y hoy, a esta lista se suma Shirley Maclaine, una artística en mayúsculas cuya labor profesional en el teatro, el cine y la televisión se ha extendido durante más de 60 años y le ha premiado con los reconocimientos más importantes de la industria cinematográfica. Ella ha sido actriz, cantante, bailarina, escritora y activista estadounidense… y ocasionalmente directora. Papeles inolvidables con nominación a Oscar a mejor actriz en Como un torrente (Vincente Minnelli, 1958), El apartamento (Billy Wilder, 1960), Irma la dulce (Billy Wilder, 1963), Paso decisivo (Herbert Ross, 1977), premio que finalmente consiguió con La fuerza del cariño (James L. Brooks, 1983). Y que nos dejó una pequeña película como directora, su primera (y única) obra detrás de las cámaras en el año 2000: Bruno. 

Bruno Battaglia (Alex D. Linz) es un pequeño genio de 9 años al que la vida no le da muchas facilidades para ser como es, ni en casa ni en el colegio. En casa porque se ha criado solo con su madre Ángela (Stacey Halprin), muy acomplejada por su obesidad mórbida, con pocos amigos y con un marido que la abandonó. Su padre Dino (Gary Sinise), un policía de Nueva York, se fue de casa y vive con otra mujer, haciendo su vida independientemente de Bruno y de su madre. Y en el colegio de monjas, regentado por una madre superiora (Kathy Bates), es el centro de las burlas de sus compañeros por razón de su afición a vestirse con ropas de chica,. Aún así, Bruno no está dispuesto a cambiar y nos regala sus reflexiones: “Me enseñaron que todos nacemos con el pecado original y es posible que nunca alcancemos el perdón. Me preguntaba cuál era mi pecado” o “A veces, en la Tierra, se pueden encontrar algo parecido a un pedazo de cielo. Y, a veces, en la Tierra, un poco de cielo te puede encontrar a ti”

Salvo su madre, pocos entienden a Bruno. De hecho su padre se siente muy molesto con él y y comenta: “¿Qué tipo de niño va a la cama con un camisón?”. Y en el colegio cantan al unísono los alumnos como un himno: “La escuela católica hará de mi un hombre”. Menos mal que allí conoce a una compañera tan peculiar como él, su amiga Shawniqua (Kiami Deavel), a quien le gusta llevar pistolas de vaquero, y vive con un hermano, pues le cuentan que su madre murió de cáncer de mama y su padre vive en Afganistán. Dos niños diferentes, a ella le gusta Diana Ros y a él María Callas, a ella le gusta ponerse pantalones y a él sus faldas. Porque estos dos amigos nos permite diferenciar el significado de sexo y género, la orientación sexual y la identidad de género. Porque Shawniqua se siente más como un chico, porque Bruno se siente más como una chica. Y él es acusado y acosado por homosexual en el colegio. 

La vida de Bruno cambia cuando su madre sufre un infarto (tenía papeletas) y tiene que ir a vivir con su padre y la abuela paterna (papel reservado para la propia Shirley MacLaine). Y allí descubrimos que su padre fue similar a Bruno, pero no le dejaron expresarse: “Es un mariquita como yo, ¿recuerdas?”, le dice a su madre, pero ella no lo acepta tampoco. Y así, cuando la abuela le pregunta a Bruno, “¿por qué quieres ser una niña?”, y él le explica que son sus vestimentas sagradas y que le dan poder. Y también se defiende cuando es recriminado por la madre superiora en el colegio por su forma de vestir: “Todos los grandes maestros usan vestidos”

Y un concurso de deletreo, tan habitual en Estados Unidos, le da ese toque hollywoodiano a la historia con final feliz. Porque como nos recuerda Bruno: “A veces, cuando menos te lo esperas, ocurre un milagro. Y la gente se vuelve más lúcida. Comprende”. Y gana el concurso estatal de deletreo y le permite viajar a Washington al Catholic Spelling Competition y, al ganarlo, el premio era ser recibido en Roma por Juan Pablo II. Y así termina, siendo recibido por el Papa en los Jardines del Vaticano, con esta reflexión final de nuestro pequeño protagonista: “A veces, cuando creemos que en nuestros sueños nos persiguen, descubrimos que realmente nos perseguimos a nosotros mismos”. 

