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sábado, 10 de octubre de 2015

Cine y Pediatría (300). "Silvered water, Syria self-portrait", cuando la realidad supera la ficción


Hoy es una fecha especial para Cine y Pediatría. Hoy llegamos a nuestro post número 300 y merece una entrada especial. 

Celebramos las primeras 100 entradas de Cine y Pediatría en el blog con un recopilatorio de las películas comentadas hasta entonces. Celebramos la entrada 200 con una película muy especial: La vida de Adèle (Abdallatif Kechiche, 2013), ese vértigo a que nos enfrenta el primer amor. Y hoy celebramos la entrada 300 con otra película muy especial también, una película documental que contiene unas imágenes tan duras que pueden herir la sensibilidad del espectador, imágenes de una realidad injusta que todos conocemos, el conflcto de Siria: Sylvered Water, Syria self-portrait (Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan, 2014) nos despierta de ese posible estado de anestesia moral permanente en que caemos. 

Es difícil reconocer en una guerra como la de Siria quienes son los “buenos” y los “malos” de algo que no es una película, sino una cruda realidad, como lo son todos conflictos bélicos. Llevamos años con bombardeos de noticias trágicas en prensa, radio y televisión sobre este estado no reconocido de guerra civil en ese país, y es tanto el ruido que ya casi nos hemos acostumbrado al horror… y sería lo peor que nos podría ocurrir. Porque la indiferencia ante las tragedias del mundo es uno de los males que cabe combatir. 

Y porque la población civil es la primera víctima de las guerras y, como siempre nos informa UNICEF, la población infantil es la que peor lo pasa en estas trágicas circunstancias. El caso de Siria es paradigmático. Y estas son las cifras que nos da UNICEF, cifras que quedan desactualizadas desde el mismo momento que se publican, pues el problema crece: 
- Más de 4 años de guerra está dejando unas profundas cicatrices en más de 14 millones de niños en los conflictos que se dan en Siria y gran parte de Irak. Ya se habla de una generación perdida. 
- De ellos, casi 6 millones de niños sufren situaciones extremas de pobreza, desplazamiento y estado de sitio. 
- Dos millones viven como refugiados en Líbano, Jordania, Irak, Egipto y otros países del norte de África. 
- Casi 3 millones de niños iraquíes se han visto obligados a abandonar sus hogares, muchos de los cuales se encuentran atrapados en las zonas controladas por los grupos armados. 

Todo ello ha creado una crisis de refugiados y migrantes sin precedentes en la Unión Europea desde la Segunda Guerra Mundial. Más de medio millón de personas han llegado a Europa por mar en lo que va de 2015, la mayoría huyendo de Siria y lo más trágico: uno de cada cuatro solicitantes de asilo son niños. Huyen de sus raíces víctimas de malos tratos y abusos a manos de traficantes y bandas locales. Es por ello que toda ayuda (en temas de agua, higiene, saneamiento, nutrición, salud, educación y protección) es bien recibida, pero para tomar conciencia de ello quizás hagan falta películas de la crudeza que hoy vamos a presentar. Para tomar conciencia de la realidad, una realidad que sí que supera a la ficción. 

Porque en 1959, Alain Resnais, con la complicidad de la escritora y también cineasta Marguerite Duras, resolvió el desafío moral y estético de levantar una película sobre la catástrofe de Hiroshima convocando dos voces abstractas (una masculina y otra femenina) en el centro de un sofisticado laberinto narrativo sobre las trampas de la memoria y la gestión del recuerdo del horror. El resultado fue Hiroshima, mon amour, uno de los títulos fundacionales de la modernidad y, por lo tanto, uno de esos trabajos cuyos ecos siguen resonando sobre el cine contemporáneo. Y en el año 2014 los directores sirios Ossama Mohammed y Wiam Simav Berdixan nos regalan (o lanzan al rostro) la película documental Silvered Water, Syria self-portrait, y no es solo un guiño gratuito a la película previa que le sirvió de referente, porque este documental es tan incómodo como conmovedor sobre la situación actual de caos y horror en Siria. 

