sábado, 10 de octubre de 2015

Cine y Pediatría (300). "Silvered water, Syria self-portrait", cuando la realidad supera la ficción


Hoy es una fecha especial para Cine y Pediatría. Hoy llegamos a nuestro post número 300 y merece una entrada especial. 

Celebramos las primeras 100 entradas de Cine y Pediatría en el blog con un recopilatorio de las películas comentadas hasta entonces. Celebramos la entrada 200 con una película muy especial: La vida de Adèle (Abdallatif Kechiche, 2013), ese vértigo a que nos enfrenta el primer amor. Y hoy celebramos la entrada 300 con otra película muy especial también, una película documental que contiene unas imágenes tan duras que pueden herir la sensibilidad del espectador, imágenes de una realidad injusta que todos conocemos, el conflcto de Siria: Sylvered Water, Syria self-portrait (Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan, 2014) nos despierta de ese posible estado de anestesia moral permanente en que caemos. 

Es difícil reconocer en una guerra como la de Siria quienes son los “buenos” y los “malos” de algo que no es una película, sino una cruda realidad, como lo son todos conflictos bélicos. Llevamos años con bombardeos de noticias trágicas en prensa, radio y televisión sobre este estado no reconocido de guerra civil en ese país, y es tanto el ruido que ya casi nos hemos acostumbrado al horror… y sería lo peor que nos podría ocurrir. Porque la indiferencia ante las tragedias del mundo es uno de los males que cabe combatir. 

Y porque la población civil es la primera víctima de las guerras y, como siempre nos informa UNICEF, la población infantil es la que peor lo pasa en estas trágicas circunstancias. El caso de Siria es paradigmático. Y estas son las cifras que nos da UNICEF, cifras que quedan desactualizadas desde el mismo momento que se publican, pues el problema crece: 
- Más de 4 años de guerra está dejando unas profundas cicatrices en más de 14 millones de niños en los conflictos que se dan en Siria y gran parte de Irak. Ya se habla de una generación perdida. 
- De ellos, casi 6 millones de niños sufren situaciones extremas de pobreza, desplazamiento y estado de sitio. 
- Dos millones viven como refugiados en Líbano, Jordania, Irak, Egipto y otros países del norte de África. 
- Casi 3 millones de niños iraquíes se han visto obligados a abandonar sus hogares, muchos de los cuales se encuentran atrapados en las zonas controladas por los grupos armados. 

Todo ello ha creado una crisis de refugiados y migrantes sin precedentes en la Unión Europea desde la Segunda Guerra Mundial. Más de medio millón de personas han llegado a Europa por mar en lo que va de 2015, la mayoría huyendo de Siria y lo más trágico: uno de cada cuatro solicitantes de asilo son niños. Huyen de sus raíces víctimas de malos tratos y abusos a manos de traficantes y bandas locales. Es por ello que toda ayuda (en temas de agua, higiene, saneamiento, nutrición, salud, educación y protección) es bien recibida, pero para tomar conciencia de ello quizás hagan falta películas de la crudeza que hoy vamos a presentar. Para tomar conciencia de la realidad, una realidad que sí que supera a la ficción. 

Porque en 1959, Alain Resnais, con la complicidad de la escritora y también cineasta Marguerite Duras, resolvió el desafío moral y estético de levantar una película sobre la catástrofe de Hiroshima convocando dos voces abstractas (una masculina y otra femenina) en el centro de un sofisticado laberinto narrativo sobre las trampas de la memoria y la gestión del recuerdo del horror. El resultado fue Hiroshima, mon amour, uno de los títulos fundacionales de la modernidad y, por lo tanto, uno de esos trabajos cuyos ecos siguen resonando sobre el cine contemporáneo. Y en el año 2014 los directores sirios Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan nos regalan (o lanzan al rostro) la película documental Silvered Water, Syria self-portrait, y no es solo un guiño gratuito a la película previa que le sirvió de referente, porque este documental es tan incómodo como conmovedor sobre la situación actual de caos y horror en Siria. 

Para empezar, esta es una película a cuatro manos y dos voces: la del cineasta exiliado Ossama Mohammed  que recopila, monta y ordena cronológicamente las imágenes que sus compatriotas han registrado con pequeñas cámaras y teléfonos móviles y han subido a YouTube, y la de la joven profesora de primaria y documentalista de urgencia Wiam Simav Berdixan, que registra sobre el terreno del sitio de Homs no solo la barbarie de la guerra civil, sino las afirmaciones vitales de sus pequeños alumnos, marcados por la condición de supervivientes desde el momento en que nacieron. Ossama y Wiam Simav se conocieron a través de internet, trabajaron juntos en la distancia y no se vieron en persona hasta el estreno parisino de la película, con esta ya terminada. Este es un trabajo al que, sin duda, le queda corto el lenguaje de una crítica de cine, porque es un documento fílmico molesto en ocasiones, tanto por lo que nos muestra como por cómo lo muestra, con el desorden, el caos y la mala técnica de grabaciones robadas. No resulta exagerado subrayar que, tal como opina muchos comentaristas, estamos ante algo que es mucho más que una película. 