Y este fue el debut como directora de la actriz Shirley MacLaine, con esta pequeña película de corte independiente que mezcla la comedia con el drama y que, sin duda, plantea más preguntas de las que responde. Pero que son preguntas necesarias. Y para ello mezcla aspectos de otras películas previas, pues vemos guiños a Mi vida en rosa (Alain Berliner, 1997) por la identidad sexual de nuestro protagonista, pero también ¿A quién ama Gilbert Grape? (Lasse Hallström, 1993) por esa madre con obesidad mórbida tan peculiar y a Spellbound (Al pie de la letra) (Jeffrey Blitz, 2002), por ese concurso de deletreo que todo lo cambia.    

Una película sencilla para ver en familia y mostrar el respeto que merecen las personas, todas las personas y desde la más tierna edad, aunque sean diferentes a nosotros o a nuestro pensamiento. Una película para reflexionar sobre la diferencia entre sexo (hombre o mujer, y que es su condición biológica que se determina al nacer y está asociado principalmente por atributos físicos como cromosomas, hormonas y anatomía interna y externa) y género (se refiere a roles construidos socialmente, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera apropiados para niños y hombres, o niñas y mujeres). Y también para diferenciar entre orientación sexual (se refiere al sexo hacia el que una persona se siente atraída en el plano emotivo, romántico, sexual y afectivo, de forma que si a una persona le atrae un miembro del sexo opuesto, entonces es heterosexual y si se siente atraída por una persona del mismo sexo, entonces es homosexual; pero donde también cabe la bisexualidad si a una persona le atraen miembros de ambos sexos) e identidad de género (se refiere a la conciencia de una persona de sentir pertenencia al sexo masculino o femenino, pues se puede sentir una identidad de género distinta de sus características fisiológicas innatas: por lo tanto, una persona puede sentirse mujer aunque haya nacido con el sexo masculino, o puede sentirse hombre, aunque haya nacido con el sexo femenino). 

Y quizás las preguntas que nos deja la película Bruno ronden alrededor de una respuesta llena de de amor, de ese sexto sentido o de ese "sexo sentido”: que sea cual sea nuestro sexo, género, orientación sexual e identidad de género, lo más importante es que todos somos principalmente personas, y como tal, merecedoras de respeto y de libertad para elegir cómo queremos vivir nuestra vida. Y lo cual no lleva implícito que todos los caminos que se eligen sean fáciles. Y esas emociones y reflexiones se nos plantea en una película tan aparentemente sencilla como Bruno.

 

sábado, 30 de noviembre de 2019

Cine y Pediatría (516). “Marion, 13 años eternamente” y el peligro que se esconde tras muchas aulas


«Marion, hija mía, te suicidaste el 13 de febrero de 2013 a los 13 años. Bajo tu litera encontramos tu celular amarrado a un hilo, colgado para expresar simbólicamente que cortabas las palabras de quienes te torturaban en la escuela con insultos y amenazas. Escribo este libro para que todas las personas que lo lean extraigan lecciones de tu muerte; para que los padres eviten que sus hijos sean víctimas, como tú, o verdugos, como quienes te destruyeron. Escribo este libro con el fin de que nos tomemos en serio el acoso escolar». Este es el testimonio de Nora Fraisse, madre de Marion, y este es el pensamiento que introduce a su libro “Marion, 13 ans pour toujours” coescrito con en colaboración con Jacqueline Rémy, la historia de un problema universal, el acoso escolar (más conocido con el anglicismo “bullying”), y de un problema muy personal. Y una historia así era claro que se adaptaría al cine, y así lo hizo con un título homónimo en el año 2016 el director Bourlem Guerdjou: una película para la televisión que conmocionó a Francia entera, con un record de más de 4 millones de espectadores en su estreno.

