sábado, 15 de febrero de 2014

Cine y Pediatría (214). De ”pijamas”, “libros” y otros valores desde la infancia contra la sinrazón


Hace tiempo dedicamos una entrada especial en Cine y Pediatría a la mirada inocente de la infancia ante el holocausto nazi. Ahondando en ese tema, hoy dedicamos esta reseña a dos películas muy especiales, con tres características en común: ser películas de éxito fundamentadas en el guión adaptado de novelas que han sido todo un best seller; tener como protagonista a niños escolares que viven en la época de la histeria nacionalsocialista en Alemania; y convertirse en películas inolvidables por la visión y los valores que nos devuelven los pensamientos de estos niños. 
Hablamos de El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) y La ladrona de libros (Brian Percival, 2013). Películas para adultos, pero que bien se puede aconsejar ver con los hijos a partir de los 8-9 años (la edad de los protagonistas), siempre que les acompañemos en su visionado, pues son historias que entrañan enseñanzas que conviene mostrar en familia. 

El niño con el pijama de rayas es una producción británico-estadounidense, que se basa en el best seller “The Boy in the Spriped Pyjamas”, escrito en el año 2006 por el irlandés John Boyne, y lo hace intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar. 

Narra la historia de Bruno (Asa Butterfield, visto recientemente en el papel protagonista de La invención de Hugo de Martin Scorsesse, 2011), un niño alemán de 8 años que vive en el Berlin de 1942 y que se tiene que trasladar con su familia a una nueva casa en el campo (en realidad un campo de concentración), dado que a su padre (David Thewlis), un comandante del Tercer Reich, le han dado un nuevo destino. Allí vivirá junto a su madre (Vera Farmiga), una madre sobreprotectora que no apoya el Reich, y su hermana adolescente. 
Bruno pasa los días aburrido y, en su afán explorador, conocerá a un Shmuel (Jack Scanlon), un niño de su misma edad que vive en los alrededores de la casa, detrás de una alambrada y viste un traje de rayas que parece un pijama. Bruno y Shmuel se hacen amigos y comienzan a verse con regularidad, separados por la omnipresente alambrada. Bruno, de vez en cuando, le lleva comida y Shmuel le cuenta cómo es su vida actual al otro lado de la alambrada, de cómo era antes y de su familia 

El niño con el pijama de rayas se convierte en un canto a la amistad y en un cuento moral, cuento que busca la perspectiva humana y poética que se esconde tras el horror. A medio camino entre la magia de La vida es bella (Roberto Beningni, 1997) y el horror de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) y que nos regala muchas escenas para el recuerdo, sutiles pero duras: los encuentros de Bruno y Shmuel a través de la alambrada, la del sirviente judío que cura una herida en la pierna de Bruno, las enseñanzas del maestro particular (y esa frase terrible: “Si encontraras un solo judío bueno, serías el mejor explorador del mundo”); y, sin duda, su escena final con cientos de pijama a rayas amontonados por delante de una puerta negra que insinúa todo el horror y ese grito desgarrador fuera de campo que se apaga tras el plano final con fundido en negro.

El impacto emocional es que a Boyne y Herman les interesa la mirada de Bruno, ese niño explorador que quiere comprender lo que ocurre a su alrededor, pero no lo entiende. Lo interesante es entrar en el universo infantil de quien no comprende por qué unos hombres con pijama son considerados basura, y esos instantes de humanidad tratados con sentimiento real, pero sin sentimentalismo fácil. Un cuento moral con la banda sonora de James Horner de fondo.

La ladrona de libros es una producción alemano-estadounidense, que se basa en el best seller “The Book Thief’, escrito en el año 2005 por el australiano Makus Zusak, y lo hace también intentando ser fiel al mismo y logrando no defraudar.

Narra la historia de Liesel Meminger (Sophie Nélisse, vista recientemente en Profesor Lazhar de Philippe Falardeau, 2011), una niña alemana de 9 años que vive en las afueras de Munich justo antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. La película comienza con la voz en off de un narrador poco habitual (la Muerte) y la cámara nos lleva entre las nubes y el humo de un tren al compartimento donde viajan Liesel con su madre y su hermano menor, quien muere en ese momento, antes de llegar a su destino: la casa de acogida de los Huberman, sus nuevos padres (un amable y bondadoso Hans -Geoffrey Rush- y una huraña Rosa -Emily Watson-).
Liesel no sabe leer y, curiosamente aprende con la ayuda de su nuevo padre, y a través de un libro demasiado peculiar: “El manual del sepulturero”. Cuando aprende a leer su primera frase comienza a vivir la fantástica senda que es la aventura de leer, de vivir otras vidas y otras historias. Y es a través de esos libros (que roba en la biblioteca del alcalde) como puede sobrevivir a una Alemania instalada en la perversa geometría del nazismo y en donde ser judío, tener una n de menos en el apellido, salvar un libro de las llamas o, simplemente, disentir de otros, podía costar la vida.

Porque La ladrona de libros nos muestra como la lectura y las palabras pueden ayudarnos a atravesar los más duros trances de la vida y ayudar en ellos a los demás. Y así la historia nos devuelve dos historias de amistad: la que Liesel establece con su vecino y compañero de clase Rudy (Nico Liersch) y la que se crea con el joven Max (Ben Schnetzer), judío al que esconden en el sótano de la casa.

Aún nos cuesta creer que todo esto ocurriera en el siglo XX y en un país civilizado como Alemania, potencial mundial. Pero siempre quedará esa vergüenza para la humanidad…y para no olvidar el daño de los nacionalismos… se vistan del color que se vistan. Películas como éstas nos lo recuerdan… y, por ello, las debemos ver en familia y transmitir el mensaje a nuestros hijos. Porque entre “pijamas” de rayas y entre ladronas de “libros” permanece el recuerdo de la sinrazón, sinrazón que no debemos olvidar que puede regresar en cualquier momento.