Para empezar, esta es una película a cuatro manos y dos voces: la del cineasta exiliado Ossama Mohammed  que recopila, monta y ordena cronológicamente las imágenes que sus compatriotas han registrado con pequeñas cámaras y teléfonos móviles y han subido a YouTube, y la de la joven profesora de primaria y documentalista de urgencia Wiam Simav Berdixan, que registra sobre el terreno del sitio de Homs no solo la barbarie de la guerra civil, sino las afirmaciones vitales de sus pequeños alumnos, marcados por la condición de supervivientes desde el momento en que nacieron. Ossama y Wiam Simav se conocieron a través de internet, trabajaron juntos en la distancia y no se vieron en persona hasta el estreno parisino de la película, con esta ya terminada. Este es un trabajo al que, sin duda, le queda corto el lenguaje de una crítica de cine, porque es un documento fílmico molesto en ocasiones, tanto por lo que nos muestra como por cómo lo muestra, con el desorden, el caos y la mala técnica de grabaciones robadas. No resulta exagerado subrayar que, tal como opina muchos comentaristas, estamos ante algo que es mucho más que una película. 

El documental juega con una referencia conceptual a "Las mil y una noches", porque no se trata de una acumulación de vídeos sino de “mil y una imágenes grabadas por mil y un sirios”, como refiere el propio director, con el valor añadido de que en la Siria en estado de guerra, una cámara de vídeo puede ser un pasaporte a la muerte. No es fácil ver Silvered Water. Syria self-portrait y su desfile de imágenes brutales, en las que se acumulan cadáveres de niños, brutales torturas y cuerpos destrozados. La película, lejos de explicar la guerra, lejos de ofrecernos respuestas y seguridades, como haría cualquier documental concienciado, nos enfrenta a un mundo de horrores y dolor sin ofrecernos más asideros que el testimonio de esa cineasta y su sempiterna voz en off y cómo entre el cine y la vida elige la vida: la que le proporcionan esos niños que rebuscan entre los escombros una flor para sus madres.

Un documental que atesora algunas de las secuencias más estremecedoras del cine reciente, por duras unas, por bellas otras, por desconcertantes la mayoría. Una película que mezcla sin pudor imágenes extraídas de redes sociales, filmaciones amateurs, con las imágenes que la cineasta envía desde la retaguardia, no en un intento de alcanzar la verdad a través de la suma de puntos de vista, sino para intentar descontextualizar unas imágenes y darles la vuelta: el horror filmado como testimonio del sinsentido de cualquier guerra y un grito de los directores frente al horror del conflicto sirio.  Porque Ossama Mohammed, es un cineasta refugiado en Francia que asiste impotente a la pasividad de la comunidad internacional con respecto a Siria. Y antes de que la barbarie se apoderara de su país, desea movilizar a la comunidad internacional que se muestra dramáticamente indiferente y nos golpea con este documental tan desgarrador y sangriento como conmovedor.

Un documental que apoya el desorden de sus imágenes con la voz en off (que no habla de Siria, es Siria quien habla y llora a través de esa voz) y el sonido (con la mezcla de los disparos, las pisadas de los soldados, el chat de Facebook, ciertas melodías y algunos cánticos). Un documental que comienza así: “Un día después del colegio un chico escribió en la pared: “La gente quiere derrocar el régimen”. Fue detenido. Le arrancaron las uñas. Esto sucedió en Dar´a. Su familia fue a la comisaría para exigir libertad. “Olvidaos de él” dijo la policía., “Id y hace otro”. Luego un fundido en negro persistente e inquietante e imágenes difíciles de cuadrar. Y una sucesión de partes del documental con estos títulos: El primer mártir, La primera noche, Maratón, Espartaco, La primera notación musical, El cineclub (allí donde se nos dice “Cine de realismo. Cine de maravilloso. Cine del asesino. Cine de la víctima. Cine de lo poético. Fantasía. .. Me llamo Ossama Mohammed. Me fui de Siria el 9 de mayo de 2011. El 9 de mayo, el día del triunfo sobre el fascismo. Ahora voy rumbo a Cannes sin una película. Yo soy la película. Un director sirio con 1001 imágenes. Las llevo para contar la historia. Para hablar”), Cannes 2011, programa de entrevistas (donde se nos cuenta “Hay dos personajes en esta foto: un adolescente y una bota. El adolescente está solo con su desnudez. Es quien es. El otro protagonista es una bota. Así es como se presenta asimismo en su película. Ya no podemos preguntar al adolescente sobre sus sueños. ¿Qué pensaba ayer por la noche antes de entrar en este infierno? ¿Besar a su chica como todos hacemos? ¿A quién habrá besado? Cuando vi lo que vi, me vi a mi mismo en él. Besé la bota con él”), Agua plateada, La primera toma y Los sentidos.