Y la película Marion, 13 años eternamente comienza así: “Esta película es una obra de ficción inspirada en hechos reales”. Un película con tres partes marcada por un inicio donde no se oculta ninguna carta: el suicidio de una adolescente con un pensamiento previo de su madre: “Eso de las redes sociales me preocupa”. A partir de ahí una segunda parte que comienza con el “6 meses antes”, donde se intenta explicar cómo se ha llegado a ello; y una tercera parte en la que los padres intentan superarlo y donde la madre intenta esclarecer el por qué de lo que le ha ocurrido a su hija.

El antes de… nos presenta una reunión de profesores y padres en el instituto donde, una vez más, no aceptan el cambio de clase de Marion (Luàna Bajrami). Porque ella es una buena alumna que convive en una típica clase de adolescentes que hacen la docencia muy complicada a los profesores, la enseñanza muy difícil a los alumnos que quieren aprender y la vida imposible a quien, como ella, se atreve a apoyar a los maestros frente a los matones de turno. Y a partir de ahí comienza el ciberacoso a través de los mensajes por las redes sociales: “Mañana en la parada del autobús estás muerta” o “Da igual lo que hagas, eres una puta”.

Con ello comienza a sufrir y solo un compañero, Romain, le apoya y aparece como una pequeña luz en la tormenta que empieza a ser su clase. Se siente diferente y apuntada por no tener perfil de Facebook y Marion llega a decir a su madre: “Esto es un asco. Quiero ser como los demás”. Y pasan los días y aumenta el acoso, y hasta su mejor amiga le da de lado. Y se incrementan los mensajes por su teléfono y su ordenador: “Molaría que desaparecieras”, “Me acabo de cruzar contigo y casi vomito”. Y a medida que el acoso físico, verbal y moral es más violento Marion comienza a ser invadida por la tristeza, el insomnio y la falta de apetito. Y como espectadores comenzamos a sentir la misma asfixia que nuestra protagonista.

Violencia en las aulas, en los pasillos, en el patio de recreo, en los vestuarios,… Y todo ello ante la inanición de los profesores, de esos colegios cómplices y cobardes donde no se activan los protocolos de acoso escolar. Y ella se aferra a lo poco que ya le queda y le dice a Romain: “¿Sabes?, si vengo a clase es por ti. Si algún día me dejas…”. Pero el acoso escolar (el implacable bullying) destroza a cualquiera y también pudo con Marion. Y antes de acometer el suicidio dejó escrita una carta narrando lo ocurrido hasta llegar allí.

El después de… es quizás la parte más dura. Cuando los padres, en pleno duelo, intentan entender… y se encuentran con un director del colegio que escurre toda la responsabilidad y con el juicio de una sociedad que ni tan siquiera asume la compasión. Y esa madre coraje (la actriz Julie Gayet, incomprendida en ocasiones hasta por su marido: “Remover la mierda no me lo devolverá”) que lucha para que el Ministerio de Educación tome las medidas judiciales oportunas por el bien de la infancia, principalmente frente al colegio y profesores cómplices que no solo mantuvieron silencio, sino que negaron la realidad y no mostraron la menor compasión, pues ni al entierro acudieron (para rehuir cualquier responsabilidad).

Una madre que busca respuestas… y pregunta a los compañeros de su hija, a los padres de aquéllos, a los profesores. Pero solo recibe el silencio y el rechazo. Y el dolor se nos multiplica, porque a todo el mundo le molesta que busque la verdad,, incluso a su marido: “Necesito silencio para comenzar mi duelo”. Y hasta el hijo pequeño del matrimonio escribe a su madre, ante tal obsesión: “Baptiste y yo estamos aquí. Ocúpate también de nosotros”.

Una madre a la que le faltan las fuerzas en ocasiones, pues se siente como una apestada que puede dañar con sus preguntas a una sociedad cómplice: “Es muy duro sentirse aislado”. Pero su colofón es claro: “No dejaremos que los que te hicieron daño se salgan con la suya. Vamos a seguir luchando y luchando. No pararemos. Estamos contigo”.

