“Pero los incrédulos y los sexualmente impuros tendrán su porción en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” Revelación 21: 8. Y tras esta bíblica frase, luego se no devuelve la descripción del diccionario de dos términos: "ensalada aliñada" y "aliñar la ensalada", el primero un término culinario, el segundo un término sexual. Así comienza la película ¡Sí, Dios mío, sí! (Karen Maine, 2019), un coming‑of‑age estadounidense sobre sexualidad femenina y culpa católica más complejo de lo que aparenta su envoltorio de teen‑movie de tono ligero y punzante.
Y a continuación un cura explica la sexualidad masculina y femenina a una clase mixta de adolescentes estadounidenses con este ejemplo: “Los chicos son más del tipo horno microondas y las chicas más del tipo horno convencional”. Y luego llega la explicación del plan de Dios en el sexo a través del matrimonio y el objetivo de tener hijos. Y un mensaje rotundo: “Estamos obligados a vivir en castidad hasta el matrimonio, lo que significa no practicar el sexo ni a solas ni con nadie más hasta haber pasado por el altar y haber dado el sí quiero. Porque lo contrario crearía una condenación eterna. No olvidéis que Dios nos observa siempre”. Y ello ante la mirada entre preocupada y estupefacta de una de las alumnas por esta clase de moralidad.
A partir de ese momento la película sigue a Alice (Natalia Dyer), la adolescente de este instituto católico a inicios de los años 2000, cuya primera experiencia con un chat subido de tono (que nos devuelve una sonrisa como espectadores) desencadena un despertar masturbatorio atravesado por vergüenza, miedo al infierno y hostilidad del entorno. Todo ello en el contexto de una familia católica practicante y ella bastante ingenua sobre todos estos temas.
Y siguen los mensajes desde la clase de moralidad: “Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje…”, según los Gálatas. El momento de la confesión de Alice en que oculta lo que no hizo es significativo. Ante tanta estupefacción y buscando “purificarse” de sus pensamientos y tentaciones, acude a un retiro religioso (llamado Kirkos) durante cuatro semanas con la intención de sanarse. Y es así que la mitad del metraje ocurre en ese retiro, donde cada uno de esos días se nos introduce con un lema: “Pregunta el primero”, “Llora el segundo”, “Acepta el tercero” y “Vive el cuarto”. Allí es donde Alice descubre el contraste entre el discurso oficial sobre pecado y la práctica real (hipocresías adultas, dobles vidas, rumores, silencios). Un análisis de ese sentimiento de culpa cuando se le infunde que está cometiendo graves pecados al descubrir su cuerpo, algo que cuesta mucho a una gran mayoría de adolescentes con las hormonas alborotadas. Y en Alice resuenan las palabras de esa monitora: “Tu cuerpo es un regalo de Dios. Necesitas honrarlo”.
Realmente resulta una película peculiar, algo así como un cóctel entre la estadounidense La (des)educación de Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018), la chilena Joven y alocada (Marialy Rivas, 2012) y la estadounidense Lady Bird (Greta Gerwing, 2017). Una película sobre la sexualidad femenina de una adolescente y la culpa como constructo institucional, allí donde el catolicismo fundamentalista convierte el deseo en amenaza existencial: no solo el acto sexual, sino el pensamiento, la masturbación o incluso la curiosidad lingüística (“tossing salad” o aliñar la ensalada) son tratados como potencial condena eterna. Porque en esta película no se pretende discutir en abstracto la moral del “pecado”, sino los efectos psicológicos del discurso del miedo en una adolescente sin educación sexual, abocada a aprender por internet y rumores.
Pero donde quizás el mayor aprendizaje sea la hipocresía y doble moral, allí donde la directora nos subraya que el problema no es solo la norma, sino la brecha entre predicación y práctica: líderes religiosos que hablan de pureza pero consumen pornografía o mantienen conductas privadas contradictorias, y jóvenes que fingen obediencia mientras experimentan a escondidas. Algo que sugiere que esa hipocresía estructural erosiona la credibilidad de la institución y deja al individuo sin referentes honestos para gestionar su deseo. De hecho, varios críticos señalan que la película no es tanto un alegato anticatólico como la crónica de cómo una joven descubre que sus deseos no la convierten en un monstruo y que la perfección moral absoluta es una ficción dañina.
No era un tema fácil, y para ello Karen Maine realiza una mezcla de comedia incómoda y drama suave. Está claro que parte de la crítica cristiana ha podido reprochar el caricaturizar a figuras católicas, simplificar sermones y quedarse en la superficie de la teología, lo que resta matices al retrato institucional. Pero cabe indicar que al focalizarse en la subjetividad de Alice (mirada, silencios, pequeños gestos de culpa y curiosidad) construyen un relato íntimo, reconocible para quienes han vivido entornos moralistas rígidos.
Varias enseñanzas emergen de esta película aparentemente menor: que la educación sexual basada en el miedo y el silencio genera desinformación, vergüenza y riesgo, no virtud; y que ninguna comunidad es homogénea, e incluso en espacios fundamentalistas hay fisuras, disidencias y adultos capaces de ofrecer una ética más compasiva. Porque el camino de Alice apunta a una maduración en la que fe, deseo y autonomía pueden coexistir, siempre que se cuestionen los discursos que absolutizan el control sobre el cuerpo y la mente de los jóvenes.

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