Con esta película tan extraña como necesaria quiero conmemorar esta entrada de hoy en Cine y Pediatría, para demostrar que el cine es mucho más que un arte o un espectáculo, porque deber ser -y lo es muchas veces- también conciencia. Este es el trabajo conjunto de Ossam Mohammed y Wiam Simav Berdixan, y Simav significa en curdo agua plateada, de ahí el especial título de este especial documental. Simav decidió entonces filmar su entorno, su vida diaria a pesar de las bombas, y parte de la película es la historia de Omar, un niño huérfano, “una luz en las tinieblas”, y que según el director “encarna el futuro de Siria” con esas flores recogidas entre los escombros de la ciudad. 

Porque en Siria hay demasiadas tinieblas para la infancia y es tremendamente injusto que no tengan la luz necesaria para crecer.

 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Cine y Pediatría (298). “El bosque”, el pueblo al lado de los lobos y la fábula del miedo y el amor


M. Night Shyamalan es un director de cine y guionista indio criado en Pensilvania que logró sorprendernos en el año 1999 con la impactante El sexto sentido, gran éxito internacional de público y crítica con ese tour de forcé entre Bruce Willis y el niño Haley Joel Osment. Ya con esa película, con la que consiguió seis nominaciones a los Óscar (aunque no logró ninguna), marcó sus señas de identidad, amadas por algunos y criticada por otros: la sugestiva puesta en escena con ritmo pausado de corte casi clásico, planos fijos de larga duración, la alegoría narrativa, el tratamiento realista del terror y el suspense, sus giros inesperados, la aparición breve de Shyamalan en cada uno de sus filmes (como un Alfred Hitchcock del siglo XXI), el contar siempre con la música de James Newton Howard, y el rodar siempre en Filadelfia o en algún lugar del estado de Pensilvania. 

El cine de M. Night Shyamalan se construye sobre unas sólidas bases que tienen su sentido en una estética visual y perceptiva transformada, metáforas universales que le han descubierto como uno de los cineastas más sugerentes y visionarios del último cine de Hollywood. Pero también es un autor sometido a muchas críticas, principalmente por considerar su cine como tramposo, por esa constante utilización en todas sus obras de ese giro final que obliga al espectador a replantearse todo lo visto anteriormente.  El propio M. Night Shyamalan reconoce que El bosque (2004) es su película favorita de todas las que ha hecho hasta ahora. Esto evidentemente no implica que sea la mejor, pues para algunos sigue siendo El sexto sentido y para otros El protegido (2000), ese vigoroso y poético thriller entre el mito del Arcángel y del Demonio, con la osteogénesis imperfecta de trasfondo. 

El bosque se convirtió seguramente en una de las películas más polémicas en el año de su estreno. Una película dual, porque te puede gustar o no, y en la que nos encontramos con dos colores (el amarillo, protector, y el rojo, amenazante), con dos mundos (separados por ambos lados del bosque), con dos jóvenes personajes con capacidades disminuidas (uno físico por su ceguera, Ivy, el otro psíquico por su retraso mental, Noah) y con dos sentimientos (el miedo frente al amor)… Y también con dos actores que doblan en las películas de Shyamalan: Brice Dallas Howard (también presente en La joven del agua, 2006) y Joaquin Phoenix (también actor en Señales, 2002), como previamente lo hizo Bruce Willis (personaje principal de El sexto sentido y El protegido). 