No es difícil entender que Marion, 13 años eternamente es una película muy aconsejable para prescribir en las aulas y en las familias. Pues esta película basada en hechos reales está construida para seguir las huellas del acoso escolar y donde el espectador, omnisciente con la cámara, ve lo que sucedió y sigue todo el viaje de los protagonistas hasta un viaje final que se conoce desde el principio. Porque Nora Fraisse quería contar la historia de su hija para advertir sobre el peligro que se esconde en muchas aulas. Y es una película que no olvidaremos, como una madre no olvida a su hija. “Marion, aunque tu corazón haya dejado de latir, el mío late y combate por ti”.

Marion, 13 años eternamente fue todo un éxito en Francia… y no me extraña. Y muchas son las películas que abordan el bullying, pero esta debe ocupar un lugar privilegiado por la directa realidad que emana. Y esta película debe ir de la mano de la película española El silencio roto (Piluca Baquero, 2017), también basada en la experiencia personal de su directora con su única hija acosada. Y con ambas películas prescribimos el hastag #TodosFrentealAcosoEscolar. 

sábado, 15 de junio de 2019

Cine y Pediatría (492). “Déjame entrar”... en tu vida


Las películas de vampiros son todo un subgénero dentro del terror. Algunas son muy reconocibles, como Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), Vampiros de John Carpenter (John Carpenter, 1998), Van Helsing (Stephen Sommers, 2004) o Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007).

Una fama que se vio reactivada por tres sagas, una trilogía y dos pentalogías. La saga Blade, que comenzó con Blade (Stephen Norrington, 1998), y continuó con Blade II (Guillermo del Toro, 2002) y Blade Trinity (David S. Goyer, 2004). La saga Crepúsculo, que comenzó con Crepúsculo (Catherine Hardwicke, 2008) y continuó con Luna Nueva (Chris Weitz, 2009), Eclipse (David Slade, 2010) y Amanecer, parte I y parte II (Bill Condon, 2011 y 2012). Y la saga Underworld, que comenzó con Underworld (Len Wiseman, 2003), y continuó con Underworld: Evolution (Len Wiseman, 2006), Underworld: La rebelión de los licántropos (Patrick Tatopoulos, 2009), Underworld: El despertar (Måns Mårlind, Björn Stein, 2012) y Underworld: Guerras de Sangre (Anna Foerster, 2016).

Pero una de estas películas sobre vampiros que hoy nos reúne tiene algo especial, pues es mucho más que una historia de vampiros, pues a través de la amistad de un niño y una niña adolescentes aborda el lado oscuro de la humanidad, tratando temas como el acoso escolar, alcoholismo, pedofilia, pederastia, prostitución, suicidio y asesinatos junto con temas sobrenaturales y también con la amistad y el amor como salvación. Todo comenzó en el año 2007 cuando el escritor sueco John Ajvide Lindqvist escribe “Déjame entrar”, una novela que se centra en la relación entre Oskar, un niño de 12 años y Eli, una criatura con apariencia de niña de la misma edad que Oskar, pero que en realidad es una criatura de más de 200 años con hábitos de vampiro: se alimenta de sangre de seres vivos para mantenerse activa. Son varios los personajes de la novela, y por medio de ellos el autor describe la vida en los suburbios de Estocolmo a principios de la década de 1980 gran parte de la miseria humana. El título hace referencia a la canción "Let the Right One Slip In" de Morrissey, pero también al mito folklórico que afirma que los vampiros no pueden entrar en una casa sin ser invitados.

Y de esa novel surgieron dos películas, la original y la copia. En 2008 se estrenó la película sueca Déjame entrar (Låt den rätte komma in), dirigida por Tomas Alfredsson y protagonizada, donde Oskar (Kåre Hedebrant) es un adolescente tímido sometió a acosos escolar que vive en Blackeberg, un suburbio de la ciudad de Estocolmo, quien conoce a su nueva vecina Eli (Lina Leandersson). En 2010 se estrenó el remake, la película estadounidense Déjame entrar (Let Me In), dirigida por Matt Reeves, situada en Los Álamos/Nuevo México y en donde los niños protagonistas adoptan los nombres de Owen (Kodi Smit-McPhee) y Abby (Chloë Moretz). Nos referiremos a esta última versión en donde reconocemos a los dos jóvenes protagonistas, pues ambos forman parte de emblemáticas películas de Cine y Pediatría: Kodi Smit-McPhee era el hijo de Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), y Chloë Moretz la hemos disfrutado y sufrido, respectivamente, en dos películas como La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011) y Carrie (Kimberly Peirce, 2013). Y curiosamente esta última era también un remake y también centraba el acoso escolar en el contexto de una película de terror, como la cinta que hoy nos convoca.