El documental juega con una referencia conceptual a "Las mil y una noches", porque no se trata de una acumulación de vídeos sino de “mil y una imágenes grabadas por mil y un sirios”, como refiere el propio director, con el valor añadido de que en la Siria en estado de guerra, una cámara de vídeo puede ser un pasaporte a la muerte. No es fácil ver Silvered Water. Syria self-portrait y su desfile de imágenes brutales, en las que se acumulan cadáveres de niños, brutales torturas y cuerpos destrozados. La película, lejos de explicar la guerra, lejos de ofrecernos respuestas y seguridades, como haría cualquier documental concienciado, nos enfrenta a un mundo de horrores y dolor sin ofrecernos más asideros que el testimonio de esa cineasta y su sempiterna voz en off y cómo entre el cine y la vida elige la vida: la que le proporcionan esos niños que rebuscan entre los escombros una flor para sus madres.

Un documental que atesora algunas de las secuencias más estremecedoras del cine reciente, por duras unas, por bellas otras, por desconcertantes la mayoría. Una película que mezcla sin pudor imágenes extraídas de redes sociales, filmaciones amateurs, con las imágenes que la cineasta envía desde la retaguardia, no en un intento de alcanzar la verdad a través de la suma de puntos de vista, sino para intentar descontextualizar unas imágenes y darles la vuelta: el horror filmado como testimonio del sinsentido de cualquier guerra y un grito de los directores frente al horror del conflicto sirio.  Porque Ossama Mohammed, es un cineasta refugiado en Francia que asiste impotente a la pasividad de la comunidad internacional con respecto a Siria. Y antes de que la barbarie se apoderara de su país, desea movilizar a la comunidad internacional que se muestra dramáticamente indiferente y nos golpea con este documental tan desgarrador y sangriento como conmovedor.

Un documental que apoya el desorden de sus imágenes con la voz en off (que no habla de Siria, es Siria quien habla y llora a través de esa voz) y el sonido (con la mezcla de los disparos, las pisadas de los soldados, el chat de Facebook, ciertas melodías y algunos cánticos). Un documental que comienza así: “Un día después del colegio un chico escribió en la pared: “La gente quiere derrocar el régimen”. Fue detenido. Le arrancaron las uñas. Esto sucedió en Dar´a. Su familia fue a la comisaría para exigir libertad. “Olvidaos de él” dijo la policía., “Id y hace otro”. Luego un fundido en negro persistente e inquietante e imágenes difíciles de cuadrar. Y una sucesión de partes del documental con estos títulos: El primer mártir, La primera noche, Maratón, Espartaco, La primera notación musical, El cineclub (allí donde se nos dice “Cine de realismo. Cine de maravilloso. Cine del asesino. Cine de la víctima. Cine de lo poético. Fantasía. .. Me llamo Ossama Mohammed. Me fui de Siria el 9 de mayo de 2011. El 9 de mayo, el día del triunfo sobre el fascismo. Ahora voy rumbo a Cannes sin una película. Yo soy la película. Un director sirio con 1001 imágenes. Las llevo para contar la historia. Para hablar”), Cannes 2011, programa de entrevistas (donde se nos cuenta “Hay dos personajes en esta foto: un adolescente y una bota. El adolescente está solo con su desnudez. Es quien es. El otro protagonista es una bota. Así es como se presenta asimismo en su película. Ya no podemos preguntar al adolescente sobre sus sueños. ¿Qué pensaba ayer por la noche antes de entrar en este infierno? ¿Besar a su chica como todos hacemos? ¿A quién habrá besado? Cuando vi lo que vi, me vi a mi mismo en él. Besé la bota con él”), Agua plateada, La primera toma y Los sentidos.

Con esta película tan extraña como necesaria quiero conmemorar esta entrada de hoy en Cine y Pediatría, para demostrar que el cine es mucho más que un arte o un espectáculo, porque deber ser -y lo es muchas veces- también conciencia. Este es el trabajo conjunto de Ossam Mohammed y Wiam Simav Berdixan, y Simav significa en curdo agua plateada, de ahí el especial título de este especial documental. Simav decidió entonces filmar su entorno, su vida diaria a pesar de las bombas, y parte de la película es la historia de Omar, un niño huérfano, “una luz en las tinieblas”, y que según el director “encarna el futuro de Siria” con esas flores recogidas entre los escombros de la ciudad. 

Porque en Siria hay demasiadas tinieblas para la infancia y es tremendamente injusto que no tengan la luz necesaria para crecer.