Tras los títulos de crédito, acompañados por la arrebatadora partitura musical de James Newton Howard, vemos a un hombre llorar la muerte de su hijo, mientras un grupo de gente lo mira a cierta distancia, con profundo respeto. La tumba marca dos fechas: 1890-1897. Acto seguido, el mismo hombre estrecha afectuosamente la mano del que parece ser el alcalde del lugar, mientras éste habla a la comunidad de momentos difíciles, confianza, compromiso y seguridad. Todos se quedan congelados cuando entre el viento que azota los árboles se oyen los lejanos y amenazadores aullidos de lo que parecen ser bestias, terribles lobos. Sólo uno de los habitantes se ríe y aplaude, como si se burlara de toda aquella seriedad, pero es un joven con discapacidad mental, y todos aceptan su extraño comportamiento. 
Así arranca El bosque, abriendo incógnitas desde sus primeras escenas. Y una voz en off nos dice: “Desde el día que nos establecimos aquí, siempre hemos tenido un buen entendimiento con las criaturas que viven más allá de nuestros límites. Nosotros no nos adentramos en su bosque y ellos no vienen a nuestro poblado. Siempre los he considerado nuestros protectores, nos han permitido vivir aquí cobijados entre ellos en este lugar intacto”. Y pronto descubrimos que en este pueblo de Pensilvania de finales del siglo XIX hay reglas estrictas que nadie puede incumplir: está prohibido atravesar los bosques, pues es el territorio de unas criaturas terribles sin nombre (“aquellos de quienes no hablamos”) que mantienen una especie de tregua con los seres humanos; el color protector es el amarillo y el rojo simboliza peligro y agresividad. 
A pesar de los consejos de sus mayores, el curioso joven Lucius Hunt (Joaquin Phoenix) tiene el ardiente deseo de ir más allá de los límites del pueblo y hacia lo desconocido, pese a su timidez. El líder del pueblo, Edward Walker (William Hurt) le advierte del peligro que existe en las afueras de la ciudad, y la madre de Lucius (Sigourney Weaver) le aconseja que permanezca en su hogar y se olvide de la avaricia y de los deseos que existen en el mundo de afuera. La fuerza de Lucius es igualada solamente por Ivy Walker (Bryce Dallas Howard), una joven ciega fascinante con una inusual sabiduría que va más allá de su edad, a quien no le hace falta el sentido de la vista para ver lo que importa de verdad y para decir cosas tan sensatas como "A veces no hacemos cosas para evitar que los demás sepan que las hacemos". Lucius y también Noah Percy (Adrien Brody), un joven retrasado, admiran a Ivy apasionadamente, a pesar de que en el corazón de ella sólo hay lugar para uno de ellos y parece el prolegómeno de que la tregua entre el pueblo y las criaturas está llegando a su fin. Dos veces intenta Lucius cruzar el bosque, pero será Ivy quien lo consiga, porque lo solicita en el momento adecuado, cuando ha abrazado el amor y ha perdido el miedo (como una Caperucita amarilla) a los monstruos (los reales y los simbólicos) que viven entre tinieblas.

Hay que tener claro que El bosque no es una película de miedo, sino que habla del miedo, ese sentimiento tan primitivo y poderoso que todos los seres humanos hemos sentido alguna vez, tan poderoso que ha sido muchas veces utilizado como instrumento con el que alcanzar determinados fines, ya sean oscuros u honestos, planteándose la eterna duda de si el fin justifica los medios. Y en la película aparece otro sentimiento tan primitivo y poderoso como el miedo, entrando en conflicto con este: el amor. Porque el amor intenta llenarlo todo. Como cuando Ivy le dice a Lucius: "Cuanto estemos casados, ¿querrás bailar conmigo? Bailar me resulta muy agradable" o la sentencia "No es bueno sacrificar un amor por otro amor".  O la justificación del padre de Ivy al pueblo, justificando por qué le ha dejado cruzar el bosque: "El mundo se mueve por amor".

Y es así como Shyamalan ofrece con El bosque un cuento moral, una historia de múltiples lecturas que analiza el miedo a lo desconocido y al progreso, como una fábula entre el miedo y el amor. Un ensayo bastante demoledor e inquietante sobre el terrible poder que puede llegar a tener el miedo no sólo para ejercer el dominio sobre una sociedad, sino para la misma construcción de esa sociedad. 