Y todo remake no está exento de polémica. Porque, salvo excepciones, el original suele siempre superar a la copia (como la novela suele superar a la película) y aunque esta copia de Déjame entrar es aceptable, parece que una nueva versión a los dos años de su estreno, resultaba, al menos, paradójico. Y algunos refieren que no aporta nada nuevo quizás esta versión de Matt Reeves, más bien le restaría en relación a la contención de la versión sueca y a la compleja descripción de sus personajes. Pero entremos en materia....

Todo comienza con una primera escena en una nevada noche en la que dos coches policía escoltan a gran velocidad a una ambulancia, en la que tratan de salvar la vida a una persona que se ha quemado la cara con ácido. Un policía le pregunta, “Queremos saber quién eres”, pero a continuación éste desfigurado personaje se tira por la ventana del hospital. Y, a continuación, retrocedemos a la historia acaecida dos semanas antes.

Y se nos presenta a nuestros dos jóvenes personajes. Owen es un joven adolescente que vive con una madre en proceso de separación, un niño algo bizarro que vigila a sus vecinos con un telescopio mientras realiza extraños juegos. Y que es considerado un friqui aniñado, por lo que sufre acoso escolar por los matones de su clase, y por ello su compañeros son el temor y deseo de venganza. De pronto, una niña de su edad se establece como vecina junto al que parece ser su padre. Su nombre es Abby y siempre anda descalza y solo sale de noche al parque, y le dice: “Sabes, no puedo ser tu amiga”. Una joven con un comportamiento extraño, que no recuerdo el día de su cumpleaños y que no reconoce lo que es el famoso cubo de Rubik.

Un niño ahora sin padre, una niña sin madre, dos jóvenes bizarros en su comportamiento que están llamados a iniciar a una amistad entre la glacial nieve externa y la helada temperatura emocional que los rodea para adentrarse juntos en un universo cálido, sólo para ellos, un pacto sellado con amor, dolor, miedo y entrega… y sangre. Abby le quiere ayudar a superar el bullying: “Dales con fuerza y dejarán de pegarte”.

Una atípica pareja de preadolescentes al margen de lo corriente, jóvenes que caminan de puntillas entre su propia forma de ser, su familia, el centro escolar y la sociedad. Allí donde Owen soporta los golpes y humillaciones de la vida parapetándose en su interior, pues su religiosa madre intenta superar las heridas de la separación con su marido y no percibe las heridas en su hijo. Y en su círculo que parecía no tener salida, aparece Abby, y la amistad se transforma en amor y por eso ella le dice: “¿Me querrás aunque no fuera una chica?”. Y él la dejará entrar… 

Una de las historias de amor adolescente más inquietantes que se han trasladado a la pantalla, una historia de aceptación incondicional, que ella intenta evitar por su secreto: “He de partir y conservar la vida, o quedarme y perecer”. Es una historia de comprensión sin palabras, pero con dudas, las dudas que Owen pregunta: “¿Crees que existe el mal?”. Y cuando Abby le declara: “Necesito sangre para vivir. Tengo 12 años, pero hace mucho tiempo que tengo 12 años”. Y pese a ello, seguir amando, amar en un infierno que para ellos es un paraíso encriptado, secreto, obviando el horror, la tragedia y la condena.

Porque todos necesitamos que nos dejen entrar en la vida de las personas que queremos, que necesitamos. Y como Abby, también “sangramos” si sentimos que no podemos formar parte de esas vidas. Algo así es esta especial película de vampiros, porque Déjame entrar nos hablar de amistad y amor en dos mundos imposibles que se necesitan.

Os dejamos los dos trailers. Que cada uno elija la versión que más le guste…

 

sábado, 6 de octubre de 2018

Cine y Pediatría (456). “Little Boy”, todo por su padre


Hoy finaliza el XV Curso Internacional de Pediatría que se está celebrando en la capital de Yucatán, en la blanca Mérida. Y con ello es el cuarto año seguido que los amigos pediatras de México me invitan a participar en sus eventos científicos: y así fue en el año 2015 en Monterrey, en el año 2016 en Puebla, en el año 2017 en Mérida y ahora nuevamente aquí, repetimos en la tierra de los mayas. Siempre aportamos varias ponencias, científicas principalmente, pero la que no falta en cada una de estas fiestas académicas es la ponencia relacionada con Cine y Pediatría, cada una diferente y como años previos ocurriera en Cartagena de Indias (2012 y 2014) o Mar del Plata (2013).

Por tanto, son ya 7 libros de Cine y Pediatría que coinciden con siete años presentes con los pediatras de Latinoamérica, colegas absolutamente sensibles y permeables a esta “oportunidad para la docencia y la humanización en la práctica clínica” que es nuestro proyecto. Lo que se dice una experiencia mágica alrededor del cine y de la infancia, una bonita historia de amistad con la Pediatría de telón de fondo, como mágica es la película y la historia que hoy nos convoca, una película mexicana que narra una historia familiar épica, donde la magia y la realidad se confunden: Little Boy (Alejandro Monteverde, 2015). 

Little Boy es la historia de la familia Busbee, quienes viven en la década de los 40 en el pequeño pueblo pesquero de O´Hare, California. Una familia cohesionada formada por un padre soñador que tiene un taller mecánico (Michael Rapaport), una madre realista y hacendosa (Emily Watson), London, el hijo adolescente y el hijo pequeño (Jakob Salvati), Pepper Busbee, a la postre nuestro protagonista y narrador. Y así comienza: “Tengo 8 años. Pero mi historia comienza el día que conocí a mi padre. Mi único amigo. Mi socio”. Y eso ya nos sitúa en lugar, fecha y tema: las relaciones familiares, especialmente las relaciones padre-hijo. Y con ello Little Boy se sitúa a mitad de camino entre tres películas que ya forman parte de Cine y Pediatría: entre Rómulo, mi padre (Richard Roxburgh, 2007), más por el fondo, y El extraordinario viaje de T.S. Spivet (Jean-Pierre Jeunet, 2013), más por la forma, pasando por la visión edulcorada de El tambor de hojalata (Volker Schöndorff, 1979), por esa visión que tiene un niño al que le cuesta crecer de un trasfondo bélico.

Pepper Busbee, debido a su baja estatura (nació pequeño y mantiene un hipocrecimiento armónico no filiado), sufre las molestias y burlas continuas del resto de niños del pueblo, que le llaman enano. Y todo el mundo le conoce con el apodo de “Little Boy”. Es por ello que el único amigo – y refugio - de Little Boy es su padre James, con el que cada día parece una aventura, quien le hacía creer que tiene los poderes del mago Ben-Eagle, y con el que tenía un lema común: “¿Crees que puedes lograrlo?”.

El mundo de Little Boy se derrumba cuando su padre es reclutado como soldado para ir a la Segunda Guerra Mundial y tiene que combatir en Japón. Entonces intenta hacer todo lo que puede para que su padre regrese, y por ello pretende aumentar su fe y entre las obligaciones que le pone el Padre Oliver (Tom Wilkinson) es que cumpla los actos de caridad de la Lista Ascentral (la de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, darle hogar al necesitado, visitar al enfermo, visitar a un prisionero, etc.), pero a la que añade hacerse amigo de Hashimoto (Cary-Hiroyuki Tagawa), un japonés que vive en la comunidad, pero que comienza a ser rechazado por representar la cara del enemigo en el conflicto bélico que Estados Unidos tenía en ese momento. Y el niño dice “Está bien. Lo haré… con tal de poder traer a mi papá de regreso”. Y a partir de ahí surge una especial amistad entre Pepper y Hashimoto, una amistad que nos recuerda a la de Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), pero cambiando los papeles: ahora es el adulto oriental el que ayuda al niño occidental. Y con la ayuda de Hashimoto, nuestro pequeño logra cumplir la Lista Ancestral mucho antes de lo que hubiera imaginado. Y le regala buenos consejos a Pepper: “Ponte de pie. No te midas de la cabeza al suelo. Mídete de la cabeza al cielo. Eso te convierte en el niño más alto de todo el pueblo”.