En definitiva, El bosque termina transmitiendo un mensaje ciertamente demoledor acerca del ser humano, al reconocer que la sociedad en sí misma no es causante de los males del mundo, sino que es el propio ser humano quien lo produce. Nunca la famosa frase del filósofo inglés Thomas Hobbes (Homo homini lupus, “el hombre es un lobo para el hombre”) ha adquirido tanto sentido como en este largometraje. Shyamalan nos vuelve a iluminar desde su cine para repetirnos que el monstruo nunca está en el exterior, sino que descansa dentro de cada uno de nosotros. Y no podemos alimentarlo,… y menos desde la infancia.  Ojo al que lo alimente, ojo a aquellas personas y políticos que, por motivos sectarios, alimentan el miedo y rencor y no el amor y la integración.

 

sábado, 25 de julio de 2015

Cine y Pediatría (289). “Del revés”… y del derecho, así es la mente y así son las emociones


Cine y Pediatría no es un proyecto sobre películas infantiles, sino sobre películas en la que los niños, adolescentes y familias son protagonistas, en la mayoría de las ocasiones asociado a patologías orgánicas o problemáticas sociales. Pero es cierto que, ocasionalmente, también aquí tienen cabida películas animadas con valores y ya hemos publicado algunos ejemplos en estos años: Peter Pan (Walt Disney, 1953), La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1998), Princess (Andres Morgenthaler, 2006), Persépolis (Marjane Satrapi y Vicente Paronnaud, 2007), Mary and Max (Adam Elliot, 2009) o Una carta para Momo (Hiroyuki Okiura, 2011).

Hoy hablamos de Pixar Animation Studios, esta compañía estadounidense de animación por ordenador fundada en 1986 con sede en California, comprada por Disney en 2006, y en la que es clave el nombre de John Lasseter, como director creativo y al que se le atribuye un claro pensamiento: “La animación es el único género que realmente atrapa a toda la familia”.
Un total de 27 premios Óscar de la Academia avalan la trayectoria de Pixar, entre ellos siete a la Mejor película animada: Buscando a Nemo (2003), Los increíbles (2004), Ratatouille (2007), WALL-E (2008), Up (2009), Toy Story 3 (2010) y Brave (2012). Es raro un año sin una película animada bajo la marca Pixar.

Y Cuando creíamos que el listón era ya inalcanzable, se acaba de estrena Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), para muchos la mejor película Pixar hasta el momento, lo que demuestra que el talento y el genio en esta empresa son inagotables. Pete Docter, firmante de las entrañables Monstruos S.A (2001) y Up, convierte en fábula el mundo de la inteligencia emocional, bordando, en un alarde de imaginación visual, la materialización de la guerra interior de todo adolescente consigo mismo, ese caótico y explosivo cóctel de emociones que moldean experiencias y recuerdos y que forjan el carácter, la identidad y otros intangibles. Una película que se augura ya como la película del verano (y, posiblemente, del año), dadas las homogéneas buenas opiniones de la crítica y la respuesta del público, pues es una película apta para niños, adolescentes y adultos, cine que llega al corazón y al cerebro en formato de tragicomedia animada de una proverbial lucidez. En buena medida Del revés está inspirada en la propia vida del director, en la traumática experiencia de una mudanza a Dinamarca que le dejó huella emocional profunda y que también marcó los cambios de humor y el estado de ánimo de su propia hija adolescente.

Y para contarlo contó con el asesoramiento de prestigiosos psicólogos de la Universidad de California. Para ser fiel en la medida de lo posible a lo que la ciencia ha averiguado sobre las emociones, el director reclamó la colaboración de dos científicos de California que trabajan cerca de la sede de Pixar: Dacher Keltner, de la Universidad de Berkeley, y Paul Ekman, de la Universidad de San Francisco. Estrenada con aplauso unánime de crítica y público en el pasado Festival de Cannes, la cinta ya suena como una de las favoritas de cara a los próximos Oscar en la categoría de Mejor película animada, pues atesora la fórmula mágica: técnica impecable + entrañables personajes + grandes mensajes.