E inspirado por su héroe de cómic, Little Boy está convencido que puede lograr con su magia lo imposible: traer a su padre de vuelta a casa. Y al igual que su gesto logró provocar un terremoto - la pura coincidencia se alió como un mensaje -, cada día y frente al mar que apuntaba a Japón, intenta con su gesto parar la guerra, paso previo para que su padre (y tantos padres) regresen al hogar. Y la paz llega con un hecho tan dramático que nadie olvida, ni la Historia ni nosotros: la bomba de Hiroshima Y esta bomba que provocó una gran destrucción un el 6 de agosto de 1945 tenía por nombre “Little Boy”, nueva coincidencia que hizo que el pueblo le atribuyera el milagro a nuestro pequeño Pepper. Esta escena y giro de guión ha sido reprobado en ocasiones por jugar con un hecho tan doloroso y emular un milagro.

Pero faltaba por cumplir una misión de la Lista Ancestral, la misión de enterrar a los muertos… Y aunque había esperanza de que el padre prisionero de guerra volviera, no fue así, y es enterrado simbólicamente. Pero un giro de guión permite que la Lista Ascentral diera su resultado y se obrara el milagro, con distintas interpretaciones: “El padre Oliver dijo que Dios fue responsable del regreso de mi padre. Hashimoto dijo que fue la voluntad de mi padre por vivir. ¿Y yo? Yo seguía aferrado a mi semilla de mostaza porque el trayecto aún no había terminado”. Y es que entre la amistad del padre Oliver y su amigo Hashimoto hay un atisbo de intentar relacionar la fe católica con la filosofía oriental de la vida… y ambos intentan ayudar a nuestro pequeño protagonista.

Little Boy es una película que juega con las coincidencias, como juega con los sentimientos de los espectadores. Un juego que no gusta a todos los críticos cinematográficos como obra de arte (pese a la buena ambientación - filmada en Rosarito, Tijuana y otras localidades de Baja California –, y detalles técnicos como la música y fotografía), aunque quizás sí como película de cine familiar, con esos valores tan denostados como son las historias de superación, donde la fe y el amor, permiten luchar siempre hasta el final.

Fe, amor y esperanza hechos cine en Little Boy es lo que nos quiere regalar Alejandro Monteverde, con guión de su colaborador habitual, el productor Eduardo Verástegui, que tras Bella (2006) nos vuelven a proponer un cine de calidad vital, cine de sentimientos y de valores...Y no son tantos los que se atreven, aunque sean pocos los que consiguen una obra redonda.

Y es que muchos de los llamados críticos de cine pueden aceptar que el cine se utilice como cloaca (películas que traten temas reales, pero no positivos para la convivencia humana, con violencia gratuita, muertes con toque gore, sexo con manipulación de la mujer, etc.), pero no como púlpito (película con valores para la convivencia, incluida la fe, incluida la religión). Y quizá por ello una película tan sencilla como Little Boy da lugar a críticas polarizadas porque la fe, el amor y la esperanza en las familias se considera en el límite de lo pastelero, por exceso de sentimiento. Yo no soy crítico de cine, pero el cine tiene tanto derecho a mostrar la violencia de unas personas como la fe de otras. Y Little Boy tiene derecho a intentarlo todo por su padre… como algunos lo haríamos. Como lo haría la Dra. Maitte de la Ossa, alma del XV Congreso Internacional de Pediatría, a quien dedico esta película - como a todos los colegas del Colegio de Pediatras de Yucatán -, pues ella sabe bien de qué trata la vida.