En Del revés se nos muestra que el paso del tiempo puede ser un camino complicado en la adolescencia. También lo es para la joven Riley Anderson cuando, con sólo 11 años, tiene que dejar atrás su vida feliz como hija única mimada en Minnesota y mudarse a San Francisco, debido a un cambio de trabajo de su padre. Como el resto de las personas, la vida de Riley se guía por sus emociones, muchas, pero que en la película se concentran en cinco: Alegría, Tristeza, Miedo, Ira y Asco. Todas ellas viven en el Cuartel General, el centro de control dentro de su cabeza desde donde ayudan y dirigen los comportamientos de la chica en su día a día. Cada una de ellas está representada por un personaje y que dejan un recuerdo en forma de esferas de diferente color: la Alegría proporciona esferas amarillas, azules para la Tristeza, lilas el Miedo, rojas la Ira y verdes el Asco. Cuando Riley se duerme, las emociones envían los recuerdos del día a la Memoria a Largo Plazo. Los recuerdos más importantes, conocidos como Recuerdos Esenciales, se encuentran en el centro de operaciones del Cuartel General y son la fuente de las Islas que reflejan la personalidad de la niña: la Isla de la Familia, la Isla de la Amistad, la Isla del Hockey, la Isla de las Payasadas, etc.
Aunque Alegría intenta dominar los sentimientos para mantener a la niña en un estado de felicidad, Tristeza comienza a cambiar las cosas y a hacer que la melancolía se extienda. Una serie de sucesos hace que estas dos emociones salgan accidentalmente del Cuartel General y viajen por la mente de Riley mientras tratan de encontrar el camino de vuelta a aquel lugar. Y en esa aventura encontrarán a Bing Bong, el Amigo Imaginario de Ridley en su niñez, a los Limpiadores de Recuerdos, y también conocerán la Fábrica de Sueños, Imaginalandia o el Basurero de Recuerdos.

Del revés es un desafío a la imaginación, especialmente a la imaginación de los adultos, más anquilosada que la de los niños. Porque hablamos de una película para padres e hijos que da forma a la parábola desde experiencias áridas y traumáticas y que justifica el valor sanador de la Tristeza y las experiencias de pérdida, y cómo la Tristeza también puede ser positiva para forjar la personalidad de un niño a adolescente y de adolescente a adulto, siempre que se mantenga en buen equilibrio con el resto de los sentimientos y de los recuerdos formados en la niñez. Más que una oda a la Alegría, Del revés acaba convirtiéndose en una defensa de la Tristeza y en lo importante que resulta combinar ambas emociones. Y es que sin Tristeza, no se entiende la Alegría, y viceversa. Y tampoco sin el resto de las emociones.

Y es que esta película, cuyo título original es Inside Out, nos deja tal como el título en España, “del revés”. Y lo hace con una espléndida banda sonora de Michael Giacchino, quien ya había trabajado con el director Pete Docter en Up y con resultado brillante, pues allí ya consiguió el Oscar a Mejor banda sonora. De nuevo Pixar nos traslada a su mundo, ahora al mundo de los sentimientos en el imaginario colectivo (aquí en la forja de un adulto a partir de un niño, con la adolescencia como paso fronterizo) y a los mensajes que nos deja para reflexionar. Por ejemplo, esta frase de Alegría: “No puedes enfocarte en lo que está saliendo mal. Siempre hay una forma de dar vuelta a las cosas”.

sábado, 2 de marzo de 2013

Cine y Pediatría (164). El miedo y la violencia que atenaza las infancias se refleja en “Los colores de la montaña”


El cine de Colombia es, junto con el cine de Argentina e Irán, una filmografía con una particular visión de la infancia. Desgraciadamente, esta visión de la infancia en su cine no es la que el pueblo colombiano quisiera transmitir, pero sí al menos tiene la valentía de la denuncia.  Puro cine social y valiente cine denuncia el que nos dejaron películas como Rodrigo "D" No futuro (Victor Gabiria, 1990), La vendedora de rosas (Victor Gabiria, 1998), La virgen de los sicarios (Barbet Schoeder, 2000), Las mujeres de verdad tienen curvas (Patricia Cardoso, 2002), María llena eres de gracia (Joshua Marston, 2004?), Rosario Tijeras (Emilio Maillé, 2005) y Nacer-Diario de Maternidad (Jorge Carballo, 2012), entre otras (ver Cine y Pediatría 26, 27, 28 y 153).

Hoy, y gracias a los consejos de Edward Díaz, residente de pediatría de Cali (al que conocí en el pasado Congreso de ALAPE 2012) comparto otra película destacada: Los Colores de La Montaña (Carlos César Arbeláez, 2011), recientemente galardonada en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Con ella, el director consigue una película minoritaria, pero muy necesaria. Y lo consigue a través de los ojos de los niños, con sentido humanista y una mirada humanitaria y no fatalista del problema de un pueblo. Un problema que no es exclusivo de Colombia: el miedo que los conflictos armados de los insensatos adultos provocan, irreparablemente, en la infancia.

Los colores de la montaña nos relata la sencilla vida de un niño de 9 años, Manuel, una vida que transcurre en una zona rural montañosa de Colombia y transcurre entre el colegio, su familia y un mural de miedo y violencia que sobrevuela el ambiente. Porque los guerrilleros, los paramilitares y el ejército se hace presentes en su día a día, bajo amenazas o violencia.

Manuel sueña con ser un gran portero de fútbol (hoy en día soñaría con ser un gran delantero como Falcao) y ese sueño parece un poco más cerca cuando su padre le regala un balón nuevo. Juega todos los días con sus amigos (Julián y “Pocaluz”, un niño albino con problemas visuales por su enfermedad); pero, un día y por un despiste, el balón cae en un campo minado. Aunque conocen los peligros que eso supone, deciden recuperar el balón. Y, en medio de su día a día y de los juegos infantiles, los signos de un conflicto armado empiezan a aparecer en la vida de los habitantes de esta zona rural y, de alguna también, se hace patente en la vida de Manuel y de los demás niños.

Varias imágenes y escenas nos aproximan, indirectamente, a ese mural de miedo y violencia. Porque el miedo se hace presente en todo momento en la vida de Manuel, un miedo en off, pero siempre presente:
- Las conversaciones de los padres en la habitación contigua, mientras Manuel intenta no escuchar.
- Las distintas escenas de los niños intentado coger el balón que ha caído en el campo de minas.
- El escrito sobre la pared de la escuela: “Escuela Rural La Pradera”. Y debajo, una pintada con “El pueblo con las armas. Vencer o morir”.
 - Los niños encalando la pared de la escuela para que desaparezca la pintada realizada por la contra: “Guerrillero ponte el camuflado o muere de civil”… Porque “la escuela merece respeto”, dice la maestra (en contra de la opinión y el miedo del pueblo). Y donde había una frase incendiaria, pintan un paisaje… y los colores de la montaña... y la frase “Escuela, territorio de paz”.

Los colores de la montaña es la historia de un mural humano dibujado en tonos oscuros, pero en donde una valiente maestra de la escuela rural trata de enseñar a sus alumnos a pintar con colores (rojos, amarillos, verdes y azules) una sociedad luminosa, y quiere transmitirles unos valores y lo plasma en un mural lleno de color y vida. El título hace referencia a los colores que Manuel pinta a las montañas donde vive, con esos lápices de colores que le ha regalado su maestra.

Un panorama difícil por reflejar la situación de violencia y desesperanza de la gente sencilla y humilde que trata de evitar la complicidad con las armas. Pero, desde el bosque, llegan disparos de muerte y amenazas de miedo, así como campos de minas que les impiden soñar con la felicidad y que les obligan a abandonar su tierra.  Sin embargo, a pesar del tono realista y documental de la cinta, Arbeláez evita los excesos dramáticos y sentimentales.

Poca presencia de unas fuerzas paramilitares casi siempre sin rostro, aunque dejan su huella (basta el miedo a que una nueva mina explote o un plano de la pintada en el muro de la escuela, para retratarlos en toda su crueldad). No hay estridencias ni afectación en las interpretaciones, con apenas tres actores profesionales y niños que aportan toda la frescura y autenticidad que la historia requiere. Y niños que siempre llevan botas de agua, porque Colombia es uno de los países de mundo donde más llueve...

Una excelente película que habla de la realidad de millones de colombianos que han sufrido un conflicto interno desde 1948, dando como resultado ser uno de los países en el mundo con mayor tasa de desplazamientos forzados. La cámara de Carlos César Arbeláez se acerca a la Colombia de la guerrilla a través de la inocente mirada de Manuel, quien descubre que "los caminos de la vida son difíciles y no como los había imaginado", como dice la canción con que se cierra la película.